viernes, 20 de noviembre de 2009

El mundo del espionaje latinoamericano

Por: Juan Paullier

¿Qué hacen los espías que no vienen del frío? Servicios secretos débiles, uso del chantaje, poca transparencia y menos controles: bienvenidos al mundo del espía latinoamericano, según lo describen los expertos consultados por BBC Mundo.

La época de la Guerra Fría quedó atrás, los regímenes de facto en la región, también, y los tiempos cambiaron para las agencias de inteligencia.

Los analistas coinciden en asegurar que el espionaje interno constituye el enfoque central de los organismos de inteligencia.

Pero claro, también aseguran que hay tiempo para cruzar la frontera y espiar al vecino. Y, de paso, generar roces diplomáticos.

En general, los gobiernos se muestran reacios a hablar sobre el tema y las agencias prefirieron no dar declaraciones, pese a las consultas de BBC Mundo.

Yo espío, tú espías

La semana pasada se supo que un suboficial de la Fuerza Aérea Peruana habría entregado a Chile documentos secretos que contenían información sobre las compras de armamento previstas por Perú hasta 2021.

Pero, ¿qué tan común es esta situación de espionaje?

Para Robert Munks, editor para las Américas de la revista británica especializada en temas de Defensa Jane's Intelligence Weekly, "habida cuenta de su rivalidad territorial y militar, sería sorprendente que Chile y Perú no se dedicaran a alguna forma de espionaje entre ellos".

"De hecho, la motivación de Perú para la escalada de la controversia podría ser principalmente interna, con un García que se enfrenta a una caída en su popularidad y escándalos de corrupción", asegura.

"Región tranquila"

El especialista no cree que este incidente implique un aumento del espionaje en la región: "Espionaje siempre ha habido, y siempre habrá, pero si consideramos este caso al lado de lo que ocurre actualmente entre Colombia y Venezuela, se puede decir que sí hay un aumento en los presuntos casos de espionaje revelados al gran público".

Esto "puede sugerir una manipulación mediática por parte de los políticos para justificar elementos de sus políticas bilaterales", agrega Munks.

Sin embargo, aclara que "es una región tranquila en cuanto a espionaje".

Munks asegura que "la mayor parte de estos servicios se dedican a problemas de seguridad interna. Únicamente los países grandes, Argentina, Brasil, quizá México, pueden hacer espionaje en el exterior".

Por su parte, Nigel Inkster, director de la unidad de Amenazas Transnacionales y Riesgo Político del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS, por sus siglas en inglés), explica que "probablemente no haya espías latinoamericanos en otras partes del mundo. Puede haber alguna actividad pero no creo que sea ni muy común, ni muy siniestra o preocupante para otros países".

Inkster, que trabajó entre 1975 y 2006 como agente de inteligencia externa en el Servicio Secreto de Inteligencia (SIS, por sus siglas en inglés) del Reino Unido, asegura que "vista Latinoamérica como un todo hay relativamente pocos países que tienen capacidades de inteligencia de muy alta calidad".

El experto, en ese sentido, destaca a los servicios de inteligencia de Colombia y de Perú.

De topos y escuchas telefónicas

¿Qué tipo de operaciones llevan adelante? Munks indica que, al igual como está sucediendo en otras partes, en América Latina está creciendo la importancia de las llamadas operaciones de "Techint" (inteligencia técnica).

Esto implica la interceptación de llamadas y la vigilancia satelital. Y se diferencia de la "Humint" (inteligencia humana), que utiliza a los topos -infiltrados en organizaciones- e informantes.

Pero también hay tiempo para otras actividades.

"En algunos de los países, cuyo foco es mayormente interno, creo que hay mucho uso del chantaje, presión, y en algunos casos extremos el uso de violencia física, e incluso, los asesinatos selectivos", explica Inkster.

Presencia externa

Históricamente, algunos servicios secretos han tenido una importante penetración en la región. Y aunque cierto interés se haya perdido, "varios países mantienen su presencia, sobre todo Estados Unidos, interesados en el narcotráfico, el crimen organizado y la posible extensión de influencias pro islámicos", señala Munks.

El especialista asegura que se cree que los rusos aumentaron su presencia tras el retiro post-Guerra Fría, "con el objetivo clave de promover la venta de armas y mejorar su influencia".

Y menciona también el incremento de las actividades de China, además de las de Rusia, en Cuba para brindar asesoría y recibir información de la histórica Dirección General de Inteligencia cubana, el organismo "más sofisticado de la región".

Una asesoría que La Habana estaría trasladando hacia Caracas, en lo que Munks califica de "la mayor exportación de espías en la región".

A pesar de que Inkster no sabe qué tan buenos se han tornado los agentes venezolanos en "controlar y monitorear a la disidencia interna", cree que el entrenamiento tendrá su impacto.

El rol de la inteligencia

Para Fernando Velasco, director de la Cátedra Servicios de Inteligencia y Sistemas Democráticos de la Universidad Rey Juan Carlos, "la inteligencia como órgano preventivo por naturaleza aparece como uno de los principales instrumentos para anticiparse a las nuevas amenazas y afrontar el nuevo y cambiante escenario de seguridad".

"Estar bien informado no garantiza por sí mismo mejores decisiones, pero estar poco informado o desinformado reduce considerablemente las posibilidades de éxito", agrega.

En ese sentido América Latina parece no salir muy bien parada.

Inkster dice que la prueba clave para saber si un país tiene un servicio de calidad es si resulta capaz de brindar información precisa y confiable de Inteligencia externa que pueda ser usada por los responsables de elaborar políticas.

"Esto no es lo que sucede en América Latina. Lo que describí es el ideal", asegura.

Además, Inkster advierte que en este momento en la región hay cuestiones de seguridad transnacionales que están empezando a impactar más en la seguridad.

A saber: grupos no estatales armados, narcotraficantes y, también -asegura el analista- "el comienzo del resurgimiento de disputas fronterizas irresolutas", temas que "han estado en silencio, pero que es probable que en años venideros se exacerben como problemas en torno a los recursos naturales".

Fuente: BBC Mundo

La necesidad de un impuesto sobre las transacciones financieras

Por: Dean Baker

La pandilla de los halcones deficitarios, ya famosos por hacer desaparecer en la burbuja inmobiliaria 8 billones de dólares, que derrumbó la economía está en pie de guerra, ahora insiste sobre la urgencia de imponer un impuesto a las ventas nacionales. Proclaman que el país necesita urgentemente ingresos adicionales para hacer frente a los déficits presupuestarios previstos.

Si bien es posible que precisemos de ingresos adicionales en algún momento, todavía tiene más sentido imponer un impuesto sobre las transacciones financieras (FTT, por sus siglas en inglés), que afectaría principalmente a los bancos de Wall Street que nos dieron este desastre, que no imponer un impuesto al consumo de las familias trabajadoras. Podemos recoger grandes cantidades de dinero mediante el impuesto a la especulación de los ambiciosos de Wall Street sin que apenas afecte la suerte de las transacciones financieras que muchos de nosotros hacemos en nuestra existencia cotidiana.

La lógica del FTT es sencilla. Impondría un pequeño recargo a las transacciones de acciones, de futuros, los seguros derivados de crédito y otros instrumentos financieros. El Reino Unido impone actualmente un 0,25% sobre la compra o venta de acciones. Esto tiene muy poco impacto sobre la gente que compra acciones con la intención de mantenerlas durante un largo período de tiempo.

Por ejemplo, si alguien compra 10.000 dólares de acciones, pagará 25 dólares en impuesto en el momento de la compra. Si esta persona vende las acciones diez años después por 20.000 dólares, deberá pagar 50 dólares en impuestos. Los impuestos totales serían equivalentes a un incremento de 0,8 puntos porcentuales en el impuesto a las ganancias de capital.

Por el contrario, si alguien está interesado en comprar acciones a la una en punto para venderlas una hora después, este impuesto es probable que dé un buen golpe a los beneficios esperados. Lo mismo se aplica a la gente que está especulando en futuros, seguros derivados de crédito y otros instrumentos financieros.

Podemos obtener más de 140.000 millones de dólares al año mediante esta imposición a las transacciones financieras, una cantidad equivalente al 1% del PIB. Antes de buscar la aplicación de un impuesto sobre las ventas nacionales, o un impuesto sobre el valor añadido, como le gustaría a la pandilla de los halcones deficitarios, deberíamos insistir en poner en marcha en primer lugar un conjunto de impuestos a las transacciones financieras.

Un impuesto a las ventas nacionales afectará principalmente al consumo de los trabajadores. La gente lo pagará en todas las compras diarias (comida, ropa, medicinas); todo va a costar un poco más como resultado del impuesto a las ventas. La gente pobre y de medianos ingresos acabará pagando una proporción mayor de sus ingresos en este impuesto. Ello es a causa de que gastan una mayor proporción de su renta que los ricos y también porque gastan una mayor proporción de la misma en los Estados Unidos. Así como los ricos pueden tener la oportunidad de viajar exhaustivamente por Europa o por países no afectados por los impuestos a las ventas nacionales, bien poca gente de poca o mediana renta tendrá esta opción. Esta gente vive y gasta su dinero en los Estados Unidos.

Dado que el sector financiero es la fuente de los problemas presupuestarios y de la actual situación económica del país, es lógico que este sector soporte el peso de los nuevos impuestos que podamos necesitar. El colapso económico causado por la exuberancia irracional de Wall Street ha llevado a un gran aumento de la carga de la deuda del país. Parece justo que Wall Street se lleve la peor parte de los costes de la limpieza. Un FTT es la forma de asegurarse de que esto sea así.

En resumen, tenemos que decirle a la pandilla de los halcones deficitarios, muchos de los cuales ganaron su fortuna en Wall Street, que han de lentificar el ritmo. El país debe hacer frente a serios problemas de presupuesto, incluso aunque no sean tan malos como esta pandilla afirma. Sin embargo, si precisamos impuestos para hacer frente al déficit presupuestario, entonces Wall Street es el sitio por donde empezar. Después que hayamos puesto en marcha un impuesto sobre la especulación de Wall Street, si aún necesitamos más dinero, entonces podremos hablar sobre un impuesto que afectará principalmente a la clase media.

Fuente: www.sinpermiso.info

La mano visible controla la invisible

Por: Martín Ortega Carcelén

En octubre hemos sabido que los beneficios de bancos como Goldman Sachs y JP Morgan Chase se han disparado este año a pesar de la crisis, en parte gracias a la subida de las Bolsas. Al haber devuelto las ayudas recibidas del Gobierno de Estados Unidos, estos bancos volverán a repartir entre sus empleados grandes sumas. En 2008, en plena tormenta financiera Goldman Sachs distribuyó unos 4.800 millones de dólares en primas a sus dirigentes. Este año Goldman tiene reservados 16.000 millones para compensaciones similares. Según estimaciones del Wall Street Journal y The Economist, en 2009 los bancos de inversiones de Estados Unidos pueden repartir unos 120.000 millones de dólares entre sus gestores.

¿Por qué debe interesarnos lo que gana un banquero en Wall Street, en Londres o en cualquier otra plaza financiera? Por dos razones muy sencillas. En primer lugar, todo el sistema bancario se ha beneficiado del dinero público inyectado desde otoño de 2008 para evitar la implosión financiera. Las ganancias exageradas que hacen ahora se fundamentan en última instancia en el esfuerzo del contribuyente.

La segunda razón es que un esquema de retribuciones tan apetitoso fomenta prácticas que al final ponen en peligro al sistema financiero. En su informe de julio pasado sobre las causas de la crisis, titulado Cara yo gano, cruz tú pierdes, el fiscal de Nueva York subrayó que muchos de los banqueros que ganaron sumas enormes en la etapa de bonanza contribuyeron con sus prácticas arriesgadas a la debacle.

La magnitud de las cifras que se barajan exige una actuación de los Gobiernos. Algunos países están tomando medidas drásticas. Así, en Estados Unidos los gestores de las grandes empresas intervenidas (como AIG, Bank of America o General Motors) tienen limitados los sueldos. Pero los dirigentes de otras entidades financieras se resisten a aceptar tal restricción. Incluso, algunos apuntan a la posibilidad de trasladar sus actividades a lugares donde no llegue la mano reguladora.

En una economía globalizada, además de la regulación nacional, es precisa la concertación internacional para luchar contra actuaciones que perjudican la estabilidad financiera. En los Estados modernos, está demostrado que, junto a la mano invisible de la que habló Adam Smith como mecanismo natural por el que los mercados se ajustan, es necesaria una mano visible de naturaleza política que corrija los abusos. Ahora el reto es reforzar la mano visible en el plano internacional.

Mucho se ha avanzado con la creación del G-20 ampliado como nuevo marco institucional, y con la proclamación de principios y reglas para regular la economía y las finanzas globales. Pero queda mucho por hacer. Un pulso titánico entre las manos visible e invisible no ha hecho más que iniciarse en el orden global, y los ciudadanos debemos estar muy atentos al control de las finanzas internacionales.

El reforzamiento de la mano visible a escala mundial es un asunto que interesa a todos y debería ser objeto de debate y concienciación pública. No hay que pensar que estos temas son lejanos ni que pertenecen al mundo técnico e incomprensible de los iniciados. La regulación de los paraísos fiscales, de los sueldos de los gestores bancarios y financieros y de los hedge funds (fondos de cobertura) deberían ser reclamadas por los ciudadanos y por las fuerzas políticas y las autoridades monetarias. La introducción de una tasa sobre las transacciones financieras internacionales, reclamada por algunos, también debe ser explorada. Igualmente, habría que comprobar que la subida de las Bolsas en los últimos meses, sin relación con las expectativas de la economía real, no se ha realizado con la liquidez concedida por los bancos centrales, destinada a fomentar el crédito y no a favorecer la especulación.

En España se echa de menos un debate más serio sobre estas cuestiones. Nuestra participación en los foros internacionales, como miembros del G-20 ampliado, debería estar acompañada de un posicionamiento más claro, en el que todos, dentro y fuera, conociéramos cuál es la visión española del futuro de la economía y las finanzas globales. El Gobierno debería mostrarse menos absorbido por aspectos puntuales de la política exterior y pensar de manera ambiciosa, para elaborar propuestas de más calado sobre el orden global.

Más que una lucha entre izquierdas y derechas, ese pulso global de las manos visible e invisible es una pugna histórica entre un futuro en el que el orden internacional se basará en reglas más activas y un pasado donde todo estaba permitido, incluido el enriquecimiento inmoral de algunos. En ese pulso, España tiene mucho que aportar, pero ese ejercicio requiere una visión de futuro (qué mundo queremos) y una definición del papel que vamos a jugar ante los retos globales.

Fuente: El País

¿Cuánto es suficiente?

Por: Robert Skidelsky

La recesión económica ha producido una explosión de irritación popular contra la “avaricia” de los banqueros y sus primas “obscenas”, que ha ido acompañada de la crítica más amplia al “desarrollismo”: la persecución del desarrollo económico o la acumulación de riqueza a toda costa, independientemente del daño que pueda causar al medio ambiente de la Tierra o a valores compartidos.

John Maynard Keynes abordó esa cuestión en 1930 en su breve ensayo “Posibilidades económicas para nuestros nietos”. Keynes predijo que al cabo de 100 años –es decir, en 2030–, el crecimiento en el mundo desarrollado se habría detenido de hecho, porque la gente tendría “suficiente” para llevar una “buena vida”. Las horas de trabajo remunerado se reducirían a tres al día: una semana de quince horas. Los seres humanos serían más como los “lirios del valle que ni trabajan ni hilan”.

La predicción de Keynes se basaba en la suposición de que, con un dos por ciento de aumento anual del capital, un uno por ciento de aumento de la productividad y una población estable, el nivel de vida medio se multiplicaría por ocho por término medio, lo que nos permite calcular cuánto pensaba Keynes que era “suficiente”. El PIB por habitante en el Reino Unido al final del decenio de 1920 (antes del desplome de 1929) era 5.200 libras (8.700 dólares), aproximadamente, en valor actual. De modo que calculó que un PIB por habitante de 40.000 libras (66.000 dólares), aproximadamente, sería “suficiente” para que los seres humanos centraran su atención en cosas más agradables.

No está claro por qué pensaba Keynes que la renta nacional británica media multiplicada por ocho sería “suficiente”. Lo más probable es que adoptara como criterio de suficiencia los ingresos del burgués rentista de su época, que eran unas diez veces mayores que los del trabajador medio.

Ochenta años después, el mundo desarrollado se ha acercado al objetivo de Keynes. En 2007 (es decir, antes del desplome), el FMI informó de que el PIB medio por habitante en los Estados Unidos ascendía a 47.000 dólares y en el Reino Unido a 46.000. Dicho de otro modo, el nivel de vida del Reino Unido se ha multiplicado por cinco desde 1930, pese a la refutación de dos de las hipótesis de Keynes: las de que no habría “guerras importantes” ni “crecimiento de la población” (en el Reino Unido la población es el 33 por ciento mayor que en 1930).

La razón de que hayamos prosperado tanto es la de que el aumento anual de la productividad ha sido mayor que el proyectado por Keynes: un 1,6 por ciento, aproximadamente, en el Reino Unido y un poco mayor en los Estados Unidos. Países como Alemania y el Japón han prosperado más aún, pese a los efectos enormemente perturbadores de la guerra. Es probable que la mayor parte de los países occidentales alcancen el “objetivo” de 66.000 dólares de Keynes en 2030.

Pero es igualmente improbable que ese logro ponga fin a la insaciable aspiración de obtener más dinero. Supongamos, cautelarmente, que hayamos recorrido las tres cuartas partes del camino hacia el objetivo de Keynes. Habría sido de esperar, por tanto, que la jornada laboral hubiera disminuido en dos terceras partes. En realidad, ha disminuido sólo una tercera parte... y ha dejado de reducirse desde el decenio de 1980.

Así resulta muy improbable que alcancemos la jornada de tres horas en 2030. También es improbable que el crecimiento se detenga, a no ser que la propia naturaleza imponga un alto. La gente seguirá cambiando ocio por ingresos mayores.

Keynes minimizó los obstáculos para la consecución de su objetivo. Reconoció que hay dos clases de necesidades, absolutas y relativas, y que las segundas pueden ser insaciables, pero subestimó su importancia, sobre todo al enriquecerse las sociedades, y, naturalmente, la capacidad de la publicidad para crear nuevas necesidades y con ello inducir a la gente a trabajar para ganar el dinero con el que satisfacerlas. Mientras el consumo sea ostentoso y competitivo, seguirá habiendo nuevas razones para trabajar.

Keynes no desconoció enteramente el carácter social del trabajo. “Seguirá siendo lógico”, escribió, “ser económicamente útil para otros después de que haya dejado de serlo para uno mismo”. Los ricos tenían el deber de ayudar a los pobres. Probablemente Keynes no pensara en el tercer mundo (la mayor parte del cual apenas había empezado a desarrollarse en 1930), pero el objetivo de reducción de la pobreza mundial ha impuesto una carga de trabajo suplementario a los habitantes de los países ricos, mediante el compromiso con la ayuda exterior y –lo que es más importante– la mundialización, que aumenta la inseguridad del trabajo y, en particular para los que tengan menos aptitudes, mantiene bajos los salarios.

Además, Keynes no abordó en realidad el problema de lo que haría la mayoría de la gente cuando ya no necesitara trabajar. Escribe: “El de que en qué ocuparse es un problema terrible para las personas comunes, sin talentos especiales, sobre todo si ya no tienen sus raíces en la tierra ni en la costumbre ni en las apreciadas convenciones de una economía tradicional”. Pero, como la mayoría de los ricos –“quienes tienen ingresos independientes, pero no asociaciones ni deberes ni vínculos” – han “fallado desastrosamente” a la hora de llevar una “buena vida”, ¿por qué habrían de hacerlo mejor los que ahora son pobres?

A ese respecto, Keynes se acerca más a la respuesta de por qué lo que consideraba “suficiente” no lo será, en realidad. La acumulación de riqueza, que debería ser un medio para conseguir la “buena vida”, se vuelve un fin en sí misma, porque destruye muchas de las cosas que hacen la vida digna de ser vivida. Más allá de cierto punto, que la mayoría del mundo dista mucho de haber alcanzado, la acumulación de riqueza sólo ofrece placeres substitutivos de las pérdidas reales en las relaciones humanas que impone.

Encontrar los medios para impulsar las mortecinas “asociaciones o deberes o vínculos” que tan esenciales son para que las personas se realicen es el problema irresuelto del mundo desarrollado y está empezando a plantearse a los miles de millones de personas que acaban de empezar a subir la escalera del crecimiento. George Orwell lo expresó muy bien: “Se ve todo progreso como una lucha frenética con miras a la consecución de un objetivo que esperamos –y rezamos por– que nunca se alcance”.

Fuente: Project Syndicate, 2009.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

De regreso a los tiempos de la oligarquía

Por: Francisco Durand, profesor de Ciencias Políticas, Universidad de San Antonio, Texas, EEUU.

El director de una minera de cuyo nombre no debo acordarme me dijo en Lima que en las próximas elecciones los empresarios necesitan un presidente que deje la economía como está. Acto seguido se puso a pensar quién podía sentarse en la silla y quién no.

Obviamente, nombró con entusiasmo a Pedro Pablo Kuczynski, que para los mineros es de casa y, ¿por qué no?, a Alejandro Toledo, que la hizo bien, podría repetir. Nuestro alcalde, enemigo de licitaciones y amigo de grandes obras, también es bien visto. Keiko Fujimori es asimismo aceptable, a pesar de ser monotemática. Hasta el tío George del Castillo es visto como potable, a pesar de sus petroaudios.

Luego vino la frase de la semana que me hizo recordar la conversación con el minero de este país manejado por 20 familias y 40 corporaciones. La emitió Felipe Ortiz de Zevallos (grupo Apoyo): “Creo que, sin importar quién gane la elección, hay un consenso de ortodoxia en materia económica.” Bueno, existe ese consenso si solo vemos a los candidatos conservadores o acomodados al poder económico. Es por eso que son intercambiables.

No tardaron en aparecer en la conversación los fantasmas de la izquierda. El minero estaba satisfecho de que Humala y sus diezmadas huestes siguen desangrándose ante los ataques denonados de Palacio y la prensa amiga, tarea en la cual incluso colabora el Banco de Crédito cuando revela información privada de Nadine Humala. El padre Arana no tardó en aparecer. ¿Tú realmente crees que puede inspirar a las masas y llegar a una segunda vuelta?. Ahí esta el problema, esa incertidumbre de que los pobres eligen. Como bien dijera Ortiz de Zevallos, en las elecciones “mucha gente pobre es fácilmente persuadida”. Los candidatos alternativos no cumplen con el requisito de buena disposición del aviso en la página económica: “Se necesita presidente que siga instrucciones”.

Interesante la conversación también por sus omisiones. Los problemas sociales, el crimen organizado, callejero y pandillero; la informalidad, la corrupción, en fin, el desarrollo desigual, para citar un concepto sociológico; fueron dejados de lado. Lo central es que la economía esté en buenas manos, que no haya sorpresas. Me recuerda otra conversación con el presidente Paniagua antes de su muerte. No me canso de relatarla. Hacia mediados del 2005 era un candidato fuerte, y se negaba a visitar a los dueños del país –como estaban haciendo otros candidatos– o a volar en las avionetas del grupo Romero –como ya lo empezaba a hacer Lourdes Flores–. Lo tomaron desprevenido por su bonhomía. Todo empezó cuando Luis Bedoya lo convocó para una supuesta concertación electoral. Cuando llegó a la reunión, se dio con una sorpresa. Lo estaban esperando un selecto grupo de banqueros y mineros, entre ellos un Brescia. Le informaron –creo que el término es exacto– que lo que el país necesitaba era dejar la economía intocada –o, mejor dicho, la estructura del poder económico y la política económica, que a eso se refieren y no a otra cosa–. Salió molesto, y con razón. Intentó hablar de salud y educación y tuvo la clara impresión de que les interesaba poco. A partir de ahí comenzó un sutil pero efectivo acoso mediático para sacarlo de la escena y poner en el centro a Lourdes Flores, “la candidata de los ricos”, lo que efectivamente ocurrió. Una labor para quitarse el sombrero.

Lo dicho, bien vistas las cosas, no es nuevo. Así se manejaba el país antes de 1968, cuando todos se quitaban el sombrero al ver pasar a un grupo de grandes familias propietarias de haciendas, a los banqueros y los gerentes extranjeros de las Company Towns mineras y petroleras. Eran ellos los que manejaban el país indirectamente –el concepto es de Francois Bourricaud–, a través del candidato correcto, o el partido que se inclinara a su lado.

No había entonces, como ahora tampoco, un sólido partido de derecha, así que tenían que encontrar presidentes que estuvieran dispuestos, según la expresión de Sebastián Salazar Bondy en “Lima la horrible”, a ser “ilustres presos de la oligarquía”. Tampoco importaba mucho quién llegara al poder. Había, decían, un consenso en la ortodoxia económica liberal. Si las elecciones fallaban, no faltaba un general dispuesto al cuartelazo o un partido de masas dispuesto a la convivencia –el APRA–. Alan García está repitiendo la historia. Una vez elegidos, si había huelgas o protestas exigían “mano dura”, “ley y orden”.

Vivimos los tiempos de la nueva oligarquía y el neolatifundismo. El grupo Gloria, por ejemplo, tiene 29,000 hectáreas. El país, dicen, prospera como nunca, aunque los primeros en prosperar son ellos. El Perú parece que fuera un puerto o un aeropuerto. Mirando siempre hacia el mar, para ver si llegan las importaciones, o si se embarcan a tiempo las exportaciones. A los cielos, para ver si llega a tiempo el avión que trae inversionistas o que nos lleva a París. Siempre de espaldas a la sierra o la selva. Es allí donde se encuentran los perros del hortelano que no dejan comer a los inversionistas. Bueno, ahora existen programas de responsabilidad social empresarial, cierto, y mejor filantropía, pero ¿acaso antes los patrones no se preocupaban de “fidelizar” a sus dependientes con obras?

Palacio organiza desfiles de inversionistas, previa publicación de folletos sobre riquezas naturales, o cartas del propio presidente a los grandes inversionistas, aunque parece que recibe de todo. Un total de 1,184 empresarios desfilaron según declaración del propio presidente al momento de estallar el escándalo de los petroaudios en octubre del 2008. ¿Por qué, presidente, recibe usted a tantos en Palacio?

Uno de los escogidos fue el dominicano Fortunato Canaán, que visitó la Presidencia del Consejo de Ministros, el Ministerio de Salud y hasta Palacio de Gobierno. Así es nuestro sistema de incentivos, personalizado. ¿Acaso el presidente Leguía y su hijo no hacían lo mismo? Luego sigue el otro desfile. Ministros y altos funcionarios visitan las suites de los hoteles. Tal es la lección de los petroaudios, escándalo que se resiste al entierro. En Santo Domingo, lugar donde nació Don Fortunato, país donde hablan de frente, le dicen con acierto “acuerdos de aposentos”.

Así estamos. Primero las minorías selectas deciden quién no puede entrar a la presidencia y quién es el candidato correcto, y luego siguen los nombramientos de economistas ortodoxos o grandes empresarios en los puestos claves de manejo económico. Luego nos visitan los inversionistas y sus lobistas. Las elecciones son una licitación. El país, un campo de inversiones.

Fuente: La República (Perú)

El síndrome de Vietnam de Obama

Por: Jonathan Schell

No puede haber una solución militar a la guerra en Afganistán, sólo una política. Casi muero de aburrimiento sólo de escribir esta oración. Como presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, pondera qué hacer con esta guerra, ¿hay alguien que quiera repetir un punto que se ha demostrado miles de veces? ¿Existe alguien que no sepa que una guerra de guerrillas no puede ganarse sin granjearse “los corazones y las mentes” de las personas? El público estadounidense lo ha sabido desde su derrota en Vietnam.

Los estadounidenses están acostumbrados a pensar que su amarga experiencia en Vietnam les enseño ciertas lecciones que se convirtieron en principios precautorios. No obstante, hay documentos históricos recientemente disponibles que revelan algo mucho más extraño. Gran parte de esas lecciones de hecho se sabían –aunque no se admitiera públicamente- antes de que los Estados Unidos intensificaran la guerra en Vietnam.

Esta diferencia es importante. Si el desastre de Vietnam se emprendió con plena conciencia de las “lecciones”, ¿por qué serían más efectivas esas lecciones ahora? Parecería que son necesarias otras lecciones.

¿Por qué la administración del presidente Lyndon Johnson condujo a los Estados Unidos a una guerra que parecía una causa perdida incluso para sus propios funcionarios? Una posible explicación es que Johnson estaba completamente aterrado por la derecha estadounidense. Alentado por el senador Mike Mansfield a salirse de Vietnam, respondió que no quería otra “China en Vietnam.”

Su asesor de seguridad nacional, McGeorge Bundy, alimentó los temores de Johnson. En un memorándum de 1964, Bundy escribió que “el daño político a Truman y Acheson por la caída de China se dio porque gran parte de los estadounidenses empezaron a pensar que podíamos y debíamos haber hecho más de lo que hicimos para impedirlo. Esto es exactamente lo que pasaría ahora si se nos viera como los primeros en salir de Saigón." En otro memorándum, Bundy argumentaba que la neutralidad sería considerada por "todos los vietnamitas anticomunistas" como una “traición", lo que provocaría que una parte del electorado suficientemente poderosa “como hacernos perder unas elecciones” se irritara.

¿Acaso los asesores de Johnson impulsaron al país a una guerra desastrosa con el fin de ganar unas elecciones –o, para ser más exactos, para no perderlas? Johnson, Bundy y los demás, por supuesto, creían en la teoría del "dominó", que dice que una vez que un país “cae” en el comunismo, ello hace que otros caigan. Sin embargo, esa teoría se mezcló con una facilidad sospechosa con la percepción de que había una necesidad política interna de que el presidente se mostrase “duro” –para evitar que pareciera “menos halcón que sus adversarios más respetables”, como posteriormente lo dijo Bundy.

Lo extraño del debate actual sobre Afganistán es el grado en que muestra continuidad con los debates sobre Vietnam, y la administración Obama lo sabe.

Para la mayoría de los estadounidenses Vietnam dejo una gran lección: "No hay que hacerlo de nuevo". Sin embargo, para los militares estadounidenses, Vietnam dejó muchas lecciones pequeñas, que sumadas resultan en “hay que hacerlo mejor.”

En efecto, los militares han militarizado en los hechos los argumentos del movimiento de paz de los años sesenta. Si los corazones y las mentes son la clave, hay que ser buenos con la gente local. Si las bajas civiles son un problema, hay que reducirlas al mínimo. Si la corrupción está haciendo que se pierda el apoyo al gobierno cliente, hay que “presionar” para que sea honesto, como hizo Obama con sus comentarios luego de la reelección completamente fraudulenta del presidente Hamid Karzai.

Las lecciones para la política interna de Vietnam también se han transmitido hasta el presente. George McGovern, el candidato presidencial demócrata de 1972, propuso poner fin a la guerra, que ya para entonces era impopular, y con todo perdió las elecciones por un amplio margen. Esa derrota electoral parecía confirmar los temores previos de Johnson: aquéllos que se salen de las guerras pierden las elecciones. Esa lección infundió en el Partido Demócrata un temor muy profundo al "McGovernismo” que perdura hasta la fecha.

Hay una inconfundible continuidad entre los ataques de Joseph McCarthy a la administración de Harry Truman por “perder” China, y por un supuesto “apaciguamiento” e incluso “traición” y los estribillos agresivos de Dick Cheney y Karl Rove a Obama por oponerse a la guerra en Irak, sin mencionar las acusaciones de Sarah Palin durante la campaña electoral de que Obama había estado “acercándose a los terroristas.”

No es un ningún secreto que el apoyo de Obama a la guerra en Afganistán, que él considera “necesaria para defender a nuestra gente”, sirvió de protección en contra de las acusaciones de debilidad por su política de retirarse de Irak. Así, pues, las políticas del dilema de Vietnam han llegado a Obama prácticamente intactas. Ahora, como entonces, la cuestión es si los Estados Unidos son capaces de perder una guerra sin desmoronarse.

¿Puede dar marcha atrás la estructura política de los Estados Unidos? ¿Sabe cómo reducir las pérdidas? ¿Podrá aprender de la experiencia? ¿O debe caerse de cada acantilado que encuentre?

En el centro de estas preguntas hay otra: ¿deben los liberales y moderados doblegarse siempre ante la derecha extrema en lo relativo a la seguridad nacional? ¿Cuál es el origen del veto que ejerce la derecha sobre los presidentes, los congresistas y la opinión pública? Quienquiera que pueda responder a estas preguntas habrá descubierto una de las claves de la historia estadounidense de los últimos cincuenta años –y las fuerzas que, incluso ahora, presionan a Obama en lo que se refiere a Afganistán.

Recientemente, Obama realizó una visita nocturna a la base Dover de la fuerza aérea para presenciar el retorno de los restos de 16 soldados que murieron en Afganistán. El evento se planeó al detalle. Obama saludó en cámara lenta, al unísono con cuatro soldados uniformados; después caminó al mismo paso que ellos frente a la camioneta en la que acababan de colocar los restos transportados en el avión de carga que los trajo a casa.

Nadie habló. ¿Había caído Obama en el embrujo sombrío de los militares? ¿O era su presencia un compromiso público, mientras toma sus decisiones, de mantener su mente fija en asuntos de vida y muerte, en lugar de concentrarse en las siguientes elecciones?

Las medidas de Obama en Afganistán darán la respuesta.

Fuente: Project Syndicate, 2009.

Aprender de la Guerra Fría

Por: Richard N. Haass

Toda guerra se libra tres veces. La primera surge de la discusión política sobre si iniciar la guerra o entrar en ella. Luego surge la cuestión de cómo librarla. Y, finalmente, se considera qué lecciones se deberían aprender de ella.

La Guerra Fría, el tercer conflicto más importante del siglo XX, no es una excepción a la regla. Las tres fases se pueden identificar y las tres desataron un intenso debate.

Hubo, por ejemplo, quienes cuestionaron si la Guerra Fría era de hecho necesaria y si la Unión Soviética y el comunismo constituían una amenaza. Estos "revisionistas" eran una minoría distinguible, lo cual es bueno, ya que no existe ninguna razón para creer que los soviéticos y el comunismo eran una fuerza benigna. En consecuencia, la Guerra Fría, una contienda global de cuatro décadas de duración, se convirtió en una realidad.

También hubo un debate continuo sobre la mejor manera de librar la Guerra Fría a lo largo de su historia. Las dos principales escuelas de pensamiento eran "repliegue" y "contención". La primera sostenía que la única solución era derrocar al comunismo -"cambio de régimen" según la jerga actual-. El segundo enfoque sostenía que los esfuerzos por hacer replegar al comunismo en el corto plazo eran demasiado riesgosos, en vista del arsenal nuclear soviético, y que Estados Unidos y Occidente debían contentarse con limitar la propagación del poder y la influencia soviéticos.

Prevaleció la contención, pero esto prácticamente no puso fin al debate, ya que hubo intensas discusiones tanto sobre dónde debía aplicarse (Vietnam, América Central y Oriente Medio vienen a la mente) como sobre la manera en que debía llevarse a cabo; vale decir, la combinación correcta de fuerza militar, acción encubierta, diplomacia y control de armamentos, y sanciones y asistencia económicas.

Y ahora, exactamente 20 años después de la caída del Muro de Berlín, estamos bien adentrados en la tercera fase -el debate sobre por qué la Guerra Fría terminó cuando terminó y cómo lo hizo.

Una escuela de pensamiento sostiene que la Guerra Fría se ganó como resultado de décadas de presión sostenida por parte de Estados Unidos y Occidente sobre la Unión Soviética y sus aliados. Esta presión en varias oportunidades cobró la forma de programas nucleares norteamericanos, británicos y franceses, el deseo de la OTAN de contrarrestar los despliegues del Pacto de Varsovia de ejército convencional y de fuerzas nucleares tácticas; la decisión de defender a Corea del Sur de la agresión de Corea del Norte; la dotación de armas a los mujaidines en Afganistán para desangrar a las fuerzas de ocupación soviéticas; y la decisión de crear un costoso sistema de defensa misilística destinado a invalidar la principal inversión militar de la Unión Soviética y hacer quebrar a su gobierno.

Una segunda escuela de pensamiento muy diferente hace hincapié no tanto en lo que hizo Occidente sino en lo que fue la Unión Soviética. Según esta narrativa, la Guerra Fría no fue tanto ganada por Estados Unidos y Occidente como perdida por los soviéticos, el resultado inevitable de la debilidad económica y la decadencia política soviética.

Una tercera perspectiva destaca que la voluntad occidental de involucrar a la Unión Soviética tanto como de confrontarla desempeñó un papel importante en la manera en que se desarrolló la historia. La détente ayudó a evitar que la competencia se desbordara en un conflicto ya que expuso al mundo comunista a las ideas de libertad y al capitalismo occidentales junto con sus beneficios. El régimen soviético y otros regímenes inestables descubrieron, cada vez más, que estaban perdiendo la batalla de las ideas y, en consecuencia, el respaldo de sus propios ciudadanos.

Todos estos factores tuvieron incidencia. La voluntad occidental de negarles el éxito a los soviéticos fue un componente esencial de estrategia. Pero esto por sí solo no habría sido suficiente; por cierto, la Guerra Fría bien podría haberse tornado caliente si la estrategia occidental hubiera consistido sólo en competencia y confrontación militar. Fue importante moderar la competencia para permitir que creciera la presión por el cambio desde dentro del bloque soviético. Y fue importante exponer a las sociedades bajo control soviético a sus anomalías y a las ventajas de las ideas de afuera.

Todo lo mencionado anteriormente tiene implicancias para los desafíos de hoy. Con certeza, no existe ninguna amenaza global de la magnitud de la ex Unión Soviética, pero existen desafíos peligrosos que surgen de países como Irán y Corea del Norte. Lo que se necesita es una política de parte de la comunidad global que combine poderío militar con la voluntad de negociar e interactuar, una política de fuerza colectiva y de flexibilidad colectiva.

Es importante tener en cuenta que la contención, la doctrina dominante en la era de la Guerra Fría, intentaba hacer retroceder la expansión soviética y comunista -no sólo limitar el alcance del poder soviético, sino frustrarlo- para crear un contexto en el que los defectos inherentes del comunismo y del régimen autoritario salieran a la luz. Mijail Gorbachov sólo podría haber hecho lo que hizo en medio de una crisis de confianza.

Hoy, el mundo necesita crear crisis similares de confianza en las mentes de quienes gobiernan Irán y Corea del Norte. El objetivo debería ser limitar lo que estos gobiernos pueden alcanzar en el corto plazo; obligarlos a cambiar sus políticas en el mediano plazo; y poner en funcionamiento fuerzas que generen gobiernos y sociedades nuevos y fundamentalmente diferentes en el largo plazo. Una estrategia de este tipo le dio buenos resultados al mundo durante la Guerra Fría; ahora podría hacer lo mismo.

Fuente: Project Syndicate, 2009.

lunes, 16 de noviembre de 2009

¿QUE PASO CON EL ELN?


En esta época preelectoral en Colombia es sabido el papel determinante que juegan las FARC, tanto para mantener a un gobierno, como para precipitar su salida. En los últimos meses no es poco lo que se ha venido especulando sobre su actual situación político-militar y sus proyecciones en el corto y mediano plazo. Pero algo que llama la atención es que casi ningún analista o medio de comunicación hable de la segunda organización guerrillera del país, el Ejército de Liberación Nacional (ELN). Esta situación ha sido abordada anteriormente desde dos ópticas, una política y otra militar, pero teniendo en cuenta que el conflicto armado colombiano es de carácter político-militar se hace difícil separar estas dos caras de una misma moneda, ya que en este tipo de confrontaciones lo militar se convierte en el elemento dinamizador de lo político, es decir, a mayor capacidad y operatividad militar, mayores serán los espacios de interacción política que genere el actor en cuestión.

A continuación trataré de enunciar y analizar los factores que a mi modo de ver han determinado el proceso de retroceso político y militar que ha llevado al ELN a una especie de invisibilidad dentro y fuera de Colombia.

1- Si bien su composición militante hasta fines de los años ochentas y principios de los noventas estuvo marcada por la participación de profesionales y estudiantes universitarios, el ELN no logró consolidar una presencia operativa estable en las ciudades colombianas, salvo Barrancabermeja, Cúcuta y algunas comunas de Medellín y Bucaramanga (todas perdidas con los paramilitares), por lo general sus frentes urbanos terminaron siendo una extensión logística de los frentes rurales, a diferencia de las FARC (Red Urbana Antonio Nariño y un dispositivo importante de frentes rurales en Cundinamarca), el ELN no pudo construir una estructura permanente en la ciudad de Bogota, lo que lo mantuvo alejado del mayor centro político -administrativo y poblacional de Colombia. Al no haber logrado operar militarmente en las ciudades, los frentes urbanos concentraron sus esfuerzos en la realización de trabajo político - organizativo en sindicatos, universidades y espacios sociales de diverso tipo. El problema en este caso se presento porque en los espacios urbanos la financiación está directamente ligada al factor militar. La actividad militar continua es la que genera la percepción de poder en la población y esta percepción es la que hace que la gente pague extorsiones (vacunas) o “colabore” económica o materialmente con la causa y guarde silencio. Al no poder financiarse de manera autónoma, los frentes urbanos empezaron a depender económicamente de las estructuras rurales, las que en muchas ocasiones difícilmente generaban sus propios ingresos.

2 - El ELN no logró consolidar una fuente nacional de financiación estable, lo que llevó a que mientras los frentes ubicados en zonas de explotación petrolera y minera (Arauca y Norte de Santander) o de tránsito de oleoductos gozaran de ingresos económicos fijos con bajos costos políticos y de imagen, otros frentes se dedicaran a secuestrar y extorsionar indiscriminadamente (lo que generó la fundación de grupos paramilitares en muchas regiones), esto, sin tener en cuenta el impacto que sobre su legitimidad política producirían estas acciones delincuenciales. A finales de los años noventas con la especialización lograda por los organismos estatales antisecuestro (GAULA) y la implementación de los planes candado en las principales ciudades del país, la gran mayoría de los frentes rurales del ELN entraron en serios procesos de crisis económica, lo que produjo la parálisis total de varios. A diferencia de las FARC que desde los años ochentas inició el cobro de impuestos (gramaje) a los cultivadores de coca el sur del país, especialmente en el Caquetá y luego de su octava Conferencia (1993) entró de lleno en todas las fases de producción de la cocaína, proporcionándose una fuente fija de altos ingresos económicos, posibilitando así su crecimiento, expansión y desarrollo político-militar.

3- El ELN no logró dar el salto en lo militar, nunca pudo pasar de la guerra de guerrillas a la guerra de movimientos, no pudo construir los batallones que se planteó en su Tercer Congreso (1996), sólo en Arauca, el Catatumbo, el Sur de Bolívar y el Oriente Antioqueño hubo intentos reales. En gran parte debido a la falta de cuadros militares, ésta organización no pudo establecer una escuela militar permanente a nivel nacional, que le permitiera producir y renovar constantemente mandos militares. Por otra parte la falta de recursos hizo que algunos frentes no lograran ni siquiera construir destacamentos militares (24 hombres), y en los frentes de guerra se crearan “compañías” (que debían tener 90 hombres) con menos de 50 integrantes, por falta de armas (fusiles), municiones y personal. En muchos casos la operatividad militar se redujo a acciones de sabotaje económico (voladura de oleoductos, torres de conducción eléctrica y paros de trasporte) y acciones de finanzas, no es casual que las acciones militares más grandes realizadas por ELN durante los años noventa, hayan sido tres secuestros masivos (El avión Fokker de avianca, la Iglesia de la María en Cali y los pescadores deportivos en la Cienaga del Torno).

4- El ELN Perdió la guerra con el ejército, las FARC y los grupos paramilitares, estos últimos lograron arrebatarles regiones históricas al ELN, como Barrancabermeja que fuera un bastión urbano de esta guerrilla, las comunas de Medellín, gran parte del Magdalena Medio, las zonas planas del Sur de Bolívar, toda la Costa Atlántica y el oriente antioqueño, en esta zona desapareció el que fuera uno de sus frentes emblemáticos, el Carlos y Alirio Buitrago, que en sus mejores momentos llegó a tener más de 400 hombres en armas. Sólo pudo hacerles frente en igualdad de condiciones a sus enemigos en Arauca y las partes altas del Catatumbo el Sur de Bolívar.

5- Su debilidad económica y militar no permitió que por lo menos se conociera su propuesta política de Convención Nacional (espacio de diálogo entre la insurgencia y la sociedad civil que serviría para elaborar el proyecto de país que se plantearía posteriormente al gobierno de turno en un eventual proceso de paz), el uso reiterado del secuestro como medio de financiación hizo que fuera incluido en la lista de organizaciones terroristas de la Unión Europea y se debilitara su imagen a nivel nacional e internacional.

En la actualidad se encuentra en el peor momento político de su historia, ya que no representa una amenaza real a la estabilidad institucional del Estado, su capacidad militar está bastante restringida y se circunscribe a tres áreas geográficas específicas, el Departamento de Arauca (Frente de Guerra Oriental), el Sur de Bolívar (Área Darío Ramírez Castro) y el Catatumbo (Frente de Guerra Nororiental), no tiene influencia política o militar sobre ninguna ciudad importante y se encuentra marginado del debate político nacional, por lo cual su futuro se presenta bastante incierto y confuso. En caso de entrar en un proceso de negociación, tendría que desarmarse y reinsertarse incondicionalmente y luego sentarse a recibir lo que el gobierno quiera entregarles (beneficios jurídicos y económicos personales), sin que se produzca ningún tipo de cambio o reforma sustancial en el modelo político – económico del país, o pueden continuar la guerra obligándose a ligarse al narcotráfico de manera activa (ya está sucediendo en Nariño y Cauca) para poder mantener muchas estructuras debilitadas por la falta de recursos humanos y económicos, rematando lo que queda de su imagen política (esperando que no se produzcan casos de degeneración ideológica como le sucedió a muchos comandantes de las FARC en el sur del país) y esperando retomar algún tipo de iniciativa militar que les permita negociar no desde un estado de postración sino solamente de debilidad militar, algún tipo de reforma o cambio político sustancial, por lo menos en las comunidades rurales en las que todavía es un actor central.

Luis Fernando Trejos Rosero.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

No debemos resignarnos a la corrupción

Mucho de lo planteado en este interesante escrito es extrapolable a la realidad chilena y latinoamericana. Lamentablemente, varios países de la región presentan -siguiendo con la analogía propuesta en el texto- un cáncer en etapa avanzada, difícil de superar. En aquellos casos las recetas/medidas esbozadas líneas abajo deberían ser vistas como extremadamente urgentes, terapia aplicada in extremis a un ser (semi) agonizante.

Daniel Bello
Editor.

Por: Jesús Lizcano Álvarez, Antonio Garrigues Walker, Jesús Sánchez Lambás y Manuel Villoria Mendieta, miembros del comité de dirección de Transparencia Internacional España.

La corrupción es como un cáncer que avanza imparable si no se toman medidas para detenerlo. Las redes de corrupción se expanden y van controlando empresas, municipios, Comunidades Autónomas y hasta unidades esenciales del Estado si los partidos, los Gobiernos y la sociedad no se alían para detener esta enfermedad social. La causa de la expansión es que, si se percibe la impunidad, resulta racionalmente rentable arriesgarse a ganar mucho dinero, robando a una colectividad difusa, sin peligro de ir a la cárcel por ello. Es obvio que personas con principios éticos sólidos no aceptarán este intercambio, pero, por desgracia, la solidez de los principios no está garantizada entre nuestra clase política. Lo cual no quiere decir que todos los políticos sean corruptos. En todo caso, cuanto más se expande la corrupción más difícil es mantenerse ajeno a su tentadora llamada. En España, la corrupción, que era una enfermedad de la que creíamos haber salido, se ha ido extendiendo de nuevo. Poco a poco, redes corruptas han ido generando una tupida serie de intercambios deshonestos que, al final, han puesto en peligro la legitimidad de nuestra clase política y de nuestras instituciones.

Para algunos políticos irresponsables esto es la consecuencia del crecimiento, como si la corrupción fuera un peaje a pagar por una economía desarrollada. Nada más lejos de la realidad, las economías más sólidas, los países con mayor índice de desarrollo humano son países bastante honestos. La corrupción, como nos demuestran sólidos estudios del Banco Mundial, aleja la inversión, genera gastos innecesarios y reduce los ingresos públicos. Un país con alta corrupción elabora políticas para beneficio de unos pocos, no de la sociedad en su conjunto; un país con alta corrupción genera infraestructuras deficientes, regula mal los servicios públicos privatizados, y obliga a los empresarios honestos a esfuerzos sobrehumanos para sostener sus empresas. La corrupción produce un deterioro en el funcionamiento de la justicia, daña el Estado de derecho y genera profundas desigualdades sociales.

Para explicarse la situación actual en nuestro país sería bueno que considerásemos tres variables, que no son las únicas, pero sí son importantes. En primer lugar, un clientelismo y una falta de transparencia en las instituciones públicas. En España, la opacidad con la que actúan los Gobiernos es casi propia de países con democracias fallidas. Además, el clientelismo, sobre todo en el nivel local y en la administración instrumental de todos los niveles de gobierno (empresas públicas, fundaciones, gerencias, etc.), es muy elevado. Nuestros municipios y empresas públicas están plagados de empleados públicos que están allí por ser del partido o amigos de la persona oportuna. Empleados públicos que entraron de forma provisional y se quedaron allí de por vida, que carecen de valores de servicio público y que nunca se jugarán su puesto por defender el interés general. Es incomprensible el uso y abuso de la libre designación en la provisión de puestos en nuestras Administraciones. También es incomprensible que, salvo pequeñas excepciones, no existan mecanismos mínimamente rigurosos de evaluación del desempeño de nuestros empleados públicos. Como consecuencia, la carrera está demasiadas veces vinculada a las fidelidades personales y no a la valía y profesionalidad.

En segundo lugar, los mecanismos de control sobre la actividad de los partidos políticos y sobre su financiación son manifiestamente mejorables, como ya advirtió hace tiempo el propio Tribunal de Cuentas. Los españoles financiamos generosamente a los partidos, que cada vez ingresan más de los presupuestos públicos del Estado, de las CC AA y de los municipios; sin embargo, las cuentas que nos ofrecen son opacas, dejan fuera a sus empresas y fundaciones, no incorporan la contabilidad desagregada al nivel local y, desde luego, no explican las razones de las condonaciones de sus deudas. Eso lo saben sus dirigentes y lo sabemos muchos más. Si incumplen no hay sanciones, no hay responsabilidad penal de la persona jurídica, no devuelven el dinero público recibido.

En tercer lugar, en España tenemos demasiadas normas innecesarias, sin embargo, muchas leyes necesarias no existen, y cuando existen no se cumplen y no ocurre nada. Las leyes de incompatibilidades son sistemáticamente violadas; en numerosas CC AA no se regulan los conflictos de interés; se crean empresas mixtas público-privadas para otorgar contratos sin concurrencia a las empresas que se unen a la pública, y tiene que ser la Unión Europea la que nos lleve ante el Tribunal de Justicia Europeo. En fin, parece que no nos tomamos muy en serio la prevención y la lucha contra la corrupción y así nos va.

Sin embargo, desde Transparencia Internacional creemos que no debemos resignarnos, que es posible luchar contra la corrupción y ganarle la batalla. Para ello, es ineludible que los partidos políticos y la propia sociedad nos tomemos el problema en serio y propugnemos mejores medidas y controles. En ese afán de contribuir a la movilización contra esta enfermedad social, proponemos:

1. Un reforzamiento de los mecanismos preventivos. Por ejemplo, realizar análisis de riesgos en todas las Administraciones para detectar peligros y anticiparse a ellos; formación mayor en ética, aplicar rigurosamente las normas sobre conflictos de interés, etc...

2. Un reforzamiento de los mecanismos de mérito e igualdad en el acceso y carrera dentro de la Administración y una evaluación objetiva del rendimiento de nuestras Administraciones y empleados públicos.

3. Una mejora de los mecanismos de transparencia en la Administración; tenemos muchos Gobiernos opacos que no rinden cuentas a la ciudadanía. Es urgente una Ley de Transparencia y Acceso a la información, como tienen casi todos los países europeos.

4. Una simplificación de las normas y procedimientos, permitiendo a los ciudadanos resolver sus asuntos con la Administración de forma más ágil: muchas licencias y permisos podrían concederse on line.

5. Hay que modernizar y agilizar una justicia decimonónica y adaptar el Código Penal a las nuevas realidades de la delincuencia económica y la corrupción. Nuevos tipos penales deben ser generados para luchar contra la corrupción, es necesario introducir la responsabilidad penal de las personas jurídicas.

6. Una mejora de la Ley de Financiación de los partidos, para prohibir las donaciones de inmuebles, así como la condonación de deudas, etc. Sobre todo, es necesario que se exija más transparencia a los partidos, que se incorporen los datos de sus fundaciones y empresas al sistema de control, y que se refuerce el papel del Tribunal de Cuentas.

7. Una preocupación mayor por dar formación e información a la ciudadanía sobre los enormes daños que causa a un país la corrupción. Deberíamos incorporar a la educación reglada un análisis de la corrupción y sus efectos. La sociedad civil debe implicarse en la lucha contra la corrupción, liderada probablemente por los medios de comunicación.

8. Una mejora de los mecanismos de denuncia de la corrupción con protección a los denunciantes. Quien denuncia con fundamento la corrupción no es un chivato, es una persona que actúa con lealtad institucional y social, y que merece nuestro agradecimiento.

9. Un reforzamiento de los mecanismos que permitan recuperar el dinero robado y dificultar el blanqueo del mismo.

10. Una demostración por parte de los partidos políticos de que están verdaderamente dispuestos a combatir la corrupción, para lo cual deberían concertar un Pacto de Estado contra la corrupción, con medidas concretas para su implantación, y facilitando a la sociedad el control efectivo de su cumplimiento.

Finalmente, creemos que resulta insostenible para nuestra economía y nuestra democracia la situación actual, de ahí la llamada que hacemos a una respuesta contundente y efectiva de la sociedad civil contra la corrupción, una sociedad que no puede resignarse a esta degradación moral y que debe exigir urgentemente de nuestros representantes una respuesta consensuada y efectiva contra esta lacra social.

Fuente: El País

martes, 10 de noviembre de 2009

¿Estropeará el éxito al Brasil?

Por: Arthur Ituassu

Últimamente, el Brasil ha estado apareciendo en los titulares internacionales, pero no por las historias tradicionales de violencia urbana, catástrofes naturales, corrupción política o desforestación del Amazonas.

En la cumbre del G-20 celebrada en Londres el pasado mes de abril, el Presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, hizo un llamamiento al mundo para que prestara atención al Presidente del Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, el “político más popular de la Tierra”, y le estrechó la mano, al tiempo que decía: “Mi hombre aquí. Me encanta este hombre”.

En septiembre, el Presidente destituido de Honduras, Manuel Zelaya, reapareció en su país dentro de la embajada del Brasil en Tegucigalpa después de tres meses de exilio. Aunque durante un tiempo su presencia agravó dramáticamente la situación, los diplomáticos brasileños, en colaboración con los EE.UU., lograron un acuerdo con las autoridades hondureñas para que permitieran a Manuel Zelaya volver a su cargo.

Después llegó la noticia de que el Brasil organizará los Juegos Olímpicos de verano en 2016, además de organizar la Copa Mundial en 2014.

En cuanto a la crisis económica mundial –y que, por fortuna, ahora está empezando a remitir–, el Brasil ha brillado durante toda ella, al registrar una recuperación rápida e intensa y, como si esa buena noticia no fuese suficiente, la gigantesca empresa petrolera estatal del Brasil, Petrobrás, ya está preparando para su explotación dos enormes yacimientos de petróleo en aguas profundas descubiertos frente a las costas de Río de Janeiro.

Por esas y otras razones, el Brasil está centrando la atención del mundo. Por fin, la democracia brasileña está funcionando bien, después de muchos años de gobierno militar, y su economía parece más potente que nunca. A consecuencia de ello, muchos están refiriéndose a la posibilidad de que en el futuro el Brasil desempeñe un papel internacional cada vez más importante.

Pero el Brasil y su gobierno tienen por delante dos importantes imperativos conectados: la necesidad de crear una sociedad mucho más igualitaria y la de resistir la tentación de recurrir al nacionalismo siempre que se manifiesten fracasos internos.

El actual éxito del Brasil tiene su origen no sólo en los dos mandatos de Lula, que acabarán en 2010. El programa de estabilización económica aplicado por Fernando Henrique Cardoso desde 1994 (el plan del real), primero como ministro de Hacienda y después como Presidente durante dos mandatos, solidificó una estructura gracias a la cual el mandato de Lula ha podido ser tan próspero.

Con esto no pretendo quitar el menor mérito a Lula. Su presidencia ha garantizado la estabilidad política y ha fortalecido la cohesión social. De hecho, al gestionar el proceso político para que el Estado funcionara en pro del pueblo del Brasil, el gobierno de Lula ha hecho de este país una democracia verdaderamente estable y consensual.

No hay la menor modestia en ese logro, dada la tradicional inestabilidad institucional del Brasil y la serie de importantes escándalos de corrupción en que se sumió el gobierno de Lula en 2005 y 2006. Lula sobrevivió a aquellos escándalos y no tomó la iniciativa de enmendar la Constitución para poder optar a un tercer mandato, aunque algunos en el Brasil lo instaron a que lo hiciera.

Lula ha aplicado también importantes políticas sociales. Durante su gobierno, dos millones de hogares han recibido la corriente eléctrica por primera vez, once millones de familias muy pobres han conseguido el apoyo de una renta mínima (la Bolsa Familia), el salario mínimo ha aumentado un 45 por ciento en términos reales, lo que ha beneficiado a 42 millones de personas. Además, se han creado ocho millones de puestos de trabajo, 17 millones de personas han salido de la pobreza y la renta del 50 por ciento más pobre ha aumentado un 32 por ciento, dos veces mas rápidamente que la del diez por ciento de los más ricos en el mismo período, y Lula ha logrado todo eso sin desencadenar la inflación, que, como sabe, tal vez a consecuencia de la pobreza que padeció en su infancia, causa estragos sobre todo entre los pobres.

Esa inmensa transformación no sólo ha creado un círculo virtuoso que ha fortalecido la estabilidad institucional y el capital social, sino que, además, ha diferenciado al Brasil de otros países de la América latina, al situarlo a la vanguardia de la región en la lucha democrática contra las tradicionales injusticias sociales y económicas.

Sin embargo, los imperativos por cumplir son enormes, pues el Brasil sigue ocupando el séptimo puesto del mundo por la desigual de su sociedad... y persiste la violencia severa. El sesenta y cuatro por ciento de los hogares brasileños carece de corriente eléctrica y saneamiento y sólo el 22 por ciento tiene electricidad, un teléfono, una computadora, un frigorífico, un televisor y una lavadora. En las regiones más pobres, la septentrional y la nordoriental, esas cifras bajan hasta el 8,6 por ciento y el 8,3 por ciento, respectivamente. Entre los jóvenes, casi el 37 por ciento de los de edades comprendidas entre los 18 y los 24 años, no acaban la enseñanza secundaria. Sólo la mitad de la población de más de 25 años de edad ha recibido educación oficial durante más de ocho años.

En cuanto al papel internacional del Brasil, está surgiendo una competencia sutil con los Estados Unidos. Este último país quiere concertar la mayor cantidad posible de acuerdos de libre cambio en la región, mientras que el Brasil es partidario de ampliar su unión aduanera, Mercosul/Mercosur. El ingreso de Venezuela en el bloque brasileño, la dirección brasileña de la misión de las Naciones Unidas en Haití y el papel del Brasil en el asunto hondureño son ejemplos de dicha competencia.

Para que el Brasil continúe por su vía de prosperidad, debe seguir concediendo una mayor prioridad a sus programas económicos y sociales que a las aventuras extranjeras. La creación de una importante sociedad igualitaria, libre y democrática que respete las instituciones internacionales y colabore con ellas es lo mejor que el Brasil puede ofrecer al mundo ahora mismo.

Fuente: Project Syndicate, 2009.

Más muros por caer

Por: Mikhail Gorbachev

El pueblo alemán, y todo el mundo junto con él, celebran una fecha histórica, el vigésimo aniversario de la caída del Muro de Berlín. No muchos acontecimientos permanecen en la memoria colectiva como una vertiente que divide dos períodos bien diferenciados. El desmantelamiento del Muro de Berlín -ese símbolo sombrío y concreto de un mundo dividido en campos hostiles- es uno de esos momentos definitorios.

La caída del Muro de Berlín trajo esperanza y oportunidades a la gente en todas partes, y le brindó a los años 1980 un final verdaderamente alborozado. Eso es algo en lo que hay que reflexionar mientras esta década se acerca a su fin -y cuando la posibilidad de que la humanidad dé otro salto trascendental hacia adelante parece escabullirse.

El camino al fin de la Guerra Fría ciertamente no fue fácil, ni bienvenido universalmente en ese momento, pero es justamente por esta razón que sus lecciones siguen siendo relevantes. En los años 1980, el mundo estaba en una encrucijada histórica. La carrera armamenticia entre el Este y Occidente había creado una situación explosiva. Los elementos de disuasión nuclear podrían haber fallado en cualquier momento. Íbamos camino al desastre, al mismo tiempo que ahogábamos la creatividad y el desarrollo.

Hoy, ha surgido otra amenaza planetaria. La crisis climática es el nuevo muro que nos separa de nuestro futuro, y los líderes actuales en gran medida están subestimando la urgencia, y la escala potencialmente catastrófica, de la emergencia.

La gente solía decir en broma que lucharemos por la paz hasta que ya no quede nada en el planeta; la amenaza del cambio climático hace que esta profecía resulte más literal que nunca. Las comparaciones con el período inmediatamente anterior al Muro de Berlín parecían asombrosas.

Como hace 20 años, enfrentamos una amenaza a la seguridad global y a nuestra propia existencia a la que ninguna nación puede hacer frente por sí sola. Y, nuevamente, es la gente la que está pidiendo un cambio. De la misma manera que el pueblo alemán declaró su voluntad de unidad, los ciudadanos del mundo hoy están exigiendo que se tomen medidas para abordar el cambio climático y reparar las profundas injusticias que lo circundan.

Hace veinte años, los principales líderes mundiales manifestaron determinación, se enfrentaron a una oposición y una presión inmensa y el Muro se derribó. Todavía está por verse si los líderes de hoy harán lo mismo.

Abordar el cambio climático exige un cambio de paradigmas en una escala similar a la que se necesitó para poner fin a la Guerra Fría. Pero necesitamos un "interruptor" para evitar la estrategia convencional que predomina actualmente en la agenda política. Fue la transformación generada por la perestroika y el glasnost la que preparó el escenario para el salto cuántico a la libertad para la Unión Soviética y Europa del Este, y abrió el camino para una revolución democrática que salvó a la historia. El cambio climático es complejo y está estrechamente entrelazado con una serie de desafíos, pero se necesita una ruptura similar en nuestros valores y prioridades.

No hay un solo muro por derribar, sino muchos. Existe el muro entre aquellos estados que ya están industrializados y los que no quieren quedar rezagados en su desarrollo económico. Existe el muro entre los que causan el cambio climático y quienes sufren las consecuencias. Existe el muro entre los que ponen atención en la evidencia científica y quienes consienten los caprichos de intereses creados. Y existe el muro entre los ciudadanos que están modificando su comportamiento y quieren una fuerte acción global y los líderes que hasta el momento los están defraudando.

En 1989, se implementaron cambios increíbles que se consideraban imposibles pocos años antes. Pero esto no fue casual. Los cambios reverberaron las esperanzas del momento, y los líderes respondieron. Derribamos el Muro de Berlín con la idea de que las generaciones futuras podrían solucionar los desafíos en conjunto.

Hoy, al mirar el golfo cavernoso entre los ricos y los pobres, la irresponsabilidad que causó la crisis financiera global y las respuestas débiles y divididas al cambio climático, tengo una sensación amarga. La oportunidad de construir un mundo más seguro, más justo y más unido en términos generales se ha desperdiciado.

Para hacerme eco del pedido que me formulara mi difunto amigo y compañero de contertulio, el presidente Ronald Reagan: Sr. Obama, Sr. Hu, Sr. Singh y, allá en Berlín, Sra. Merkel y sus colegas europeos, "¡Derriben este muro!" Porque es su Muro, su momento definitorio. No pueden eludir el llamado de la historia.

Apelo a los jefes de Estado y de gobierno a asistir en persona a la conferencia sobre cambio climático en Copenhague en diciembre y a desmantelar el muro. La gente del mundo espera se pronuncien. No los defrauden.

Fuente: Project Syndicate, 2009.

El muro eterno

Por: Dominique Moisi

Los muros concebidos para mantener a personas dentro o fuera de ellos –ya estén en Berlín, Nicosia, Israel o Corea– son siempre producto del miedo: el de los dirigentes alemanes orientales a un éxodo en masa de sus ciudadanos en busca de libertad y dignidad; el de los dirigentes grecochipriotas y turcochipriotas a una guerra continua; el de los israelíes al terrorismo o el de los dirigentes de Corea del Norte al “abandono” por parte de su martirizado pueblo. Paralizar un status quo , consolidar la posición propia o permanecer separado de otros, vistos como tentaciones o amenazas (o ambas cosas): ésos han sido siempre los objetivos de los políticos que construyen muros.

¿Por qué hay semejante diferencia entre el destino de Berlín, ahora capital en la que el progreso del presente va cubriendo lentamente las cicatrices del pasado, y el destino de Nicosia, donde el tiempo ha quedado paralizado, o el de Israel, cuyo “muro de seguridad” se amplía como una cicatriz reciente, por no citar la improbable consolidación del régimen norcoreano tras sus muros de paranoia y opresión?

Para entender esas diferentes situaciones, hemos de tener en cuenta la voluntad de la gente de destruir sus muros en el caso de la Alemania Oriental, de ampliarlos en el caso de Israel y de paralizarlos en el de Chipre y del gobierno de Corea del Norte. Naturalmente, las cualidades –o falta de ellas– de los dirigentes respectivos son también un factor importante.

El Muro de Berlín se desplomó en 1989 mucho más rápidamente de lo que la mayoría de los alemanes orientales habrían soñado (o temido). Habían subestimado la fuerza del “sentimiento nacional alemán” en el Este y sobreestimaron enormemente la capacidad y la voluntad de la Unión Soviética de mantener su imperio a toda costa. Por encima de todo, Mijail Gorbachov quedará como el hombre que tuvo la visión y el valor de no oponerse al curso de la Historia. Puede que no entendiera enteramente lo que estaba sucediendo ante sus ojos y las fuerzas que había desencadenado, pero su moderación constituye una auténtica grandeza.

El milagro del Berlín reunificado de hoy es un desafío –una provocación incluso– a todos los muros. Es una prueba de que en un mundo interdependiente, los muros son innaturales y artificiales y, por tanto, están condenados. Sin embargo, la verdad es mucho más compleja, pues los muros son una realidad con múltiples niveles y siempre es peligroso reescribir la Historia de forma maniquea y, además, confundiendo las realidades del pasado con las del presente.

Nicosia, la capital dividida de Chipre, es la antítesis perfecta de Berlín y, como tal, la mejor ilustración de lo que ocurre cuando se paraliza la Historia. En ella, ventanas vacías y rellenadas con sacos de arena siguen frente a frente desafiantemente, símbolos de un pasado que no ha pasado durante decenios. Naturalmente, cruzar la Línea Verde que separa las zonas griega y turca de la ciudad no se parece en nada al cruce del infame Checkpoint Charlie de Berlín. Ya no es una experiencia traumática, sino sólo una pesadez burocrática.

Los alemanes orientales querían unificar el Estado alemán en pro de la unidad de su nación: “Somos un solo pueblo” era su lema. ¿Están los grecochipriotas interesados en serio en reunificar su isla? ¿Desean hacer extensivos a la zona septentrional turca de Chipre los evidentes beneficios que obtienen de su pertenencia a la Unión Europea, en la que ingresaron en 2004? Lo más probable es que no.

En cuanto al Gobierno turco, su prioridad oficial sigue siendo su propio ingreso en la UE. No puede decir en voz alta y clara que no está interesado en serio en el destino de Chipre, pero probablemente no diste eso mucho de la verdad. En cualquier caso, los dos bandos han desaprovechado tantas oportunidades en los pasados decenios, en parte por culpa de dirigentes caracterizados por una “mediocridad competitiva” –ésa es la mejor calificación que podemos darle–, que resulta difícil ver un milagro en el horizonte.

Israel está más próximo a Nicosia que a Berlín, no sólo geográficamente, sino también desde el punto de vista político, porque los sucesivos dirigentes israelíes y palestinos no han dado muestras –ni unos ni otros– de cualidades de visión e imaginación. Un muro es un mal símbolo internacional, en particular en el momento en que se conmemora la caída del Muro de Berlín. Es también un símbolo de futilidad, porque no constituye una solución viable a largo plazo.

Pero la situación es, lamentablemente, más compleja. Con el paso del tiempo, los israelíes y los palestinos cada vez quieren separarse más unos de otros e Israel, al contrario que Corea del Norte, cuyo régimen está condenado a desaparecer en una sola Corea unida por la libertad y el capitalismo, va a perdurar.

El muro de Israel constituye un componente triste, pero probablemente inevitable, de su seguridad. Lo que se debe discutir es el innecesario y agresivo trazado del muro de seguridad, acompañado de la provocación de nuevos asentamientos israelíes en la Ribera Occidental, no el principio en que se basa. Al fin y al cabo, no había opciones substitutivas que impidieran nuevos derramamientos de sangre en el momento de la segunda Intifada.

En última instancia, los “muros” representan realidades que subyacen a su construcción, realidades, que, lamentablemente, generaciones posteriores tal vez no puedan o no quieran cambiar.

Fuente: Project Syndicate, 2009.

viernes, 6 de noviembre de 2009

El “qué habría pasado” de 1989

Por: Michael Meyer

La escena se ha retransmitido durante semanas en las pantallas de televisión de todo el mundo como si los hechos fueran noticias de última hora: berlineses felices bailando encima del tristemente célebre muro que fue derribado hace veinte años el 9 de noviembre de 1989. Las personas gritaban “ Die Mauer ist Weck,” y alzaban los puños ante las cámaras en la Puerta de Brandeburgo. “¡El muro ya no está!”

Sin duda, esta es una de las imágenes icónicas del siglo XX. Para los estadounidenses, en especial, fue el emblema totémico de la victoria en la Guerra Fría. Con todo, si usted hubiera estado ahí esa noche, como yo estuve, cubriendo la noticia para Newsweek , el momento sería más ambiguo, en particular si se mira en retrospectiva después de dos décadas. En pocas palabras, la historia pudo haber sido muy diferente, y casi lo fue.

Egon Krenz, el jefe comunista de la República Democrática Alemana, lo llamó un “gran descuido” Él estaba disfrutando de un momento excepcional de triunfo cuando el vocero de su partido llegó, avanzada la tarde del 9 de noviembre. “¿Algo que anunciar?”, preguntó Günter Schabowski inocentemente. Krenz vaciló y después le dio un comunicado de prensa. Iba a anunciar una gran iniciativa que había hecho que se aprobara en el Parlamento apenas unas horas antes, y que la gente impaciente del país había estado exigiendo en las calles durante semanas: el derecho a viajar. Krenz quería dárselo –pero hasta el siguiente día, el 10 de noviembre.

Sin darse cuenta de este hecho crítico, Schabowski salió y leyó el comunicado ante el mundo en una forma que ahora es una anécdota famosa. "¿Cuándo entrará en vigor?", preguntaron los reporteros. Confundido, Schabowski ignoró la importante fecha: "so fort" , dijo. "Inmediatamente." En un segundo, el daño estaba hecho. Estupefactos, los alemanes orientales se lanzaron como una ola humana hacia los puntos de cruce hacia el Occidente. Los guardias de las fronteras, sin haber recibido instrucciones y sin saber qué hacer, les abrieron. Lo demás ya es conocido.

Los accidentes siempre han dado forma al destino de la humanidad. Pero aun así vale la pena preguntar, ¿qué hubiera pasado si Schabowski no hubiera cometido ese enorme error? Imaginemos que, el siguiente día, las leyes de viaje de Krenz hubieran entrado en vigor ordenada y eficientemente al estilo alemán.

En el sentido estricto de la palabra, el muro no habría caído. Habría sido abierto, no

derribado. Los comunistas, no la gente, lo habrían hecho. El cambio se habría dado por evolución, no por revolución. ¿Habrían podido Krenz y los comunistas reformistas que habían tomado el poder apenas semanas antes canalizar el malestar popular o incluso apaciguarlo? En lugar de que hoy hubiera una Alemania unificada, ¿podrían seguir existiendo dos Alemanias, la oriental y la occidental?

El juego de “si hubiera” puede jugarse incesantemente. Sin todo el dramatismo de esa noche en el muro, con todas sus escenas inspiradoras, ¿se habría producido una semana después la Revolución de Terciopelo en Praga? ¿Habrían tenido el valor los rumanos de levantarse en contra de Nicolae Ceausescu un mes después? Las fichas de domino en Europa oriental podrían haber caído de otra forma- Algunas de ellas simplemente podrían no haber caído.

Cuarenta y ocho horas después de que los primeros alemanes subieron a lo alto del muro, me quedé toda la helada noche junto con miles de berlineses occidentales en la lodosa tierra de nadie que era la Potzdammer Platz, el viejo corazón del Berlín previo a la guerra. El montecillo del bunker de Hitler formaba una suave curva bajo la tierra a una distancia de aproximadamente un campo de fútbol. Una cuadrilla de trabajadores de Alemania oriental estaba haciendo un nuevo pasaje a través del muro y el trabajo era difícil. Con una grúa gigantesca hacían esfuerzos para levantar una losa de aproximadamente 4 metros de alto, y la jaloneaban de un lado a otro como un dinosaurio con su presa. Finalmente cedió y se elevó por encima de las masas, girando lentamente como si estuviera en la horca.

La televisión resaltaba su superficie rota, garabateada con graffiti. Todos los conflictos no resueltos de Europa estaban en ese pedazo de concreto pintado: una esvástica neonazi, rostros surrealistas de los muertos de Europa a causa de la guerra y el Holocausto y las purgas de la policía secreta. Lo que más destacaba era una palabra: Freiheit . Libertad.

Qué extraño que haya sido esa losa, esa palabra, esa noche. A medida que en el Occidente se ponía el sol, una enorme y perfecta bola color naranja que ardía hacia la tierra, la luna había salido en el Este, tan perfectamente llena y redonda como el sol, fría y blanca-azulina. Era como si estuvieran en equilibrio, moviéndose en un eje invisible, con Berlín entre ellos, al mismo tiempo, suspendido y dando un punto de apoyo. Freiheit. Como para hacer que uno creyera en el destino, ahí, en esa tierra de fantasmas embrujada.

A menudo pensamos en la historia como algo inevitable, una culminación de grandes y abrumadoras fuerzas que sólo pueden conducir a un destino. Sin embargo, la realidad de 1989, según me dijo uno de los organizadores de las protestas masivas de ese tiempo, “era que en cualquier momento, en cualquier lugar, era posible que los acontecimientos tomaran otro rumbo."

¿Por qué sucedió esto y no otra cosa? La respuesta parece radicar en esas infinitas elecciones individuales en momentos cruciales, los accidentes que crean los errores humanos, como el “gran descuido” de Schabowski tan pequeño y comprensible, y sin embargo tan trascendente. Entre ellos, también, estuvieron las elecciones de manifestantes valientes de salir a las calles, para defender sus derechos –o, como me lo explicó este manifestante particular, para no tener que explicar a la siguiente generación, “Nos quedamos sentados esperando." Aquéllos que bailaron encima del muro hace veinte años hicieron su elección.

Fuente: Project Syndicate, 2009.

Israel después de Goldstone

Por: Shlomo Ben-Ami

La situación azarosa de Israel como consecuencia del informe del juez Richard Goldstone donde se lo acusa de crímenes de guerra en Gaza, y el subsiguiente respaldo del informe por parte del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, trae a la mente la reacción del vicepresidente de Estados Unidos Spiro Agnew ante la acusación en su contra por cargos de corrupción en 1973: "Los bastardos cambiaron las reglas, pero nunca me avisaron".

De hecho, las reglas han cambiado, e Israel no puede decir que no fue advertido de que ésta es una era en la que el derecho internacional y la justicia universal se están promoviendo de manera convincente como los pilares de un orden mundial mejorado. Ese no era el caso cuando estalló el conflicto árabe-israelí hace más de 60 años. Ahora, en cambio, la comunidad internacional está comprometida a escudriñar cómo se llevan a cabo las guerras, y no se permitirá que los crímenes de guerra no reciban castigo.

O así deberían ser las cosas. Desafortunadamente, las nuevas reglas, en realidad, se aplican sólo a aquellos países que no son potencias mundiales. El Consejo de Derechos Humanos de la ONU no se habría atrevido a poner a Rusia en el banquillo de los acusados por devastar Grozny, la capital de Chechenia, o a China por reprimir brutalmente al pueblo del Tíbet y a la minoría musulmana uigur.

En su primera visita a Beijing, de hecho, la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, dejó en claro que cuando se trata de China, el orden y la estabilidad están encima de los derechos humanos. Después de todo, le explicó a un colega europeo, se supone que no hay que abusar del propio banquero. Y este banquero en particular financia todo el presupuesto del Pentágono.

Tampoco es concebible que Estados Unidos o Gran Bretaña hubieran sido convocados a dar explicaciones ante la Comisión de Ginebra, compuesta por algunos de los abusadores más brutales del mundo, por las bajas masivas que infligieron a civiles en Irak y Afganistán. De la misma manera, los cientos de víctimas civiles del bombardeo masivo de la OTAN en Serbia en 1999 permanecerán por siempre anónimos.

Es un defecto importante del sistema de derecho internacional que la aplicación de los principios sublimes de la justicia universal deba estar condicionada por el equilibrio global del poder político, y que a los abusadores más célebres del mundo, como Libia e Irán, se les permita posar como guardianes de los derechos humanos en agencias de las Naciones Unidas.

¿Alguien realmente puede esperar que a Israel lo impresione la crítica moral que hace Irán de su “desafío de la ley”? De hecho, tal como descubrió el propio juez Richard Goldstone con consternación, el Consejo de Derechos Humanos eligió censurar exclusivamente a Israel sin ni siquiera preocuparse por mencionar a Hamas, a quien Goldstone explícitamente acusó de crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad.

No es del todo descabellado suponer que un “efecto Obama” está teniendo impacto en el actual apremio internacional de Israel. La embestida contra Israel estuvo indirectamente alentada por la percepción hoy generalizada de que, con Obama en la Casa Blanca, el inquebrantable apoyo norteamericano a un estado judío ya no se puede dar por sentado. La indiferencia de algunos países europeos frente al pedido de ayuda de Israel durante el debate sobre el informe Goldstone no estuvo desvinculada de su frustración ante la negativa por parte del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, a congelar los asentamientos, algo en lo que Obama ha insistido.

Sin embargo, por más entendible que pueda ser la sensación que tiene Israel de que lo tratan erróneamente, debería ajustarse a estándares más elevados, y evitar atrincherarse detrás de los muros de sus propias convicciones. La gesta de Israel en Gaza fue una victoria pírrica, y el país hoy está comprometido a cambiar su doctrina de guerra de “defensa ofensiva”. Una muestra de fuerza devastadora, con víctimas israelíes limitadas a costa de una cantidad ilimitada de bajas civiles palestinas, ya no es internacionalmente sostenible. Si se la repite, esta estrategia irreparablemente socavará la posición de Israel en la familia de naciones.

Israel tendrá que adaptar su doctrina de guerra al campo de batalla moderno y a las sensibilidades de la comunidad internacional. Los ejércitos regulares ya no son la amenaza exclusiva a la seguridad de los países. Los actores no estatales –como Hamas y Hezbollah, o el talibán en Afganistán y Pakistán- que se escudan detrás de una población civil indefensa exponen la creciente brecha entre las reglas de guerra tradicionales y las realidades del campo de batalla de hoy. Es dudoso que Israel tenga la capacidad de forjar una alianza internacional que adapte las reglas de guerra a las condiciones de conflicto armado asimétrico.

El informe Goldstone no necesariamente es una mala noticia para las perspectivas de paz en Oriente Medio. Podría decirse que la guerra en Gaza creó una nueva clase de disuasión mutua en esta región devastada por la guerra. Hamas resultó definitivamente disuadido por la ofensiva implacable de Israel, e Israel, lo admita o no, se verá disuadido por el espectro de líderes israelíes y oficiales militares que se convierten en objeto de órdenes de detención judicial en Europa.

Todo el proceso legal bien puede interrumpirse por un veto norteamericano en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, e Israel podría seguir aferrándose a su reclamo tradicional sobre su derecho a la autodefensa. Pero la verdad es que Israel tiene las manos atadas. Sus líderes ahora tendrán que tomar medidas mucho más resueltas en el camino hacia la paz si el argumento que utilizaron para desbaratar el Informe Goldstone –que había que considerarlo “un obstáculo para el proceso de paz”- ha de tener alguna credibilidad.

Fuente: Project Syndicate, 2009.

El nuevo desorden monetario

Por: Harold James

El caos monetario está de vuelta y esto aviva los reclamos de una revisión del orden monetario internacional. La rápida caída del dólar y la libra, pero también del renminbi -hoy más atado al dólar que nunca- está alimentando las tensiones. Algunos de los fantasmas de los años 1930 también han regresado -en particular, el miedo de ventajas comerciales injustas causadas por la devaluación competitiva-. El secretario del Tesoro de Estados Unidos, Timothy Geithner, ya ha acusado a China de manipulación monetaria.

Existen dos estrategias alternativas y marcadamente contrastantes para poner las monedas en orden. Una es organizar una conferencia internacional en la que los expertos puedan sugerir modelos para calcular los tipos de cambio y los políticos puedan negociar acuerdos. La única instancia exitosa de un acuerdo de este tipo es la conferencia de Bretton Woods en 1944, pero aún entonces los tipos de cambio que se fijaron allí resultaron ser poco realistas, y pronto hizo falta una ola importante de alteraciones paritarias (así como mantener controles de divisas).

Otras conferencias centradas en la moneda fueron fracasos rotundos. El presidente Richard Nixon calificó el acuerdo smithsoniano de 1971 como "el acuerdo monetario más importante de la historia del mundo". Pero en poco tiempo estaba hecho jirones, y el mundo avanzó hacia la flotación generalizada.

En 1987, en la conferencia de Louvre, ni siquiera hubo un acuerdo sobre cuáles habían sido las conclusiones. Algunos participantes pensaban que habían acordado una suerte de tipos de cambio semifijos en zonas objetivos, pero el poderoso Bundesbank alemán nunca compartió esa interpretación.

La historia sugiere que es improbable que una negociación colectiva sobre las monedas y una nueva estrategia para abordar la cuestión de las reservas vayan a tener éxito.

El segundo enfoque, y mejor que el anterior, reside en acuerdos en cada país sobre cuál debería ser la base apropiada para la política monetaria. Si esos acuerdos tienen una amplia aceptación y consistencia mutua, el resultado será un sistema monetario internacional estable.

Han existido dos modelos para este tipo de consenso. En el primero, hace un siglo, la confianza estaba apuntalada por el oro; en la ola más reciente de globalización, dependía del poder del intelecto humano para solucionar problemas de política. El fin de la inflación y "la gran moderación" de las últimas tres décadas fueron fundamentales para la liberalización de grandes partes del mundo y para una confianza, un comercio y una prosperidad mayores.

La búsqueda de un régimen monetario durante el período más reciente tuvo dos etapas: en el primer intento de construir los cimientos para una política monetaria estable, el énfasis estaba puesto en la meta monetaria. En la segunda fase, más exitosa, una creciente cantidad de países adoptaron metas de inflación, explícitas o implícitas.

Pero las metas de inflación nunca fueron un concepto obvio, y la crisis financiera lo desacreditó. En 2003, Ben Bernanke, por entonces gobernador de la Reserva Federal de Estados Unidos, declaró en un discurso que muchos norteamericanos consideraban las metas de inflación "extrañas, impenetrables y posiblemente un tanto subversivas". Ese sentimiento hoy es más fuerte.

Siempre hubo incertidumbre respecto de hasta dónde los bancos centrales debían intentar corregir o limitar las burbujas de los precios de los activos cuando no había ningún aumento que se correspondiera en el nivel general de la inflación. Los crecientes precios de los activos conducen a un incremento general del poder adquisitivo, porque muchos tenedores de activos están dispuestos a pedir más dinero prestado, y pueden hacerlo. Muchos europeos intentaron argumentar en los últimos años que la política monetaria también debería tener en cuenta el desempeño de los precios de los activos, mientras que estrategas políticos y académicos norteamericanos, en gran medida, rechazaron esta estrategia.

El problema es que los precios de los activos y la inflación de los precios al consumidor pueden avanzar en diferentes direcciones, como lo hicieron en los años 2000, y que sopesar ambos factores produciría recomendaciones políticas inconsistentes. En consecuencia, los bancos centrales corrieron el riesgo de ya no parecer seguir un lineamiento de políticas formulado claramente. La credibilidad asociada con una regla simple desapareció.

Después de la crisis financiera, nos hemos vuelto más sabios. La formulación de la política monetaria se ha vuelto un proceso más complejo, pero también un proceso más politizado, razón por la cual es probable que se vuelva más caótico, con marcadas diferencias entre las estrategias nacionales. Sigue siendo poco probable que la Fed y el Banco de Inglaterra se preocupen por el surgimiento de nuevos tipos de burbujas de activos en los mercados accionarios o las materias primas. Pero el Banco Central Europeo (BCE) estará más preocupado.

Mientras las divergencias se vuelven más explícitas, la demanda de un debate político más amplio sobre política monetaria y de una participación política en su formulación se volverá más intensa. El Comité de Política Monetaria del Banco de Inglaterra muchas veces ha sido presentada como pionera a la hora de transparentar la política monetaria. Pero, desde el principio, la transparencia que resultó de la temprana publicación de quiénes votaron a favor y en contra de los aumentos de tasas llevó a una identificación pública de los miembros del Comité como halcones o palomas.


Si resulta evidente quién votará a favor de qué medida, habrá una mayor demanda de un debate público sobre quién se debería elegir: ¿por qué no elegir al Comité de Política Monetaria, ya que efectivamente es un gobierno monetario? En Europa, un debate similar sobre la responsabilidad política de los bancos centrales europeos se viene gestando incluso desde antes de que se creara el BCE. Las tensiones entre los defensores de soluciones políticas diferentes derivarán en una demanda de una mayor participación política.

Este ejercicio parece una repetición dramática de la historia entreguerras, cuando resultaba imposible llegar a un consenso sobre políticas y marcos de políticas mutuamente consistentes. En aquel entonces, también, a los bancos centrales se los responsabilizó cuando su marco de política (en ese momento, el patrón oro) se desintegró. En consecuencia, la nacionalización del banco central se volvió una plataforma importante de la izquierda británica o francesa.

Eso, a su vez, despejó el camino para la manipulación de las monedas en beneficio de exportadores, empresarios y sindicatos. El resultado fue un caos monetario internacional -precisamente la pendiente que hoy estamos transitando.

Fuente: Project Syndicate, 2009.

Una nueva estructura mundial

Por: George Soros

Veinte años después de la caída del Muro de Berlín y del desplome del comunismo, el mundo afronta otra difícil alternativa entre dos formas fundamentalmente diferentes de organización: el capitalismo internacional y el capitalismo de Estado. El primero, representado por los Estados Unidos, ha quedado decompuesto, y el segundo, representado por China, está en ascenso. Seguir la vía de la menor resistencia propiciará la desintegración gradual del sistema financiero internacional. Hay que inventar un nuevo sistema multilateral basado en principios más sólidos.

Si bien la cooperación internacional para la reforma de la reglamentación es difícil de alcanzar fragmentariamente, podría lograrse con un gran pacto que reorganizara todo el orden financiero. Es necesaria una nueva conferencia de Bretton Woods, como la que creó la estructura financiera internacional posterior a la segunda guerra mundial para establecer unas nuevas normas internacionales, incluidos el trato dispensado a las entidades financieras demasiado grandes para quebrar y el papel de los controles de capital. También debería reconstituir el Fondo Monetario Internacional para que reflejara mejor el orden jerárquico predominante entre los Estados y revisar su método de funcionamiento.

Además, un nuevo Bretton Woods debería reformar el sistema monetario. El orden de la posguerra, que hizo a los EE.UU. más iguales que los demás, produjo desequilibrios peligrosos. El dólar ya no disfruta de la confianza que merecía en otro tiempo y, sin embargo, ninguna divisa puede ocupar su lugar.

Los EE.UU. no deben dudar en recurrir más a los derechos especiales de giro del FMI. Como éstos están denominados en varias divisas nacionales, ninguna de ellas gozaría de una ventaja injusta.

Habría que aumentar el número de divisas incluidas en los derechos especiales de giro y algunas de las nuevas divisas añadidas, incluso el renmimbi, pueden no ser totalmente convertibles. Sin embargo, eso permitiría a la comunidad internacional apremiar a China para que abandone su paridad del tipo de cambio con el dólar y sería la forma mejor de reducir los desequilibrios internacionales. Así el dólar podría seguir siendo la divisa de reserva preferida, siempre que se gestionara prudentemente.

Una gran ventaja de los derechos especiales de giro es la de que permiten la creación internacional de dinero, que resulta particularmente útil en momentos como el actual. A diferencia de lo que ocurre actualmente, se podría dirigir el dinero hacia donde más falta hiciera. Existe un mecanismo que permite a los países ricos que no necesiten reservas suplementarias transferir sus asignaciones a quienes sí que las necesiten, recurriendo a las reservas de oro del FMI.

La reorganización del orden mundial no deberá limitarse al sistema financiero y deberá contar con la participación en ella de las Naciones Unidas, en particular los miembros del Consejo de Seguridad. Deben ser los EE.UU. los que inicien ese proceso, pero China y otros países en desarrollo deben participar en condiciones de igualdad. Son miembros renuentes de las instituciones de Bretton Woods, dominadas por países que ya no tienen una posición dominante. Las potencias en ascenso deben estar presentes en la creación de ese nuevo sistema para velar por que lo apoyen activamente.

El sistema, en su forma actual, no puede sobrevivir y los EE.UU. son los que más tienen que perder si no se colocan al frente de su reforma. Los EE.UU. están aún en condiciones de dirigir el mundo, pero, sin una capacidad de dirección de amplias miras, es probable que su posición relativa siga erosionándose. Ya no pueden imponer su voluntad a los demás, como el gobierno de George W. Bush intentó hacer, pero podría encabezar un empeño cooperativo para lograr la participación de los países en desarrollo y los desarrollados, con lo que se restablecería la dirección americana de forma aceptable.

De no ser así, la perspectiva es aterradora, porque una superpotencia en declive que pierda su dominio político y económico, pero conserve la supremacía militar, es una combinación peligrosa. Solía tranquilizarnos la generalización de que los países democráticos aspiran a la paz. Después de la presidencia de Bush, esa regla ha dejado de ser válida, si es que alguna vez lo fue.

En realidad, la democracia pasa por un momento muy difícil en los Estados Unidos. La crisis financiera ha infligido privaciones a una población que no gusta de afrontar la realidad dura. El Presidente Barack Obama ha desplegado el “multiplicador de la confianza” y afirma haber contenido la recesión, pero, en caso de que haya una recesión con “doble caída”, los americanos pasarán a ser víctimas de toda clase de traficantes del miedo y demagogos populistas. Si Obama fracasa, el próximo gobierno sentirá la poderosa tentación de crear alguna distracción respecto de los problemas internos: un gran peligro para el mundo.

Obama tiene la visión acertada. Cree en la cooperación internacional, en lugar de la concepción de Bush-Cheney, basada en la razón de la fuerza. El ascenso del G-20 como foro primordial de la cooperación internacional y el proceso de colaboración con los asociados acordado en Pittsburgh son pasos en la dirección correcta.

Sin embargo, lo que falta es un reconocimiento general de que el sistema está decrépito y se debe reinventarlo. Al fin y al cabo, el sistema financiero no se desplomó del todo y el gobierno de Obama adoptó la decisión consciente de resucitar los bancos con subvenciones ocultas, en lugar de recapitalizarlos por decreto. Las entidades que sobrevivieron disfrutarán de una posición en el mercado más potente que nunca y resistirán una revisión sistemática. Muchos problemas apremiantes preocupan a Obama y no es probable que preste toda la atención debida a la necesidad de reinventar el sistema financiero internacional.

Los dirigentes de China deben tener una amplitud de miras mayor aún que Obama. China está substituyendo a los consumidores americanos como motor de la economía mundial. Como es un motor menor, la economía mundial crecerá más despacio, pero la influencia de China aumentará muy rápidamente.

De momento, el público chino está dispuesto a subordinar su libertad individual a la estabilidad política y el adelanto económico, pero puede que no siga así indefinidamente y el resto del mundo nunca subordinará su libertad a la prosperidad del Estado chino.

Al convertirse China en una de las potencias rectoras del mundo, debe transformarse en una sociedad más abierta para que el resto del mundo esté dispuesto a aceptarla como tal. Como las relaciones de poder militar son las que son, China no tiene otra opción que la de un desarrollo pacífico y armonioso. De hecho, de ello depende el futuro del mundo.

Fuente: Project Syndicate, 2009.