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martes, 24 de enero de 2012

La Triple Frontera del Paraná: Condiciones endógenas institucionales e ilegalidad


PRÓLOGO

A través de la historia, las fronteras han servido tanto para delimitar territorios como separar grupos humanos. Por eso no extraña que en múltiples disciplinas encontremos un marcado interés en problematizar todo lo concerniente a dichas líneas imaginarias, que tantas veces han sido fuente de hostilidades y contenciosos de la más diversa índole. Y es que las disputas territoriales son tan antiguas como la humanidad misma.

En las últimas décadas, las nuevas tecnologías, especialmente aquellas satelitales, han impulsado a gobiernos a insistir ante sus vecinos en la necesidad de suscribir tratados que definan con precisión estas líneas perimetrales, e instalar hitos que diferencien meridianamente a unos de otros. Son muchos los Estados que, mediante tales esfuerzos, buscan disminuir las controversias y los conflictos, sean religiosos, étnicos, ideológicos o de cualquier otra índole. Pero las guerras y las revoluciones suelen impactar en las percepciones sobre la extensión de cada territorio nacional y, producto de ello, a lo largo de cada siglo, vemos cómo mutan las citadas líneas.

En consecuencia, las fronteras constituyen uno de los factores esenciales para la comprensión de los asuntos internacionales.

Ahora bien, en términos comparativos, los países sudamericanos, aunque presentan una buena cantidad de diferendos limítrofes, registran pocos conflictos armados en su joven historia. Salvo escaramuzas, y exceptuando la Guerra del Chaco así como la ocurrida entre Perú y Ecuador, a lo largo del siglo 20, los países sudamericanos no hicieron de sus fronteras casus belli.

Pese a esta optimista constatación, son pocos los Estados sudamericanos realmente capaces de un pleno y total ejercicio de su respectiva soberanía territorial. Por eso, casi todas las fronteras en esta zona del mundo muestran extensos tramos de porosidad. La razón principal es la inexistencia de autoridades in situ. Esto se traduce en un limitado control policial y aduanero. A ello debe añadirse que, casi por regla, la densidad poblacional en zonas cercanas a las fronteras es baja. Y más aún, contribuyen a la porosidad las particularidades geográficas tan bizarras. Frondosas boscosidades selváticas, fluvialidades extremas, aridez de los suelos, llanos interminables, quebradas intransitables y tantas otras, al punto de que podríamos afirmar que las fronteras interestatales en Sudamérica han sido preferentemente referencias. Zonas con un Leviatán ausente.

Lo descrito no significa que el ser humano no deambule por estas zonas en apariencias indomables, inhóspitas y casi inexpugnables. Muy por el contrario, los puntos porosos se han ido transformando en verdaderos polos de atracción para actividades ilícitas. Y si a eso le añadimos que en los últimos años los medios de comunicación han ido descubriendo una fascinación por desentrañar los vaivenes de la cotidianeidad transfronteriza, por describir los policromáticos estilos de vida que allí existen y por adentrarse en el real espíritu que anima a los habitantes de estos lugares, podemos concluir que varios puntos fronterizos en Sudamérica han asumido un peculiar dinamismo.

La Triple Frontera, esa en donde concurren Argentina, Paraguay y Brasil, orillando el Iguazú, es con toda seguridad la más dinámica, la más policromática y la más agitada de todas. Allí ha emergido un espacio transfronterizo extraordinariamente singular y vital; una especie de representación del submundo criminal. En esa Triple Frontera se ha ido fraguando en los últimos años un receptáculo de todos los males imaginables, lleno de gorgonas y grayas. El hecho de que las investigaciones sobre los autores del alevoso atentado contra la AMIA en Buenos Aires conduzcan a su paso por este punto, ha motivado a John Griffiths a denominarlo, acertadamente, escenario de riesgos estructurales.

Daniel Bello, autor de este libro, concibe una denominación aun más amplia y fundamentada. Nos dice que la Triple Frontera ha devenido en un epicentro continental de las llamadas «nuevas amenazas a la seguridad» o «amenazas no militares». Sostiene que sería un área de riesgo global. Y nos da ejemplos tan múltiples como concretos: Comando Vermelho, Primero Comando da Capital, la Yakuza, mafias procedentes de prácticamente todo el planeta, traficantes, terroristas, cultores de comercio ilegal y facinerosos que parecieran trasplantados de alguna cinta de Francis Ford Coppola o Alberto Lattuada. Todos reales; instalados, o de paso, en este punto transfronterizo. Bello describe sus ejemplos como factores de desestabilización y los contextualiza.

Es un libro interesante, que nace de una tesis de magíster no menos interesante. Elaborado con rigor y con el entusiasmo inconmensurable de los investigadores jóvenes. El resultado es una obra de consulta ineludible para quien desee introducirse en este, uno de los temas más actuales de la seguridad internacional.

Iván Witker


La Triple Frontera del Paraná: Condiciones endógenas institucionales e ilegalidad

ISBN: 978-956-284-860-2

Autor: Daniel Bello Arellano

RIL Editores

Santiago de Chile, enero de 2012

jueves, 15 de abril de 2010

La presencia de irán en América Latina a través de su influencia en los países del ALBA

Interesante artículo publicado en la revista Atenea, escrito por Isaac Caro e Isabel Rodríguez.

Se puede acceder a la versión en pdf siguiendo este link: http://www.scielo.cl/pdf/atenea/n500/art_03.pdf

lunes, 5 de abril de 2010

jueves, 21 de enero de 2010

Jefes de Estado deben asumir con elegancia fallo de La Haya

Entrevista a José Rodríguez Elizondo

Si el Perú y Chile viven una "Paz Fría" acentuada tras la demanda ante La Haya el 2008 ¿Cómo podría cambiar la situación bilateral tras la elección de mañana?

Esto depende de los cambios de gobierno en ambos países y no sólo en Chile. Si no implican una conmoción sistémica, habría mejor clima para reducir las tensiones, pues los nuevos líderes llegarían sin cicatrices en la piel. En ese contexto, Frei y/o Piñera garantizan la normalidad sistémica. En cuanto al Perú, habría que esperar para conocer las opciones de recambio.

El ciudadano común peruano se hace una pregunta justa: ¿Conviene al Perú, en términos de relaciones positivas, que gane Piñera o Frei?

Ambos garantizan similar voluntad política de buenas relaciones. Frei lo prueba con su propio gobierno, que culminó con el Acta de Ejecución de 1999. En el Perú y Chile se dijo, entonces, que dicho acuerdo solucionaba "todos los problemas pendientes". Piñera lo prueba con su decisión anunciada de no ceder espacios soberanos a Bolivia y con su ejecutoria empresarial. Como se sabe, los sectores empresariales chileno y peruano son, hoy día, la fuerza social que más y mejor trabaja por la distensión.

¿La distensión puede mantenerse en la medida que Frei asegura que la demanda peruana está desfasada y Piñera puntualiza que defenderá la soberanía chilena?

Visto desde Chile, el tema es que la tensión comenzó con la pretensión de alterar el statu quo fronterizo y se potenció, decisivamente, con la demanda ante la Corte Internacional de Justicia. En rigor, lo que se produjo en Chile fue una reacción defensiva y no una acción tensionante.

Usted sostiene que Chile tiene la razón jurídica, pero que su país no debe agotar su estrategia en este componente. ¿Cuál de los candidatos puede liderar una ofensiva mediática contra el Perú?

Lo que yo digo es que Chile ha dado una ventaja poco ortodoxa, al no elaborar lo que los tratadistas llaman "estrategia de disuasión". Se ha limitado a la sola réplica jurídica, mientras el Perú ha desarrollado una estrategia integral, con manejo de los tiempos y componentes jurídicos, políticos, diplomáticos, económicos, militares y comunicacionales. A mi juicio, el peruano es un caso de aplicación creativa de la "estrategia de aproximación indirecta", patentada por el teórico británico Liddell Hart.

¿Cómo debe manejar el nuevo gobierno chileno el caso del espía Víctor Ariza?

Se necesitan dos para el tango. El nuevo gobierno chileno debe tener un manejo más sofisticado, en la medida en que Alan García no reincida en su retórica nacionalista inflamada.

¿Debería, el ganador, suscribir el Pacto de No Agresión promovido por el presidente García o simplemente ignorarlo?

Con todo respeto, ese fue un acto fallido del Presidente García. Recuerde que esa nomenclatura fue desestimada. Primero, por superflua: la condena a la agresión es tema principal de la Carta de la ONU, cuyo rango jurídico es máximo. Segundo, porque evocar los viejos pactos de no agresión equivale a reconocer un ánimo beligerante y eso no ayuda a la distensión. Entiendo que lo que se está discutiendo, hoy, es un compromiso de cooperación.

En su último libro explica la presión neo-nacionalista que empujó a Alan García a liderar la demanda ¿El nuevo presidente debe también invocar a un neo-nacionalismo chileno en el tema?

En Chile la ideología nacionalista no tiene expresión sistémica o institucional. Sí existe un sentimiento nacionalista, que se expresa, ocasionalmente, en la sociedad y en cualquier partido. Eso explica por qué el tema marítimo sólo ha inducido reacciones, pero no acciones nacionalistas estructuradas. Ni Frei ni Piñera aportarían cambios de talante como el que usted dice.

¿Qué significa para usted el respaldo de Mario Vargas Llosa a Piñera?

Muy propio de un escritor que sigue amando la aventura. No lo digo por su opción piñerista, sino porque opinar sobre un momento decisivo de la política chilena, en Santiago y en el contexto de un importante conflicto con el Perú, debió parecerle un desafío interesante. Es importante recordar que MVLL es un peruano que se ha jugado por la amistad chileno-peruana. No se merecía las manifestaciones de repudio de una parte del público que concurrió a la inauguración de nuestro Museo de la Memoria.

¿Cuál es el mensaje que deja Michelle Bachelet respecto a las relaciones peruano-chilenas?

Me parece realista su llamado a tener una "relación inteligente". Es lo mínimo que puede pedirse, pues escalar en el desafecto sería una estupidez.

¿Finalmente, cómo el nuevo mandatario y el presidente peruano elegido el 2011 pueden alcanzar un equilibrio en el Pacífico más allá de la Corte Internacional?

Importante pregunta pues, efectivamente, la demanda peruana reactivó el antiquísimo tema del equilibrio del poder en el Pacífico Sur. Lo hizo en cuanto desconoce el statu quo fronterizo y, simultáneamente, trata de consolidar la exclusión de Bolivia en los términos del Tratado de 1929. Para reconducir la relación bilateral, lo primero que debieran hacer los nuevos jefes de Estado es asumir con elegancia el eventual fallo de la CIJ. Ello les facilitaría enseñar que el tema del futuro no será la hegemonía, sino la cooperación en el Pacífico Sur, en el marco de APEC y de la integración sub-regional.

Fuente: La Tercera

viernes, 15 de enero de 2010

¿El poder militar se está volviendo obsoleto?

Por: Joseph S. Nye

¿El poder militar se volverá menos importante en las próximas décadas? Es cierto que la cantidad de guerras de gran escala entre estados sigue decayendo y que es improbable el enfrentamiento entre democracias avanzadas y sobre muchas cuestiones. Pero, como dijo Barack Obama en la ceremonia de aceptación del Premio Nobel de la Paz en 2009, “debemos empezar por reconocer la difícil verdad de que no erradicaremos el conflicto violento en nuestras vidas. Siempre habrá momentos en los que los países –de manera individual o en concierto- encontrarán que el uso de la fuerza no sólo es necesario sino moralmente justificable”.

Cuando la gente habla de poder militar, tiende a pensar en términos de los recursos que sustentan el comportamiento de poder duro de luchar y amenazar con luchar –soldados, tanques, aviones, barcos y demás-. Al final, si existe la presión de dar empellones, esos recursos militares importan. Napoleón genialmente dijo que “Dios está del lado de los grandes batallones” y Mao Zetung sostenía que el poder proviene del cañón de un arma.

En el mundo de hoy, sin embargo, los recursos militares van mucho más allá de las armas y los batallones y, el comportamiento de poder duro, más allá del combate y la amenaza de combate. El poder militar también se utiliza para ofrecer protección a aliados y asistencia a amigos. Este uso no coercitivo de los recursos militares puede ser una fuente importante de comportamiento de poder blando a la hora de armar agendas, persuadir a otros gobiernos y atraer apoyo en la política mundial.

Incluso cuando piensan sólo en combate y amenazas, muchos analistas se centran exclusivamente en una guerra entre estados, y se concentran en soldados de uniforme, organizados y equipados por el estado en unidades militares formales. Pero en el siglo XXI, la mayoría de las “guerras” ocurren dentro de, y no entre, estados y muchos combatientes no usan uniforme. De 226 conflictos armados significativos entre 1945 y 2002, menos de la mitad en los años 1950 se libraron entre estados y grupos armados. Para los años 1990, esos conflictos eran la forma dominante.

Por supuesto, la guerra civil y los combatientes irregulares no son nuevos, tal como lo reconoce incluso la ley tradicional de guerra. Lo que sí es nuevo es el aumento del combate irregular, y los cambios tecnológicos que ponen un poder cada vez más destructivo en manos de pequeños grupos que habrían quedado fuera del mercado de destrucción masiva en épocas anteriores. Y la nueva tecnología ha aportado una nueva dimensión a la guerra: la perspectiva de ciberataques, con los cuales un enemigo –estado o no estado- puede crear una enorme destrucción física (o amenazar con hacerlo) sin un ejército que físicamente cruce la frontera de otro estado.

La guerra y la fuerza pueden haber disminuido, pero no han concluido. Más bien, el uso de la fuerza está adoptando nuevas formas. Los teóricos militares hoy escriben sobre una “guerra de cuarta generación” que a veces “no tiene campos de batalla o frentes definibles”; de hecho, la distinción entre civil y militar puede desaparecer.

La primera generación de guerra moderna reflejaba la táctica de línea y columna con posterioridad a la Revolución Francesa. La segunda generación se basaba en el poder de fuego masivo y culminó en la Primera Guerra Mundial; su eslogan era que la artillería conquista y la infantería ocupa. La tercera generación surgió de la táctica desarrollada por los alemanes para romper tablas con la guerra de trincheras en 1918, que Alemania perfeccionó en la táctica Blitzkrieg que le permitió derrotar a fuerzas de tanques más grandes francesas y británicas en la conquista de Francia en 1940.

Tanto las ideas como la tecnología impulsaron esos cambios. Lo mismo es válido para la cuarta generación de guerra moderna de hoy, que se centra en la sociedad y la voluntad política del enemigo para luchar.

Los grupos armados ven el conflicto como una continuidad de operaciones políticas y violentas irregulares en un período prolongado que permitirá el control de las poblaciones locales. Se benefician del hecho de que decenas de estados débiles carecen de la legitimidad o la capacidad para controlar su propio territorio de manera efectiva. El resultado es lo que el general Sir Rupert Smith, ex comandante británico en Irlanda del Norte y los Balcanes, llama “guerra entre la gente”. En estas guerras híbridas, las fuerzas convencionales e irregulares, los combatientes y los civiles, y la destrucción física y la guerra de información se entrelazan estrechamente.

Aún si la perspectiva o amenaza de uso de la fuerza entre estados se ha tornado menos probable, conservará un alto impacto, y son precisamente estas situaciones las que llevan a actores racionales a comprar un seguro muy caro. Estados Unidos probablemente sea el principal emisor de este tipo de políticas de seguro.

Esto lleva a un punto más general sobre el papel de la fuerza militar en la política mundial. El poder militar sigue siendo importante porque estructura la política mundial. Es cierto que en muchas relaciones y cuestiones, a los estados cada vez les resulta más difícil o costoso el uso de la fuerza militar. Pero el hecho de que el poder militar no siempre sea suficiente en situaciones determinadas no implica que haya perdido la capacidad de estructurar las expectativas y forjar los cálculos políticos.

Los mercados y el poder económico descansan en las estructuras políticas: en condiciones caóticas de gran incertidumbre política, a los mercados les va mal. Las estructuras políticas, a su vez, descansan en las normas y las instituciones, pero también en la gestión del poder coercitivo. Un estado moderno bien ordenado está definido por un monopolio sobre el uso legítimo de la fuerza, lo que les permite operar a los mercados internos.

A nivel internacional, donde el orden es más tenue, las preocupaciones residuales sobre el uso coercitivo de la fuerza, incluso si la probabilidad es baja, pueden tener efectos importantes. La fuerza militar, junto con las normas y las instituciones, ayuda a ofrecer un grado mínimo de orden.

Desde un punto de vista metafórico, el poder militar ofrece un grado de seguridad que es al orden político y económico lo que el oxígeno es a la respiración: apenas se lo percibe hasta que empieza a tornarse escaso. Una vez que esto ocurre, su ausencia domina todo lo demás.

En este sentido, el papel del poder militar en la estructuración de la política mundial probablemente persista bien entrado el siglo XXI. El poder militar no tendrá para los estados la utilidad que tuvo en el siglo XIX, pero seguirá siendo un componente crucial de poder en la política mundial.

Fuente: Project Syndicate, 2010

¿Gobernará China al mundo?

Por: Dani Rodrik

Hace treinta años, China tenía muy poco peso en la economía global y escasa influencia fuera de sus fronteras, excepto unos pocos países con los que tenía estrechas relaciones políticas y militares. Hoy el país es una notable potencia económica: es el taller de manufactura del mundo, su principal financista, un inversionista importante en todo el mundo, desde África a América Latina y, cada vez más, una fuente importante de investigación y desarrollo.

El gobierno chino posee un inmenso nivel de reservas en moneda extranjera: más de 2 billones de dólares. No hay ningún área productiva en el mundo que no haya sentido el efecto de China, ya sea como proveedor de bajo coste o, lo que es más amenazante, como un formidable competidor.

China es todavía un país pobre. Aunque los ingresos promedio han aumentado muy rápidamente en las últimas décadas, todavía son entre un séptimo y un octavo de los niveles de los Estados Unidos: menores que en Turquía y Colombia, y no mucho más altos que en El Salvador o Egipto. Si bien la China costera y sus principales metrópolis muestran una enorme riqueza, grandes áreas de China occidental siguen sumidas en la pobreza. No obstante, se proyecta que la economía de China supere en tamaño a la de EE.UU. en algún momento de las próximas dos décadas.

Mientras tanto, Estados Unidos, la única superpotencia mundial hasta hace poco, sigue como un gigante debilitado y humillado por sus errores de política exterior y una enorme crisis financiera. Su credibilidad después de la desastrosa invasión de Irak está en un punto bajísimo, a pesar de la simpatía global que inspira el Presidente Barack Obama, y su modelo económico está hecho trizas. El dólar, antes todopoderoso, tiembla a merced de China y los países petroleros.

Todo esto plantea la interrogante de si China terminará por reemplazar a Estados Unidos como potencia hegemónica mundial que define y aplica las reglas de la economía global. En un fascinante libro publicado recientemente que tiene el revelador título de When China Rules the World (Cuando China gobierne el mundo), el académico y periodista británico Martin Jacques no deja dudas: si alguien piensa que China se integrará sin problemas a un sistema mundial liberal, capitalista y democrático, argumenta, le espera una gran sorpresa. China no es sólo la próxima superpotencia económica, sino que el orden mundial que construirá lucirá muy diferente al que teníamos EE.UU.

Los estadounidenses y europeos suponen ingenuamente que China se volverá más como ellos a medida que su economía se desarrolle y su población sea más rica. Jacques advierte que eso es una ilusión. Los chinos y su gobierno tienen una concepción distinta de la sociedad y la política: se centran en la comunidad más que en el individuo, en el estado más que en un sistema liberal, en el autoritarismo más que en la democracia. China tiene 2000 años de historia como civilización con características propias de los cuales sacar fuerzas. No se doblegará sencillamente bajo los valores e instituciones occidentales.

Un orden mundial centrado en China reflejará valores chinos más que occidentales, plantea Jacques. Beijing opacará a Nueva York, el renminbi reemplazará al dólar, el mandarín superará al inglés, y los niños de todo el mundo aprenderán sobre los viajes de descubrimiento de Zheng He por la costa oriental de África, en lugar de sobre Vasco de Gama o Cristóbal Colón.

Desaparecerá el evangelio de los mercados y la democracia. Es mucho menos probable que China intervenga en los asuntos internos de los estados soberanos. Sin embargo, a su vez exigirá a los estados más pequeños y menos poderosos un reconocimiento explícito de la primacía de China (igual que en los sistemas tributarios de la antigüedad).

No obstante, antes de que cualquiera de estas cosas pueda ocurrir, China tendrá que proseguir su rápido crecimiento económico y mantener su cohesión social y unidad política. Nada de eso es seguro. Bajo el potente dínamo económico chino subyacen profundas tensiones, desigualdades y brechas que bien podrían descarrilar su avance hacia a la hegemonía global. En su larga historia, a menudo las fuerzas centrífugas han empujado al país al caos y la desintegración.

La estabilidad de China depende de manera fundamental de la capacidad de su gobierno de alcanzar logros económicos constantes de los que pueda beneficiarse la mayoría de su población. Es el único país del mundo donde se cree que cualquier cifra inferior al 8% de crecimiento año tras año pude ser peligrosa por su potencial de desencadenar conflictos sociales. La mayor parte del resto del mundo no puede más que soñar con ese índice de crecimiento, lo que dice mucho sobre la fragilidad subyacente al sistema chino.

La naturaleza autoritaria del régimen político está en la raíz de su fragilidad. Sólo responde con represión cuando el gobierno enfrenta protestas y oposición fuera de los canales establecidos.

El problema es que se volverá cada vez más difícil para China mantener el tipo de crecimiento que ha tenido en los últimos años. En la actualidad, su crecimiento depende de una moneda subvaluada y un enorme superávit comercial. Esto es insostenible, y tarde o temprano precipitará una confrontación de proporciones con Estados Unidos (y Europa). No hay salidas fáciles para este dilema, y probablemente China deba adaptarse a un menor crecimiento.

Si supera estos obstáculos y termina por convertirse en la potencia económica predominante, la globalización adquirirá características chinas. Es probable que la democracia y los derechos humanos pierdan su brillo como normas globales. Esas son malas noticias.

La buena noticia es que un orden global chino mostrará más respeto por la soberanía nacional y más tolerancia a la diversidad nacional, lo que dará más espacio a la experimentación con diferentes modelos económicos.

Fuente: Project Syndicate, 2009

jueves, 24 de diciembre de 2009

Obama como el malo del cambio climático

Por: Jeffrey D. Sachs

Dos años de negociaciones sobre el cambio climático han acabado en una farsa en Copenhague. En lugar de abordar cuestiones complejas, el Presidente Barack Obama decidió cantar victoria con una vaga declaración de principios acordada con cuatro países. A los 187 restantes se les presentó un fait accompli , que algunos aceptaron y otros denunciaron. Después, las Naciones Unidas han sostenido que en general se aceptó el documento, pero con la condición de o lo tomas o lo dejas.

La responsabilidad por este desastre es muy amplia. Comencemos con George W. Bush, que pasó por alto el cambio climático durante los ocho años de su presidencia, con lo que hizo perder al mundo un tiempo precioso. Después las Naciones Unidas, por haber dirigido el proceso de negociación tan lamentablemente durante un período de dos años. Después la Unión Europea, por haberse empeñado incansablemente en imponer una concepción unilateral de un sistema mundial de comercio de emisiones, aun cuando no encajara en el resto del mundo.

Después el Senado de los Estados Unidos, que ha pasado por alto el cambio climático durante quince años consecutivos, desde la ratificación de la Convención Marco sobre el Cambio Climático. Por último, ahí tenemos a Obama, que abandonó, en realidad, una vía de acción sistemática en el marco de las NN.UU., porque estaba resultando molesta para el poder de los EE.UU. y la política interior.

La decisión de Obama de cantar una falsa victoria en la negociación socava el proceso de las NN.UU. al indicar que los países ricos harán lo que quieran y ya no tienen que escuchar las “latosas” preocupaciones de muchos países más pequeños y más pobres. Algunos lo considerarán una prueba de pragmatismo, que refleja la dificultad de conseguir un acuerdo con 192 Estados Miembros de las NN.UU, pero es peor que eso. El derecho internacional, con todo lo complicado que es, ha quedado substituido por la palabra insincera, inconsistente e inconvincente de unas pocas potencias, en particular los EE.UU. Este país ha insistido en que los demás acepten sus condiciones –dejando el proceso de las NN.UU. colgado de un hilo–, pero en ningún momento ha dado muestras de buena voluntad para con el resto del mundo sobre este asunto, como tampoco de la capacidad o el interés necesarios para encabezarlo.

Desde el punto de vista de la reducción real de las emisiones de gases que causan el efecto de invernadero, no es probable que este acuerdo obtenga resultado real alguno. No es vinculante y probablemente dará más ánimos a las fuerzas que se oponen a las reducciones de emisiones. ¿Quién va a tomarse en serio los costos suplementarios de la reducción de las emisiones, si ve lo laxas que son las promesas de los demás? La realidad es que ahora el mundo esperará a ver si los Estados Unidos aplican alguna reducción importante de las emisiones. A ese respecto las dudas están totalmente justificadas. Obama no cuenta con votos suficientes en el Senado, no ha dado la menor muestra de voluntad de gastar el capital político para lograr un acuerdo en el Senado y puede que ni siquiera haya una votación al respecto en 2010, a no ser que se empeñe mucho más que hasta ahora.

La cumbre de Copenhague se ha quedado corta también en cuanto a la ayuda financiera de los países ricos a los pobres. Se barajaron muchos números, pero la mayoría de ellos eran, como siempre, promesas vacías. Aparte de los anuncios de modestos desembolsos en los próximos años, que podrían –sólo podrían– ascender a unos pocos miles de millones reales de dólares, la gran noticia fue un compromiso de 100.000 millones de dólares al año para los países en desarrollo de aquí a 2020. Sin embargo, esa cifra no fue acompañada de detalle alguno sobre cómo se alcanzaría.

La experiencia en materia de ayuda financiera al desarrollo nos enseña que los anuncios sobre fondos dentro de un decenio son más que nada palabras vacías. En modo alguno vinculan a los países ricos. Tras ellos no hay una voluntad política. De hecho, Obama no ha debatido una sola vez con el pueblo americano su obligación conforme a la Convención Marco de las Naciones Unidas para ayudar a los países pobres a adaptarse a las consecuencias del cambio climático. En cuanto la Secretaria de Estado de los EE.UU., Hillary Clinton, mencionó el “objetivo” de los 100.000 millones de dólares, muchos congresistas y medios de comunicación conservadores lo denunciaron.

Uno de los rasgos más notables del documento encabezado por los EE.UU. es el de que no menciona intención alguna de continuar las negociaciones en 2010. Es algo, casi con toda seguridad, deliberado. Obama ha socavado la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, al declarar, en realidad, que en 2010 los EE.UU. harán lo que harán, pero no se enredarán más en los liosos procesos de las NN.UU. sobre el clima.

Esa posición podría muy bien reflejar las próximas elecciones al Congreso de mitad de período en los EE.UU. Obama no quiere quedar atrapado en plenas negociaciones internacionales impopulares cuando llegue el período de las elecciones. Puede también que piense que dichas negociaciones no lograrían gran cosa. Acierte o no al respecto, la intención parece ser la de acabar con las negociaciones. Si los EE.UU. no participan en más negociaciones, resultará que Obama habrá hecho más daño al sistema internacional de derecho medioambiental que George Bush.

Para mí, la imagen que permanece de Copenhague es la de Obama al aparecer en una conferencia de prensa para anunciar un acuerdo que solo cinco países habían visto aún y después correr al aeropuerto para regresar a Washington, DC, a fin de evitar una ventisca en casa. Ha contraído una grave responsabilidad con la Historia. Si su actuación resulta indigna, si los compromisos voluntarios de los EE.UU. y otros resultan insuficientes y si las futuras negociaciones resultan desbaratadas, habrá sido Obama quien habrá trocado unilateralmente el derecho internacional por la política de gran potencia en materia de cambio climático.

Tal vez las Naciones Unidas. se recuperen y se organicen mejor. Tal vez la jugada de Obama dé resultado, el Senado de los EE.UU. apruebe la legislación y otros países pongan su parte también. O tal vez hayamos presenciado simplemente un grave paso hacia la ruina mundial por nuestra incapacidad para cooperar en un imperativo complejo y difícil que requiere paciencia, pericia, buena voluntad y respeto del derecho internacional, ingredientes, todos ellos, escasos en Copenhague.

Fuente: Project Syndicate, 2009.

martes, 15 de diciembre de 2009

La India recordada

Por: Dominique Moisi

“No olvidar a la India”. Esa advertencia tenía sentido hace diez o quince años; ya, no. Ahora es imposible pasar por alto a la India y mucho más olvidarla, no sólo por su rápido crecimiento económico, sino también por su cada vez mayor dimensión geopolítica.

Los europeos hablan con frecuencia de un “G-3” en ascenso, con lo que se refieren a un sistema internacional dominado por los Estados Unidos, China y la Unión Europea, pero esa ambición, por legítima que sea, parece cada día más presuntuosa e irrealista, sobre todo dadas las opciones por las que Europa acaba de inclinarse al nombrar a su nuevo “Presidente” –el Primer Ministro de Bélgica, Herman van Rompuy– y su “ministra de Asuntos Exteriores”, la nunca elegida para nada lady Catherine Ashton, de Gran Bretaña. ¿Cómo puede pretender Europa enviar un mensaje ambicioso cuando elige a tan modestos mensajeros –de hecho, prácticamente anónimos– para entregarlo?

En vista de esa demostración de instintos liliputienses por parte de Europa, si un G-3 llega a hacerse realidad alguna vez, el único aspirante serio en la actualidad a unirse a los EE.UU. y China es la India. La calurosísima bienvenida y la cena de Estado dadas al Primer Ministro de la India, Manmohan Singh, por el Presidente Barack Obama en Washington hace dos semanas es un testimonio más que suficiente de la nueva categoría internacional de la India.

Naturalmente, su recepción iba encaminada a halagar el ego colectivo de la India, que había notado una inclinación chinocéntrica en la política americana desde el momento en que Obama llego a ser presidente, pero hay mucho más que eso. En 1991, la caída de la Unión Soviética representó para la India una difícil prueba estratégica, que el país ha aprobado con una nota excelente. En parte como reacción al hundimiento soviético, la India abrazó sin reservas el capitalismo, lo que ha producido un progreso espectacular y, como la economía, la confianza de la India en sí misma se ha disparado.

En la actualidad la India ve que el mundo en sentido amplio, en particular Occidente, la considera cada vez con mayor respeto, no sólo por sus resultados, sino también por su esencia: un país joven y que también es una civilización antigua. Hace poco más de sesenta años, la India seguía siendo la joya de la corona del imperio británico. Hace cincuenta años, lo que encontraba más que nada quien intentara leer algo sobre la India en Occidente eran libros sobre espiritualidad. Hoy, entre los temas que abordan los libros sobre la India figuran la administración de empresas y la estrategia nuclear.

Naturalmente, a la India, al contrario que a China, le sigue resultando difícil verse como una potencia mundial, aunque sabe perfectamente que ha llegado a ser un gigante regional. Sin embargo, al menos durante el futuro inmediato, dicha categoría depende en gran medida de la relación con los Estados Unidos. El gran éxito diplomático de George W. Bush (y puede que sea el único auténtico) fue el de formar una asociación estratégica con la India.

Sin embargo, una de las consecuencias indirectas de esa privilegiada relación ha sido la profundización de la crisis de identidad del Japón. Hace cuarenta años, el Japón representaba al “Asía occidental”. Hoy, el surgimiento de la modernidad de estilo chino y de estilo indio resulta mentalmente desestabilizadora para el Japón. Al fin y al cabo, si China es el principal socio económico de los Estados Unidos en Asia y si la India es su principal socio diplomático, ¿qué queda para el Japón? Su envejecida población contempla resignada cómo el Asia más joven pasa a ser tan importante para los EE.UU. como Europa durante la Guerra Fría.

El planteamiento de George W. Bush fue el de considerar a la India como la “anti-China” y con ello equilibrar la “mayor democracia del mundo” con la ”más antigua civilización del mundo”. A consecuencia, de ello, los dirigentes de la India no parecen haber entendido el cambio de la diplomacia de los EE.UU. para con China en los primeros meses de la presidencia de Obama. ¿Por qué –parecían preguntarse los funcionarios indios– cambiar lo que funciona y en un momento en que los EE.UU. necesitan a la India más que nunca?

Desde el punto de vista de la democracia, no hay competencia, desde luego, entre la India y China, pero la India es también cada vez más consciente de que nada se puede hacer sin su ayuda en las cuestiones que van del Pakistán al Afganistán, pasando por el Irán. Por ejemplo, si el Pakistán ha de dedicar todas sus fuerzas a la lucha contra Al Qaeda y los talibanes, la India debe convencer al ejército pakistaní de que no debe temer una puñalada por la espalda.

Ha llegado el momento de que la India reconozca que el poder va acompañado de la responsabilidad y actúe como la nación indispensable para la seguridad regional y mundial que ha llegado a ser. El período en que la India estaba olvidada o se tardaba en recordarla toca a su fin y con él el período en que la India podía olvidarse del mundo.

Fuente: Project Syndicate, 2009.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Brasil-Honduras: un Gulliver frustrado

Por: Iván Witker

Una pelea propia de Los Viajes de Gulliver de Jonathan Swift -entre liliputanos y blefuscuences-, esta vez en Tegucigalpa, parece estar convirtiéndose en el primer rayón de pintura que tiene ese aspirante a gigante llamado Brasil.

Su errático manejo del caso Zelaya-Micheletti amenaza con empañar gravemente el vasto reconocimiento obtenido en los últimos años por ese país en el plano internacional, y que le ha valido, entre otros, integrarse al BRIC, junto a los grandes emergentes del mundo de hoy, India, Rusia y China, o bien al admirado G-20.

Pero Zelaya y Micheletti –un liliputano y un blefuscuence- han conseguido dejar al descubierto falencias muy relevantes. Y es que el Gulliver sudamericano parece no haber desarrollado suficientemente aún esa conciencia e instinto, sine qua non de cada potencia, característicos de todo gran actor del sistema internacional –de cada estado pivotal como lo denomina Brzezinski- para estar dispuesto a lidiar con problemas grandes, chicos y medianos en cualquier parte del globo; y muchas veces de manera simultánea. Y convengamos que Honduras es un problema chico. Y más aún, dentro del hemisferio.

Transcurridos varios meses de ese sainete protagonizado por Zelaya y Micheletti, con sus respectivos socios y adláteres, parece evidente que ambos han enredado a la diplomacia brasileña de una manera tal, que ni el más agudo politólogo hubiese podido avizorar. Tampoco un historiador de las relaciones internacionales encontrará fácilmente en la política exterior de Brasil un episodio tan marginal como éste, y que haya tenido a sus tomadores de decisión tan en ascuas. De hecho, Clodoaldo Bueno, el gran historiador de la política exterior brasileña no menciona casos análogos en sus principales obras.

En Tegucigalpa, Itamaraty no sólo fue sorprendido con el intempestivo ingreso del hombre del sombrero a su embajada, sino que cada día ha ido quedando en evidencia una asombrosa perplejidad debido a una situación que no evoluciona como esperaba. Lo que ha rebasado todo lo imaginable es el episodio del avión mexicano, solicitado de conjunto con Argentina.

En el fracaso de esa operación subyace la terrible realidad de que Itamaraty jamás imaginó estar como hoy, donde el grande va a la zaga. Verse superados por la picardía y el doble juego, tan presentes en el caso hondureño, ha sido un golpe al ego institucional. A ojos de cualquier observador, parece un Gulliver estupefacto ante su nula incidencia en un submundo de enanos. Inmensamente revelador de su desazón es la petición de que, ante la realidad –tan insoslayable como siempre- el depuesto mandatario se tome la molestia de abandonar la legación a fines de enero. Habrá que ver si tan magnánimo gesto será correspondido en el futuro con alguna palabra de deferencia o agradecimiento. A simple vista, se ve difícil. Zelaya gusta de la teatralidad y la grandilocuencia, vive con fuerza cada momento, y aunque es algo atarantado en sus decisiones, en el fondo es un jugador de póker, que sabe muy bien lanzar sus cartas.

Claro. Podría argumentarse que este problema, Itamaraty no lo buscó, o que no es prioritario en la agenda externa. Podría ser. Pero lo que definitivamente no calza es que un país de tales dimensiones, y especialmente de tales aspiraciones, no haya resuelto el caso de manera satisfactoria para sus propios intereses y en un lapso relativamente breve, acorde al tamaño del problema planteado. Por añadidura debe tenerse en consideración que el caso Zelaya-Micheletti es, en lo fundamental, un asunto político relativamente pacífico, sin las dosis de sangre y violencia que deben enfrentar países similares. Una simple oteada a sus socios del BRIC da una idea de los avernos que viven potencias de esos rangos. Un vistazo a la India, con el cual comparte además la legítima aspiración a un sillón en el Consejo de Seguridad de la ONU, siempre es útil. No está demás recordar que los miembros de éste se ganaron el derecho a estar allí en el campo de batalla; ninguno fue invitado. Lamentablemente, en la pequeña Honduras, el Gulliver regional no ha sido incapaz de indicar por dónde deben partirse los huevos.

Este caso ilustra además lo erróneo de ciertas apreciaciones teóricas en orden a que los Estados son actores poderosos o débiles según lo determinen sus capacidades estructurales. Ciertamente que países con instituciones sólidas y convicciones profundas sobre su lugar en el mundo son la base de la proyección de poder, pero la evidencia apunta –con cierta porfía- a la naturaleza humana, como elemento clave. Esta sigue siendo inmensamente poderosa en el proceso de toma de decisiones. Por eso no basta con decir que se trata de un “compromiso con la democracia”. Al día de hoy, esa es un recurso retórico vago y demasiado elemental. Hoy existen varios tipos de democracia. Por eso, y no por simple “extravío metafísico”, se han desarrollado criterios de medición y se le estudia como un proceso. Ergo, si se busca jugar un rol de mediador, de negociador, de puente, de conexión –o como quiera llamársele- una de las condicionantes del éxito es indicar qué se promueve.

Las falencias aludidas en el caso Zelaya-Micheletti serán motivo de estudio en los próximos meses y años. Pero se puede adelantar que dejan de manifiesto, que los tomadores de decisión de una potencia interviniente deben estar en condiciones de medir las subjetividades propias del acontecer político; por lo menos las más fundamentales. Cómo actuar, por dónde presionar, cómo calibrar las reacciones ante movimientos sutiles y otros no tanto, cómo adentrarse en los imaginarios de los demás actores y cómo conocer los sótanos y cañerías de desagüe de los Estados. Ese algo que ocupa y desvela día a día a los aparatos diplomáticos, de defensa y seguridad de las potencias. Asuntos que los países chicos y marginales son incapaces de comprender.

Por lo mismo, mientras no se tenga como punto de partida aquello que Bloch llamaba la “simultaneidad de lo no contemporáneo” (situaciones incongruentes que proceden de épocas diversas), no se entenderá lo que ocurre en Honduras. Y si un Gulliver acepta inmiscuirse en los submundos liliputanos, debe ser capaz de fijar sus parámetros, ritmos y objetivos. En lenguaje swiftiniano: debe clarificarles a liliputanos por dónde se rompen los huevos.

¿En qué parará la pre-moderna Honduras? “En lo que Dios quiera”. Así decía acertadamente el ilustre historiador mexicano del siglo 19, Lucas Alaman para describir la inestabilidad crónica de Mesoamérica.

Fuente: El Mostrador

sábado, 12 de diciembre de 2009

La política exterior de Obama, a prueba

Por: Joseph S. Nye

Ya cerca del término de su primer año como presidente, Barack Obama ha dado un valiente paso al decidir aumentar la cantidad de tropas estadounidenses en Afganistán hasta llegar a más de 100.000. Los críticos a la izquierda señalan que la Guerra de Corea ahogó la presidencia de Harry Truman, del mismo modo como la Guerra de Vietnam definió la Presidencia de Lyndon Johnson. Así, Obama se arriesga a ser el tercer presidente demócrata cuya agenda interna se vea sobrepasada por una guerra complicada.

Sin embargo, los críticos a la derecha se han quejado de que el enfoque de política exterior de Obama ha sido débil, demasiado en tono de disculpa y excesivamente dependiente del poder blando. Les preocupa la promesa de Obama de comenzar a retirar las tropas de Afganistán 18 meses después de este aumento.

Obama heredó una agenda de política exterior llena de baches: una crisis económica global, dos guerras difíciles, la erosión del régimen de no proliferación nuclear por parte de Corea del Norte e Irán, y el deterioro del proceso de paz del Medio Oriente. El dilema de Obama fue cómo manejar este complicado legado y, al mismo tiempo, crear una nueva visión de cómo los estadounidenses deberían relacionarse con el mundo.

A través de una serie de gestos simbólicos y discursos (en Praga, El Cairo, Accra, las Naciones Unidas y otros lugares), Obama ayudó a restablecer el poder blando de EE.UU. Como señalara hace poco el informe Pew: "...en muchos países la opinión sobre los Estados Unidos es hoy tan positiva como lo era al comienzo de la década en que George W. Bush estuvo en el poder."

Es un error pasar por alto el papel que los líderes transformadores pueden jugar para cambiar el contexto de problemas difíciles. El poder implica definir temas y crear preferencias en los demás, tanto como intentar influir y presionar. Por eso es que la administración Obama habla de un "poder inteligente", que combine de manera adecuada los recursos de poder duro y blando en diferentes contextos. El poder blando puede crear un ambiente que abre posibilidades, en lugar de obstaculizar las políticas.

Sus críticos dicen que Obama ha sido muchas palabras y nada de hechos. Lo retratan como una estrella de rock que ganó el premio Nobel por promesas más que por resultados. Se burlan de su popularidad, y hacen notar que el Oriente Próximo sigue siendo intratable, que siguen sin resolverse los problemas de Corea del Norte, Irak y Afganistán, y que Irán se está poniendo difícil. Sin embargo, ningún analista serio esperaría algo distinto en el corto plazo. Ciertamente, el enfoque de poder duro de Bush-Cheney no solucionó estos problemas.

Más aún, además de las palabras, ha habido algunos hechos importantes. Primero que todo, el manejo de Obama de la crisis económica. Cuando asumió el cargo, sus asesores económicos le decían que había una posibilidad entre tres de caer en una depresión al estilo de la de 1930.

Si Obama no hubiera evitado ese desastre, todo lo demás habría palidecido en comparación. Para lograrlo fue necesario no sólo un paquete de estímulo a nivel nacional, sino coordinación internacional. A pesar de las medidas estadounidenses contra las importaciones de neumáticos chinos, el nivel de proteccionismo ha sido mucho más bajo que en los años 30 y que lo predicho por muchos observadores. Más aún, Obama utilizó la crisis para lograr lo que muchos habían sugerido durante años: transformar el G-8 en el marco institucional más amplio del G-20, que incluye a las principales economías emergentes.

En estrecha relación con la crisis económica ha estado el manejo de Obama de las relaciones con China. Cómo responda Estados Unidos al ascenso del poderío chino es uno de los retos de política exterior más importantes del siglo veintiuno. Obama amplió las reuniones encabezadas por el Tesoro a un diálogo estratégico co-presidido por el Departamento de Estado, con un temario que incluye el cambio climático, así como asuntos multilaterales.

Contrariamente a algunos informes de prensa escépticos, la cumbre de Obama con el Presidente Hu Jintao en noviembre fue un éxito silencioso. Al mismo tiempo, ha reconocido que mantener alianzas estrechas con Japón y Australia -y buenas relaciones con India- ayuda a mantener las capacidades de poder duro que dan forma al ambiente de una China en ascenso.

Un tercer logro importante del primer año de Obama ha sido la reformulación del problema de la no proliferación nuclear, que muchos expertos consideraban en crisis al final de la era Bush. Al abrazar el objetivo de largo plazo de un mundo sin armas nucleares (aunque tal vez no durante su vida), Obama reiteró el tradicional compromiso de Estados Unidos, consagrado en el Artículo 6 del Tratado de No Proliferación, de reducir el papel de las armas nucleares. Más aún, dio seguimiento a esto negociando con Rusia un sucesor del Tratado de Reducción de Armas Estratégicas para fines de año, y ha puesto el tema de la no proliferación entre los principales asuntos que tratar en las Naciones Unidas y en el G-20.

Los críticos dicen que estos logros, así como los esfuerzos por desbloquear los puntos muertos de Sudán y Birmania, se han alcanzado al precio de renunciar a la claridad moral en torno a los derechos humanos. Sin embargo, las proclamas públicas a menudo son menos eficaces que las estrategias de largo plazo para la promoción de estos temas. El discurso de Obama en Ghana, para el que se seleccionó cuidadosamente un país africano que últimamente ha tenido un traspaso democrático de gobierno, ilustra ese enfoque.

Otros críticos a la izquierda se han quejado de que no ha sido capaz de lograr que el Congreso apruebe un exigente proyecto de ley antes de la Conferencia de Copenhague sobre el cambio climático. Sin embargo, Obama ha ayudado a persuadir a China e India para que hagan anuncios importantes, y establecerá una meta estadounidense de reducción de emisiones de gases de invernadero que debería evitar que la conferencia termine siendo un fracaso.

Por supuesto, la gran prueba será Afganistán. ¿Puede Obama combinar el poder blando y duro en una estrategia de poder inteligente que funcione? ¿Producirá el aumento de tropas estadounidenses y aliadas, y de la ayuda para el desarrollo, suficiente estabilidad para la retirada, cuyo inicio tiene previsto en 2011? ¿Puede el gobierno afgano comenzar a dar seguridad para proteger a sus ciudadanos de la violencia de los talibanes? ¿O el país terminará siendo un atolladero que defina la presidencia de Obama?

A medida que Obama se acerca el fin de su primer año en el cargo, debe saber que Afganistán será la prueba mayor por la cual los historiadores del futuro calificarán su política exterior.

Fuente: Project Syndicate, 2009.

Relaciones Chile-Bolivia pos elecciones: Todo o nada

Por: Cristian Leyton Salas

A partir del 22 de enero del 2006 las relaciones entre Chile y Bolivia mutaron. Un cambio experimentó la tradicional postura boliviana hacia Chile, aquella que impulsaba una “denuncia” sistemática y pública de su condición mediterránea. Esta relación pasó desde la lógica revidicacionista inaugurada allá en 1925 por Bautista Saavedra, profundamente conflictiva e irreverente, hacia otra de dialogo “sin imposiciones, sin exclusiones, pero sin excepciones”.

Con Evo Morales a la cabeza del ejecutivo boliviano, el Gobierno chileno logró encontrar un interlocutor válido para sentarse a conversar y plantear las bases de una Agenda de 13 puntos que incluía exponer los intereses y objetivos bolivianos tras su demanda de “reintegración marítima”. Un aspecto central en dicha postura era y sigue siendo la accesión a una costa y una proyección marítima “útil y soberana": Biolivia reclama "soberanía" sobre dicho espacio.

Desde la implantación de dicha Agenda, una diplomacia militar y política se ha instaurado. Una estrategia de “paso a paso” se ha implementado. Desde los puntos más básicos y administrativos hasta la “alta política”, que incluye identificar el espacio territorial que sería cedido a Bolivia, asi como su naturaleza jurídica internacional y emplazamiento espacial. Incluso se ha avanzado lam idea de "enclaves" para Bolivia.

Podríamos decir que desde el 2006 hasta la fecha se inauguró una fase de conocimiento y de confianza mutua entre ambos estamentos. Lo anterior posibilitado por un cierto "pacto de no agreasión" ideológico entre ambos Gobiernos. A la luz del seguimiento del comportamiento político exterior de Evo Morales, podemos constatar que éste ha tendido a "ideologizar" sus relaciones internacionales. Frente a una administración de naturaleza “reaccionaria”, el Gobierno del MAS en Bolivia ha optado por la política de la denuncia y la confrontación mediática. Alán García en Perú (con su retórica antibolivariana) y Álvaro Uribe en Colombia, por ejemplo.

Las condiciones que permitieron este acercamiento sin precedentes entre el Gobierno de Michelle Bachelet con el régimen de Evo Morales son fundamentalmente coyunturales. La primera dice relación con un “frente interno” boliviano altamente explosivo. Una división de facto de Bolivia entre el Occidente y el Oriente liderado por Santa Cruz y su Comité Cívico Cruceño que puso al país al borde de la fragmentación. Evo Morales dirigió todas sus capacidades a afianzar su liderazgo y legitimidad interno, hecho consumado con la última elección en donde obtuvo casi un 60% de apoyo.

Otro aspecto coyuntural está dado por el enfriamiento o casi congelamiento de las relaciones entre el régimen de corte neoliberal de Alán García (APRA) y régimen colectivista de Evo Morales. Una ventana de oportunidad hábilmente explotada por la Cancilleria chilena y que permitió ofrecer al gobierno del MAS un respiradero diplomático y político en la región.

La postura chilena en orden a no establecer “limites” a las conversaciones bilaterales, asumiendo la lógica de la negociación “sin imposiciones, pero sin exclusiuones”. Postura aceptada por Evo Morales, y sobre todo el movimiento del MAS en su conjunto. Las bases identificaron un factor cohesionador aun más movilizador que el “factor Chile”, en este caso, la “oligarquía cruceña”.

Hoy, estamos ad portas de una nueva configuración de las condiciones que permitieron el desarrollo del escenario anterior.
De toda evidencia, en Chile un cambio mayor se producirá en la dirección política del país. La "Derecha" llegaría a La Moneda. Y con ella, un cambio en la postura dominante que ha permitido un acercamiento sorprendente entre ambos Estados. Si los peruanos llaman hoy a “desideologizar” su relación con Evo Morales, hace tres años que esto viene ocurriendo con Chile.

No solo dependerá de la visión y del programa político de la próxima administración en La Moneda si mantiene la Agenda de 13 puntos con el régimen indigenista de Evo, también y sobre todo del mismísimo presidente reelegido en Bolivia.

Evo ya no tiene el “frente interno”, ahora podrá trabajar decididamente a pasar a la historia como el presidente que obtuvo la salida al mar de Bolivia por el Pacífico. Un acercamiento con Perú no es de extrañar a fin de presionar a la nueva administración chilena. Ahora, Evo Morales buscará el “todo o nada”. Todo: una salida “útil y soberana” al mar. Nada: reinstitucionalizar la tradicional política de denuncia internacional en contra de Chile.

El “orden regional y vecinal” sigue mutando. El próximo año será uno de incertidumbre, en especial con nusetros vecinos "nortinos".

Fuente: La Tercera

La última movida de Alan García

Por: José Rodríguez Elizondo

La designación de Manuel Rodríguez Cuadros como embajador peruano en Bolivia confirma que en política no se muere, a lo más se hiberna.

Es que Rodríguez Cuadros hace tiempo dejó de ser un simple y disciplinado profesional de la diplomacia. Como canciller de Alejandro Toledo fue el motor de la demanda marítima contra Chile y quien mejor implementó la estrategia de dar al conflicto “un tratamiento eminentemente jurídico, en cuerdas separadas en relación con el resto de la agenda bilateral”. En esa linea, no vaciló en fijar plazo a la canciller Soledad Alvear para que aceptara la tesis del vacío de tratado fronterizo y en hacer firmar a Ignacio Walker una declaración con sorpresa incorporada: decodificada con amplitud, hacía aparecer a Chile aceptando la existencia de una controversia jurídica.

Por eso, el hombre fue un incordio para García cuando, en aras de la ideología aprista, quiso zafar de esa herencia peligrosa. Entonces, su canciller José Antonio García Belaunde llegaría a declarar que Toledo (obviamente a través de Rodríguez Cuadros) había “maltratado gratuitamente la relación con Chile”. A ese garrotazo abstracto el Presidente agregó uno más personalizado: pidió la renuncia del criticado al cargo que desempeñaba a la sazón: embajador ante los Organismos Internacionales en Ginebra. Además, despotricó contra el servicio exterior peruano, que se permitía alquilar viviendas por 25.000 dólares. Quienes todo lo saben, aseguraron que “los versos van para Manuel”.

Pero el ex canciller y ex diplomático no se rindió. Proyectando su gestión chilena, escribió un detalloso libro sobre el componente jurídico de la estrategia peruana, comenzó a dar conferencias por todo el país y se convirtió en columnista estable del diario La Primera, conocido por la escasa simpatía con que trata a los chilenos. Desde tal ubicación, hoy está compitiendo con Carlos Ferrero –también ministro prominente de Toledo - por el liderazgo de un nacionalismo de sectores medios, con base en el partido Perú Posible.

Está claro, entonces, que García no ha designado a un simple e intercambiable profesional de la diplomacia, sino a un político inteligente, de ideolología nacionalista, para que le rescate una relación que se ha vuelto conflictiva. Digamos, para ayude a que Evo Morales olvide ciertas andanadas suyas y recuerde que Bolivia, al menos para el nacionalismo peruano, sigue siendo el Alto Perú de siempre.

Lo señalado confirma lo que escribiera el analista peruano Mirko Lauer, respecto a que, en materia de la relación con Chile, el canciller García Belaunde está “en una linea de continuidad con lo que hizo Rodríguez”. Pero –aquí esta el detalle no expresado- no porque éste haya cambiado de opinión, sino porque Alan García ha contradicho a su propio canciller. En efecto, García Belaunde ya no podría criticar la gestión chilena de Rodríguez Cuadros, pues hoy está ejecutando su legado.

Si miramos más arriba de los cancilleres, está claro que el gran timonel del cambio es Alan García. Con su ultrapragmatismo, ha devuelto a la vida política a quien maltratara a inicios de su mandato, encomendándole una misión literalmente estratégica. Junto con ello, y no casualmente, ha cedido un espacio político decisivo a uno de los líderes más connotados del nacionalismo peruano actual.

Fuente: La Tercera

lunes, 30 de noviembre de 2009

Los textos secretos de Lula

Por: Moisés Naím

Éste es un memorando que los asesores del presidente de Brasil enviaron a su jefe: "Le recomendamos que reciba en visita de Estado a su colega iraní, Mahmud Ahmadineyad. Seguramente esta decisión será criticada, pero esa visita tendrá para usted y Brasil más beneficios que costos: 1) Su foto recibiendo al presidente iraní reafirmará ante el mundo que tenemos una política internacional independiente de Estados Unidos, al que no tememos ofender o irritar. 2) Como nuevo actor global, Brasil puede y debe desempeñar un papel protagónico en las principales negociaciones de estos tiempos. La que desarrollan EE UU, Europa, China y Rusia con Irán sobre su programa nuclear es muy importante, y Brasil no debe quedarse al margen. Podemos convertirnos en actores indispensables para disminuir las fricciones con Irán. Es más, nuestro país también puede mediar en Oriente Próximo. Brasil es grande, exitoso, no alineado y no tiene conflictos de interés en esa región donde los actores tradicionales carecen de ideas y credibilidad. Y usted, señor presidente, tiene prestigio. Podemos aportar una nueva perspectiva y ser vistos como paladines de la paz en el mundo. Esto nos daría más influencia en negociaciones relacionadas con nuestros intereses inmediatos. 3) Los esfuerzos para que Brasil llegue a ser miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU se verían fortalecidos con el voto de Irán".

El presidente de Brasil estuvo de acuerdo e invitó a Mahmud Ahmadineyad, ofreciéndole una calurosa bienvenida. Días después de la visita, recibió esta carta de un buen amigo: "Querido Lula. Como sabes, no me gusta molestarte. Como también sabes, me siento muy orgulloso de ti. Pero hoy te escribo con el derecho que me dan los años que pasamos juntos luchando como líderes sindicales cuando, en este país, organizar a los trabajadores y oponerse al régimen militar era un delito. Sentí una gran tristeza cuando te vi abrazando al presidente de Irán. ¿Pensaste en ese momento, viejo compañero, que si tú y yo hubiésemos estado hoy en Irán haciendo lo que hicimos en Brasil cuando éramos jóvenes -protestar contra la dictadura- ese presidente que tú abrazaste nos estaría condenando a muerte? La televisión oficial iraní anunció las sentencias a muerte de ocho personas. ¿Su delito? Protestar contra el Gobierno y contra la que ellos consideran que fue una elección fraudulenta del presidente a quien recibiste con todos los honores. En otras palabras, Lula, van a morir a manos de tu huésped por ser hoy como fuiste tú cuando tenías su edad y, al igual que ellos, no podías soportar callado los abusos de la dictadura. Además, en Irán, centenares de estudiantes y líderes políticos están en la cárcel y algunos seguramente estaban siendo torturados mientras tú ofrecías un banquete al responsable de estos hechos. No objeto que hayas invitado a este tirano: comprendo esos cálculos de Estado. Y espero que, en privado, le hayas hecho saber que a los brasileños no nos gustan los Gobiernos que matan a sus opositores. Pero me entristeció verte de la mano con él. Sus manos están manchadas de sangre, las tuyas no.

Estuve de acuerdo contigo cuando le dijiste al mundo que si un país como Irán desea tener un programa nuclear con fines pacíficos, debe poder hacerlo. Pero Irán no merece tu defensa. El primer ministro de India, Manmohan Singh, se opuso sin ambigüedades al programa iraní. Sin ambigüedades, Lula. Días después de tu espaldarazo, 25 países emitieron un voto de censura contra Irán. La comunidad internacional no cree a tu huésped de honor cuando dice que no está intentando producir bombas atómicas. Hasta China y Rusia, que tienen muchos más intereses que Brasil en Irán, respaldaron la resolución. ¿Tus asesores no te alertaron del riesgo que corrías apoyando a un líder sangriento? Sé que la política internacional requiere maniobras y compromisos. Lo que no entiendo es que hayas estado dispuesto a ignorar tan públicamente los principios que te hicieron ser lo que eres. Sé que aún estás aprendiendo a ser un líder mundial. Pero recuerda que no vale la pena serlo si para eso debes dejar de ser quien eres".

Estos textos ni son secretos, ni son verdaderos. Los he inventado yo. Pero si bien son sólo producto de mi imaginación, su mensaje central refleja una realidad que hoy le es obvia hasta al propio Lula: se equivocó.

Fuente: El País

jueves, 26 de noviembre de 2009

"Lecciones del espía"

Por: Alvaro Vargas Llosa

La disputa entre Lima y Santiago por el caso del espía parece haber vuelto a los cauces razonables y diplomáticos de donde nunca debió salir. Perú ha pedido respuestas y reducido la acústica de las protestas y Chile ha ofrecido investigar los hechos y dar una explicación. Eso era lo que se echaba de menos desde hacía días: sacar el conflicto de las primeras planas y, sobre todo, de boca de los profesionales del antichilenismo, en el caso de Perú, y de los nacionalistas chilenos, en el otro.

Todo indica que el espía existió y que el gobierno peruano, viéndose expuesto a una filtración embarazosa y desestabilizadora, reaccionó con la intención de impedir que la dinámica de la indignación ciudadana agitada por los interesados lo colocara en situación insostenible. Sin embargo, con ser comprensible y tal vez hasta inevitable esa reacción, la lección que ella arroja es que el segmento minoritario, pero influyente, de militares y civiles que quieren empujar a Perú hacia una política exterior y defensiva de corte nacionalista tiene hoy un desproporcionado poder.

La otra lección, en este caso relacionada con el comportamiento de Chile, es que hay en Santiago una tendencia a la reacción defensiva automática y condicionada, en parte por una sicología de país "cercado" por enemigos que se ha ido instalando entre buena parte de la clase dirigente. En lugar de hacer una lectura fría de las circunstancias que rodeaban a Alan García y de entender las claves de un hecho que encerraba delicados equilibrios internos entre las fuerzas modernas que quieren relaciones adultas con su vecino del sur y las que se oponen a ello, quisieron ver un Perú convertido en enemigo.

Los países se espiaron siempre y se seguirán espiando. Las naciones más avanzadas ya lo tienen tan integrado en su política exterior que los casos de espionaje suelen ser asunto de páginas interiores, salvo cuando tienen un colorido especial. Todavía en estos asuntos peruanos y chilenos nos comportamos con algo de ingenuidad e infantilismo. Y aquí estaría la última lección de lo sucedido: Chile y Perú deben encontrar mecanismos de comunicación discreta que permitan tratar estos asuntos de un modo efectivo antes de que pasen a ser utlizados por fuerzas desestabilizadoras y de que, una vez filtrados, se conviertan en una pelota que los políticos de uno y otro lado patean hacia el arco contrario para hacer goles patrióticos.

El aprendizaje será lento y estará obstaculizado por episodios como este. En algún momento debe darse por parte de ambos países un ejercicio inteligente y corajudo -corajudo porque será en una primera instancia impopular y provocador en términos de política interna- para confinar las diferencias dentro de espacios que no lo pongan todo en riesgo.

Fuente: La Tercera

De comunidad a seguridad en Asia

Por: Fidel V. Ramos

Los visitantes suelen ser catalizadores del cambio. La visita de Barack Obama a Asia que acaba de concluir tal vez no sea diferente, ya que su viaje hizo que Asia y sus líderes se queden pensando en qué tipo de comunidad regional están construyendo.

El sentido moderno de construcción de una comunidad pan-asiática comenzó con la traumática crisis financiera y económica del este de Asia de 1997, cuando todos los países de la región del Pacífico asiático aprendieron de la peor manera que las reformas y las protecciones nacionales podían resultar lamentablemente inadecuadas. Al poco tiempo, se formó un consenso entre muchos líderes asiáticos de que se necesitaba una mayor cooperación y coordinación.

Incluso durante esa crisis de 1997, ya se admitía esta lección, dado que los miembros de la Cooperación Económica de Asia-Pacífico (APEC, por su sigla en inglés) siguieron comprometidos con la liberalización del comercio, una de las fuerzas clave que ayudó a volver a poner en marcha el crecimiento de las economías de Asia. De hecho, la Cumbre de Líderes Económicos de APEC en 1997 designó 15 sectores importantes –entre ellos, el de los automóviles, los productos químicos, los activos energéticos y las medidas ambientales- para una temprana liberalización. Si uno analiza el crecimiento económico de Asia en los últimos 12 años, resulta claro que la liberalización del comercio y la inversión surtió efecto.

Al darse cuenta de que la economía no se puede separar nítidamente de la política, APEC pronto empezó a incluir cuestiones de seguridad en su agenda. En 2002, los líderes de APEC lanzaron la iniciativa STAR, que establecía un “Área de Comercio Seguro en la Región de APEC”.

La iniciativa STAR salvaguarda el flujo de bienes y de personas a través de medidas que aseguran a las embarcaciones, los aviones y los viajeros –mejorando así la seguridad interfronteriza, las redes aduaneras y la protección de las cadenas de suministro corporativas-. Esta iniciativa fue seguida, en 2003-2004, por un fortalecimiento de la cooperación en materia de seguridad a través de la Fuerza de Tareas contra el Terrorismo, así como de la Iniciativa de Seguridad Comercial y Financiera del Banco Asiático de Desarrollo.

Estas iniciativas sin duda han profundizado la sensación de comunidad de Asia. Pero ahora esa comunidad debe enfrentar su mayor desafío: el ascenso de China. A medida que China se vuelve cada vez más poderosa económica y políticamente, ¿cómo se puede asegurar la estabilidad a largo plazo en el Pacífico asiático?

Creo que un giro de Pax Americana a Pax Asia-Pacífico podría ser la respuesta. De la misma manera que las naciones de Europa occidental aprovecharon el estancamiento de la Guerra Fría para construir la Unión Europea, Asia debe explotar los intereses comunes que tienen Estados Unidos, Japón, China, India, Corea del Sur, Rusia, Australia, Nueva Zelanda y todos los países del sudeste asiático para asegurar un Pacífico asiático en paz y estable.

Bajo el “equilibrio del terror” de la Guerra Fría, Europa occidental organizó una comunidad económica, política y cultural que hoy generó una era moderna de “paz perpetua” en ese continente. Los miembros de APEC también deberían utilizar el paraguas existente de la Pax Americana para acelerar la integración económica, de seguridad y política antes de que surjan nuevas rivalidades que frustren sus esfuerzos.

Muchos de los instrumentos para una mayor integración ya existen. Para empezar, existe la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN, por su sigla en inglés). Pero se están negociando agrupaciones más grandes –“ASEAN más China” y una futura “ASEAN más Japón, Corea del Sur e India”.

Entras las tareas políticas que están empezando a plantear estos grupos más amplios hay estrategias para derrotar al terrorismo sin alienar a la gran población musulmana autóctona de la región. De alguna manera, también los líderes de Asia deben manejar el ritmo de la globalización. De la misma manera que las rebeliones de campesinos del sudeste asiático de los años 1930 fueron una reacción al fracaso de un episodio de globalización anterior, el Islamismo en Asia es una respuesta a nuestras nuevas sociedades secularistas/consumistas.

En toda Asia, APEC está desempeñando un papel central en la creación de una Pax Asia-Pacífico. A diferencia de la Pax Americana, que ha sido impuesta mediante la fuerza militar estadounidense, ésta será una paz prácticamente entre pares. La nueva arquitectura de seguridad del Pacífico asiático debería emanar de una cooperación que no esté basada en un “equilibrio de poder” sino en una distribución de la carga para generar un “equilibrio de beneficio mutuo”.

Claramente, la Pax Asia-Pacífico debe construirse en base a un compromiso inquebrantable con la paz entre los países más poderosos de APEC –Estados Unidos, China y Japón-. Un aporte chino productivo demostraría su compromiso con ser un protagonista responsable en la comunidad mundial más expandida.

Japón también debe desempeñar un rol activo en la seguridad y la preservación de la paz. Un factor crucial para asegurar la Pax Asia-Pacífico es la relación sinérgica entre China y Japón. En el interés de la paz regional, ambas potencias debe dejar de permitir que los resentimientos históricos obstruyan un futuro más armonioso y próspero para la región del Pacífico asiático.


Una vez que empiecen estos cambios políticos, APEC puede comenzar a transformarse en una Comunidad Asia-Pacífico para la Cooperación Económica y la Seguridad. La prueba estratégica será que las organizaciones regionales –como APEC- aseguren que el espíritu de cooperación siempre pese más que los impulsos competitivos de los estados miembro. Las naciones europeas reconocieron esto hace medio siglo, y los países de Asia deben tomar hoy la misma elección autolimitante.

No importa cuáles sean nuestras iniciativas compartidas, los asiáticos debemos ocuparnos de que se las emprenda a través de responsabilidades compartidas, cargas compartidas, valores compartidos y beneficios compartidos. Sólo de esta manera Asia logrará una mejor calidad de vida y una mayor seguridad para todos sus pueblos.

Fuente: Project Syndicate, 2009.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Los malabarismos de Obama en Pekín

Por: Timothy Garton Ash

Para conmemorar el aniversario de la caída del muro de Berlín, Obama se va a Pekín. Europa pertenece a entonces, China es el ahora. Y, a medida que el poder mundial se desvía hacia el Este, hasta el líder más poderoso y elocuente de nuestra época se debate con los dilemas de esa relación.

Antes de ir a China, Obama hizo dos concesiones importantes: no reunirse con el Dalai Lama, a diferencia de sus predecesores en la Casa Blanca, y definir a China como un "socio estratégico", una etiqueta muy deseada por los dirigentes de Pekín. A corto plazo, parece haber obtenido muy poco a cambio, ni sobre Irán, ni sobre Afganistán, ni sobre el tipo de cambio del renminbi. El contraste entre la despreocupada y abierta rueda de prensa del presidente Bill Clinton y el presidente Jiang Zemin en 1998, llena de críticas mutuas, y la fría presentación de declaraciones opuestas de los presidentes Obama y Hu Jintao, sin que se permitieran preguntas de los periodistas, da la medida del camino recorrido por China durante la década perdida de Estados Unidos. China, a punto de convertirse en la segunda economía del mundo, en 2010, y con alrededor de un billón de dólares en deuda estadounidense, se siente cada vez más capaz de fijar sus propias condiciones.

Sí, Obama mencionó los derechos humanos y el Tíbet. Sí, en la reunión con estudiantes en Shanghai consiguió que le hicieran -su propio embajador- una pregunta, colgada en la página web de la Embajada estadounidense, sobre el gran cortafuegos informático de China. Su respuesta fue curiosamente complicada. Siempre ha sido un gran defensor del uso libre de Internet, dijo, y "soy un gran defensor de la no censura". (Qué expresión tan extraña. ¿Por qué no decir "libertad de expresión"?). "Forma parte de la tradición de Estados Unidos", continuó, pero inmediatamente añadió: "Reconozco que distintos países tienen diferentes tradiciones". Luego se deshizo en elogios de Google y repitió su oposición a la restricción del uso de Internet y "otras tecnologías de la información como Twitter". Uno podía imaginárselo balanceándose en la cuerda floja y ayudándose a mantener el equilibrio con una larga pértiga.

Por supuesto, cómo se desarrolle esta relación durante los próximos 20 años dependerá sobre todo de las realidades del poder económico, militar y político. China está en ascenso, pero su sistema tiene muchas debilidades internas. Desde el punto de vista diplomático, Estados Unidos tendrá grandes posibilidades de hacer contrapeso al poder chino a través de su relación con Europa, India, Japón y otras potencias regionales. En realidad, el objetivo hacia el que deberíamos trabajar es el de una "relación estratégica" que implique la cooperación de todas estas potencias.

Sin embargo, más allá de las relaciones de poder duro, existe una pregunta casi filosófica sobre cómo tratar con China desde Occidente. En mi opinión, hay dos estrategias básicas que podemos adoptar. Mientras Obama se balanceaba en su cuerda floja, el extremo de su pértiga señalaba a veces hacia una y a veces hacia la otra. La primera estrategia, que es del agrado de los gobernantes chinos, es decir: vosotros tenéis vuestras tradiciones, vuestra civilización, vuestra cultura, vuestros valores, y nosotros tenemos los nuestros. En un mundo de grandes potencias soberanas muy distintas, la única base para el orden internacional es el mutuo respeto. Dentro de nuestras fronteras respectivas, nosotros lo hacemos a nuestra manera, y vosotros a la vuestra. Sólo así podremos evitar el "choque de civilizaciones" de Samuel Huntington.

Creo que a las autoridades actuales de China les gustaría llegar a ese acuerdo. A diferencia del periodo maoísta, y a diferencia de algunas opiniones actuales en Estados Unidos y Europa, no son misioneros universalistas. No afirman que su modelo chino, desarrollado mediante el método de prueba y error, sirva necesariamente para otros países. Quizá lo hagan en el futuro -en parte porque los habitantes de los países en vías de desarrollo empiezan a pedirlo-, pero, por ahora, el "modelo chino" está hecho sólo para China. En cambio, tanto Estados Unidos como la Unión Europea suelen creer que otras partes del mundo pueden y deben parecerse más a ellos.

El compromiso de China de no interferir en los asuntos de otros Estados no es del todo constante. Como Estados Unidos, China tiene una doble concepción de la soberanía: nuestra soberanía es absoluta, la de otros es relativa. Así, por ejemplo, China ha hecho increíbles esfuerzos para disuadir a los dirigentes occidentales, incluido Obama, de reunirse con el Dalai Lama en sus respectivas capitales, cuando una doctrina coherente de respeto mutuo de la soberanía seguramente diría: nosotros no os decimos con quién os reunís en vuestro país y vosotros no nos decís con quién nos reunimos en el nuestro. Ahora bien, con excepción de lo que considera asuntos de interés nacional fundamental, China no ha intentado (todavía) decir a otros cómo gobernar sus países.

La otra estrategia, que es la que yo defiendo, es iniciar la búsqueda de un universalismo genuinamente universal, en un diálogo con China y otras potencias emergentes no occidentales. No podría ser un universalismo definido puramente por Occidente, que implicara que todas las verdades universales esenciales se descubrieron en Occidente entre, por ejemplo, 1650 y 1800, y que todos los demás países tienen que limitarse a seguir el ejemplo. Sería un universalismo que dijera algo de este tipo: creemos que estas verdades son evidentes, pero quizá os gustaría sugerir algunas otras. Defendemos la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; quizá vosotros queráis defender la armonía, la seguridad o la comunidad transgeneracional. Entonces compararemos las aspiraciones y las realidades sociales a la fría luz de la razón.

Éste no es un "diálogo entre civilizaciones", un término que parece implicar que mis valores los determina mi "civilización" natal o la de mi religión. No es un toma y daca entre los "valores occidentales" y los "valores asiáticos". Es una invitación a una auténtica conversación sobre lo que todos los seres humanos tienen en común y cómo deben organizarse y vivir su vida. En mi opinión, las respuestas dadas en Occidente durante y desde lo que llamamos la Ilustración son las mejores que nadie ha encontrado hasta ahora. Pero la más mínima inmersión en las tradiciones confuciana y budista sugiere que hay cosas que podríamos aprender de ellos, y que tenemos mucho en común. Por tanto, mi idea de respeto mutuo no es "vosotros tenéis vuestros valores determinados por vuestra cultura, nosotros tenemos los nuestros, y nunca se encontrarán los dos". Es "voy a presentar los mejores argumentos posibles para defender que los valores universales de la Ilustración son los mejores para vosotros y para nosotros, pero estoy dispuesto a escuchar vuestra respuesta".

Mi limitada experiencia de los jóvenes chinos, incluidos miembros del Partido Comunista, indica que están muy abiertos a mantener una conversación así. Pero hay una trampa. Para poder celebrarla, deben tener contacto con nuestras ideas y con las pruebas que respaldan esas ideas, y nosotros debemos tener contacto con la suyas. Una de las cosas positivas que ha surgido de la visita de Obama es un acuerdo para ampliar los contactos personales, incluidos los viajes para estudiantes en ambas direcciones; no obstante, seguirán constituyendo una pequeña minoría. El resto de esa labor de mutuo conocimiento tendrá que producirse a través de distintos medios y, por encima de todo, Internet. De modo que la libre circulación de información no puede ser meramente un valor occidental al que se oponen en Oriente. Es un requisito indispensable para tener esa conversación.

Fuente: El País

viernes, 20 de noviembre de 2009

El mundo del espionaje latinoamericano

Por: Juan Paullier

¿Qué hacen los espías que no vienen del frío? Servicios secretos débiles, uso del chantaje, poca transparencia y menos controles: bienvenidos al mundo del espía latinoamericano, según lo describen los expertos consultados por BBC Mundo.

La época de la Guerra Fría quedó atrás, los regímenes de facto en la región, también, y los tiempos cambiaron para las agencias de inteligencia.

Los analistas coinciden en asegurar que el espionaje interno constituye el enfoque central de los organismos de inteligencia.

Pero claro, también aseguran que hay tiempo para cruzar la frontera y espiar al vecino. Y, de paso, generar roces diplomáticos.

En general, los gobiernos se muestran reacios a hablar sobre el tema y las agencias prefirieron no dar declaraciones, pese a las consultas de BBC Mundo.

Yo espío, tú espías

La semana pasada se supo que un suboficial de la Fuerza Aérea Peruana habría entregado a Chile documentos secretos que contenían información sobre las compras de armamento previstas por Perú hasta 2021.

Pero, ¿qué tan común es esta situación de espionaje?

Para Robert Munks, editor para las Américas de la revista británica especializada en temas de Defensa Jane's Intelligence Weekly, "habida cuenta de su rivalidad territorial y militar, sería sorprendente que Chile y Perú no se dedicaran a alguna forma de espionaje entre ellos".

"De hecho, la motivación de Perú para la escalada de la controversia podría ser principalmente interna, con un García que se enfrenta a una caída en su popularidad y escándalos de corrupción", asegura.

"Región tranquila"

El especialista no cree que este incidente implique un aumento del espionaje en la región: "Espionaje siempre ha habido, y siempre habrá, pero si consideramos este caso al lado de lo que ocurre actualmente entre Colombia y Venezuela, se puede decir que sí hay un aumento en los presuntos casos de espionaje revelados al gran público".

Esto "puede sugerir una manipulación mediática por parte de los políticos para justificar elementos de sus políticas bilaterales", agrega Munks.

Sin embargo, aclara que "es una región tranquila en cuanto a espionaje".

Munks asegura que "la mayor parte de estos servicios se dedican a problemas de seguridad interna. Únicamente los países grandes, Argentina, Brasil, quizá México, pueden hacer espionaje en el exterior".

Por su parte, Nigel Inkster, director de la unidad de Amenazas Transnacionales y Riesgo Político del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS, por sus siglas en inglés), explica que "probablemente no haya espías latinoamericanos en otras partes del mundo. Puede haber alguna actividad pero no creo que sea ni muy común, ni muy siniestra o preocupante para otros países".

Inkster, que trabajó entre 1975 y 2006 como agente de inteligencia externa en el Servicio Secreto de Inteligencia (SIS, por sus siglas en inglés) del Reino Unido, asegura que "vista Latinoamérica como un todo hay relativamente pocos países que tienen capacidades de inteligencia de muy alta calidad".

El experto, en ese sentido, destaca a los servicios de inteligencia de Colombia y de Perú.

De topos y escuchas telefónicas

¿Qué tipo de operaciones llevan adelante? Munks indica que, al igual como está sucediendo en otras partes, en América Latina está creciendo la importancia de las llamadas operaciones de "Techint" (inteligencia técnica).

Esto implica la interceptación de llamadas y la vigilancia satelital. Y se diferencia de la "Humint" (inteligencia humana), que utiliza a los topos -infiltrados en organizaciones- e informantes.

Pero también hay tiempo para otras actividades.

"En algunos de los países, cuyo foco es mayormente interno, creo que hay mucho uso del chantaje, presión, y en algunos casos extremos el uso de violencia física, e incluso, los asesinatos selectivos", explica Inkster.

Presencia externa

Históricamente, algunos servicios secretos han tenido una importante penetración en la región. Y aunque cierto interés se haya perdido, "varios países mantienen su presencia, sobre todo Estados Unidos, interesados en el narcotráfico, el crimen organizado y la posible extensión de influencias pro islámicos", señala Munks.

El especialista asegura que se cree que los rusos aumentaron su presencia tras el retiro post-Guerra Fría, "con el objetivo clave de promover la venta de armas y mejorar su influencia".

Y menciona también el incremento de las actividades de China, además de las de Rusia, en Cuba para brindar asesoría y recibir información de la histórica Dirección General de Inteligencia cubana, el organismo "más sofisticado de la región".

Una asesoría que La Habana estaría trasladando hacia Caracas, en lo que Munks califica de "la mayor exportación de espías en la región".

A pesar de que Inkster no sabe qué tan buenos se han tornado los agentes venezolanos en "controlar y monitorear a la disidencia interna", cree que el entrenamiento tendrá su impacto.

El rol de la inteligencia

Para Fernando Velasco, director de la Cátedra Servicios de Inteligencia y Sistemas Democráticos de la Universidad Rey Juan Carlos, "la inteligencia como órgano preventivo por naturaleza aparece como uno de los principales instrumentos para anticiparse a las nuevas amenazas y afrontar el nuevo y cambiante escenario de seguridad".

"Estar bien informado no garantiza por sí mismo mejores decisiones, pero estar poco informado o desinformado reduce considerablemente las posibilidades de éxito", agrega.

En ese sentido América Latina parece no salir muy bien parada.

Inkster dice que la prueba clave para saber si un país tiene un servicio de calidad es si resulta capaz de brindar información precisa y confiable de Inteligencia externa que pueda ser usada por los responsables de elaborar políticas.

"Esto no es lo que sucede en América Latina. Lo que describí es el ideal", asegura.

Además, Inkster advierte que en este momento en la región hay cuestiones de seguridad transnacionales que están empezando a impactar más en la seguridad.

A saber: grupos no estatales armados, narcotraficantes y, también -asegura el analista- "el comienzo del resurgimiento de disputas fronterizas irresolutas", temas que "han estado en silencio, pero que es probable que en años venideros se exacerben como problemas en torno a los recursos naturales".

Fuente: BBC Mundo

La mano visible controla la invisible

Por: Martín Ortega Carcelén

En octubre hemos sabido que los beneficios de bancos como Goldman Sachs y JP Morgan Chase se han disparado este año a pesar de la crisis, en parte gracias a la subida de las Bolsas. Al haber devuelto las ayudas recibidas del Gobierno de Estados Unidos, estos bancos volverán a repartir entre sus empleados grandes sumas. En 2008, en plena tormenta financiera Goldman Sachs distribuyó unos 4.800 millones de dólares en primas a sus dirigentes. Este año Goldman tiene reservados 16.000 millones para compensaciones similares. Según estimaciones del Wall Street Journal y The Economist, en 2009 los bancos de inversiones de Estados Unidos pueden repartir unos 120.000 millones de dólares entre sus gestores.

¿Por qué debe interesarnos lo que gana un banquero en Wall Street, en Londres o en cualquier otra plaza financiera? Por dos razones muy sencillas. En primer lugar, todo el sistema bancario se ha beneficiado del dinero público inyectado desde otoño de 2008 para evitar la implosión financiera. Las ganancias exageradas que hacen ahora se fundamentan en última instancia en el esfuerzo del contribuyente.

La segunda razón es que un esquema de retribuciones tan apetitoso fomenta prácticas que al final ponen en peligro al sistema financiero. En su informe de julio pasado sobre las causas de la crisis, titulado Cara yo gano, cruz tú pierdes, el fiscal de Nueva York subrayó que muchos de los banqueros que ganaron sumas enormes en la etapa de bonanza contribuyeron con sus prácticas arriesgadas a la debacle.

La magnitud de las cifras que se barajan exige una actuación de los Gobiernos. Algunos países están tomando medidas drásticas. Así, en Estados Unidos los gestores de las grandes empresas intervenidas (como AIG, Bank of America o General Motors) tienen limitados los sueldos. Pero los dirigentes de otras entidades financieras se resisten a aceptar tal restricción. Incluso, algunos apuntan a la posibilidad de trasladar sus actividades a lugares donde no llegue la mano reguladora.

En una economía globalizada, además de la regulación nacional, es precisa la concertación internacional para luchar contra actuaciones que perjudican la estabilidad financiera. En los Estados modernos, está demostrado que, junto a la mano invisible de la que habló Adam Smith como mecanismo natural por el que los mercados se ajustan, es necesaria una mano visible de naturaleza política que corrija los abusos. Ahora el reto es reforzar la mano visible en el plano internacional.

Mucho se ha avanzado con la creación del G-20 ampliado como nuevo marco institucional, y con la proclamación de principios y reglas para regular la economía y las finanzas globales. Pero queda mucho por hacer. Un pulso titánico entre las manos visible e invisible no ha hecho más que iniciarse en el orden global, y los ciudadanos debemos estar muy atentos al control de las finanzas internacionales.

El reforzamiento de la mano visible a escala mundial es un asunto que interesa a todos y debería ser objeto de debate y concienciación pública. No hay que pensar que estos temas son lejanos ni que pertenecen al mundo técnico e incomprensible de los iniciados. La regulación de los paraísos fiscales, de los sueldos de los gestores bancarios y financieros y de los hedge funds (fondos de cobertura) deberían ser reclamadas por los ciudadanos y por las fuerzas políticas y las autoridades monetarias. La introducción de una tasa sobre las transacciones financieras internacionales, reclamada por algunos, también debe ser explorada. Igualmente, habría que comprobar que la subida de las Bolsas en los últimos meses, sin relación con las expectativas de la economía real, no se ha realizado con la liquidez concedida por los bancos centrales, destinada a fomentar el crédito y no a favorecer la especulación.

En España se echa de menos un debate más serio sobre estas cuestiones. Nuestra participación en los foros internacionales, como miembros del G-20 ampliado, debería estar acompañada de un posicionamiento más claro, en el que todos, dentro y fuera, conociéramos cuál es la visión española del futuro de la economía y las finanzas globales. El Gobierno debería mostrarse menos absorbido por aspectos puntuales de la política exterior y pensar de manera ambiciosa, para elaborar propuestas de más calado sobre el orden global.

Más que una lucha entre izquierdas y derechas, ese pulso global de las manos visible e invisible es una pugna histórica entre un futuro en el que el orden internacional se basará en reglas más activas y un pasado donde todo estaba permitido, incluido el enriquecimiento inmoral de algunos. En ese pulso, España tiene mucho que aportar, pero ese ejercicio requiere una visión de futuro (qué mundo queremos) y una definición del papel que vamos a jugar ante los retos globales.

Fuente: El País

miércoles, 18 de noviembre de 2009

El síndrome de Vietnam de Obama

Por: Jonathan Schell

No puede haber una solución militar a la guerra en Afganistán, sólo una política. Casi muero de aburrimiento sólo de escribir esta oración. Como presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, pondera qué hacer con esta guerra, ¿hay alguien que quiera repetir un punto que se ha demostrado miles de veces? ¿Existe alguien que no sepa que una guerra de guerrillas no puede ganarse sin granjearse “los corazones y las mentes” de las personas? El público estadounidense lo ha sabido desde su derrota en Vietnam.

Los estadounidenses están acostumbrados a pensar que su amarga experiencia en Vietnam les enseño ciertas lecciones que se convirtieron en principios precautorios. No obstante, hay documentos históricos recientemente disponibles que revelan algo mucho más extraño. Gran parte de esas lecciones de hecho se sabían –aunque no se admitiera públicamente- antes de que los Estados Unidos intensificaran la guerra en Vietnam.

Esta diferencia es importante. Si el desastre de Vietnam se emprendió con plena conciencia de las “lecciones”, ¿por qué serían más efectivas esas lecciones ahora? Parecería que son necesarias otras lecciones.

¿Por qué la administración del presidente Lyndon Johnson condujo a los Estados Unidos a una guerra que parecía una causa perdida incluso para sus propios funcionarios? Una posible explicación es que Johnson estaba completamente aterrado por la derecha estadounidense. Alentado por el senador Mike Mansfield a salirse de Vietnam, respondió que no quería otra “China en Vietnam.”

Su asesor de seguridad nacional, McGeorge Bundy, alimentó los temores de Johnson. En un memorándum de 1964, Bundy escribió que “el daño político a Truman y Acheson por la caída de China se dio porque gran parte de los estadounidenses empezaron a pensar que podíamos y debíamos haber hecho más de lo que hicimos para impedirlo. Esto es exactamente lo que pasaría ahora si se nos viera como los primeros en salir de Saigón." En otro memorándum, Bundy argumentaba que la neutralidad sería considerada por "todos los vietnamitas anticomunistas" como una “traición", lo que provocaría que una parte del electorado suficientemente poderosa “como hacernos perder unas elecciones” se irritara.

¿Acaso los asesores de Johnson impulsaron al país a una guerra desastrosa con el fin de ganar unas elecciones –o, para ser más exactos, para no perderlas? Johnson, Bundy y los demás, por supuesto, creían en la teoría del "dominó", que dice que una vez que un país “cae” en el comunismo, ello hace que otros caigan. Sin embargo, esa teoría se mezcló con una facilidad sospechosa con la percepción de que había una necesidad política interna de que el presidente se mostrase “duro” –para evitar que pareciera “menos halcón que sus adversarios más respetables”, como posteriormente lo dijo Bundy.

Lo extraño del debate actual sobre Afganistán es el grado en que muestra continuidad con los debates sobre Vietnam, y la administración Obama lo sabe.

Para la mayoría de los estadounidenses Vietnam dejo una gran lección: "No hay que hacerlo de nuevo". Sin embargo, para los militares estadounidenses, Vietnam dejó muchas lecciones pequeñas, que sumadas resultan en “hay que hacerlo mejor.”

En efecto, los militares han militarizado en los hechos los argumentos del movimiento de paz de los años sesenta. Si los corazones y las mentes son la clave, hay que ser buenos con la gente local. Si las bajas civiles son un problema, hay que reducirlas al mínimo. Si la corrupción está haciendo que se pierda el apoyo al gobierno cliente, hay que “presionar” para que sea honesto, como hizo Obama con sus comentarios luego de la reelección completamente fraudulenta del presidente Hamid Karzai.

Las lecciones para la política interna de Vietnam también se han transmitido hasta el presente. George McGovern, el candidato presidencial demócrata de 1972, propuso poner fin a la guerra, que ya para entonces era impopular, y con todo perdió las elecciones por un amplio margen. Esa derrota electoral parecía confirmar los temores previos de Johnson: aquéllos que se salen de las guerras pierden las elecciones. Esa lección infundió en el Partido Demócrata un temor muy profundo al "McGovernismo” que perdura hasta la fecha.

Hay una inconfundible continuidad entre los ataques de Joseph McCarthy a la administración de Harry Truman por “perder” China, y por un supuesto “apaciguamiento” e incluso “traición” y los estribillos agresivos de Dick Cheney y Karl Rove a Obama por oponerse a la guerra en Irak, sin mencionar las acusaciones de Sarah Palin durante la campaña electoral de que Obama había estado “acercándose a los terroristas.”

No es un ningún secreto que el apoyo de Obama a la guerra en Afganistán, que él considera “necesaria para defender a nuestra gente”, sirvió de protección en contra de las acusaciones de debilidad por su política de retirarse de Irak. Así, pues, las políticas del dilema de Vietnam han llegado a Obama prácticamente intactas. Ahora, como entonces, la cuestión es si los Estados Unidos son capaces de perder una guerra sin desmoronarse.

¿Puede dar marcha atrás la estructura política de los Estados Unidos? ¿Sabe cómo reducir las pérdidas? ¿Podrá aprender de la experiencia? ¿O debe caerse de cada acantilado que encuentre?

En el centro de estas preguntas hay otra: ¿deben los liberales y moderados doblegarse siempre ante la derecha extrema en lo relativo a la seguridad nacional? ¿Cuál es el origen del veto que ejerce la derecha sobre los presidentes, los congresistas y la opinión pública? Quienquiera que pueda responder a estas preguntas habrá descubierto una de las claves de la historia estadounidense de los últimos cincuenta años –y las fuerzas que, incluso ahora, presionan a Obama en lo que se refiere a Afganistán.

Recientemente, Obama realizó una visita nocturna a la base Dover de la fuerza aérea para presenciar el retorno de los restos de 16 soldados que murieron en Afganistán. El evento se planeó al detalle. Obama saludó en cámara lenta, al unísono con cuatro soldados uniformados; después caminó al mismo paso que ellos frente a la camioneta en la que acababan de colocar los restos transportados en el avión de carga que los trajo a casa.

Nadie habló. ¿Había caído Obama en el embrujo sombrío de los militares? ¿O era su presencia un compromiso público, mientras toma sus decisiones, de mantener su mente fija en asuntos de vida y muerte, en lugar de concentrarse en las siguientes elecciones?

Las medidas de Obama en Afganistán darán la respuesta.

Fuente: Project Syndicate, 2009.