sábado, 14 de marzo de 2009

"Bolivia no va a permitir sabotajes de EE UU"

Entrevista: Juan Ramón Quintana, Ministro de la Presidencia boliviano

Bolivia ha lanzado una ofensiva para captar inversiones internacionales. En menos de un mes, el presidente, Evo Morales, ha viajado a Rusia y Francia, mientras su ministro de la Presidencia, Juan Ramón Quintana (Cochabamba, 1959), acaba de conseguir en España la condonación del 60% de la deuda a cambio de programas de educación. Quintana está considerado el hombre fuerte del Gobierno de Morales. La oposición lo compara con el peruano Vladimiro Montesinos, ex militar como él, y le acusa de actos de contrabando e incluso de estar detrás de la matanza de una veintena de campesinos en Pando en septiembre pasado. "No hay ni una sola prueba de todo ese arsenal de acusaciones", dice Quintana en la Embajada de Bolivia, donde recibe a EL PAÍS. "No creo que haya existido un ministro tan difamado como yo".

Pregunta. ¿Cómo pretenden recuperar la inversión extranjera que se ha perdido estos años?

Respuesta. Hay una nueva Constitución que define con mucha claridad las posibilidades de recuperar no sólo las inversiones perdidas, sino también iniciativas empresariales que estaban esperando un escenario de mayor certidumbre en Bolivia. Con la nueva Constitución hay reglas de juego muy claras, unos mandatos definidos y una voluntad política del Gobierno para canalizar inversión extranjera en distintas áreas. Hay un potencial extraordinario, somos el segundo país con las mayores reservas de litio del mundo. El mismo interés se está trasladando al área de hidrocarburos.

P. Sin embargo, los expertos internacionales señalan que Bolivia es uno de los países con peor clima para los negocios en la región.

R. Lo que ocurría en el pasado es que la seguridad jurídica tenía una sola vía, aquella que pretendía que la inversión extranjera solamente tratara de resguardar sus intereses en el país. Pero el Estado estaba desprotegido de la propia irresponsabilidad empresarial. En todo lo que significó la inversión extranjera se transgredió un conjunto de normas. Pero a esas empresas no se les hizo un ajuste normativo por complicidad de los otros Gobiernos. Esta nueva Constitución construye un nuevo régimen de seguridad jurídica de doble vía: para el Estado boliviano, para que las inversiones sean sólidas, transparentes, pero también para las propias empresas, para que puedan trabajar con el mayor respaldo gubernamental.

P. Lo cierto es que la productividad del sector de hidrocarburos se ha hundido. Repsol o Petrobras invierten en mantenimiento de sus instalaciones, y no en exploración. ¿Cómo van a solventarlo?

R. Los volúmenes de petróleo y de gas han tendido a la baja porque no se han producido las inversiones que eran necesarias en el momento preciso. Hemos verificado que las empresas invirtieron muy poco desde el proceso de capitalización. Estos dos años no se han producido las inversiones extranjeras que hubiéramos deseado por el contexto en el que ha estado envuelto el país. Los inversionistas estaban esperando precisamente un corolario constitucional. Hoy no creemos que haya ninguna razón para que los inversionistas se inhiban de trabajar en Bolivia.

P. Hasta ahora, Bolivia ha dependido en buena parte de Venezuela. Con el precio del petróleo tan bajo, ¿cómo va a afectar a la economía de su país?

R. Va a tener un efecto muy relativo, yo diría que mínimo. La cooperación directa de Venezuela no supera los 100 millones de dólares por año y se transfiere directamente a los municipios para llevar adelante obras de carácter social. Hasta el año 2005, la inversión pública dependía de los financiamientos externos, no pasaba de los 600 millones de dólares por año. Este año tenemos prevista una inversión de 1.800 millones de dólares. Más del 85% son recursos propios, del Estado.

P. Con EE UU se perciben ciertas contradicciones. Aumentan los cultivos de coca, expulsan al embajador, prohíben las actividades de la DEA y, al mismo tiempo, piden a Washington que les restituya los beneficios arancelarios de los acuerdos ATPDA.

R. La relación con EE UU es compleja, difícil, signada por un largo periodo de intervención política, de dominación respecto a un proyecto económico que ha sido derrotado en las calles, de permanente injerencia. Hemos experimentado el sabotaje y la conspiración desde la Embajada de Estados Unidos. Les voy a dar tres ejemplos: hemos expulsado a agentes de la CIA del Palacio del Gobierno cuando ganamos las elecciones; hemos expulsado a los agentes de la DEA porque ejercitaban prácticas no sujetas a los cánones diplomáticos, penetraron las instituciones y agencias de seguridad, monopolizaban los servicios de inteligencia del Gobierno nacional. Y los funcionarios de Usaid actuaban contra el Gobierno nacional. El Gobierno de Bolivia no va a permitir nunca más que se registren estas prácticas de sabotaje y complot de agentes de Estados Unidos.

P. La oposición dice que los venezolanos controlan ahora los aparatos de seguridad del país.

R. Eso es absolutamente falso. El Gobierno boliviano ejerce sus facultades constitucionales y su soberanía en todos los ámbitos. Lo que hoy existe es una cooperación incondicional del Gobierno de Venezuela y de Cuba, pero no hay una sola prueba de que algún funcionario de la Embajada de Venezuela o de Cuba esté suplantando a alguna autoridad del Estado.

P. El lunes fue expulsado otro diplomático. Parece que todo estadounidense conspira...

R. No, para nada. Estamos preservando y defendiendo la continuidad del proceso boliviano. El ministro de Gobierno Alfredo Rada] tiene todas las pruebas para certificar que el señor Francisco Martínez, que era diplomático, estaba haciendo operaciones políticas encubiertas.

P. La familia del ex vicepresidente Víctor Hugo Cárdenas ha sufrido un ataque brutal. La inacción de la policía y la reacción del Gobierno contra Cárdenas muestran una ausencia del estado de derecho en Bolivia.

R. Me temo que lo que ha ocurrido tiene que ver más con una respuesta poco oportuna de la policía. Esa situación de aparente desamparo de algunos ciudadanos expresa la precariedad de la policía como una institución que tendría que tener presencia en todo el Estado. Eso no justifica bajo ninguna circunstancia este episodio, que merece una investigación por parte de la fiscalía. No se justifica ningún acto de violencia, ni mucho menos actos de esta naturaleza que, presuntamente, estarían explicando una especie de veto contra líderes políticos del pasado.

P. La lucha contra la corrupción fue la bandera de Evo Morales. Sin embargo, los escándalos son continuos. Yacimientos Petroleros Fiscales Bolivianos (YPFB) ha tenido seis presidentes desde su nacionalización, hace tres años. Cuatro de ellos han salido con acusaciones diversas. ¿No descalifican estos hechos la política de nacionalizaciones?

R. Nunca hemos desconocido que exista corrupción en algunas entidades o que funcionarios inescrupulosos se apropien de los recursos públicos. Frente a todo acto de corrupción, el Gobierno ha sido implacable. El segundo hombre del Movimiento al Socialismo Santos Ramírez, ex presidente de YPFB] está en la cárcel. ¿Qué funcionario de anteriores Gobiernos, con pruebas de corrupción, está en la cárcel por decisión política? Hay decenas de funcionarios cuyo oficio en el pasado era saquear los recursos públicos, pero todos han burlado la justicia.

P. ¿No cree que los decretos gubernamentales que han desmantelado los mecanismos de control de las empresas estratégicas alientan casos como el de YPFB?

R. Los fideicomisos forman parte de los procesos de aceleración de una gestión más expedita. Nosotros los hemos hecho especialmente para instalar una capacidad industrial en el Gobierno. Eso tiene sus riesgos.

Fuente: el País (España)

Iberoamérica y la crisis económica

Por: Enrique V. Iglesias

Aunque la crisis económica internacional aún no ha castigado tanto a América Latina como a los países más desarrollados, sus efectos ya empiezan a sentirse. La región, que junto a España, Portugal y Andorra constituye la Comunidad Iberoamericana, necesita compartir ideas y fijar posiciones.

Por eso, a primeros de este mes se celebró en Oporto (Portugal) una reunión extraordinaria de ministros de Finanzas y gobernadores de los bancos centrales de nuestros 22 países.

El encuentro fue convocado por el Gobierno portugués en su calidad de Secretaría Pro-Tempore de la Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno, que este año se celebra en Estoril. Y en este encuentro se intercambiaron ideas con los cuatro países iberoamericanos (Argentina, Brasil, España y México) que estarán presentes en la próxima reunión que celebra el G-20 en abril. Se contó, además, con la participación de representantes de organismos internacionales como el FMI, BID, CEPAL, CAF, OCDE, Banco Mundial y BEI.

La reunión se centró en tres temas: la situación de América Latina y las medidas que están adoptando los distintos países para afrontar la crisis; los principios de una reforma de los mercados financieros, y el papel que pueden y deben desempeñar en estas circunstancias los organismos financieros internacionales.

Sobre el primer punto, quedó claro que, como dije al principio, si bien América Latina no está experimentando esa especie de tsunami que afecta a los países desarrollados, las olas pronto llegarán a sus playas. Sus efectos vendrán por el lado del crédito, del comercio, de las expectativas y de las depreciaciones de los tipos de cambio.

En relación al crédito, la fuerte contracción afecta tanto al sector público como al privado; crédito escaso o inexistente y, por cierto, mucho más caro. Empresas que se venían financiando a tasas del 1% o el 2% por encima del Líbor deben pagar ahora del 5% al 6%. Esto se nota, sobre todo, en la tasa de financiamiento de las exportaciones.

Por lo que se refiere al comercio, la dramática bajada de la actividad económica ha provocado una caída muy fuerte de los altos niveles de precios que tenían las materias primas en los últimos tiempos.

Pensando en las expectativas, el ambiente de incertidumbre y la falta de respuesta a los estímulos convencionales crean un clima general de desconfianza. Un aspecto claro es el relativo a las nuevas inversiones. Según el Instituto de Finanzas Internacionales, este año sólo serán un tercio de las de 2008 y apenas el 15% de las de 2007. La caída de las remesas de emigrantes agrega, ade-más, su fuerte impacto en el bolsillo de las familias más pobres.

En cuanto a las medidas, las políticas de estímulo a la demanda interna que están ejecutando los Gobiernos podrían no ser suficientes, así que quizá haya que preparar medidas adicionales. Es fundamental defender los logros sociales de los últimos años para no perder terreno en la lucha contra la pobreza. Lo peor de todo es el desempleo, que ha alcanzado y alcanzará niveles alarmantes en todo el mundo. También en América Latina.

Lo que se espera del G-20 es claro: crear una nueva arquitectura económica basada en marcos regulatorios universales para el sistema financiero; implementar más estrictos mecanismos de supervisión, y reforzar el papel del Fondo Monetario Internacional. Hace falta un auténtico banco central mundial con recursos adicionales. Los 250.000 millones actuales son muy limitados para la magnitud del problema. Deberían, como mínimo, duplicarse, y deberían activarse los derechos especiales de giro, que hoy serían un poderoso instrumento de apoyo financiero, especialmente a las economías emergentes.

Las economías industrializadas están sufriendo efectos brutales en términos de destrucción de riqueza y empleo. América Latina, por primera vez en décadas, ni ha provocado la crisis ni está peor que sus homólogos en crecimiento, inflación o déficit público. Pero el riesgo de que algunos países de la región tengan que abandonar las políticas anticíclicas no es despreciable. El aumento de la pobreza y el freno a la emergencia de nuevas clases medias son muy preocupantes.

Las instituciones multilaterales son un vehículo para financiar las políticas anticíclicas y evitar programas de ajuste ante deterioros de la situación económica y financiera internacional. Sin embargo, su efectividad requiere nuevos instrumentos y mayor capacidad de préstamo. Los procesos de ampliación de capital de estas instituciones son lentos y, quizás, llegarían tarde. Por ello, se necesitan mecanismos que ofrezcan opciones de inversión a los países acreedores que tienen reservas acumuladas.

El problema central del mundo hoy es la gran erosión de la confianza a todos los niveles de la sociedad y de los actores económicos. Restaurarla no es nada fácil, pero hay que centrarse en ese objetivo. Las rápidas reacciones de los Gobiernos a la crisis son elementos positivos que debieran dar sus frutos. Pero habrá que hacer mucho más.

En primer lugar, restablecer la solidez de los sistemas bancarios, continuar, especialmente en los países centrales, con políticas proactivas y concertadas de tipo fiscal, pero también hacer frente a los rebrotes de proteccionismo comercial y financiero. Se oyen muchas voces de rechazo al proteccionismo, pero luego se contradicen con la realidad.

Hay que afrontar los problemas con medidas concretas que apunten a objetivos claros: muchas veces, la urgencia de los problemas lleva a actuar en múltiples direcciones que desdibujan el objetivo central y generan más incertidumbre.

La experiencia nos enseña a valorar la gran contribución que pueden hacer a la confianza pública, los acuerdos políticos de amplio espectro y la concertación de políticas económicas básicas entre los sectores públicos y privados. Como se ha hecho recientemente en países como México y la República Dominicana.

Es necesario que en la reu-nión del G-20 en abril y en los debates de la Asamblea Extraordinaria de Naciones Unidas de septiembre se aborden estas cruciales reformas para responder a las cuestiones que mucho tienen que ver con los orígenes de esta crisis. Y que se escuche la voz de Iberoamérica que, sin duda, ayudará a encontrar soluciones.

A este propósito contribuyeron los debates en Oporto. Pero hay una iniciativa de este encuentro que no ha estado en los trabajos iniciales del G-20: la necesidad de aumentar sustancialmente el capital de trabajo, no sólo del Fondo y el Banco sino, especialmente, de bancos regionales como el BID y la CAF. Para los países pequeños y medios de la región con difícil acceso a los mercados de capital internacional -sobre todo en estos momentos en que están fuertemente demandados por las necesidades financieras de los países más desarrollados-, contar con el apoyo de la banca regional es muy importante para afrontar los impactos de la crisis internacional.

Fuente: El País (España)

¿Cuán libre es la libertad de expresión?

Por: Ian Buruma

El obispo Richard Williamson tiene algunas opiniones muy peculiares y francamente odiosas: que no hubo asesinato de judíos en cámaras de gas durante la Segunda Guerra Mundial, que las Torres Gemelas fueron derribadas por explosivos estadounidenses, no por aviones, el 11 de septiembre de 2001, y que los judíos luchan por dominar el mundo “para preparar el trono del Anticristo en Jerusalén”. Y estas son sólo sus opiniones en asuntos seculares.

En lo referente a temas de la doctrina Católica Romana, sus puntos de vista fueron considerados tan fuera de línea con la Iglesia moderna, que el Vaticano lo excomulgó en 1988, junto con otros miembros de la ultraconservadora Sociedad de Sn Pío X, fundada por el simpatizante del fascismo Marcel Lefevre. Entre quienes respaldan a Williamson se encuentra David Irving, que hace poco cumplió pena de cárcel en Austria por glorificar a los nazis.

No hay duda de que el obispo no resulta un hombre atractivo. Sin embargo, ¿merece que cuelguen tantas espadas sobre su cabeza? Como consecuencia de las opiniones que expresó en la televisión sueca, se le ha negado la posibilidad de volver al redil de la Iglesia, como se lo había prometido el Papa Benedicto, lo cual probablemente sea justo. No obstante, también fue expulsado de Argentina, donde vivía, y está bajo amenaza de ser extraditado a Alemania, donde se están haciendo preparativos para juzgarlo por negar el Holocausto.

Mientras tanto, piénsese en el caso de otro hombre poco atractivo, el político holandés Geert Wilders, a quien el mes pasado se le prohibió ingresar al Reino Unido, donde tenía planes de mostrar Fitna, un corto que había dirigido y que describe al Islam como una fe terrorista. En Holanda se le está llevando a juicio en una corte de Amsterdam por "propagar el odio" hacia los musulmanes. Ha comparado el Corán con Mein Kampf de Hitler, y desea detener la inmigración de musulmanes a los Países Bajos.

La prohibición británica, así como el inminente juicio en la corte, han hecho que Wilders gane popularidad en Holanda, donde una encuesta indicó que su partido populista antimusulmán, el PVV, obtendría 27 bancas en el parlamento si las elecciones se realizaran hoy. La razón de la creciente popularidad de Wilders, además de la desconfianza generalizada hacia los musulmanes, es que ha tenido éxito en cultivar la imagen de luchador de la libre expresión.

El principio de la libertad de expresión, uno de los derechos fundamentales en las democracias liberales, significa que debemos convivir con opiniones que consideramos reprobables, hasta cierto punto. La pregunta es, ¿hasta qué punto?

Las leyes sobre libertad de expresión difieren un poco de país en país. Expresar la opinión de que el Holocausto nunca existió es delito penal en varias democracias europeas, como Francia, Alemania y Austria. Muchos países democráticos también poseen leyes contra la apología de la violencia o el odio. Algunos países, incluida Holanda, incluso tienen leyes que penalizan el insultar deliberadamente a las personas debido a su raza o religión.

Puede que las ideas del obispo Williamson sean deplorables, pero la persecución legal contra un hombre por sus opiniones acerca de la historia probablemente sea una mala idea. Debería ser criticado, incluso ridiculizado, pero no encarcelado. De manera similar, habría sido mucho mejor haber permitido a Wilders mostrar su desafortunada película en el Reino Unido a prohibirla. Sea lo que sea que uno piense de las leyes contra la propagación del odio o insultar a los demás, la ley sigue siendo un instrumento algo obtuso cuando se trata de la libertad de expresión.

Sin embargo, la libre expresión no es algo absoluto. Hasta Wilders, con su absurda campaña para prohibir el Corán, claramente cree que hay límites... para sus oponentes, por supuesto, no para

él mismo. Pero no es tan fácil definir con precisión cuáles deberían ser esos límites, ya que dependen de quién le dice qué a quién, e incluso dónde ocurre.

Las opiniones de Williamson cobraron importancia de improviso, debido a que este sacerdote oscuro y excomulgado estaba a punto de ser restituido por el Papa, Lo que habría dado legitimidad institucional a sus opiniones privadas. En el caso de Wilders, tiene peso el que se trate de un político, no sólo una persona privada, que promueve peligrosos prejuicios contra una minoría vulnerable.

En la vida civilizada, la gente se abstiene de decir muchas cosas, independientemente de los problemas relacionados con la legalidad. Las palabras que usan los jóvenes de raza negra en las ciudades estadounidenses para relacionarse entre ellos tendrían una resonancia muy diferente si fueran proferidas por jóvenes blancos. Burlarse de las costumbres y creencias de las minorías no es lo mismo que atacar los preciados hábitos y puntos de vista de las mayorías.

Si esto suena a promover lo políticamente correcto, que así sea, pero la vida civilizada, especialmente en países con gran diversidad étnica y religiosa, se desgarraría prontamente si todos sintieran la libertad de decir lo que les plazca a cualquier persona. El problema es dónde trazar la línea. En términos legales, probablemente tendría que ser el punto donde las palabras tienen la intención de generar violencia. En lo social, existen demasiadas variables como para establecer un principio absoluto y universal. Los límites adecuados se deben probar, retar y renegociar constantemente.

Las personas como el obispo Williams y Geert Wilders son útiles en la medida en que nos sirven de ayuda para hacer precisamente eso. Dejémoslos hablar, para que sean juzgados no en las cortes, sino por las opiniones contrarias. Prohibirles hacerlo no hace más que permitirles posar de mártires de la libertad de expresión. Y eso no sólo hace más difícil atacar sus puntos de vista, sino también da mal nombre a la libertad de expresión misma.

Fuente: www.project-syndicate.org

Cómo no recuperarse

Por: Joseph E. Stiglitz

Algunos pensaban que la elección de Barack Obama revertiría las cosas para Estados Unidos. Como no fue así, incluso después de la sanción de un gigantesco paquete de estímulo, la presentación de un nuevo programa para hacer frente al subyacente problema inmobiliario y varios planes para estabilizar el sistema financiero, algunos ya empiezan a culpar a Obama y a su equipo.

Obama, sin embargo, heredó una economía en caída libre, y difícilmente hubiera podido revertir las cosas en el corto tiempo que transcurrió desde que asumió la presidencia. El presidente Bush parecía un ciervo encandilado por los faros -paralizado, incapaz de hacer prácticamente nada- durante los meses anteriores a abandonar el cargo. Es un alivio que Estados Unidos finalmente tenga un presidente que puede actuar, y lo que ha estado haciendo marcará una gran diferencia.

Desafortunadamente, lo que está haciendo no es suficiente. El paquete de estímulo parece grande -más del 2% del PBI por año-, pero una tercera parte está destinada a recortes impositivos. Y, en un momento en que los norteamericanos enfrentan un excedente de deuda, un desempleo que crece rápidamente (y el peor sistema de compensación por desempleo entre los principales países industriales) y una caída de los precios de los activos, probablemente ahorren gran parte del recorte impositivo.

Casi la mitad del estímulo no hace más que compensar el efecto contraccionario de la reducción de personal a nivel estatal. Los 50 estados de Estados Unidos deben mantener presupuestos equilibrados. Los déficits totales se calculaban en 150.000 millones de dólares hace unos meses; hoy la cifra debe ser mucho mayor -de hecho, sólo California enfrenta un déficit de 40.000 millones de dólares.

Los ahorros de los hogares finalmente están empezando a aumentar, lo cual es bueno para la salud a largo plazo de las finanzas hogareñas, pero desastroso para el crecimiento económico. Mientras tanto, la inversión y las exportaciones también se están derrumbando. Los estabilizadores automáticos de Estados Unidos -la progresividad de nuestros sistemas tributarios, la fortaleza de nuestro sistema de asistencia pública- se han visto seriamente debilitados, pero ofrecerán cierto estímulo, a medida que el déficit fiscal esperado trepe al 10% del PBI.

En resumen, el estímulo fortalecerá la economía de Estados Unidos, pero probablemente no sea suficiente para restablecer un crecimiento robusto. Esas son malas noticias para el resto del mundo, también, ya que una recuperación global fuerte requiere de una economía norteamericana fuerte.

Las verdaderas deficiencias en el programa de recuperación de Obama, sin embargo, no residen en el paquete de estímulo sino en sus esfuerzos por reanimar los mercados financieros. Las anomalías de Estados Unidos les ofrecen importantes lecciones a los países en todo el mundo, que enfrentan o enfrentarán mayores problemas con sus bancos:

- La demora en la reestructuración bancaria es costosa, tanto en términos de los eventuales costos del rescate como del daño a la economía general en el ínterin.

- A los gobiernos no les gusta admitir los costos totales del problema, de modo que le dan al sistema bancario apenas lo suficiente para sobrevivir, pero no lo suficiente como para devolverle la salud.

- La confianza es importante, pero debe descansar en fundamentos sólidos. Las políticas no deben basarse en la ficción de que se otorgaron buenos créditos, y que la perspicacia empresaria de los líderes y reguladores del mercado financiero se validará una vez que se restablezca la confianza.

- Se puede esperar que los banqueros actúen en interés propio en base a incentivos. Los incentivos perversos alimentaron la excesiva toma de riesgos, y los bancos que están al borde de la quiebra pero son demasiado grandes como para quebrar volverán a actuar de la misma manera. Sabiendo que el gobierno recogerá los pedazos si fuera necesario, pospondrán la resolución de las hipotecas y pagarán miles de millones en bonos y dividendos.

- Socializar las pérdidas al mismo tiempo que se privatizan las ganancias es más preocupante que las consecuencias de la nacionalización de los bancos. Los contribuyentes norteamericanos están recibiendo un trato cada vez peor. En la primera ronda de las infusiones de efectivo, obtuvieron alrededor de 0,67 dólar en activos por cada dólar que entregaron (aunque los activos estaban casi con certeza sobrevaluados y su valor cayó rápidamente). Pero en las últimas infusiones de efectivo, se calcula que los norteamericanos están recibiendo 0,25 dólar, o menos, por cada dólar. Los malos términos implican una gran deuda nacional en el futuro. Una razón por la que estamos recibiendo malos términos es que si obtuviéramos un valor justo por nuestro dinero, a esta altura seríamos el accionista dominante de por lo menos uno de los principales bancos.

- A no confundir salvar a banqueros y accionistas con salvar bancos. Estados Unidos podría haber salvado a sus bancos, y dejar a los accionistas librados a su suerte, por mucho menos de lo que invirtió.

- El efecto derrame en la economía casi nunca funciona. Inyectar dinero en los bancos no ayudó a los propietarios de casas: los remates siguen aumentando. Dejar que AIG quebrara podría haber afectado a algunas instituciones sistémicamente importantes, pero hacer eso habría sido mejor que arriesgar más de 150.000 millones de dólares y esperar que parte de esa cifra recayera donde fuera importante.

- La falta de transparencia metió al sistema financiero norteamericano en este problema. La falta de transparencia no lo sacará de esta situación. La administración Obama está prometiendo asumir las pérdidas para persuadir a los fondos de cobertura y a otros inversores privados de comprar activos intangibles de los bancos. Pero esto no establecerá "precios de mercado", como sostiene la administración. Si el gobierno asume las pérdidas, estos son precios distorsionados. Las pérdidas bancarias ya ocurrieron y sus ganancias ahora deben producirse a expensas de los contribuyentes. Incorporar a los fondos de cobertura como terceras partes no hará más que aumentar el costo.

- Mejor proyectar hacia adelante que mirar hacia atrás, concentrándose en reducir el riesgo de los nuevos créditos y asegurando que los fondos creen nueva capacidad de préstamo. El pasado, pisado. Como punto de referencia, los 700.000 millones de dólares otorgados a un nuevo banco, apalancados 10 a 1, podrían haber financiado 7 billones de dólares en nuevos préstamos.

La era de pensar que se puede crear algo de la nada debería terminar. Las respuestas miopes de los políticos -que esperan arreglárselas con un acuerdo que es demasiado pequeño como para complacer a los contribuyentes y lo suficientemente grande como para complacer a los bancos- sólo prolongará el problema. Se está vislumbrando un callejón sin salida. Se necesitará más dinero, pero los norteamericanos no están de ánimo para ofrecerlo -ciertamente, no en los términos que se han visto hasta ahora-. El pozo de dinero tal vez se esté secando y con él, también, el optimismo y la esperanza legendarios de Estados Unidos.

Fuente: www.project-syndicate.org

jueves, 12 de marzo de 2009

Closed Zone - Yoni Goodman


“La posesión de la fuerza perjudica
inevitablemente al libre
ejercicio de la razón”.

Immanuel Kant, La paz perpetua.

miércoles, 11 de marzo de 2009

La "crisis subprime" en fáciles términos

El 'factor Dios'

Por: José Saramago

En algún lugar de la India. Una fila de piezas de artillería en posición. Atado a la boca de cada una de ellas hay un hombre. En primer plano de la fotografía, un oficial británico levanta la espada y va a dar orden de disparar. No disponemos de imágenes del efecto de los disparos, pero hasta la más obtusa de las imaginaciones podrá 'ver' cabezas y troncos dispersos por el campo de tiro, restos sanguinolentos, vísceras, miembros amputados. Los hombres eran rebeldes. En algún lugar de Angola. Dos soldados portugueses levantan por los brazos a un negro que quizá no esté muerto, otro soldado empuña un machete y se prepara para separar la cabeza del cuerpo. Esta es la primera fotografía. En la segunda, esta vez hay una segunda fotografía, la cabeza ya ha sido cortada, está clavada en un palo, y los soldados se ríen. El negro era un guerrillero. En algún lugar de Israel. Mientras algunos soldados israelíes inmovilizan a un palestino, otro militar le parte a martillazos los huesos de la mano derecha. El palestino había tirado piedras. Estados Unidos de América del Norte, ciudad de Nueva York. Dos aviones comerciales norteamericanos, secuestrados por terroristas relacionados con el integrismo islámico, se lanzan contra las torres del World Trade Center y las derriban. Por el mismo procedimiento un tercer avión causa daños enormes en el edificio del Pentágono, sede del poder bélico de Estados Unidos. Los muertos, enterrados entre los escombros, reducidos a migajas, volatilizados, se cuentan por millares.

Las fotografías de India, de Angola y de Israel nos lanzan el horror a la cara, las víctimas se nos muestran en el mismo momento de la tortura, de la agónica expectativa, de la muerte abyecta. En Nueva York, todo pareció irreal al principio, un episodio repetido y sin novedad de una catástrofe cinematográfica más, realmente arrebatadora por el grado de ilusión conseguido por el técnico de efectos especiales, pero limpio de estertores, de chorros de sangre, de carnes aplastadas, de huesos triturados, de mierda. El horror, escondido como un animal inmundo, esperó a que saliésemos de la estupefacción para saltarnos a la garganta. El horror dijo por primera vez 'aquí estoy' cuando aquellas personas se lanzaron al vacío como si acabasen de escoger una muerte que fuese suya. Ahora, el horror aparecerá a cada instante al remover una piedra, un trozo de pared, una chapa de aluminio retorcida, y será una cabeza irreconocible, un brazo, una pierna, un abdomen deshecho, un tórax aplastado. Pero hasta esto mismo es repetitivo y monótono, en cierto modo ya conocido por las imágenes que nos llegaron de aquella Ruanda- de-un-millón-de-muertos, de aquel Vietnam cocido a napalm, de aquellas ejecuciones en estadios llenos de gente, de aquellos linchamientos y apaleamientos, de aquellos soldados iraquíes sepultados vivos bajo toneladas de arena, de aquellas bombas atómicas que arrasaron y calcinaron Hiroshima y Nagasaki, de aquellos crematorios nazis vomitando cenizas, de aquellos camiones para retirar cadáveres como si se tratase de basura. Siempre tendremos que morir de algo, pero ya se ha perdido la cuenta de los seres humanos muertos de las peores maneras que los humanos han sido capaces de inventar. Una de ellas, la más criminal, la más absurda, la que más ofende a la simple razón, es aquella que, desde el principio de los tiempos y de las civilizaciones, manda matar en nombre de Dios. Ya se ha dicho que las religiones, todas ellas, sin excepción, nunca han servido para aproximar y congraciar a los hombres; que, por el contrario, han sido y siguen siendo causa de sufrimientos inenarrables, de matanzas, de monstruosas violencias físicas y espirituales que constituyen uno de los más tenebrosos capítulos de la miserable historia humana. Al menos en señal de respeto por la vida, deberíamos tener el valor de proclamar en todas las circunstancias esta verdad evidente y demostrable, pero la mayoría de los creyentes de cualquier religión no sólo fingen ignorarlo, sino que se yerguen iracundos e intolerantes contra aquellos para quienes Dios no es más que un nombre, nada más que un nombre, el nombre que, por miedo a morir, le pusimos un día y que vendría a dificultar nuestro paso a una humanización real. A cambio nos prometía paraísos y nos amenazaba con infiernos, tan falsos los unos como los otros, insultos descarados a una inteligencia y a un sentido común que tanto trabajo nos costó conseguir. Dice Nietzsche que todo estaría permitido si Dios no existiese, y yo respondo que precisamente por causa y en nombre de Dios es por lo que se ha permitido y justificado todo, principalmente lo peor, principalmente lo más horrendo y cruel. Durante siglos, la Inquisición fue, también, como hoy los talibán, una organización terrorista dedicada a interpretar perversamente textos sagrados que deberían merecer el respeto de quien en ellos decía creer, un monstruoso connubio pactado entre la Religión y el Estado contra la libertad de conciencia y contra el más humano de los derechos: el derecho a decir no, el derecho a la herejía, el derecho a escoger otra cosa, que sólo eso es lo que la palabra herejía significa.

Y, con todo, Dios es inocente. Inocente como algo que no existe, que no ha existido ni existirá nunca, inocente de haber creado un universo entero para colocar en él seres capaces de cometer los mayores crímenes para luego justificarlos diciendo que son celebraciones de su poder y de su gloria, mientras los muertos se van acumulando, estos de las torres gemelas de Nueva York, y todos los demás que, en nombre de un Dios convertido en asesino por la voluntad y por la acción de los hombres, han cubierto e insisten en cubrir de terror y sangre las páginas de la Historia. Los dioses, pienso yo, sólo existen en el cerebro humano, prosperan o se deterioran dentro del mismo universo que los ha inventado, pero el `factor Dios´, ese, está presente en la vida como si efectivamente fuese dueño y señor de ella. No es un dios, sino el `factor Dios´ el que se exhibe en los billetes de dólar y se muestra en los carteles que piden para América (la de Estados Unidos, no la otra...) la bendición divina. Y fue en el `factor Dios´ en lo que se transformó el dios islámico que lanzó contra las torres del World Trade Center los aviones de la revuelta contra los desprecios y de la venganza contra las humillaciones. Se dirá que un dios se dedicó a sembrar vientos y que otro dios responde ahora con tempestades. Es posible, y quizá sea cierto. Pero no han sido ellos, pobres dioses sin culpa, ha sido el `factor Dios´, ese que es terriblemente igual en todos los seres humanos donde quiera que estén y sea cual sea la religión que profesen, ese que ha intoxicado el pensamiento y abierto las puertas a las intolerancias más sórdidas, ese que no respeta sino aquello en lo que manda creer, el que después de presumir de haber hecho de la bestia un hombre acabó por hacer del hombre una bestia.

Al lector creyente (de cualquier creencia...) que haya conseguido soportar la repugnancia que probablemente le inspiren estas palabras, no le pido que se pase al ateísmo de quien las ha escrito. Simplemente le ruego que comprenda, con el sentimiento, si no puede ser con la razón, que, si hay Dios, hay un solo Dios, y que, en su relación con él, lo que menos importa es el nombre que le han enseñado a darle. Y que desconfíe del `factor Dios´. No le faltan enemigos al espíritu humano, mas ese es uno de los más pertinaces y corrosivos. Como ha quedado demostrado y desgraciadamente seguirá demostrándose.

Fuente: El País, 18/09/2001

martes, 10 de marzo de 2009

La nueva misión de Turquía

Por: Shlomo Ben-Ami

Desde el establecimiento de Turquía como república, este país osciló entre la búsqueda del encuentro con Occidente de Kemal Atatürk y su legado otomano oriental. Nunca resuelto, el profundo problema de identidad de Turquía está hoy sacudiendo sus alianzas estratégicas y reformulando su papel regional y global. La percepción cambiante que Turquía tiene de sí misma forjó su interés, hasta ahora frustrado, de servir como agente de paz entre Israel y sus enemigos árabes, Siria y Hamás.

El celo del primer ministro Recep Tayyip Erdogan de reemplazar a Egipto como el mediador en la región y sus diatribas contra el comportamiento de Israel en Gaza, les parece a mucha gente un intento por recuperar el papel de Turquía en los tiempos otomanos como garante de la paz y la seguridad en la zona. Sus credenciales para este papel en Oriente Medio no son desde luego desdeñables.

Turquía es una superpotencia regional, con uno de los ejércitos más grandes del mundo. Al tiempo, es un país musulmán que, si bien no está menos preocupado que Israel por las ambiciones nucleares iraníes, puede mantener excelentes relaciones económicas y políticas con Teherán, más allá del fastidio norteamericano. Por supuesto, Siria también es aliado de Irán, pero ningún país tiene la influencia sobre Irán que tiene Turquía. Su ofensiva diplomática también se refleja en la reciente firma de un tratado de amistad con Arabia Saudí, al tiempo que mantiene excelentes relaciones con Pakistán e Irak.

La insistencia de Europa en ignorar los esfuerzos de Turquía por sumarse a la Unión Europea, el incremento del sentimiento popular antioccidental tras la guerra de Irak y las relaciones tensas con Estados Unidos -debido, en parte, a la próxima Ley sobre el Genocidio Armenio- son factores importantes en el cambio de dirección de Turquía. Los esfuerzos de la revolución de Atatürk para separarse del mundo árabe y musulmán se están revisando hoy. La Turquía del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), dirigido por Erdogan, busca una nueva misión con Oriente Próximo y las ex repúblicas soviéticas como horizontes alternativos.

El desafío para Turquía es conseguir de nuevo un papel regional sin traicionar el legado de Atatürk. La democracia y los valores seculares han mejorado enormemente en Turquía gracias al diálogo del país con Europa y a sus vínculos norteamericanos. Turquía puede ser un modelo para los países de Oriente Próximo si, al tiempo que promueve sus intereses estratégicos y económicos regionales, resiste a la tentación autoritaria y sigue probando que islam y democracia son perfectamente compatibles.

Para Israel, todo esto envía un mensaje que debería haber escuchado ya hace tiempo: su futuro en Oriente Medio no reside en alianzas estratégicas con las potencias no-árabes de la región, sino en la reconciliación con el mundo árabe. En los años sesenta del pasado siglo, el pesimismo de David Ben-Gurion sobre la posibilidad de llegar alguna vez a un acuerdo de paz con los países árabes le llevó a forjar una Alianza de la Periferia con los países no árabes del círculo exterior de Oriente Próximo: Irán, Etiopía y Turquía (también soñaba con sumar a esa alianza a la comunidad cristiana maronita del Líbano).

Ninguno de estos países tenía una disputa particular con Israel y todos, en mayor o menor medida, sostenían relaciones tensas con sus vecinos árabes. El poder militar de Israel, sus recursos en cuestiones económicas y agrícolas y una percepción exagerada de su capacidad para hacer lobby e influir en la política norteamericana hicieron que la conexión israelí resultara especialmente atractiva para estos países.

La Alianza de la Periferia fue un intento creativo para escapar a las consecuencias del conflicto árabe-israelí. Reflejaba el anhelo del Estado israelí de liberar sus energías creativas en cuestiones económicas y sociales, mientras daba cabida a una política exterior independiente e imaginativa que no estuviera vinculada a las limitaciones paralizadoras del conflicto árabe-israelí, ni condicionada por ellas.

Pero la seguridad que supuestamente iba a aportar ese proyecto nunca se alcanzó; la centralidad del conflicto árabe-israelí no se pudo atenuar. La capacidad de los árabes para mantener a la opinión pública mundial concentrada en la situación de los palestinos hizo que los intentos de Israel para evitar las consecuencias de este conflicto, ya fuera a través de guerras periódicas o forjando alianzas regionales alternativas, resultaran un ejercicio inútil.

La revolución islámica en Irán, los cambios en Etiopía después de la caída del régimen de Haile Selassie, el colapso del Líbano maronita y la toma del poder por parte de Hezbolá en ese país dejaron a Turquía como el último miembro de la Alianza de la Periferia de Israel.

Ahora, aunque el poderoso establishment militar de Turquía tal vez quiera seguir manteniendo relaciones estrechas con Israel, el cambio, ampliamente popular, en las prioridades de política exterior de Turquía, y los serios dilemas de identidad de esa nación envían a Israel un mensaje inequívoco: la Alianza de la Periferia ya no sirve como una alternativa para la paz con el mundo árabe. De ahora en adelante, sólo puede ser complementaria de esa paz.

Fuente: El País (España)

domingo, 8 de marzo de 2009

Por qué el bipartidismo es una buena política

Por: Chris Patten

El bipartidismo parece haber recibido un embate en Washington desde que el Presidente Barack Obama llegó a la Casa Blanca.

Al igual que la mayor parte de los presidentes estadounidenses recientes, Obama hizo campaña prometiendo trabajar en conjunto con sus oponentes políticos en pos del bienestar del país. Clinton dijo algo muy parecido antes de ser electo, sólo para dedicar su primer periodo a pelear con la mayoría republicana de Newt Gingrich en el Congreso, y su segundo periodo a sacarse de encima el juicio político.

George W. Bush también dijo que tendería puentes a quienes no estaban de acuerdo con él, para luego convertirse en el presidente más ideológico y partidista de los tiempos modernos, incitado por su vicepresidente Dick Cheney.

Obama ya parece haber ido más lejos en la búsqueda de entendimientos entre los dos partidos que sus predecesores. El que haya seleccionado republicanos para cargos clave -lo que incluye conservar a Robert Gates como Secretario de Defensa- ha causado cierta reticencia entre sus partidarios. Sin embargo, y por sobre todo, se ha esforzado por asegurarse el apoyo republicano a sus esfuerzos por evitar que la economía caiga en un profundo agujero recesivo.

Sólo tres senadores republicanos rebeldes aceptaron las propuestas de Obama para que el plan fuera aceptado. Y en la Cámara de Representantes los republicanos rechazaron unánimemente cada enmienda, cada concesión y cada gesto de cortesía que les ofreció.

Algunos comentaristas sugieren que Obama cometió un grave error. Primero prometió bipartidismo, pero le dieron con las puertas en las narices. Segundo, él y su administración estaban tan ocupados tratando de crear consensos que deslavaron algunos de los ingredientes principales del paquete de estímulo, y no lo defendieron con suficiente vigor de los ataques republicanos.

Algunas veces puede surgir un lado poco gratificante al tratar de atraer a tus oponentes. Cuando están claramente equivocados, ¿por qué no dejar que queden en evidencia? Aquí vemos republicanos que han criticado un aumento del presupuesto estadounidense después de haber duplicado la deuda nacional del país a lo largo de los ocho años de la presidencia de Bush. Más aún, la creencia de los republicanos de que sólo los recortes impositivos, y no el gasto público, lograrán la recuperación es un triste ejemplo de ideología con anteojeras.

Sin embargo, hay razones más positivas para el esfuerzo de Obama de lograr consensos entre los dos partidos. En todo sistema democrático de equilibrios y contrapesos, por lo general los líderes necesitan coaliciones para lograr lo que desean hacer.

Más aún, un estilo consensual es una buena política. La mayoría de los votantes –ciertamente los indecisos, que por lo general deciden las elecciones- no gustan de las batallas partidistas tanto como las disfrutan algunos políticos y sus partidarios. Después de todo, los votantes sensatos, lo moderados y los indecisos no encienden la radio para escuchar a ultraconservadores como el locutor estadounidense Rush Limbaugh.

Cuando las cosas se ponen difíciles en política, como ocurrirá en la mayor parte del mundo a medida que enfrentemos el impacto de la recesión mundial, todo gobierno sensato intentará aferrarse al beneficio de la duda. Los ciudadanos saben que es difícil gobernar un país, especialmente en tiempos como éstos, y están dispuestos a no criticar demasiado a los gobiernos si piensan que están tratando de hacer cosas que beneficien a todos. Se molestan con los gobiernos que deben tomar medidas impopulares y que además parecen tener intenciones estrechas y poco transparentes.

Hay también mucho que decir acerca de los intentos de hacer más civilizados los enfrentamientos políticos. Ronald Reagan tenía un fuerte sesgo ideológico, pero dio nueva forma a la política estadounidense, empujando con firmeza el centro hacia la derecha. Lo hizo sin jamás siquiera denostar a sus oponentes ni menoscabar sus intenciones. Los propios colaboradores de Obama han confesado que han tomado como modelo la decencia optimista y positiva del actor republicano para formular su programa electoral.

El urbanismo en política no es simplemente un juego de luces. Es más probable que un líder que respeta a sus oponentes se gane su respeto que uno que pone en duda su patriotismo y se ofende ante sus críticas.

Una razón del respeto generalizado del que disfruta Nelson Mandela es que los años pasados en prisión no lo convirtieron en un personaje amargo o resentido. Jawaharlal Nehru fue enormemente popular porque se sabía que apreciaba la libertad de expresión, se tomaba en serio las críticas de sus oponentes y defendía su derecho a estar en desacuerdo con él. Su papel en la creación de una democracia duradera en India, a pesar de las tensiones de casta, etnicidad, religión y lealtades regionales, lo convirtió en un de las figuras más destacadas del siglo veinte.

Así es que espero que Obama no se arrepienta de intentar llegar a acuerdos con sus oponentes, crear consenso y tratar con amabilidad incluso a aquellos cuyas visiones de mundo le puedan desagradar por completo. En lo personal, no creo que aquellos cuya forma de pensar deplora toda forma de gobierno, excepto cuando se lo necesita para rescatar empresas o bancos, y que pretenden ofrecer un mejor futuro juntando retazos de políticas que ayudaron a crear el desastre económico de hoy, tengan demasiado respeto o apoyo de los votantes. Incluso en Washington, no se puede decir mucho de aquellos que han sido sectarios e impopulares y se han equivocado.

Fuente: www.project-syndicate.org

Europa en reversa

Por: Joschka Fischer

El legendario inversionista estadounidense Warren Buffet dijo alguna vez: “Cuando baja la marea es cuando uno ve quién estaba nadando desnudo”. Ese comentario en particular se refería a la situación de las empresas en una crisis económica. Pero también se puede aplicar a los países y las economías.

En Europa, la situación es causa de una preocupación creciente, porque la crisis económica global está dejando al descubierto de manera implacable los defectos y limitaciones de la Unión Europea. En efecto, ahora resulta evidente qué fue lo primero y más importante que perdió Europa con el rechazo del tratado constitucional: su fe en sí misma y en su futuro común.

En medio de la peor crisis desde 1929, Estados Unidos ha optado por un nuevo comienzo verdadero con la elección de Barack Obama y está ahora en el proceso de reinventarse. En contraste, con cada día que pasa parece que los miembros de la UE se alejan más. En lugar de reinventarse, Europa, bajo la presión de la crisis y sus propias contradicciones internas, amenaza con volver al egoísmo nacional y al proteccionismo del pasado.

Actualmente, Europa tiene una moneda común y el Banco Central Europeo (BCE), que han resultado ser baluartes de la defensa de la estabilidad monetaria durante la crisis financiera. Cualquier debilitamiento de estas dos instituciones causaría daños graves a los intereses comunes europeos. Pero la conducta de los gobiernos europeos en estos últimos meses plantea serias dudas de que ésta sea la forma en que ven las cosas.

Mientras más dura la crisis, más claro resulta que la moneda común y el BCE no bastan por sí solos para defender al mercado común y la integración europea. Sin políticas económicas y financieras comunes, coordinadas al menos entre los miembros de la zona del euro, la cohesión de la moneda común y de la UE –en efecto, su existencia misma– corren un riesgo sin precedentes. Es cierto que la crisis está asfixiando a muchos países en el mundo. Pero hay diferencias significativas y desequilibrios económicos dentro de la UE y de la zona del euro que se reflejan, por ejemplo, en tasas de interés cada vez más divergentes.

En Italia, España, Irlanda, Portugal y Grecia la confianza se está evaporando rápidamente, mientras que a las economías más fuertes del norte de Europa, aunque también tienen problemas, les ha ido mejor. Si esto continúa y se terminan de facto los criterios de Maastricht y aumenta el proteccionismo nacional en forma de subsidios industriales, el euro estaría en serio peligro. Es fácil imaginar lo que el fracaso del euro significaría para la UE en su conjunto: un desastre de proporciones históricas.

Además, los nuevos Estados miembros de la UE de Europa del Este, que no tienen ni la fortaleza económica ni la estabilidad política de los miembros más antiguos, están empezando a caer en picada. Dada la exposición a riesgos de algunos Estados de la zona del euro como Austria, la crisis también la afectará directamente. Por lo tanto, esperar a ver qué sucede es la estrategia equivocada.

No hay razón para creer que la actual crisis económica global ya tocó fondo. Así pues, suponiendo que se intensifique más aún, Europa se enfrentará pronto a alternativas difíciles: o bien las economías más ricas y estables del Norte – principalmente la economía más grande de Europa, Alemania– utilizarán sus recursos financieros, más cuantiosos, para ayudar a las economías más débiles de la zona del euro, o bien el euro estará en peligro y, con él, todo el proyecto de integración europea.

Entonces, ¿por qué no introducir rápidamente instrumentos nuevos como los eurobonos o crear un mecanismo de la UE comparable al FMI? Ambos serían costosos –sobre todo para Alemania– y por lo tanto no serían populares, pero las alternativas son mucho más costosas; de hecho, no son opciones políticas serias.

Institucionalmente, no hay manera de evitar un “gobierno económico europeo” o una “coordinación económica mejorada” (o como se le quiera llamar), que de hecho sería posible de modo informal y, por lo tanto, sin necesidad de hacer cambios al tratado.

Desafortunadamente, resulta claro que el motor franco-alemán, que es esencial para que la UE actúe al unísono, está bloqueado por el momento. La retórica que utilizan Francia y Alemania indica que tienen mucho en común, pero los hechos dicen otra cosa totalmente distinta. En casi todos los aspectos estratégicos del manejo de la crisis, Alemania y Francia se están bloqueando mutuamente –aunque ambos están haciendo casi lo mismo, lo que no deja de ser irónico. Están pensando en primer lugar en ellos mismos, no en Europa, que por lo tanto está efectivamente sin liderazgo.

La UE fue y es la concesión institucionalizada y debe seguir siéndolo ahora en medio de una crisis económica global. Si Alemania y Francia no resuelven sus diferencias y encuentran una respuesta estratégica común a la crisis pronto, se dañarán a sí mismos y a Europa en su conjunto.

Nunca debe olvidarse que la UE es un proyecto diseñado para el progreso económico mutuo. Si este vínculo económico desaparece, los intereses nacionales volverán a imponerse y harán trizas el proyecto. Hoy Europa no carece de fuerza económica, sino de voluntad política para actuar de consuno. Aquí es donde Alemania y Francia deben tomar la iniciativa.

Fuente: www.project-syndicate.org

El Perú no necesita museos

Por: Mario Vargas Llosa

El autor de esta teoría -que el Perú no necesita museos mientras sea pobre y con carencias sociales- es el señor Ántero Flores Aráoz, ministro de Defensa del Gobierno peruano. No se trata de un gorila lleno de entorchados y sesos de aserrín, sino de un abogado que, como profesional y político, ha hecho una distinguida carrera en el Partido Popular Cristiano, del que se separó hace algún tiempo para representar al Perú como embajador ante la OEA (Organización de Estados Americanos). ¿Qué puede inducir a un hombre que no es tonto a decir tonterías? Dos cosas, profundamente arraigadas en la clase política peruana y latinoamericana: la intolerancia y la incultura.

Para situar el ucase del ministro en su debido contexto hay que recordar que entre 1980 y 2000 el Perú padeció una guerra revolucionaria desatada por Sendero Luminoso cuyo salvajismo terrorista provocó una respuesta militar de una desmesura también vertiginosa. Cerca de 70.000 peruanos, la inmensa mayoría de los cuales eran humildes campesinos de los Andes y habitantes de los pueblos más pobres y marginales del país, murieron en ese cataclismo.

Al terminar la dictadura de Alberto Fujimori (a punto de ser condenado en estos días por los crímenes contra los derechos humanos perpetrados durante su régimen), el Gobierno democrático nombró una Comisión de la Verdad y la Reconciliación para investigar la magnitud de esta tragedia social. Presidida por un respetado intelectual y filósofo, el doctor Salomón Lerner, ex rector de la Pontificia Universidad Católica del Perú, la Comisión elaboró un documentado estudio de esos años sangrientos y un cuidadoso análisis de las causas, consecuencias y el saldo en vidas humanas, destrucción de bienes públicos y privados, torturas, secuestros, desaparición de personas y de aldeas de la violencia de esos años. Un vasto sector de opinión pública reconoció el valioso trabajo de la Comisión, pero, como era de esperar, sus conclusiones fueron criticadas y rechazadas por círculos militares y por las pandillas sobrevivientes del fujimorismo, que de este modo se curaban en salud de su complicidad con un régimen autoritario que, además de cleptómano y corrompido hasta los tuétanos, detenta un pavoroso prontuario de asesinatos, torturas y desapariciones perpetrados con el pretexto de la lucha antisubversiva.

La Comisión organizó, con los materiales de su investigación, una de las más conmovedoras exposiciones que se hayan visto jamás en el Perú y que todavía se puede visitar, aunque en formato algo reducido, en el Museo de la Nación, en Lima. Llamada "Yuyanapaq" (Para recordar), muestra en fotos, películas, cuadros sinópticos y testimonios diversos la ferocidad demencial con que los terroristas de Sendero Luminoso y del MRTA (Movimiento Revolucionario Túpac Amaru), y, también, comandos de las Fuerzas Especiales y grupos de aniquilamiento -como el tristemente célebre Grupo Colina- sembraron el horror segando decenas de millares de vidas humanas inocentes y la impotencia y desesperación de los sectores más humildes y desamparados del país ante ese vendaval que se abatió sobre ellos desencadenado por el fanatismo ideológico y el desprecio generalizado de la moral y de la ley.

Cuando la primera ministra alemana, Angela Merkel, vino en visita oficial al Perú ofreció que su Gobierno ayudaría a financiar un "Museo de la Memoria", que, siguiendo las pautas sentadas por "Yuyanapaq", sería, a la vez, un documento genuino, didáctico y aleccionador sobre los estragos materiales y morales que padeció el Perú en los años del terror y un llamado a la reconciliación, a la paz y a la convivencia democrática. Por razones obvias, Alemania es sensible a estos temas, y no es extraño que un país que ha hecho un admirable esfuerzo para enfrentarse a un pasado atroz con sentido autocrítico y ha conseguido superarlo y es por eso ahora una sociedad sólidamente democrática, haya querido apoyar la iniciativa de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación.

Fiel a la palabra de la canciller, el Gobierno alemán propuso donar dos millones de dólares al Perú para la construcción del Museo de la Memoria, el que cuenta ya, incluso, con un posible terreno, en el Campo de Marte, en torno a una hermosa escultura de Lika Mutal inspirada en ese mismo drama: El Ojo que Llora. El Gobierno peruano, en una actitud lamentable, ha hecho saber que no acepta el donativo alemán. Y el ministro de Defensa ha sido el encargado de justificar semejante desaire con la teoría resumida en el título de este artículo.

El ministro ha explicado que en un país donde faltan tantas escuelas y hospitales y donde tantos peruanos pasan hambre, un museo no puede ser una prioridad. Según esta filosofía, los países sólo deberían invertir recursos en defensa de su patrimonio arqueológico, monumental y artístico una vez que hubieran asegurado la prosperidad y el bienestar para toda su población. Si semejante pragmatismo hubiera prevalecido en el pasado, no existirían el Prado, el Louvre, la National Gallery ni el Hermitage, y Machu Picchu hubiera debido ser rematado en subasta pública para comprar lápices, abecedarios y zapatos. Y el ministro ha refrendado las críticas que ya se habían hecho en el pasado a la Comisión de la Verdad y la Reconciliación y a "Yuyanapaq": falta de imparcialidad, mantener una abusiva equidistancia entre los terroristas y las fuerzas del orden.

Esas críticas son de una injusticia flagrante. Nadie criticó al terrorismo de Sendero Luminoso y del MRTA más que yo. Fui candidato aquellos años y dediqué buena parte de mi campaña a denunciar sus crímenes y su locura fanática y a defender la necesidad de combatirlos con la máxima energía, pero dentro de la ley, porque si un Gobierno democrático empieza a utilizar los métodos de los terroristas para derrotar al terrorismo, como hizo Fujimori, aquellos de algún modo ganan la guerra aunque parezca que la pierdan. Por eso, hubo dos atentados fallidos contra mi vida, uno en Pucallpa y otro en Lima. Por otra parte, creo haber criticado con la misma constancia las contemporizaciones, cobardías y medias tintas de los intelectuales de izquierda frente al terrorismo. Por todo ello creo poder decir con total objetividad, sin ser acusado de simpatías extremistas, después de haber pasado muchas horas leyendo los trabajos de la Comisión, que hay en ellos un esfuerzo sostenido para desenterrar la verdad histórica entre el dédalo de documentos, testimonios, informes, declaraciones y manipulaciones contradictorios que debió cotejar. Sin duda que en esos nueve abultados volúmenes se han deslizados errores. Pero ni en sus considerandos ni en sus conclusiones hay la menor intención de parcialidad, sino, por el contrario, un afán honesto y casi obsesivo por mostrar con la mayor exactitud lo ocurrido, señalando de manera inequívoca que la primera y mayor responsabilidad de esa monstruosa carnicería la tuvieron los fanáticos senderistas y emerretistas convencidos de que asesinando a mansalva a todos sus opositores traerían al Perú el paraíso socialista.

Los peruanos necesitamos un Museo de la Memoria para combatir esas actitudes intolerantes, ciegas y obtusas que desatan la violencia política. Para que lo ocurrido en los años ochenta y noventa no se vuelva a repetir. Para aprender de una manera vívida adónde conducen la sinrazón delirante de los ideólogos marxistas y maoístas y, asimismo, los métodos fascistas con que Montesinos y Fujimori los combatieron convencidos de que todo vale para lograr el objetivo aunque ello signifique sacrificar a decenas de miles de inocentes.

Los museos son tan necesarios para los países como las escuelas y los hospitales. Ellos educan tanto y a veces más que las aulas y sobre todo de una manera más sutil, privada y permanente que como lo hacen los maestros. Ellos también curan, no los cuerpos, pero sí las mentes, de la tiniebla que es la ignorancia, el prejuicio, la superstición y todas las taras que incomunican a los seres humanos entre sí y los enconan y empujan a matarse. Los museos reemplazan la visión pequeñita, provinciana, mezquina, unilateral, de campanario, de la vida y las cosas por una visión ancha, generosa, plural. Afinan la sensibilidad, estimulan la imaginación, refinan los sentimientos y despiertan en las personas un espíritu crítico y autocrítico. El progreso no significa sólo muchos colegios, hospitales y carreteras. También, y acaso sobre todo, esa sabiduría que nos hace capaces de diferenciar lo feo de lo bello, lo inteligente de lo estúpido, lo bueno de lo malo y lo tolerable de lo intolerable, que llamamos la cultura. En los países donde hay muchos museos la clase política suele ser bastante más presentable que en los nuestros y en ellos no es tan frecuente que quienes gobiernan digan o hagan tonterías.

Fuente: El País (España)

jueves, 5 de marzo de 2009

De la periferia al centro

Por: Guillermo Omar Oliveto

Uno de los autos más innovadores de los últimos tiempos llegaría al mercado sobre finales de este año. ¿De dónde viene? ¿De los Estados Unidos, de Alemania, Francia o Japón? No. Viene de la India. Así como lo fue en su momento el "Escarabajo" de Volkswagen, el "Nano" de Tata Motors promete ser "el nuevo auto de la gente". Su valor rondará los 2500 dólares. Se transformará en el ícono del nuevo mercado de la "accesibilidad". Ratan Tata es el dueño del grupo económico que lleva su nombre. Sus 96 empresas facturan, en conjunto, unos 22.000 millones de dólares al año. Tienen presencia en más de 50 países y exportan a unos 120. Ratan se acaba de dar un pequeño gusto: quedarse con dos empresas emblemáticas de la más alta alcurnia británica: Jaguar y Land Rover.

Acuciadas por la violenta descapitalización originada en la crisis de las hipotecas, diversas entidades financieras de las más prestigiosas de los EE.UU. tomaron la difícil decisión de vender parte de sus acciones y salir a buscar dinero fresco. ¿Quiénes las compraron? Entre otros, los entes de inversiones de Kuwait y Abu Dhabi, las corporaciones de inversiones de los gobiernos de Singapur y de China y hasta fondos no identificados de Oriente Medio.

"Vamos a ser el club más grande del mundo, más que el Real Madrid y el Manchester United." ¿Quién conmovió al ambiente del fútbol con semejante desafío? Sulaiman Al-Fahim, cara visible del Abu Dhabi United Group for Development and Investment, un fondo de inversión que cuenta directamente con el sustento de la familia real del emirato. Pagaron 230 millones de euros por el Manchester City, un club que no sale campeón de la liga inglesa desde 1968. Ya tienen al crack brasileño Robinho, que dejó el Real Madrid tras un pago cash de 42 millones de euros. Y, por si fuera poco, van por el jugador del momento: Cristiano Ronaldo. Pagarían la mayor cifra jamás pagada por un jugador de fútbol: 240 millones de euros. En la tierra de los inventores del fútbol hoy reinan los árabes y los rusos: no nos olvidemos de Román Abramovich, que, en 2003, se quedó con el Chelsea.

Hablando de rusos, el ex presidente Mikhail Gorbachov es una de las nuevas estrellas de la campaña global de la marca Louis Vuitton. Si esta imagen no fuera ya suficientemente paradójica, lo sería que en la mítica Plaza Roja de Moscú los turistas puedan visitar el mausoleo de Lenin y regodearse en uno de los shopping centers más lujosos del planeta casi al mismo tiempo. Entre una y otra atracción hay sólo cien metros.

El hombre más rico del mundo es mexicano. Carlos Slim. La tercera fábrica de aviones comerciales del mundo es brasileña, Embraer.

En dos de las economías más liberales de hoy se acaban de quemar todos los libros: el Estado se vio obligado a intervenir para salvar de la bancarrota a algunas de sus entidades financieras. En los Estados Unidos, Bear Sterners, Fannie Mae y Freddie Mac y en Inglaterra, el Northern Rock Bank. Henry Paulson, el secretario del Tesoro de los Estados Unidos, acaba de confesar que es muy difícil saber el costo del rescate de todas estas financieras. George Soros, luego de anunciar en Davos 2008 que estamos frente a la peor crisis de las finanzas desde los años 30, aseveró: "Sin reglas, el capitalismo se destruirá".

Tiene sentido la reflexión de Ricardo Lagos, reconocido como uno de los mejores estadistas de los últimos tiempos en la región, y lejos de ser considerado estatista o populista: "Una sociedad que espera que el mercado todo lo resuelva va a terminar siendo una sociedad de mercado, con las diferencias que tiene el mercado". Barack Obama también se anotó en la carrera que promete recrear las reglas del capitalismo: "Demasiadas veces hemos disculpado o abrazado una ética de la codicia. Eso ya ha amenazado la estabilidad de largo plazo de nuestro sistema. Hoy tenemos que crear un nuevo marco regulatorio del siglo XXI".

El libre mercado, tal como se lo pregonó en los últimos años, quedará para otra instancia. El Estado ha vuelto a ocupar un lugar central en la escena. ¿El mundo se ha vuelto loco? Luego de un largo ciclo de prácticamente dos décadas de crecimiento continuo, a una tasa promedio del 4% anual, da la impresión de que estamos ingresando en el reino del revés. Todo parece estar patas para arriba. Y, de algún modo, lo está.

Hay un modelo que imperó durante esa larga fase de crecimiento que está crujiendo. Y otro modelo, una especie de hijo bastardo de ese proceso, que ya está dando pruebas de merecer atención. Mientras el centro gozaba de los beneficios de la "globalización 1.0", dejó que fuera la "mano invisible" del mercado la única encargada del control.

Cuando, en la portada de su número del 31 de diciembre de 2007, la revista Time declaró a Vladimir Putin personaje del año, dio cuenta de un fenómeno que ya trascendió la esfera económica para avanzar sobre lo político y lo social. Como quedó claramente demostrado en el reciente conflicto del Cáucaso, el espíritu zarista renace.

La lógica de la "globalización 1.0", hija dilecta de aquel "fin de la historia" que proclamó Francis Fukuyama en julio de 1989, y que se transformó, el 9 de noviembre del mismo año, en "verdad irrefutable" tras la caída del Muro de Berlín, está siendo fuertemente cuestionada.

Una nueva lógica, la de la "globalización 2.0", pelea por su espacio en las mentes de millones de personas que comienzan a creer en un mundo ya no unidireccional -del centro a la periferia-, sino bidireccional -del centro a la periferia y de la periferia al centro- y hasta "multidireccional" -de una periferia a otra periferia-. Nos movemos de una impronta vertical a una horizontal. Otro intelectual americano, el tres veces ganador del premio Pullitzer, Thomas Friedman, ocupó el lugar de Fukuyama cuando se ocupó de bautizar este nuevo tiempo. Lo llamó la era del "mundo plano".

El "dinero nuevo" ya no está en el centro, sino en los bordes. Cabe remitirse a los números. En el período 2003-2008, mientras la economía de los Estados Unidos habrá crecido un 15%, la de Europa, un 11,5%, y la de Japón, un 11%; la de China lo hará un 64%; la de India, un 52%; la de Rusia, un 41%, y la de Brasil, un 25%. Por supuesto que es en "el centro" donde sigue concentrándose la mayor parte del stock de riqueza del mundo: los EE.UU., Japón y Alemania continúan siendo las tres principales potencias económicas globales. Si consideramos la Comunidad Económica Europea como un todo, es tan importante como los Estados Unidos. Ambos manejan casi 2/3 de la economía global. Pero una cosa es el stock y otra el flujo. La velocidad de crecimiento de "los bordes" es muy superior a la del centro.

Como bien sugiere el futurólogo americano John Naisbitt en su último libro, Mindset, 11 mentalidades para prever el futuro , "el futuro es un conjunto de posibilidades, hechos, giros, avances y sorpresas. En una proyección del futuro, tenemos que prever dónde van las piezas, y cuanto más comprendamos las conexiones, más exacta será la visión. ¡Vean el futuro como un rompecabezas!".

La primera conclusión a la que podemos llegar, siguiendo su sugerencia, es que puede imaginarse un futuro próximo con más piezas. Y nuestra región crece en importancia desde la nueva perspectiva de un mundo multilateral, donde cada cual lleva a la gran mesa de la globalización lo mejor de sí. Entre 2003 y 2008, América latina crece un 28%. Todos sus países, con regímenes económicos y políticos diferentes, han crecido en los últimos 5 años, y la Cepal acaba de confirmar que se prevé que lo hagan también en los dos próximos.

Sucede que los grandes motores de la globalización 2.0, esos milenarios países de los bordes que conjugan ahora su tradicional vocación y potencia imperial -como quedó demostrado en la maravillosa escenificación de los recientes Juegos Olímpicos de Pekín-, con la imprescindible condición capitalista que les permite subirse a la red global; a medida que mejoran la calidad de vida de su gente -nada menos que la mitad de la población mundial-, requieren más y más de lo que nosotros tenemos para vender. Fundamentalmente, tres grandes cosas: comida, energía y talento.

En palabras del pensador francés Alain Touraine: "El final de un mundo no es el final del mundo".

El mundo no está loco, sólo está cambiando su estructuración. Aquellos que son capaces de visualizar hoy las nuevas conexiones que se están tejiendo logran tener más clara la figura final del rompecabezas. Se dibuja ante sus ojos una oportunidad inédita en más de cien años. Si aún quedaran dudas, un reciente informe de la Fundación Producir Conservando, comandado por el economista Juan José Llach, sobre la base de datos de la FAO, lo acaba de confirmar: la demanda de alimentos seguirá muy firme de acá a 2020, con crecimientos del consumo superiores al 90% en productos clave para la región, como la soja, el maíz, el trigo, la carne vacuna, la carne de pollo, la leche, y las frutas. Otro economista, Miguel Angel Broda, publicó meses atrás, en este diario, que en Europa un kilo de lomo hoy vale igual que 4 kilos de Audi.

Cuando ya se cuentan por cientos de millones los que empiezan a comer mejor y la demanda crece más rápido que la oferta, los términos de intercambio cambian. Siendo también parte integrante de "los bordes", son varios los países y los gobernantes latinoamericanos -con Brasil y Lula a la cabeza- que en el vecindario de la Argentina están viendo la oportunidad y van por ella ¿Lo lograremos nosotros?

Fuente: La Nación (Argentina)

miércoles, 4 de marzo de 2009

Samuelson y su factura póstuma a Friedman

Por: José Rodríguez Elizondo

Por decisión del director Enrique Zileri, en 1981 debí entrevistar para Caretas al economista y Premio Nobel norteamericano Paul Samuelson. Invitado a Lima por el Presidente del Consejo de Ministros, Manuel Ulloa, el célebre profesor venía a brindar a los peruanos una alternativa pragmática contra el ideologismo neoliberal, ya desatado en América Latina.

Entonces, el ilustre visitante debió experimentar –y sufrir- el alto nivel de popularidad especializada que ya había conquistado su fiero rival Milton Friedman. También en el Perú existían chicago boys, adoradores del anarquismo libremercadista, que anatemizaban cualquier intervención de los Estados en la economía. Recuerdo su boca abierta ante el sugerente lapsus de una autoridad académica que lo presentó en una reunión –y en inglés- nada menos que como “el famoso profesor Friedman”.

Tal vez por lo mismo, Samuelson habló claro y golpeado ante su entrevistador de ocasión, reivindicando a concho su condición de paladín de la economía mixta. La teoría del mercado puro, me dijo, no podía darse en ningun país democrático, pues las interferencias sociales son de la esencia de una democracia. Por lo mismo, ni Ronald Reagan ni la señora Thatcher serían capaces de imponerla. Agregó, feroz, que la teoría friedmaniana sólo podía intentarse en las dictaduras de tipo fascista. Obviamente, esa entrevista fue recogida rápidamente y como cover story por la revista chilena disidente Hoy, ignoro si con permiso o no de Caretas.

Poco después, quiso el destino que Zileri me encargara entrevistar a Milton Friedman. Este otro Nobel norteamericano llegaba invitado por Hernando de Soto, quizás para reponer la vajilla de Chicago tras los destrozos ocasionados por Samuelson. Esta vez tuve el placer, algo malvado, de ver a esta segunda celebridad también con la boca abierta. Fue cuando le mostré las declaraciones de su archirrival, con fotos y ampliados. “¿Esto dijo Paul?”... fue su primera, sorprendida y simpática reacción, con constancia gráfica a cargo del fotógrafo Fernando Yovera.

Luego, no demoró un segundo en tratar de adoctrinarme y explicar, de paso, que los chicago boys chilenos venían ocultando parte importante de su pensamiento. El siempre había dicho que una dictadura libremercadista, como la de Pinochet, era posible sólo en el corto plazo, pues la libertad de los mercados debía complementarse con las libertades políticas. Esta vez, la entrevista fue reproducida en Chile por un medio oficialista, que la adjudicó a “un periodista peruano” y eliminó la alusión a la trampa de los chicago boys.

Pasaron los años, Friedman siguió sumando honores, tuvo la gentileza de responderme (por carta, a falta de e-mail) consultas puntuales y hace poco se nos fue con pleno reconocimiento de sus pares y discípulos. Tuvo la suerte -digámoslo claro- de no ver el balance catatrófico del mundo de George W. Bush, con los especuladores llenando las economías de inversiones tóxicas y los empresarios pidiendo a gritos el salvavidas de sus Estados.

Pero Samuelson sigue vivo, con más de 90 años y no ha vacilado en comentar este punto en una entrevista reciente en los Estados Unidos. En ella dice tener la edad suficiente “para haber visto el cierre de todo el ciclo” y aprovecha para pasar una gruesa factura pos mortem a su rival: “Hoy vemos lo equivocada que estaba la noción de Friedman de que un sistema de mercado se puede autorregular”.

Suerte la mía, gracias a Zileri, de haberme asomado a una de las polémicas entre esos dos viejos tan magníficos como irrepetibles.

Fuente: La República

martes, 3 de marzo de 2009

¿Es la religión enemiga de la civilización?

Por: Gianni Vattimo

Todos recordamos seguramente la famosa frase de Nietzsche sobre la muerte de Dios. Y también su cláusula: Dios seguirá proyectando su sombra en nuestro mundo durante mucho tiempo. ¿Qué pasaría si aplicáramos la frase de Nietzsche también, y sobre todo, a las religiones? En muchos sentidos, es verdad que, en gran parte del mundo contemporáneo, la religión como tal está muerta, pero todavía proyecta sus sombras en numerosos aspectos de nuestra vida privada y colectiva. Por cierto, dejemos claro que el Dios cuya muerte anunció Nietzsche no es necesariamente el Dios en el que muchos de nosotros seguimos creyendo; yo me considero cristiano, pero estoy seguro de que el Dios que estaba muerto en Nietzsche no era el Dios de Jesús. Incluso creo que, precisamente gracias a Jesús, soy ateo. El Dios que murió, como dice el propio Nietzsche en algún lugar de su obra cuando le llama “el Dios moral”, es el primer principio de la metafísica clásica, la entidad suprema que se supone que es la causa del universo material y que requiere esa disciplina especial llamada teodicea, una serie de argumentos que tratan de justificar la existencia de ese Dios o esa Diosa frente a los males que vemos constantemente en el mundo.

La tesis que quiero presentar aquí es que las religiones están muertas, y merecen estar muertas, tal como Nietzsche habla de la muerte de Dios. No sólo están muertas las religiones morales, en el sentido más obvio de la palabra: desde dentro de la sociedad cristiana y católica de Europa, es fácil ver que son muy pocos los que observan los mandamientos de la moral cristiana oficial. Lo que está muerto, en un sentido más profundo, son las religiones “morales” como garantía del orden racional del mundo.

La institucionalización de las creencias, que dio origen a las Iglesias, incluyó (no sé si sólo en la práctica o como factor necesario) una reivindicación del poder histórico, en el sentido de que era casi natural y necesario que una religión moral se convirtiera en una institución temporal poderosa. Es lo que parece haber ocurrido con el catolicismo, pero se pueden ver muchos otros fenómenos similares en la historia de otras religiones. Incluso el budismo engendró un Estado, el Tíbet de los lamas, que ahora lucha por sobrevivir frente a China. En todas partes —por ejemplo, en el hinduismo—, el mismo hecho de que exista una diferencia entre clérigos y legos hace que la religión se convierta en una institución, cuyo objetivo principal es siempre su propia supervivencia. Mencionaré de nuevo el ejemplo de la Iglesia católica: si no hubiera sobrevivido a lo largo de los tiempos, yo no habría podido recibir el Evangelio, la buena nueva de la salvación. Una vez más: como en el caso de la muerte de Dios de Nietzsche, la muerte de las religiones institucionalizadas no significa que no tengan legitimidad. Sencillamente, llega un momento en el que ya no son necesarias. Y ese momento es nuestra época, porque, como puede verse en muchos aspectos de la vida actual, las religiones ya no contribuyen a una existencia humana pacífica ni representan ya un medio de salvación. La religión resulta un poderoso factor de conflicto en momentos de intercambio intenso entre mundos culturales diferentes. Por lo menos, eso es lo que ocurre hoy: en Italia, por ejemplo, existe un problema con la construcción de mezquitas, porque la población musulmana ha aumentado de forma espectacular. La hegemonía tradicional de la Iglesia católica está en peligro, pero los católicos no se sienten amenazados en absoluto por esa situación; sólo los obispos y el Papa.

La Iglesia afirma que defiende su poder (y los aspectos económicos de él) para preservar su capacidad de predicar el Evangelio. Sí; pero, como en tantas instituciones, la razón suprema de su existencia se queda muchas veces olvidada a cambio de la mera continuidad del statu quo. Lo que quiero decir es que, en el mundo actual, sobre todo en el Occidente industrial, la religión como institución se ha convertido en un factor de conflicto y un obstáculo para la “salvación”, sea eso lo que sea. Quiero subrayar que hablo de la muerte de las religiones en el mismo sentido en el que acepto el anuncio de Nietzsche sobre la muerte de Dios. La religión que está muerta es la religión—institución, que contribuyó enormemente al desarrollo de la civilización pero, al final, se convirtió en un obstáculo.

Hablar de la muerte de las religiones en un sentido relacionado con el anuncio de la muerte de Dios de Nietzsche no significa, desde luego, que la religión nunca haya tenido sentido para la humanidad. Ni siquiera se puede decir que la frase de Nietzsche significa que Dios no existe. Ésa sería de nuevo una afirmación metafísica, que Nietzsche no quería pronunciar, por su rechazo general a cualquier metafísica “descriptiva”. La lucha contra la supervivencia de las religiones de la que hablo tiene poco que ver con la negación racionalista de todo significado a los sentimientos religiosos. Incluso se toma muy en serio ese resurgimiento de la necesidad de una relación con la trascendencia que caracteriza numerosos aspectos de la cultura actual. Citaré de nuevo a Nietzsche, que dice que Dios está muerto y ahora queremos que existan muchos Dioses.

Mientras las religiones sigan queriendo ser instituciones temporales poderosas, son un obstáculo para la paz y para el desarrollo de una actitud genuinamente religiosa: pensemos en cuánta gente está abandonando la Iglesia católica por el escándalo que representan las pretensiones del Papa y los obispos de inmiscuirse en las leyes civiles en Italia. Los ámbitos de la ética familiar y la bioética son los más polémicos. En Estados Unidos, el anuncio reciente del presidente Obama sobre su intención de eliminar las restricciones a la libertad de las mujeres para abortar ha suscitado una amplia oposición por parte de los obispos católicos. La oposición contra cualquier forma de libertad de elección en todo lo relacionado con la familia, la sexualidad y la bioética es continua e intensa, sobre todo, en países como Italia y España. Tengamos en cuenta que la Iglesia se opone a leyes que no obligan, sino que sólo permiten la decisión personal en estos asuntos. Deberíamos preguntarnos de qué lado está la civilización.

Hace poco, el Papa repitió su idea constante de que la verdad no es negociable. ¿Ese “fundamentalismo” es sólo característico del catolicismo, o de todo el cristianismo? Quienes hablan de civilizaciones tienen la responsabilidad de tener en cuenta esta condición concreta. No hay más que ver los frecuentes diálogos interreligiones que se celebran en cualquier parte del mundo, en los que los interlocutores suelen ser “dirigentes” de las distintas confesiones. No dialogan para cambiar nada; no es más que una forma de volver a confirmar su autoridad en sus respectivos grupos. ¿Acaso sale de estos frecuentes encuentros algo útil para la paz y la mutua comprensión de los pueblos? Mientras no se elimine el aspecto autoritario y de poder de las religiones, será imposible avanzar hacia el mutuo entendimiento entre las diversas culturas del mundo.

Esta conclusión puede parecer una gran paradoja, dado que, en general, se ha considerado que la religión era un medio de educar a la humanidad hacia la caridad, la piedad y la comprensión. En muchos sentidos, la compasión parece ser la base fundamental de toda experiencia religiosa. Y es cierto, ya sea desde el punto de vista del cristianismo, el budismo, el hinduismo, el islam o el judaísmo. Hasta aquí, nada que objetar. Pero precisamente por eso es por lo que debemos reconocer que ha llegado la hora de que las personas religiosas se alcen contra las religiones. Y que afirmen tajantemente que la era de la religión—institución se ha terminado y su supervivencia sólo se debe a los esfuerzos de las jerarquías religiosas para conservar su poder y sus privilegios. El hecho de que esta tesis parezca inspirarse, en gran parte, en la experiencia cristiana (y católica) europea, no limita su validez para otras culturas. Seguramente, el veneno del universalismo se extendió por el mundo gracias a los conquistadores europeos, que son responsables de la estricta asociación entre conversión (al cristianismo; recuérdese el compelle intrare de San Agustín) e imperialismo. Ahora es el mundo latino el que debe romper esa asociación y separar la salvación de cualquier pretensión de creencia y disciplina universal como condición para alcanzarla. No es una tarea fácil.

Fuente: www.elpais.com

lunes, 2 de marzo de 2009

Cooperación económica global

Por: Jeffrey Sachs

El mundo todavía no alcanza la coordinación en política macroeconómica que será necesaria para restablecer el crecimiento económico tras el Gran Crac de 2008. En muchas partes del mundo, los consumidores están recortando sus gastos en respuesta a la disminución de su riqueza y al temor del desempleo. La fuerza avasalladora que está detrás del colapso actual del empleo, la producción y los flujos comerciales es aun más importante que el pánico financiero que siguió a la quiebra de Lehman Brothers en septiembre de 2008.

Por supuesto, no es posible regresar a la situación anterior al Gran Crac. La burbuja financiera mundial no puede y no debe volver a crearse. Pero si el mundo coopera efectivamente, la caída de la demanda de los consumidores podrá compensarse con un valioso aumento en el gasto de inversión para afrontar las necesidades más urgentes del planeta: energía sostenible, agua potable y alcantarillado, una reducción de la contaminación, mejores servicios de salud pública y un aumento de la producción de alimentos para los pobres.

Estados Unidos, Europa y Asia han experimentado un colapso de la riqueza debido a la caída de los mercados de valores y los precios inmobiliarios. Todavía no hay una medida autorizada de la caída de la riqueza y de cómo se distribuye a nivel mundial, pero probablemente sea de aproximadamente 15 billones de dólares a partir de su nivel más alto en Estados Unidos y de 10 billones de dólares en Europa y Asia. Una caída combinada de aproximadamente 25 billones de dólares representaría alrededor del 60% del ingreso global en un año. La disminución de la riqueza en Estados Unidos como proporción de la economía de ese país es incluso mayor, de alrededor del 100% del ingreso anual, y tal vez del 70% en Europa y Asia.

El supuesto usual es que el consumo de los hogares cae en aproximadamente .05 dólares por cada dólar de disminución de la riqueza. Esto significaría un impacto negativo directo sobre el consumo de los hogares de alrededor del 5% del ingreso nacional en Estados Unidos y del 3.5% en Europa y Asia.

La magnitud de esta desaceleración es tan grande que el desempleo aumentará bruscamente en todas las regiones principales de la economía mundial y tal vez llegue al 9-10% en Estados Unidos. Los hogares gradualmente ahorrarán lo suficiente para restablecer su riqueza y el consumo también se recuperará de manera paulatina. Sin embargo, esto ocurrirá demasiado lentamente para impedir un rápido crecimiento del desempleo y un enorme déficit de la producción en comparación con la capacidad potencial.

Por lo tanto, el mundo necesita estimular otros tipos de gasto. {0>Una forma poderosa de impulsar la economía y ayudar a satisfacer las necesidades futuras es aumentar el gasto en proyectos clave de infraestructura, dirigidos principalmente al transporte (caminos, puertos, ferrocarriles y transporte masivo), energía sostenible (eólica, solar, geotérmica, captura y captación de carbono y redes de distribución eleéctrica a larga distancia), control de la contaminación y agua y alcantarillado.<}0{>Una forma poderosa de impulsar la economía y ayudar a satisfacer las necesidades futuras es aumentar el gasto en proyectos clave de infraestructura, dirigidos principalmente al transporte (caminos, puertos, ferrocarriles y transporte masivo), energía sostenible (eólica, solar, geotérmica, captura y captación de carbono y redes de distribución eléctrica a larga distancia), control de la contaminación y agua y alcantarillado.<0}

Hay argumentos sólidos en favor de la cooperación mundial para aumentar estas inversiones públicas en los países en desarrollo, y especialmente en las regiones más pobres del mundo. Estas regiones, incluyendo al África subsahariana y Asia central, han sido muy afectadas por la crisis global, debido a que se han desplomado los ingresos por exportaciones, las remesas y la entrada de capitales.

Las regiones pobres también sufren a causa de cambios climáticos tales como sequías más frecuentes provocadas por las emisiones de gases de efecto invernadero de los países ricos. Al mismo tiempo, los países pobres tienen enormes necesidades de infraestructura, sobre todo caminos, ferrocarriles, energía renovable, agua y alcantarillado, y de mejorar la prestación de servicios vitales como la atención a la salud y el apoyo a la producción de alimentos.

El G-20, que incluye a las economías más grandes del mundo, ofrece el marco natural para la coordinación de las políticas a nivel mundial. La próxima reunión del Grupo, que se llevará a cabo en Londres a principios de abril, es una ocasión crucial para emprender acciones oportunas. Las economías líderes –especialmente Estados Unidos, la Unión Europea y Japón—deben establecer nuevos programas para financiar inversiones en infraestructura en países de bajos ingresos. Los nuevos préstamos deben ser de al menos 100 mil millones de dólares al año, dirigidos a los países en desarrollo.

El financiamiento incluiría préstamos directos de las agencias de crédito a la exportación de los países ricos para permitir que los países pobres contrataran deudas a largo plazo (por ejemplo, a 40 años) para construir caminos, redes eléctricas, sistemas de generación de energía renovable, puertos, redes de fibra óptica y sistemas de agua y alcantarillado. El G-20 también debe aumentar la capacidad de préstamo del Banco Mundial, el Banco de Desarrollo Africano y otras instituciones financieras internacionales.

Japón, que tiene un excedente de ahorro, una moneda fuerte, enormes reservas de divisas y plantas sin órdenes del mercado interno, debería encabezar este financiamiento para la infraestructura. Además, Japón puede estimular su propia economía y la de los países más pobres si dirige su producción industrial a satisfacer las necesidades de infraestructura del mundo en desarrollo.

La cooperación puede convertir la aguda y aterradora desaceleración del gasto de consumo a nivel mundial en una oportunidad para invertir más en el bienestar futuro del planeta. Si en lugar de dedicar recursos al consumo de los países ricos se destinaran a las necesidades de inversión de los países en desarrollo, el mundo podría obtener una “triple” victoria. Un aumento de la inversión y el gasto social en los países pobres estimulará a toda la economía mundial, impulsará el desarrollo económico y promoverá la sostenibilidad ambiental mediante inversiones en energía renovable, uso eficiente del agua y agricultura sostenible.

Fuente: www.project-syndicate.org

¿Quién perdió Turquía?

Por: Dominique Moisi

“¿Quién perdió Turquía?” Esa pregunta, que se planteó frecuentemente en el pasado, se ha estado reavivando tras el exabrupto emotivo del Primer Ministro Tayyip Erdogan durante el reciente Foro Económico Mundial 2009 en Davos, cuando súbitamente abandonó el panel que compartía con el Presidente israelí Shimon Peres. Y la cuestión turca es de gran importancia porque tiene que ver con algunas de las disputas diplomáticas más inestables e inquietantes del mundo.

Si, en efecto, Turquía se ha “perdido”, entre los responsables están la Unión Europea, Estados Unidos, Israel y Turquía misma. El Presidente francés, Nicolas Sarkozy, ha expresado de modo inequívoco las crecientes reservas de la UE acerca de la adhesión de Turquía. En Estados Unidos, el ex Presidente George W. Bush tiene parte de la culpa debido a la guerra de Iraq. Israel también ha desempeñado un papel en el alejamiento de Turquía de Occidente, como resultado de la guerra de Líbano de 2006 y sus recientes operaciones militares en Gaza.

Todos estos sucesos han perturbado y desorientado a Turquía y se han agudizado por el impacto interno de la peor crisis económica global desde los años treinta.

Por supuesto, las élites turcas seculares y pro occidentales tal vez sigan considerando que la UE y Estados Unidos son aliados y socios importantes, si no es que indispensables, y pueden pensar que el fundamentalismo islámico, Hamas, Hezbolá e Irán son amenazas reales o al menos potenciales. No obstante, también están convencidas de que el comportamiento de Europa hacia Turquía ha sido impropio debido a una combinación de reflejos populistas de corto plazo y la ausencia de una visión estratégica de largo plazo.

Desde luego, la cuestión turca es compleja. Turquía es predominantemente asiática en términos geográficos, sus emociones son cada vez más las del Medio Oriente, es decir, musulmanas en lo que toca al conflicto palestino-israelí y, sin embargo, las élites turcas siguen siendo firmemente pro occidentales y pro europeas. Pero, ¿por cuánto tiempo?

A principios del siglo XXI, cuando el diálogo con el mundo islámico es uno de los retos clave para el mundo occidental, Europa cometería un error estratégico histórico si cierra sus puertas a Turquía. Hacerlo significaría impulsar a los herederos del Imperio Otomano hacia una trayectoria histórica asiática, musulmana y medio-oriental.

En la cuestión de la adhesión turca a la UE el viaje importa más que el destino. Las reformas que Turquía ya ha implementado en un lapso de tiempo muy corto gracias a su condición de candidato son impresionantes. ¿Debemos los europeos poner en riesgo esos progresos expresando un “no” demasiado enfático?

La UE necesita urgentemente un socio estratégico y diplomático que pueda reforzar significativamente su influencia en el Medio Oriente. Europa también necesita el dinamismo de una Turquía joven. Sobre todo, necesita el mensaje de reconciliación hacia el Islam que el ingreso de Turquía a la Unión representaría.

Obviamente, querer que Turquía “entre” es un acto de voluntad, si no es que de fe, que de muchas formas es contrario a la razón. La mayoría de los europeos no perciben a Turquía como un “otro europeo” sino como un “otro no europeo”. Incluso en Estambul, la más occidentalizada de las ciudades turcas, en cuanto uno se aleja de las arterias principales parece estar inmerso en una cultura medio-oriental o asiática.

Israel no es miembro de la Unión Europea, pero también corre el grave riesgo de perder a Turquía. Lejos de reforzar la seguridad de Israel, sus dos últimas aventuras militares, en Líbano y ahora en Gaza, han provocado un mayor autoaislamiento y una pérdida de solidaridad en el mundo. En ningún lugar se ha sentido con tanta fuerza este fenómeno como en Turquía, donde esas acciones militares han tensado la alianza estratégica de ambos países casi hasta el rompimiento.

Es demasiado pronto para hablar de la política de Obama hacia Turquía; baste decir que con su disposición a entablar un diálogo respetuoso con el Islam, es el único líder occidental que va por buen camino. Pero, ¿bastarán los gestos positivos de Estados Unidos hacia Turquía, un miembro clave de la OTAN, para compensar las políticas insensibles, si no es que temerarias de Israel? La respuesta no es clara.

Turquía también comparte cierta responsabilidad por este creciente proceso de alejamiento. La conducta de Erdogan en Davos fue, por decir lo menos, irresponsable. Es posible que haya ganado popularidad en su país, pero en los difíciles tiempos económicos actuales, las tentaciones del populismo barato son más peligrosas que nunca. No se juega imprudentemente con cerillos junto a un montón de madera seca.

Fuente: www.project-syndicate.org

viernes, 27 de febrero de 2009

Voto voluntario: Contra la corriente

Por: Sergio Melnick

Confieso que a medida que ha evolucionado el debate sobre el proyecto de ley que introduce la inscripción automática y el voto voluntario -aprobado esta semana en el Congreso- he ido cambiando radicalmente de opinión. Finalmente, he llegado a una conclusión contra la corriente. Me inclino fuerte y taxativamente por la inscripción y el voto obligatorios. Y por curioso que les parezca a algunos, lo hago en nombre de la libertad, que es todo lo contrario de la irresponsabilidad.

La obligación de ir a inscribirse nos garantiza un patrón electoral impecable, como el que tenemos hoy. Las personas tienen que ir a registrarse sometiéndose a algún trámite público y necesario, como los requisitos para sacar el carné de identidad o la libreta de familia. Eso significa que los 3,9 millones de chilenos en condiciones de votar que hoy no están inscritos -de un universo total de 12 millones- tendrían que hacerlo.

El voto obligatorio sería, en teoría, como lo es hasta ahora. Pero con la gran diferencia de que las sanciones deben ser efectivas, algo que hoy no ocurre.

Siempre queda la alternativa de votar en blanco o nulo o sumarse a la mayoría, pero el sufragio de cada uno es información esencial para la calidad de la política.

Nos gusta mucho hablar de la sociedad de los derechos, pero no de las obligaciones. La vida en sociedad es necesaria y muy beneficiosa, pero no es fácil ni menos gratis, más allá de los impuestos. La pregunta entonces es cómo nos equivocamos menos. La respuesta está en el camino de los valores y la autorregulación en base a estos. En el estado de derecho, las leyes definen los valores, o el bien y el mal. Por ello es tan fundamental participar en la elección de quienes hacen las leyes.

La inscripción y el voto obligatorios son una señal particularmente importante para los jóvenes. Una juventud sin un mínimo de disciplina y responsabilidad hace prever un futuro muy oscuro. La gran mayoría de los potenciales electores entre 18 y 30 años no está inscrita. Sólo uno de cada cinco de ellos -de un total de 3,3 millones- se ha molestado en ir a firmar en los registros electorales.

La libertad, paradójicamente, impone muchas exigencias. No consiste simplemente en hacer lo que se quiera, sino en que los individuos logren desarrollar su sentido vital dentro de un sistema en que millones quieren lo mismo. Cuando no se cultiva desde el individuo, a la larga se pierde. No es un regalo, sino un logro. Tampoco es gratis; tiene costos.

El emitir la opinión sobre los líderes futuros -sobre todo en un día feriado- es una responsabilidad elemental, que implica la necesidad de informarse, de tener opinión. También obliga a los políticos a considerar a todo el electorado, en vez de basarse en un padrón electoral que en esencia no ha tenido grandes cambios desde el plebiscito de 1988. Eso influye en el discurso y en las propuestas de los candidatos. Insisto: no podemos ser condescendientes en exceso con la juventud. Requiere algunas reglas y ciertamente aprendizaje. Basta ya de trivialidades y populismo. La clase política debería dar el ejemplo: retroceder en lo que se votó esta semana en la Cámara y legislar por la inscripción y el voto obligatorios.

Fuente: blog.latercera.com