sábado, 15 de noviembre de 2008

¿Un nuevo Bretton Woods?

Por: Sami Naïr

La gran negociación que se abre entre los miembros del G-20 sobre la reforma del sistema financiero mundial y los medios para detener los efectos de la crisis económica mundial ya no afecta tan sólo a las medidas económicas: se ha convertido, como era de prever, en una inmensa apuesta geopolítica en la cual las relaciones de poder entre las naciones determinarán las futuras soluciones. Desde que empezó la crisis, el Gobierno francés, que preside actualmente el Consejo Europeo, hizo saber claramente que quería una estrategia que estuviese a la altura de lo que está en juego. Ha propuesto que se funde de nuevo el sistema internacional dejado de la mano de Dios desde los acuerdos de Jamaica en 1975. Se trataría aparentemente de volver al espíritu de los acuerdos de Bretton Woods, adoptados en 1944, y más concretamente a la necesidad de una reglamentación del sistema financiero.

Francia propone que se organice "una respuesta coordinada a nivel internacional", pero sin precisar realmente cuáles serían los objetivos y los instrumentos de esta coordinación. Las respuestas de Reino Unido y Alemania han sido más bien discretas. A la Gran Bretaña de los tories nunca le ha gustado la regulación, y los laboristas se han convertido desde hace tiempo a la economía del librecambismo mundial. Alemania comparte más o menos la misma postura, aunque a partir de ahora quiere un control más estricto de los fondos soberanos en su territorio. Pero Francia cuenta en Washington con la ventaja de recibir el apoyo de la mayoría de países europeos.

En el actual estado de cosas, los países del G-20 quieren ponerse de acuerdo sobre una aproximación de mínimos a las reformas. Entre europeos existe el consenso alrededor de algunas medidas de urgencia: hacer del FMI un órgano de vigilancia de la estabilidad financiera mundial que conduciría a partir de ahora el Foro de Estabilidad Financiera, trabajaría directamente con el Banco de Regulaciones Internacionales y el Comité de Basilea y, situado en el centro de un sistema de información permanente de los órganos de vigilancia, se encargaría de dar la alarma en caso de amenaza de crisis. Podría también hacer recomendaciones a los Estados e incluso realizar programas de evaluación de los sectores financieros de los Estados miembros, cosa que tenía terminantemente prohibida hasta ahora. Por último, a los europeos también les gustaría que la cumbre pudiera fijar orientaciones inmediatas sobre la gobernabilidad mundial, en concreto instaurando un control mucho más estricto sobre las agencias de notación, imponiendo normas contables y prudenciales, y vigilando la remuneración de los actores financieros.

Estas medidas son sin duda necesarias, pero quedan lejos de estar a la altura de la crisis. Y es por ello que una nueva reunión está prevista en París en febrero de 2009. ¿Para qué? Éste es el verdadero problema.

En realidad, no hay actualmente un acuerdo de fondo a nivel internacional sobre los objetivos de un nuevo orden económico mundial. La razón es que Bretton Woods se fundaba ante todo sobre dos bases esenciales: el control de la circulación de los capitales y la creación de un mecanismo mundial de paridad, vinculando el dólar, reconocida moneda de intercambio mundial, con el patrón oro. Ahora bien, controlar la circulación de capitales va mucho más allá de la sencilla puesta en práctica de estabilizadores anticíclicos, como proponen algunos Estados (Reino Unido, China). Incluso es muy probable que hoy sea irrealizable, a menos que se llegue a un acuerdo para utilizar masivamente, en el seno del FMI, los derechos especiales de giro como incentivo para un relanzamiento de la economía mundial. Pero EE UU, que detenta el 17% de los derechos de voto en el seno de este organismo, es decir, una minoría de bloqueo, se ha opuesto siempre (menos una vez) a utilizarlos. Luego, crear un nuevo mecanismo de paridad ante la fluctuación del dólar implica que se saneen las relaciones monetarias con EE UU, sobre todo si compartimos la profecía de Peter Steinbrück, el ministro alemán de Finanzas, que declaraba en septiembre de 2008 ante el Bundestag: "Esta crisis significa el fin de la hegemonía financiera americana en los próximos 10 años".

A la espera, el objetivo real de la reunión de Washington como las que la seguirán es determinar las condiciones en las que se producirá la ayuda mundial, concretamente de China, de Japón, de los países del Golfo y de Alemania, en el restablecimiento de la economía norteamericana, condición sine qua non para salir de la crisis. El problema es saber el precio de esta ayuda. La batalla del nuevo orden monetario y económico mundial no ha hecho más que empezar.

Fuente: el País (España)

miércoles, 12 de noviembre de 2008

¿Qué debería contener un segundo acuerdo de Bretton Woods?

Por: Jose Antonio Ocampo

Para aquellos que hemos reclamado por mucho tiempo que la arquitectura financiera internacional necesita reformas profundas, la llamada a convocar una segunda conferencia de Bretton Woods es afortunada. Cabe recordar, por supuesto, que después de las crisis asiática y rusa de 1997-1998 se hicieron solicitudes similares, que los países industrializados no tomaron en serio. Quizás el hecho de que ahora están en el centro de la tormenta los lleve a tomar la tarea con empeño.

Hay dos problemas fundamentales con el reciente llamado a la reforma. El primero es que carece de contenido: no es claro en qué consistirían las discusiones sobre un eventual Bretton Woods II. El segundo es que el proceso comenzó con un paso en la dirección equivocada, al excluir a la mayoría de los países de los diálogos. Es obviamente saludable que el Grupo de los 7 o un subconjunto de países del G-7 muestre liderazgo, pero no puede haber una reforma fundamental sin un proceso inclusivo que de voz adecuada tanto a los países industrializados como en desarrollo, y tanto a los países grandes como pequeños. Las instituciones de alcance mundial, no grupos ad hoc de países deben estar en el centro del proceso de reforma.

El tema más claro de la agenda es cómo corregir el déficit de regulación prudencial que caracteriza los mercados financieros mundiales. Esta discusión debe comenzar por acuerdos sobre los principios regulatorios. Uno obvio es que las regulaciones deben ser comprensivas, para evitar los vacíos significativos que condujeron a la turbulencia actual.

Las regulaciones deben tener también un fuerte contenido anti-cíclico, lo que implica aumentar el capital y provisiones (o reservas) de la entidades financieras e impedir el excesivo endeudamiento (apalancamiento) durante los auges, y evitar que la inflación de activos retroalimente las expansiones crediticias. Se debe descartar la dependencia de los modelos internos de evaluación de riego de las entidades financieras, el principal centro de atención del segundo acuerdo de Basilea sobre regulación bancaria. Esa estrategia ha demostrado ser peligrosa y de hecho, ya se ha visto cómo el uso de modelos similares de riego por parte de las instituciones puede aumentar la inestabilidad financiera.

Todo nuevo sistema regulatorio debe estar basado en una red adecuada de instituciones nacionales y regionales (del cual carece aún la Unión Europea) e incluir una verdadera supervisión internacional de las instituciones financieras de alcance mundial. La mayoría está de acuerdo con que el Fondo Monetario Internacional (FMI) no debe ser el centro del sistema regulatorio. El Banco de Pagos Internacionales y el Comité de Basilea están en una mejor posición para asumir esta tarea, pero deben ampliar sus membresías y evitar uno de los problemas principales que enfrentó el Comité de Basilea en los últimos años: la falta de representación de los países en desarrollo.

Tres temas centrales de reforma del FMI deben ser incluidos también en la agenda. El primero es la necesidad de una verdadera moneda mundial de reservas, basada quizás en los derechos especiales de giro del FMI. Esto contribuiría a superar tanto la inequidad como la inestabilidad que es inherente a un sistema mundial de reservas basado en una moneda nacional . El sistema actual está plagado de ciclos de confianza en el dólar y por perturbaciones periódicas asociadas a políticas adoptadas por los Estados Unidos sin tener en cuenta sus impactos globales y que terminan, por lo tanto, por ser impuestas sobre el resto del mundo.

El segundo tema es la necesidad de colocar al FMI y no al G-7 –o en realidad cualquier “G”—en el centro de la coordinación de las políticas macroeconómicas a nivel mundial. Esta es la única forma de dar a los países en desarrollo una voz adecuada en este campo. El ejercicio de supervisión multilateral de los desequilibrios internacionales de pagos que lanzó el Fondo en 2006 fue un paso interesante en esa dirección, pero careció de claros compromisos de las partes y de efectividad.

El tercer tema es la principal demanda de los países en desarrollo: el FMI debe prestar durante las crisis de balanza de pagos con rapidez y sin condiciones excesivas, especialmente cuando la fuente de la crisis es una reversión súbita de los flujos de capital o un brusco deterioro de los términos de intercambio. Esto convertiría al FMI en algo más parecido a un banco central, que proveería liquidez en forma ágil, de manera similar a la forma como los bancos centrales de los países industrializados han proporcionado liquidez en escala masiva durante meses recientes. En el caso del FMI, el financiamiento de la liquidez necesaria podría ser provisto por emisiones anti-cíclicas de derechos especiales de giro.

En todos estos campos, el FMI debe hacer un uso más activo de instituciones regionales. Por una década he venido señalando que el FMI del futuro debe ser visto como la cúpula de una red de fondos de reserva regionales –es decir, como un sistema con un diseño más similar al del Banco Central Europeo o al del sistema de la Reserva Federal en los Estados Unidos.

Un diseño institucional de este tipo podría ser adoptado también en el campo de la regulación prudencial. Una red más densa de instituciones estaría mejor diseñada para una comunidad internacional heterogénea y podría proporcionar mejores servicios y dar una voz más fuerte a los países más pequeños.

Finalmente, una de los principales defectos de la arquitectura financiera actual es la falta de un esquema institucional apropiado para manejar los problemas de sobreendeudamiento a nivel internacional, es decir una corte similar a las que existen a nivel nacional para manejar las quiebras de las empresas. El sistema actual depende de mecanismos ad hoc , que generalmente llegan demasiado tarde, cuando los problemas de sobreendeudamiento ya han tenido un impacto devastador sobre los países. El único mecanismo regular a nivel internacional en este campo es el Club de Paris pero solo maneja deudas oficiales. El segundo acuerdo de Bretton Woods debería resolver este problema, creando una corte internacional de quiebras.

La crisis financiera actual ha hecho patente la necesidad de reformar la actual arquitectura financiera internacional. Pero cualquier llamado a una segunda conferencia de Bretton Woods debe tener contenido concreto. La agenda debe incluir un sistema mundial de regulación y supervisión prudencial; un FMI profundamente transformado, que maneje una moneda mundial de reservas, coordine las políticas macroeconómicas a nivel internacional y cuente con líneas de crédito ágiles; y la creación de una corte internacional de quiebras.

Fuente: www.project-syndicate.org

lunes, 10 de noviembre de 2008

Bush, Nobel de la Paz

Por: Mario Bunge
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Gracias a un amigo que trabaja en la Secretaría del Comité Nobel de la Paz, en Oslo, tuve acceso al acta de una sesión reciente. Hela aquí, aun a sabiendas de que el Comité me desautorizará. Yo me zafaré, alegando que se trata de un cuento.

Presidenta : —Queda abierta la sesión. Tiene la palabra maître Pierrot, delegado de la Liga Perpetua por la Paz, con sede en París.

Maître Pierrot : —Señor presidente, señoras y señores. Antes de someter nuestra propuesta, permitidme que presente a nuestra organización. Nuestra liga fue fundada a comienzos de 1870, y se presentó al público con un concurso para premiar la mejor obra sobre el crimen de la guerra. Una de las obras concursadas fue El crimen de la guerra , del célebre estadista argentino Juan Bautista Alberdi. Desgraciadamente, no bien se terminó el concurso, Prusia atacó a Francia y los pacifistas franceses quedaron desalentados, de modo que la liga se extinguió. Pero, recientemente, la liga fue resucitada al calor de los alarmantes rumores sobre la gestación secreta de la Tercera Guerra Mundial. Nuestra liga ha recibido la adhesión de numerosas personalidades de todos los sectores de la sociedad, incluso de eminentes profesores de ciencias políticas y de economía, habitualmente biempensantes y amigos del poder.

Presidenta : —Señor delegado, le ruego abrevie, porque la suya no es sino la primera propuesta que figura en un largo orden del día.

Delegado : —Ciertamente, señora presidenta. Voy al grano. Nuestra liga propone al ex presidente de los EE.UU., mister George W. Bush, como candidato al Premio Nobel de la Paz.

(Murmullos en la sala.)

Presidenta : —¡Silencio! ¡Orden! Como usted puede ver, maître Pierrot, su propuesta ha dejado perplejos a unos e indignados a otros. Veo que están pidiendo la palabra los delegados de Finlandia, India, Cuba y los Estados Unidos de América. Tiene la palabra el profesor Saavo, de Finlandia.

Profesor Saavo : —La propuesta del honorable maître Pierrot parece una broma, porque es sabido que mister Bush ha iniciado dos guerras, se ha inmiscuido en los asuntos internos de muchas naciones, y no ha resuelto ningún conflicto internacional.

Presidenta: —Gracias por su precisión y concisión, profesor. Cedo la palabra al delegado indio, doctor Singh Singh.

Doctor Singh : —Nuestro país, que tradicionalmente se ha mantenido al margen de todos los conflictos que no ha provocado él mismo, ha visto con alarma creciente que los dos gobiernos de mister Bush instalaron nuevas bases militares en el exterior, las que hoy llegan a un millar. Esto basta para dudar de que mister Bush sería aceptado como afiliado de su liga, maître Pierrot. Además, . . .

Presidenta: —Gracias, doctor Singh. Tiene la palabra el delegado cubano, comandante Milfuegos.

Comandante Milfuegos: —La propuesta que estamos considerando insulta al noble pueblo cubano, que ha soportado estoicamente el embargo, reforzado por el ex presidente, criminal de guerra si los hay, y, por añadidura valido de las empresas petroleras, que están . . .

Presidenta : —Gracias, comandante. Cedo la palabra al delegado norteamericano, el reverendo Jimson.

Reverendo Jimson: —La propuesta del pacifista francés es tan ridícula como esas costumbres de sus compatriotas de comer caracoles y empapar el pan con el sudor de sus axilas. George W. Bush ha sido el peor presidente de nuestra historia: el más tonto e ignorante, imprevisor e imprudente, el más fraudulento y corrupto, mentiroso y ridículo; y, en fin, el más aficionado a recurrir a las armas para inventar y resolver conflictos internacionales. ¿Cómo se puede tener la desvergüenza de proponer para el Nobel de la Paz a un individuo que...?

Presidenta: —Gracias, reverendo. Como usted puede prever, maître Pierrot, su extraña propuesta no tendrá mucho apoyo. Le ruego la fundamente con brevedad.

Maître Pierrot: —Con mucho gusto, señora presidenta. Empezaré por aclarar un equívoco. Entiendo que no nos hemos reunido para elegir al mandatario más competente, justo, virtuoso o inteligente de nuestro tiempo, ni a quien mejor haya refutado la argumentación contra la guerra del ilustre argentino, doctor Juan Bautista Alberdi. No constituimos un tribunal criminal ni trabajamos para la musa Clío.

Presidenta: —En efecto. Al grano, por favor, maître Pierrot.

Maître Pierrot: —Al grano voy. Mi liga sostiene que mister George W. Bush merece el premio Nobel de la Paz por haber hecho imposible la Tercera Guerra Mundial durante nuestra generación.

(Murmullos en la sala.)

Presidenta : —¡Silencio! ¡Orden! Prosiga, maître Pierrot. Despeje nuestra perplejidad, se lo ruego.

Maître Pierrot: —Con mucho gusto, señora presidenta. El fundamento de la propuesta de mi liga es elemental. Toda guerra en gran escala exige un tesoro público gigantesco. Ahora bien, el ex presidente Bush recibió un gobierno con un enorme excedente producido por los recortes de los gastos sociales efectuados por sus predecesores, desde Reagan hasta Clinton. Pero Dubya, como lo llaman sus allegados, se las arregló para transformar ese superávit en el mayor déficit fiscal de la historia, a saber, más de diez trillones de dólares: la unidad seguida de trece ceros. O sea, en ocho años, cargó a cada norteamericano con una deuda fiscal de unos treinta mil dólares. Lo logró disminuyendo los impuestos a los ricos, haciendo que pagaran impuestos sólo una de cada tres corporaciones, iniciando dos guerras inganables —y que sólo beneficiaron a unas pocas empresas amigas— y aumentando enormemente los gastos del Estado, tanto militares como civiles, con el pretexto del terrorismo. Para colmo, al eliminar muchos controles estatales a los negocios alentó el aventurismo y la piratería empresariales, lo que ha llevado a una grave crisis económica que se difundió por doquiera. En particular, el gobierno del ex presidente Bush facilitó la caída inesperada de Wall Street y, con ésta, la primera crisis de desconfianza mundial en el mercado libre desde 1929. En resumen, Bush va a pasar a la historia como el presidente norteamericano que más ha hecho para arruinar a la economía más poderosa de la historia, así como para desprestigiar las teorías económicas y políticas que ensalzan el mercado libre, o sea, el capitalismo desbocado.

Presidenta: —Todo eso es bien sabido, maître Pierrot, pero no constituye mérito para galardonar al señor Bush con el premio Nobel de la Paz sino, a lo sumo, el de Economía.

Maître Pierrot: —Sin embargo, es obvio, señora presidenta. Al arruinar a su país, el ex presidente Bush lo ha llevado al punto en que no podrá iniciar nuevas guerras. Ha transformado a los Estados Unidos, de la única superpotencia que era al comenzar su primera presidencia, en la mayor impotencia mundial. Es verdad que los Estados Unidos siguen amenazando a todo el mundo desde sus mil bases militares, pero no pueden hacer otra cosa que espiar, intrigar, conspirar y rugir. Todo el mundo sabe que los rugidos del gran león gringo son hoy los de una fiera desdentada. Ha sido desdentada por el más grande cirujano dental de la historia, George W. Bush, el próximo Premio Nobel de la Paz. He dicho.

Presidenta: —Gracias, maître Pierrot. A juzgar por la expresión atónita de los presentes, que concuerda con mi propio asombro, tendremos que pasar a cuarto intermedio hasta la próxima semana. Declaro levantada la sesión, y hago votos por que lleguemos a comprender su paradoja, tan gálica, y tomemos una decisión que no nos ponga en ridículo. Al fin y al cabo, la nuestra es una comisión seria, a diferencia de la del Banco de Suecia, que otorga el Premio de Economía.

(Desorden descomunal en la sala, la que se va despejando lentamente.)

Fuente: www.lanacion.com.ar

Cómo poner fin a la recesión

Por: Robert Pollin

El derrumbe de Wall Street está diezmando ahora a Main Street, Ocean Parkway, Mountain View e I-80. Desde enero se han perdido 760.000 puestos de trabajo. Sólo en septiembre las peticiones mensuales de seguro de desempleo por despidos masivos ascendieron al 34%. General Electric, General Motors, Chrysler, Yahoo! y Xerox han anunciado más despidos, lo mismo que los humillados titanes financieros Goldman Sachs y Bank of America. Una cuarta parte del conjunto de todas las empresas de los Estados Unidos están planeando reducciones de plantilla para el próximo año. Las administraciones públicas se enfrentan a caídas de los ingresos fiscales de aproximadamente 100.000 millones de dólares durante el próximo año fiscal, el 15% de sus presupuestos totales. Como las administraciones han legislado prescribiendo presupuestos saneados, ahora están considerando mayores recortes presupuestarios y despidos. El hecho de que el producto interior bruto (PIB) se haya contraído entre junio y septiembre ─por vez primera desde los ataques terroristas de septiembre de 2001─ sólo confirma las realidades de base a que se enfrentan trabajadores, familias, empresas y el sector público.

La recesión, ciertamente, está aquí, de manera que la pregunta es ahora cómo paliar su duración y cómo mitigar su dureza. Un programa federal a gran escala de estímulo es la única acción que puede cumplir la tarea.

Hasta el momento, nuestros líderes de Washington han vacilado. El secretario del Tesoro, Henry Paulson, y el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, sigue improvisando con los planes de rescate, asignando en el proceso fabulosas sumas de dinero. El programa original de Paulson para el Tesoro de asignar 700.000 millones de dólares de dinero de los contribuyentes para adquirir préstamos “tóxicos” ─los valores hipotecarios aceptados por los bancos privados que están en impago o demora─ fue al menos parcialmente archivado en favor de la adquisición directa por parte de la Administración de mayores participaciones de los bancos. Pero ninguna de las estrategias de Paulson ha contribuido a estabilizar la situación, dados los salvajes bandazos experimentados por los mercados globales de valores y de divisas, y con unos inversores deshaciéndose temerariamente de préstamos comerciales en favor de los seguros bonos del Tesoro. La crisis ha golpeado incluso al otrora serio mundo de los fondos mutuos del mercado de divisas, en el que los pusilánimes podían depositar sus ahorros de forma segura a cambio de rendimientos bajos. Los poseedores de fondos mutuos del mercado de divisas han entrado en pánico vendedor desde mediados de septiembre, lo que ha provocado una desvalorización de sus cuentas rayana en el medio billón de dólares.

Para contener el desplome del mercado de fondos, Bernanke anunció el 21 de octubre, en pleno plan de rescate Paulson, que la Reserva Federal estaba preparada para adquirir 540.000 millones de dólares en certificados de depósitos y préstamos comerciales privados de los fondos del mercado de divisas. Esta acción se añadía a dos iniciativas previas por las que la Reserva Federal se comprometía a comprar todos los préstamos comerciales necesarios de bancos en quiebra. Hasta la llegada de la crisis, la Reserva Federal había llevado una política monetaria consistente casi exclusivamente en la compraventa de bonos del Tesoro, y muy raramente compraba deudas de empresas o bancos privados. Pero las normas de política monetaria anteriores a la crisis han sido arrojadas por la ventana.

Aun si alguna combinación de las acciones del Tesoro y de la Reserva Federal empezara a estabilizar los mercados financieros durante las próximas semanas, eso no revertiría por sí mismo la cada vez más profunda crisis en la economía no financiera. Una subida del desempleo de entre el 8% y el 9% ─más de 14 millones de personas sin trabajo─ se está convirtiendo en un escenario cada vez más probable a la vuelta del año.

El presidente Obama, como la mayoría de miembros del nuevo Congreso de mayoría demócrata recien elegido, parece admitir la urgencia de tal programa de estímulo a gran escala por encima y más allá del programa de rescate financiero. Incluso Bernanke, cuyo mandato dura hasta enero de 2010, ha ofrecido apoyo. Pero, a pesar de un consenso al alcance de la mano, quedan preguntas pendientes. Entre ellas: ¿cómo deberían gastarse los fondos de estímulo? ¿Qué duración deberían tener? ¿De dónde sacaremos el dinero para pagarlos?

Estímulo de inversión pública verde

Las recesiones crean sufrimiento humano general. Minimizarlo, debe tener la máxima prioridad en la lucha contra la recesión. Eso significa ampliar los beneficios de desempleo y los vales de comida para contrarrestar las pérdidas de ingreso de los trabajadores desempleados y de los pobres. Mediante la estabilización de los bolsillos de hogares en apuros, esas medidas ayudan también a la gente a pagar sus hipotecas y bombean dinero a los mercados de consumidores.

Más allá de esto, debería diseñarse un programa de estímulo que cumpliera tres criterios adicionales. El primero: debemos generar el mayor aumento posible de empleo para cada nivel de nuevo gasto público. El segundo: el gasto debe dirigirse a ámbitos que fortalezcan la economía a largo plazo, y no consistir en meras inyecciones dinerarias a corto plazo. Y por último: a pesar de la recesión, no podemos permitirnos el lujo de aplazar la lucha contra el calentamiento global.

Para perseguir todos esos objetivos necesitamos un estímulo de inversión pública verde. Con ese estímulo defenderíamos los proyectos de sanidad y educación públicas de los estados contra recortes presupuestarios; lograríamos una financiación a largo plazo, tan necesaria como inveteradamente bloqueada, para la rehabilitación de nuestras carreteras, de nuestros puentes, ferrocarriles y sistemas de gestión de aguas; y financiaríamos inversiones en eficiencia energética ─incluyendo la renovación de equipo obsoleto y el desarrollo del transporte público─, así como en nuevas tecnologías de energía eólica, solar, geotérmica y derivada de la biomasa.

Este tipo de estímulos generaría muchos más puestos de trabajo —18 por cada millón de dólares gastado— que el aumento planeado en la industria militar y petrolífera (id est:, nuevos contingentes militares en Iraq o Afganistán combinados con la divisa: “perfora, cariño, perfora”), que sólo generaría en torno a 7,5 puestos de trabajo por cada millón de dólares de gasto. Hay dos razones que explican la ventaja del programa verde. El primer factor es la mayor “intensidad de trabajo” de este tipo de gasto, esto es, se gasta más dinero en contratar a gente y menos en máquinas y suministros y, por tanto, hay menor consumo energético. Esto es más obvio si comparamos la contratación de profesores, enfermeras y conductores de autobuses con los resultados de perforar las costas de Florida, California y Alaska en busca de petróleo. El segundo factor es el “contenido nacional” del gasto, cuánto dinero permanece en los EEUU en contraste con la compra de importaciones o con el gasto en el extranjero. Cuando construimos un puente en Minneapolis, mejoramos el sistema de diques de Nueva Orleáns o modernizamos la vivienda pública y privada para aumentar su eficiencia energética, prácticamente cada dólar se gasta dentro de nuestra economía. Por el contrario, sólo 80 centavos de cada dólar que se gasta en la industria petrolífera permanece en los Estados Unidos. La cifra es aún más baja en el caso del presupuesto militar.

¿Qué pasa con el conjunto de rebajas fiscales a todos los niveles, como el programa aprobado por la administración Bush y el Congreso de mayoría demócrata en abril? Podría argumentarse a su favor a la luz de las tensiones financieras que afrontan las familias de clase media. Sin embargo, aun suponiendo que los hogares de clase media gastaran todo el dinero que se les reembolsa, el aumento neto en empleo sería de cerca de 14 puestos de trabajo por cada millón de dólares gastado; en torno a un 20% menos que el programa de inversión pública verde (la razón principal para este menor impacto es el menor contenido nacional del promedio de consumo en vivienda). Asimismo, no es probable que las familias gasten todo el dinero que se les ha rebajado. Con el programa de rebajas de abril, las familias destinarían una gran parte del dinero sólo al pago de deudas.

El problema del tamaño

Éste no es el momento de ser tímidos. El programa de estímulos del pasado mes de abril sumaba 150.000 millones de dólares, incluyendo el descuento de 100.000 millones en vivienda y el resto de deducciones fiscales. Esta iniciativa incentivó algún crecimiento en el empleo, a pesar de que, como hemos visto, el impacto habría sido mayor si se hubiera destinado el mismo dinero al estímulo de la inversión pública verde. Pero los beneficios de cualquier puesto de trabajo fueron anulados por las fuerzas contrarrestantes de la pinchada burbuja inmobiliaria, la crisis financiera y el aumento de los precios del petróleo. La recesión resultante está ahora ante nosotros. Ello habla en favor de un estímulo harto mayor que el decretado en abril. ¿Hasta qué punto mayor?

Una forma de enfocar la cuestión es considerar la última vez que la economía se enfrentó a una recesión de similar dureza, que fue en 1980-82, en el primer mandato de Reagan como presidente. En 1982, el PIB se contrajo un 1,9%, la caída anual más grave del PIB desde la Segunda Guerra Mundial. El desempleo subió al 9,7% ese año, que fue, nuevamente, la cifra más alta desde los años treinta. La administración Reagan respondió con un programa de estímulo masivo, a pesar de que sus presuntos devotos del mercado libre jamás lo reconocieran como tal. Prefirieron llamarlo programa de expansión militar y recortes fiscales para aumentar la “economía de la oferta”. Cualquiera que sea la etiqueta, esta combinación generó un aumento del déficit federal de cerca de dos puntos porcentuales en relación con el tamaño de la economía en esa época. En 1983, el PIB subió bruscamente un 4,5%. En 1984, tuvo un crecimiento acelerado hasta el 7,2%, lo que permitió a Reagan hablar de un nuevo “amanecer en América”. El desempleo retrocedió un 7,5%.

En la economía de hoy, un estímulo económico equivalente al programa de Reagan de 1983 sumaría en torno a 300.000 millones de dólares de gasto, cerca del doble del tamaño del programa de estímulo de abril, aunque en la línea de las altas cifras que se están proponiendo en el Congreso. Un estímulo de esas dimensiones podría crear cerca de seis millones de puestos de trabajo, contrarrestando las fuerzas destructoras de empleo de la recesión.

Huelga decir que el estímulo de la inversión pública verde sería mucho más efectivo como programa de empleo que la política militarista y de rebajas fiscales a los ingresos más altos de Reagan. Esto sugiere que una iniciativa con un coste algo inferior a los 300.000 millones de dólares podría servir para luchar contra la destrucción de empleo. Pero como el estímulo de inversión pública verde está diseñado también para producir beneficios a largo plazo para la economía, no hay el menor peligro de que gastemos demasiado. Puesto que todas esas inversiones son necesarias para luchar contra el calentamiento global y mejorar la productividad global, cuanto antes avancemos, mejor. Además, bajo las condiciones del mercado de trabajo actual, no habrán de faltarnos trabajadores calificados.

¿Cómo pagar todo esto?

Recapitulemos y sumemos las cifras que he ido soltando. Incluyen los 700.000 millones de la operación rescate de bancos urdida por el Tesoro, los 540.000 millones con que el presidente de la Reserva Federal, Bernanke, ha prometido rescatar los fondos mutuos del mercado, además de una cifra sin especificar de varios millares de millones de dólares para comprar las deudas comerciales no deseadas aceptadas por los bancos. Lo que yo propongo es añadir un gasto de 300.000 millones para un segundo estímulo fiscal, más allá del programa de 150.000 millones del pasado abril. Llegados a cierto punto, hay que preguntarse si estamos hablando de dólares reales o de dinero ficticio del tipo Monopoly.

Lo cierto es todo el programa permanece dentro del reino de la viable, aunque se acerque a sus fronteras más extremas. Pero se necesitan mayores ajustes en el actual modelo de gestión. En particular, la Reserva Federal debe seguir ejerciendo control sobre el Tesoro en todas las operaciones de rescate. Esto es, necesitamos más iniciativas como el programa de 540.000 millones de Bernanke para estabilizar los fondos mutuos del mercado de divisas y menos trapicheos del Tesoro con el dinero de los contribuyentes para comprar, ya los malos activos de los bancos privados, ya sus participaciones.

Debemos reconocer abiertamente lo que durante demasiado tiempo ha constituido un hecho silenciado en relación con esas operaciones de rescate, a saber: que la Reserva Federal tiene el poder de crear dólares a voluntad mientras el Tesoro financie sus operaciones, ya mediante ingresos impositivos, ya mediante fondos prestados (lo que significa utilizar el dinero del contribuyente para devolverle la deuda algún tiempo después con interés). No es que la Reserva Federal corra a la imprenta cuando decide inyectar más dinero en la economía, pero su actividad normal de expedir cheques a bancos privados para que éstos compren bonos del Tesoro viene a ser lo mismo. Cuando los bancos reciben cheques de la Reserva Federal, tienen más líquido del que tenían cuando vendían a la Reserva Federal sus bonos del Tesoro. Especialmente durante las crisis, no hay razón para que la Reserva Federal se autorrestrinja en el buen uso (aunque sí, huelga decirlo, en el exceso) de ese poder de creación de dólares.

También se supone que la Reserva Federal es el principal regulador del sistema financiero. Ahora es el momento de recuperarse de los fallos confesados por Alan Greenspan durante más de 20 años en este puesto. A cambio de la protección de la Reserva Federal a las instituciones financieras ante el desplome, Bernanke debe insistir en que los bancos empiecen a prestar dinero para apoyar inversiones productivas y prohibirles cualquier regreso a la especulación derrochadora. También son necesarias medidas para que las gentes puedan conservar sus hogares.

El déficit amenaza

Cuando la economía empezó a ralentizarse este año, el déficit fiscal aumentó más del doble, de 162.000 millones de dólares a 389.000. No podemos saber a ciencia cierta cuánto aumentará el déficit. Podría ascender a 800.000 millones, un billón, o incluso algo más, dependiendo de cómo se gestionen las operaciones de rescate. Sobra decir que sería de todo punto contraproducente aplicar una política fiscal temeraria, insensible a la presión de las necesidades de la lucha contra la crisis financiera y la recesión. Pero en las condiciones actuales, incluso un déficit de un billón de dólares no tendría por qué ser temerario.

Volvamos a la experiencia reaganiana para tomar perspectiva. En 1983, el déficit de Reagan tocó techo, representando un 6% del PIB. Con un PIB actual cercano a los 14,4 billones de dólares, un déficit de un billón representaría en torno al 7% del PIB, un porcentaje un punto mayor que la cifra de 1983. Ni que decir tiene que el sistema financiero global ha sufrido cambios trascendentales desde los años ochenta, de manera que las comparaciones directas con los déficits de Reagan no son totalmente válidas. Uno de esos cambios es que la deuda pública ha ido a parar cada vez más a manos de estados extranjeros e inversores privados. Eso significa que los pagos de intereses de esa deuda fluyen crecientemente desde los cofres del Tesoro a propietarios extranjeros de bonos del Tesoro.

Al tiempo, como un rasgo de la crisis, los bonos del Tesoro son, y lo seguirán siendo durante algún tiempo, el instrumento financiero más seguro y deseable del sistema financiero global. Los inversores estadounidenses y extranjeros piden ahora a gritos bonos del Tesoro, en vez de comprar acciones, obligaciones o derivados emitidos por compañías privadas. Eso empuja a la baja los tipos de interés de los bonos del Tesoro. Por ejemplo, el 15 de octubre de 2007, un bono del Tesoro a tres años rendía un interés del 4,25%, mientras que el pasado 15 de octubre el rendimiento había caído al 1,9%. Por el contrario, un bono empresarial BAA rendía un interés del 6,6% hace un año, pero este año ha subido al 9%. Mientras los mercados financieros sigan sumidos en la inestabilidad y el miedo, el Tesoro podrá tomar préstamos a tipos de interés irrisorios. De aquí que permitir que el déficit suba incluso por encima del 7% del PIB no represente una carga mayor para el Tesoro que la de los déficits de Reagan.

No hay, pues, razón alguna para aprestarse con timidez a la lucha contra una recesión en la que andan al acecho todo tipo de peligros y la pauperización de mucha gente. Lo cierto es que la pobreza grave y los peligros aumentarán en la medida en que las actitudes timoratas —el camino de menor resistencia— fijen los límites de lo aceptable. La entrante administración Obama puede dar pasos decisivos ahora para defender el sustento de la gente y reconstruir un sistema financiero viable, unas infraestructuras productivas y un mercado de trabajo fundados en una economía de energía limpia

Fuente: www.sinpermiso.info

sábado, 8 de noviembre de 2008

Bretton Woods y Washington: de ayer a hoy

Por: Gabriel Tortella

Se habla con frecuencia estos días de los paralelos entre la conferencia de Bretton Woods (julio, 1944) y la inminente reunión de Washington el próximo día 15. En efecto, algo tienen en común ambas conferencias en suelo norteamericano; pero las diferencias son quizá mayores. El mayor paralelismo radica en que las dos tratan de recomponer o reconstruir un sistema crediticio hecho añicos por una serie de catástrofes económicas: las de la Gran Depresión de los años 30 y la Guerra Mundial en el caso de Bretton Woods; y la derivada de la crisis de las hipotecas y las burbujas inmobiliarias, que estalló en Estados Unidos en junio de 2007, en el caso de la reunión de Washington.

La primera gran diferencia entre ambas radica en las circunstancias: la conferencia de Bretton Woods tuvo lugar en plena Guerra Mundial. Parecía ya clara la victoria de los Aliados, pero aún quedaba un año largo de lucha cruenta en Europa y en el Pacífico; hacía apenas un mes que las tropas aliadas habían desembarcado en Normandía e iniciado una lenta y trabajosa reconquista de Francia. Por graves que sean hoy los enfrentamientos internacionales y las guerras locales, la escala de tensión y violencia mundial es mucho menor.

Otra considerable diferencia estriba en que la conferencia de Bretton Woods tuvo lugar unos 15 años después del inicio de la crisis económica en 1929. Transcurrieron una larga década de depresión y cinco años de guerra antes del histórico acuerdo que sentó las bases del sistema monetario internacional de la segunda mitad del siglo XX. La conferencia de Washington, por el contrario, está convocada a poco más de un año de estallar la crisis, cuando el calado y la extensión de ésta se han hecho indudables y temibles. La celeridad con la que se ha organizado la conferencia de Washington es un acierto, pero hay que recordar que también durante la Depresión se convocaron varias conferencias, como la de Londres en 1933, que al cabo concluyeron en fracaso.

También es bastante diferente el tipo de problema a resolver. En Bretton Woods se trató de encontrar solución a los problemas monetarios de un lado, y de reconstrucción física tras la guerra de otro. El problema más acuciante para los reunidos en Washington es el de la reconstrucción del sistema de crédito internacional. El sistema monetario internacional actual, aunque muy diferente del que surgió de Bretton Woods, no plantea graves problemas inmediatos que requieran una reunión internacional de la envergadura de la que se prepara en Washington. Tampoco son comparables los integrantes de ambas reuniones. En Bretton Woods se reunieron los países fundadores de la Organización de Naciones Unidas. En Washington se van a reunir las naciones más desarrolladas (el G-8) con una representación de las naciones emergentes (el G-12). En principio, las Naciones Unidas no tienen ningún papel en Washington, aunque sí lo tenga el Fondo Monetario Internacional que es, al menos de iure, una agencia de la ONU. Examinemos con un poco más de detalle cuáles eran los problemas que se planteaban en 1944 y qué solución se les dio, para luego referirnos a las cuestiones de la crisis actual.

En 1944, ante el previsible final de la Guerra Mundial con la victoria aliada, se trataba de poner las bases económicas de lo que se anunciaba como una difícil postguerra. Economistas y políticos coincidían en que los orígenes de la guerra radicaban en la Gran Depresión, que favoreció el ascenso de Hitler al poder en Alemania y que dio alas a los movimientos totalitarios en todo el mundo, desde Japón hasta Argentina pasando por España. Una de las causas de la depresión fue el derrumbamiento del sistema monetario internacional al quebrar el patrón oro, que había facilitado los pagos internacionales desde mediados del siglo XIX. El problema del patrón oro era que imponía una rígida política monetaria que impedía llevar a cabo una expansión anticíclica en épocas de depresión. Ante la magnitud de la que tuvo lugar en los años 30, el patrón oro fue abandonado gradualmente, pero eso causó una crisis de confianza de escala mundial que hizo que el comercio internacional cayera en picado y con ello la producción se contrajera y el paro aumentara de modo aterrador. El aumento del paro trajo consigo el caos político que favoreció el totalitarismo. Lo primero que se trataba de resolver en Bretton Woods, por tanto, fue el problema de los pagos internacionales, algo que sustituyera al patrón oro y permitiera la expansión comercial que la reconstrucción tras la guerra requería. Por eso allí una de las estrellas fue Keynes, el economista que mejor había entendido los problemas monetarios del periodo de entreguerras.

De la conferencia surgieron dos agencias económicas de la entonces incipiente ONU, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM). El primero estaba destinado a resolver los problemas monetarios internacionales, el segundo a contribuir a financiar la reconstrucción física tras la guerra. El FMI trataba de mantener una de las características del patrón oro, los tipos de cambio fijos, cuya ventaja era eliminar el "riesgo país", la desconfianza que genera la inestabilidad de los tipos de cambio, que es uno de los mayores obstáculos al comercio internacional. Para mantener la estabilidad de los tipos de cambio el FMI prestaría dinero a los países con problemas de balanza de pagos y, en casos extremos, les permitiría devaluar con la condición de llevar a cabo reformas estructurales que mejoraran su competitividad. Un caso paradigmático fue el Plan de Estabilización español de 1959, que favoreció una profunda reforma de la economía española y permitió las altas tasas de crecimiento de la era del "desarrollismo" en los 60. En general puede decirse que el sistema de Bretton Woods fue un éxito y que si quebró en 1971 fue por la inflación y déficit estadounidenses debidos a la Guerra de Vietnam. Se volvió a los cambios flotantes, pero la cooperación era mayor, y los bloques monetarios (dólar, euro, libra, yen y yuan) reducen la incertidumbre.

La crisis actual, a la que la inminente conferencia de Washington pretende poner remedio, no es el fracaso del sistema capitalista, como muchos afirman. En primer lugar, porque las economías crecen cíclicamente, es decir, con crisis periódicas, desde tiempos bíblicos; en segundo lugar, porque los culpables de la presente crisis están más en el sector público que en el privado. El que algunos banqueros y financieros cometan excesos en su deseo de abultar sus cuentas de resultados es casi inevitable. La responsabilidad última, sin embargo, recae sobre el estamento político, que no ha ejercido adecuadamente su misión supervisora y sancionadora, y sobre los bancos centrales que no han restringido a tiempo la burbuja crediticia.

Por otra parte, la crisis no es exclusivamente estadounidense, porque muchos otros países, como España, tenían sus propias burbujas, que estallaron como ecos de la de allí. Por tanto, lo que cuerdamente se propone a petición del presidente Sarkozy en la reunión de Washington es reformar el sistema financiero internacional, probablemente dando mayores poderes y medios al FMI para regular e inspeccionar el sistema crediticio mundial, actuando como prestamista de última instancia. Se trata, a su vez, de impedir que la crisis se extienda demasiado, tratando de que los principales países adopten medidas coyunturales concertadas. En Bretton Woods lo que se sometió a los reunidos fue un documento anglo-estadounidense largamente preparado, y redactado en una reunión previa en Atlantic City. No hay indicios de que una tal preparación se haya llevado a cabo ahora. Por otra parte, la iniciativa de la reunión de Washington es europea, y siendo los presidentes Bush saliente y desprestigiado y Obama recién electo, es poco probable que ninguno de ellos tenga autoridad bastante ahora para tomar grandes iniciativas. Sin la plena cooperación de EE UU poco se puede hacer. Todo ello hace temer que, a pesar de las declaraciones rimbombantes que sin duda se producirán al terminar el encuentro, lo de Washington sea un nuevo parto de los montes. Ya se habla se una nueva reunión tras la toma de posesión de Obama, signo indudable de lo poco que se espera de esta cita.

Fuente: El País (España).

Auge, quiebra y recuperación en la economía mundial

Por: Jeffrey D. Sachs

Esta crisis económica mundial pasará a la Historia como “la locura de Greenspan”. Se trata de una crisis provocada principalmente por la Junta de Gobernadores de la Reserva Federal durante el período de dinero fácil y desregulación financiera comprendido entre mediados del decenio de 1990 y el presente.

Esa política de dinero fácil, respaldada por reguladores que no cumplieron con su deber, creó burbujas sin precedentes del crédito para la vivienda y para el consumo en los Estados Unidos y en otros países, en particular los que compartían su orientación política. Ahora la burbuja ha estallado y esas economías van camino de una pronunciada recesión.

El factor fundamental de la crisis fue un rápido aumento de los precios de la vivienda y de los valores bursátiles, que superaron en gran medida de los puntos de referencia históricos. Greenspan avivó dos burbujas: la de la red Internet en el período 1998-2001 y la posterior de la vivienda, que ahora está estallando. En ambos casos, los aumentos de los valores de los activos indujeron a las familias estadounidenses a pensar que habían pasado a ser inmensamente más ricas, lo que las tentó a aumentar en gran escala sus solicitudes de créditos y su gasto… en casas, automóviles y otros bienes de consumo duraderos.

Los mercados financieros estaban deseosos de prestar a dichas familias, en parte porque los mercados crediticios estaban desregulados, lo que constituyó una invitación a la concesión imprudente de créditos. Gracias al auge en los precios de los mercados de la vivienda y de los valores bursátiles, la riqueza neta de las familias estaodunidenses aumentó en unos 18 billones de dólares durante el período 1996-2006. El aumento del consumo basado en dicha riqueza aumentó aún más, a su vez, los precios de las viviendas, lo que convenció a las familias y a los prestadores para incrementar, a su vez, la burbuja.

Todo ello ha acabado desplomándose. Los precios de la vivienda llegaron a su punto máximo en 2006 y los precios de las acciones al suyo en 2007. Con el desplome de esas burbujas, una riqueza en papel de tal vez 10 billones de dólares o incluso nada menos que 15 billones se esfumará.

Ahora varios fenómenos complejos están sucediendo simultáneamente. En primer lugar, las familias están reduciendo bruscamente el consumo, pues se sienten –y son– enormemente más pobres de lo que eran hace un año. En segundo lugar, varias entidades muy apalancadas, como, por ejemplo, Bear Stearns y Lehman Brothers, han quebrado, lo que ha causado más pérdidas de riqueza (de los accionistas y acreedores de dichas entidades) y más pérdida del crédito que en otro tiempo facilitaban.

En tercer lugar, los bancos comerciales han perdido también en gran medida con esas operaciones, con lo que se ha esfumado gran parte de su capital. Al reducirse su capital, lo mismo ocurre con sus futuros préstamos. En cuarto y último lugar, la quiebra de Lehman Brothers y la que casi ha sufrido la gigantesca aseguradora AIG indujeron un pánico financiero, a causa del cual incluso las empresas sanas no pueden conseguir préstamos bancarios a corto plazo ni vender papel comercial a corto plazo.

El imperativo para los encargados de la formulación de políticas es el de restablecer suficiente confianza para que las empresas puedan obtener de nuevo crédito a corto plazo con el que pagar las nóminas y financiar sus inventarios. El próximo imperativo será el de contribuir a un restablecimiento del capital de los bancos, a fin de que los bancos comerciales puedan volver a prestar para inversiones a más largo plazo.

Pero esas medidas, aun siendo urgentes, no impedirán una recesión en los EE.UU., y otros países afectados por la crisis. No es probable que los mercados de la vivienda y bursátil se recuperen pronto. A consecuencia de ello, las familias son más pobres y reducirán drásticamente su gasto, con lo que la recesión resultará inevitable a corto plazo.

Los Estados Unidos serán el país más duramente afectado, pero otros países con recientes auges (y ahora quiebras) de la vivienda y del consumo –en particular, el Reino Unido, Irlanda, Australia, el Canadá y España- se verán afectados también. Islandia, que privatizó y desreguló sus bancos hace unos años, afronta ahora una bancarrota nacional, porque sus bancos no van a poder hacer sus pagos a los acreedores extranjeros que les prestaron en gran escala. No es casualidad que, con la excepción de España, todos esos países se adhirieran explícitamente a la concepción estadounidense del “libre mercado” y redujesen la regulación de sus sistemas financieros.

Pero, pese al sufrimiento que se sentirá en las economías desregulados de estilo anglosajón, nada de eso ha de causar inevitablemente una calamidad mundial. No veo razón alguna para que haya una depresión mundial y ni siquiera una recesión mundial. Sí, los EE.UU. experimentarán una reducción de su renta y un brusco aumento del desempleo, lo que reducirá las exportaciones del resto del mundo a ese país, pero muchas otras partes del mundo siguen creciendo. Muchas economías grandes, incluidas las de China, Alemania, Japón y Arabia Saudí, tienen enormes superávits por exportación y han estado prestando al resto del mundo (en particular a los EE.UU.) en lugar de tomar prestado.

Esos países rebosan de liquidez y no cargan con el desplome de una burbuja de la vivienda. Aunque sus familias han sufrido en cierta medida las consecuencias de la bajada de los precios de las acciones, no sólo siguen creciendo, sino que, además, pueden aumentar también su demanda interna para compensar la reducción de las exportaciones a los EE.UU. Ahora deben reducir sus impuestos, relajar las condiciones para la concesión de crédito interno y aumentar las inversiones estatales en carreteras, energía eléctrica y vivienda pública. Tienen suficientes reservas de divisas para evitar el riesgo de la inestabilidad financiera aumentando su gasto interno, siempre que lo hagan con prudencia.

En cuanto a los Estados Unidos, el innegable sufrimiento actual para millones de personas, que se incrementará el año que viene con el aumento del desempleo, es una oportunidad para revisar el modelo económico adoptado desde que el Presidente Ronald Reagan ocupó su cargo en 1981. La reducción de impuestos y la desregulación produjeron un atracón que sentó bien mientras duró, pero también produjo una inmensa desigualdad de ingresos, una gran clase marginal, enormes empréstitos en el exterior, abandono del medio ambiente y de las infraestructuras y ahora un enorme lío financiero. Ha llegado el momento de formular una nueva estrategia… en una palabra, un nuevo New Deal .

Fuente: www.project-syndicate.org

La globalización y el deporte de multitudes

Por: Dani Rodrik

¿Cómo cambia la globalización la forma en que la riqueza y las oportunidades se distribuyen en el mundo? ¿Es principalmente una fuerza benéfica que permite a las naciones pobres levantarse de la pobreza al participar en los mercados globales? ¿O crea grandes oportunidades sólo para una pequeña minoría?

Para responder a estas preguntas, basta con mirar el fútbol. Desde que los clubes europeos aflojaran las restricciones acerca de la cantidad de jugadores extranjeros, el juego se ha vuelto verdaderamente global. En particular, los jugadores africanos se han hecho cada vez más comunes, complementando el espectáculo usual de brasileños y argentinos. De hecho, la presencia extranjera en el fútbol supera todo lo que vemos en otras áreas del comercio internacional.

Arsenal, que actualmente está a la cabeza de la Liga inglesa de Primera División, puso en el campo de juego a 11 starters entre los que no se cuenta ningún jugador británico. De hecho, todos los jugadores ingleses de los cuatro clubes ingleses que quedaron entre los 8 finalistas de la Liga de Campeones de la UEFA apenas bastarían para llenar un solo equipo.

Hay pocas dudas de que los jugadores extranjeros mejoran la calidad del juego en los campeonatos de los clubes europeos. El panorama del fútbol de Europa no sería ni la mitad de estimulante sin goleadores como Didier Drogba de Costa de Marfil (Chelsea) o Samuel Eto’o de Camerún (Barcelona). Es fácil ver los beneficios del talento africano, además. Los jugadores africanos pueden ganar mucho más dinero ofreciendo sus habilidades en Europa, no sólo en los grandes clubes de la Primera División inglesa o la Primera Liga española, sino en los incontables clubes " nouveau-riche ” de Rusia, Ucrania o Turquía.

No hay duda de que la movilidad internacional de los jugadores de fútbol ha aumentado la brecha de ingresos entre estrellas como Drogba y Eto’o y sus compatriotas que se quedaron en África. Esto es parte inherente de la globalización: la existencia de mejores oportunidades económicas generan mayores disparidades entre quienes tienen la habilidad o la suerte de aprovecharlas y quienes no. Este tipo de desigualdad no es necesariamente algo malo. Hace que alguna gente gane más sin que la situación de los demás empeore.

Sin embargo, a los fanáticos del fútbol les importa tanto el país como el club, y aquí las consecuencias de la movilidad global del talento no son tan claras. Muchos temen que la disponibilidad de jugadores extranjeros afecte la calidad de los equipos nacionales . ¿Para qué invertir en desarrollar el talento local si lo podemos contratar afuera?

Una vez más, Inglaterra sirve de ilustración. Muchos culpan el fracaso del país para clasificar para el campeonato europeo este verano por la preponderancia de jugadores extranjeros en los equipos de los clubes ingleses. Puede que haya en camino una reacción más amplia. Sepp Blatter, el presidente de la FIFA, la entidad que rige el fútbol mundial, ha estado impulsando un plan para limitar a cinco la cantidad de jugadores extranjeros que los equipos puedan usar en el campo de juego.

El efecto de la globalización del fútbol sobre los países africanos parece ser justo lo opuesto. Por una parte, ha aumentado la calidad de varias selecciones nacionales africanas en relación con las selecciones nacionales europeas, con países como Camerún y Costa de Marfil ostentando hoy algunos de los principales jugadores de los clubes europeos. Por otra parte, la globalización probablemente ha reducido la calidad de las ligas locales africanas en comparación con sus contrapartes europeas.

Si usted es un habitante de Yaoundé, puede que el empeoramiento de la calidad del juego local no sea gran cosa si no puede pagar una conexión de cable que le permita ver la Liga de Primera División inglesa. Pero, aparte de eso, tendrá razones para sentir que la globalización le ha reservado su peor cara.

La Copa de las Naciones de África 2008, que se realizó en Ghana durante enero y febrero, reveló la interdependencia recíproca creada por la globalización del fútbol. Muchos clubes europeos se quedaron sin sus jugadores estrellas, ya que debieron ir a cumplir sus obligaciones en sus respectivas selecciones nacionales. Por su parte, los jugadores africanos mascullaban que su ausencia de Europa reducía sus oportunidades comerciales durante un periodo crucial de los partidos de la liga.

Sin embargo, la lección más importante que ha revelado la Copa Africana es que las naciones exitosas son aquellas que combinan las oportunidades de la globalización con sólidas bases locales. Por ejemplo, el ganador de la copa no fue Camerún ni Costa de Marfil, ni ninguno de los otros equipos africanos llenos de jugadores estrella de las ligas europeas, sino Egipto, que puso en el campo de juego a sólo cuatro jugadores (de 23) que juegan en Europa.

En contraste, Camerún -derrotado por Egipto en la final- tenía apenas un jugador de un club local, y 20 de clubes europeos. Pocos jugadores egipcios les habrían resultado familiares a los europeos que veían el partido, pero Egipto jugó mucho mejor y mereció ganar. Tampoco fue casualidad: la de Egipto es la selección nacional más exitosa de los torneos por la Copa Africana, ganándola cinco veces con anterioridad.

La lección no es que participar en un fútbol globalizado sea una mala opción. Si esa fuera la clave del éxito de Egipto, Sudán, que no tiene jugadores en Europa, habría tenido buenos resultados. En lugar de ello, junto con Benin fue el equipo menos exitosos del torneo, perdiendo los tres partidos que jugó.

La verdadera lección es que para aprovechar realmente la globalización son necesarias capacidades locales además de vínculos internacionales. Lo que marca la diferencia en el caso de Egipto es que posee una sólida liga local, que fomenta el talento y la coherencia como selección nacional.

Lo mismo ocurre con los campeones de la globalización en otros ámbitos. Lo que distingue a las Chinas e Indias de este mundo no es que se hayan ofrecido de manera incondicional a las fuerzas de la globalización, sino que las han utilizado para mejorar sus capacidades internas. Los beneficios de la globalización son para quienes hacen sus tareas en casa.

Fuente: www.project-syndicate.org

viernes, 7 de noviembre de 2008

Afrontar el miedo

Por: Dominique Strauss-Kahn, Director Gerente del Fondo Monetario Internacional.

A pesar de que la contracción de los créditos interbancarios ha comenzado a mitigarse tras el rescate de los sistemas financieros en los países avanzados, las tendencias negativas de los indicadores económicos han provocado la caída de los mercados de valores. Las presiones sobre los mercados emergentes, que muchos pensaban que estaban "desconectados" del resto del mundo, han aumentado a medida que se cobran los créditos extranjeros y se venden los activos.

Dado el temor que se ha apoderado de los consumidores, las empresas y los países en todo el mundo, se empieza a hablar ya no de una recesión en los países avanzados sino de una importante depresión global. Existe un pesimismo de que no se puede hacer nada para evitarlo.

¿Qué sucede? ¿Acaso las medidas que se adoptaron hace dos semanas para apuntalar el sistema financiero fueron incorrectas? Definitivamente no. El suministro de liquidez, la recapitalización de los bancos, y los seguros de depósitos más uniformes en todos los países avanzados fueron todas ellas medidas adecuadas y necesarias. Pero son apenas el primer paso de lo que se debe hacer.

En los países avanzados, la caída del valor de los activos y, de manera más general, el temor de lo que vendrá ha destrozado la confianza de los consumidores y las empresas. El consumo está disminuyendo y las empresas están reduciendo las inversiones. La crisis financiera ha producido una aguda reducción de la demanda, lo que los economistas llaman una "recesión keynesiana".

Para ayudar a recuperar la confianza, no hay más alternativa que utilizar herramientas macroeconómicas a fin de impulsar la demanda y sostener la producción. La política monetaria se puede utilizar en países donde las tasas de interés siguen siendo elevadas, pero es probable que su efectividad sea limitada en una situación de contracción del crédito. Por lo tanto, la política fiscal debe desempeñar un papel central. La expansión fiscal siempre es riesgosa, puesto que aumenta la deuda y eleva los peligros a futuro. Pero, dada la situación en que nos encontramos, los beneficios exceden los costos en países con deudas sostenibles.

Los mercados emergentes se enfrentan a un problema adicional. No sólo deben contemplar la perspectiva de la caída de las exportaciones y la confianza; también son las últimas víctimas de una crisis financiera que inició en los Estados Unidos, llegó a Europa y ahora ha atravesado sus fronteras.

Los bancos extranjeros están reduciendo los créditos. Los inversionistas extranjeros están repatriando sus capitales a una escala que no tiene precedentes. Irónicamente, las medidas que se están adoptando para resolver la crisis en los países avanzados hacen que resulte más atractivo llevar el dinero a casa, lo que complica la vida de los mercados emergentes.

A fin de apuntalar sus sistemas financieros y la demanda global, los mercados emergentes deben estar dispuestos a adoptar medidas similares a las que han aplicado los países avanzados. Pero la reciente prosperidad de muchos de esos mercados proviene del acceso al capital mundial. Una interrupción súbita de esos flujos es un duro golpe y plantea desafíos especiales que esos países no pueden resolver por sí solos.

Por eso, los países avanzados deben estar preparados para otorgar el financiamiento necesario y a un nivel sin precedentes. La alternativa es la perspectiva de impagos de deuda generalizados, controles bancarios y proteccionismo –algo que retrasaría a estos países y a la economía mundial en conjunto durante años.

El FMI tiene los recursos para comprometer hasta 250 mil millones de dólares. Hemos puesto en marcha los procedimientos y mecanismos internos que nos permitirán facilitar recursos rápidamente con condiciones limitadas a la política de respuesta a la crisis de que se trate. Además, el Fondo está elaborando una nueva línea de liquidez para proporcionar recursos de manera inmediata a los mercados emergentes con buen desempeño que tengan políticas y fundamentos sólidos.

Esto deberá dar confianza a los inversionistas. Pero dada la escala de los flujos de capital, también insto a los gobiernos y bancos centrales de los países avanzados a que den financiamiento paralelo al de los programas de respuesta a la crisis del FMI. También estoy convencido de la necesidad de encontrar formas de utilizar los recursos de los países que tienen grandes reservas. El Fondo hará su parte, pero se necesitan todas estas acciones para reforzar la credibilidad de la respuesta global coordinada a la crisis.

También debemos ver hacia el futuro –sobre todo en lo que se refiere a los países de bajos ingresos de África. Debido a su limitada participación en los mercados financieros internacionales, hasta ahora esos países han estado protegidos en cierta medida de la tormenta. Pero es una calma frágil que probablemente no durará.

Muchos países de bajos ingresos se verán afectados por la caída de los precios de los productos básicos. Para otros, incluyendo a los que se estaban convirtiendo en la nueva frontera de los mercados emergentes, el acceso al capital extranjero podría interrumpirse. Esos países también necesitarán ayuda de la comunidad internacional. Para evitar nuevas tragedias humanas, serán esenciales los préstamos del FMI y de los bancos de desarrollo globales, así como mantener en sus niveles actuales la ayuda de los donantes.

La dinámica del miedo es potencialmente catastrófica, pero se puede romper. Independientemente de los problemas del sistema financiero, las enormes mejoras en tecnología, productividad y progreso social --los verdaderos fundamentos-- a lo largo de los años, son un testamento genuino del poder de la globalización como una fuerza para el bien. Puede ser demasiado tarde para evitar una recesión en los países avanzados y una desaceleración en las economías emergentes y los países de bajos ingresos, pero no es demasiado tarde para impedir una depresión global.

Fuente: www.project-syndicate.org

jueves, 6 de noviembre de 2008

Argentina: jubilarse defendiendo una mentira

Por: Carlos Abel Suárez

Argentina era una fiesta cuando nacía el nuevo Sistema Integrado de Jubilaciones y Pensiones, cuya muerte fue anunciada el pasado 21 de octubre. Las AFJP eran entonces el último invento del mago de las finanzas, Domingo Felipe Cavallo. Así como el régimen de convertibilidad resplandecía casi sin competencia en el mundo, las AFJP sólo tenían el antecedente de sus primas hermanas de Chile.

Cavallo ya había mostrado hasta qué punto la cuestión financiera era lo suyo cuando, durante la dictadura militar, en los pocos días que pasó en la presidencia del Banco Central, resolvió en un santiamén el problema de la deuda en dólares que comprometía al sector privado, tras la devaluación posterior al experimento de José Alfredo Martínez de Hoz. Cavallo se la pasó al sector público. Una carga que todavía pesa.

Pero en 1994, eso, que había ocurrido en 1981, era historia. Estábamos en los tiempos de Carlos Menem. Y lo que valía era la proeza de clavar 1 peso 1 dólar. Con el llamado régimen de convertibilidad y privatizando hasta el agua, la inflación se detuvo y comenzó una burbuja que nos llevó al primer mundo. Desde allí fuimos sin escala a la depresión de 1998, que parecía en un comienzo sólo una recesión. Para conjurar el mal, como no hay dos sin tres, Fernando de la Rúa llamó al mago Cavallo, y terminamos, como ya se sabe, en la catástrofe de 2001.

Sin embargo, cuando nació el nuevo sistema de capitalización había un amplio consenso, de peronistas, de radicales y hasta de algunos frepasistas (el partido liderado por Carlos “Chacho” Álvarez), de que las reformas económicas neoliberales y conservadoras eran el camino para crecer con estabilidad.

Rápidamente se constituyeron las AFJP, siempre con un gran banco detrás, junto a una compañía de seguros, sindicatos, personajes importantes y, cuando era posible, con ricos del jet set entre sus elencos directivos. La torta publicitaria, destinada a explicar las ventajas del nuevo sistema, fue extraordinaria. En los lanzamientos de estos nuevos “productos” se descorchaban ruidosamente las botellas de champán y se consumían kilos de canapé de salmón y caviar, en medio de un coro de loas a la jubilación privada y al cambio que iban a provocar en el mercado de capitales. Allí los expertos en capitalización comparaban la miseria de una futura prestación estatal con los cálculos “actuariales” que demostraban lo que se iba a percibir al retirarse si se optaba por “esta AFJP”. Prometían una vejez feliz, por descontado, y encima, se permitían guiños a la “libertad”. “Son tus ahorros, es tu plata” ¿Cómo quiénes? Como los chilenos, lo único parecido sobre la tierra. Pero aquí la cosa era mejor.

En Chile, José Piñera –un economista tan respetable intelectualmente, que escribió el 15 de septiembre de 1973, en The Economist, que era absurdo pensar que los norteamericanos estuviesen implicados en el golpe contra Allende— fue el autor de las reformas previsional, laboral y de la ley minera. Las tres estaban paradójicamente inspiradas en la idea de “libertad”. “Libertad” para los trabajadores que habían sido masacrados en 1973, y que sufrían entonces la desocupación y la miseria más espeluznantes de toda la historia de Chile. Y “libertad” para que las compañías mineras pudieran depredar y lucrarse a su antojo.

Cuando la “Cámara” de asesoramiento legislativo, integrada por los mandos militares que parodiaban a un Congreso, aprobó el proyecto de reforma previsional, Piñera preguntó cuándo comenzaría a operar el sistema. El 4 de mayo de 1981, le dijeron. “Propongo adelantar la fecha de partida al 1º de Mayo, el Día del Trabajo. Es un día que tiene un gran significado para los trabajadores”, dijo Piñera.

Sin embargo, mientras en Chile se pasó a todo el mundo de un plumazo al nuevo sistema, aquí, en la Argentina, había que optar. Pero miles y hasta millones enfrentaron opciones condicionadas, no justamente el paraíso de la libertad. Los dirigentes sindicales, que eran socios de alguna AFJP, jugaron su influencia y sus métodos para inscribir a sus afiliados, a veces sin posibilidad de chistar, a una aseguradora. Por no hablar del personal de aquellas grandes empresas que, asociadas a una AFJP, veían allí la posibilidad de ganancias difíciles de obtener en la producción de bienes; en promedio, las aseguradoras se quedaron durante 14 años con el 33 por ciento de los ingresos de sus adherentes. Y nada digamos de la “imparcial” información ofrecida por los medios de comunicación, que también integraban alguna AFJP. Asimismo, los que ingresaban al mercado laboral, sí no decidían expresamente pertenecer al régimen de reparto, quedaban –por default, y para siempre— en la capitalización. De esta manera, en septiembre de 1996 las AFJP contaban con un padrón de 5.547.597 afiliados sobre un total de poco más de 8 millones de aportantes a la previsión social.

De más está decir que las voces de quienes advertían sobre las consecuencias de todas esas medidas tuvieron entonces poco eco. Existieron, sin embargo, políticos, dirigentes sindicales y sociales en todo el país que resistieron tenazmente, valientemente, aunque sin poder torcer el curso hacia el abismo. Como bien recuerda Naomi Klein en su libro La doctrina del shock esas políticas respondían a una matriz común y a intereses entonces –y ahora— muy poderosos. Recuerda allí que la autoría del programa argentino, que incluía, entre otras cosas, las privatizaciones de los servicios públicos o la ley laboral y previsional –la “terapia de shock”–, correspondió a los bancos J.P. Morgan y Citibank, antes de que a Menem y a Cavallo se les pasara siquiera por la cabeza. Ciertamente, ello no exime del reconocimiento del empeño y la pasión que pusieron estos personajes en la instrumentación de las medidas.

Entre las voces de alarma que se levantaron entonces, vale recordar la de un diputado, y no precisamente de la izquierda, Rafael Martínez Raimonda. Al fundamentar su voto negativo a la reforma previsional, el santafesino advirtió que para que esa ley no fuera una trampa para las futuras generaciones se debían dar tres condiciones: que en los próximo 30 años la Argentina creciera a una tasa de por lo menos el 5 por ciento anual; que el tipo de cambio, o sea, el régimen de convertibilidad, se mantuviera durante ese mismo tiempo; y que en las próximas tres décadas no se cambiara al ministro de Economía (Domingo Cavallo). Como, obviamente nadie podía garantizar esas condiciones, la reforma era inviable, afirmó.

No tuvo que pasar mucho tiempo para que llegaran los primeros temporales. En 1995 estalló el Tequila; en 1996 renunció Cavallo acusando a Menem y a su régimen de componer una banda de corruptos. En abril de ese mismo año, los desocupados y subocupados alcanzaban el 30 por ciento. Y apenas el 60 por ciento del conjunto de los afiliados lograba aportar regularmente a la AFJP que había elegido.

De allí en más, el sistema estaba herido de muerte. Sin embargo, desde los centros financieros internacionales se siguió alentando al alumno más aplicado, y el modelito argentino perseveró hasta llegar al borde mismo del abismo. No faltó entonces quien dijo: hay que dar el paso decisivo hacia adelante, las reformas de segunda generación. Al observar los comportamientos en la actual crisis internacional se comprenden mejor aquellos experimentos a escala reducida.

La decisión del gobierno argentino de poner fin al sistema de capitalización abrió un debate sobre el futuro previsional. Si la muerte del anterior régimen fue anunciada en el momento oportuno, si se trata de tapar un hueco fiscal, todo es secundario frente al reconocimiento de la imposibilidad de sostener una ficción y de la necesidad de pensar en otro sistema previsional, basado en la ciudadanía y la solidaridad. El gobierno deja abiertos algunos flancos por la ausencia de una estrategia de conjunto explicitada en tiempo y forma. Una medida, por justa que sea, debe ser comunicada bien. Pero no se puede ignorar que el gran negocio financiero vinculado al sistema de capitalización encontró un coro polifacético y hasta patético de apologistas.

Fuente: www.sinpermiso.info

El daño causado por décadas de erosión de la confianza y de la democracia

Por: Benjamin Barber

Los remedios económicos de la crisis fiscal siguen frustrando a quienes los respaldan políticamente. En ese Lunes Negro en el que el Congreso se negó a aprobar el plan de rescate de 700.000 millones de dólares, el mercado se desplomó 477 puntos. Unos cuantos días después, cuando el Congreso dio marcha atrás y aprobó el rescate de los 700.000 millones, el mercado cayó casi 800 puntos. Desde entonces ha ido dando vueltas con furia, llevando a los mercados de Gran Bretaña, Europa continental y Asia hacia el abismo. ¿Qué es lo que sucede, una crisis del capital económico o de confianza fiscal?

Ninguna de las dos cosas exactamente. Como deja en evidencia la histeria global, está en juego la confianza, pero no la confianza puramente fiscal o económica. Desapalancar los bancos, asegurar los depósitos, penalizar a los directivos y socializar el riesgo no basta para lo que hace falta porque la confianza es en última instancia política, y más concretamente, democrática. La confianza es una forma crucial de capital social, un reconocimiento del terreno común en el que nos movemos como ciudadanos. Es el pegamento que mantiene unidos a productores y consumidores rivales y les permite hacer los negocios que de otro modo acabarían con ellos. Mientras que toda la clave del mercado estriba en la competencia, en el egoísmo y el narcisismo como instrumentos de cálculo del mercado.

Sin embargo, el obscuro secretillo es que el capitalismo de mercado sólo funciona cuando puede nutrirse de forma parasitaria del capital social democrático activo. Cuando fallan demasiadas hipotecas y demasiados bancos se ven presionados y se vende demasiado papel de mala calidad y demasiados hedge funds no se dan cuenta de lo que han comprado y el crédito se congela y los valores se tambalean, aparece el déficit de confianza. Y ninguna dosis de ajuste fiscal, empuje del gobierno, reforma bancaria, resuelto desapalancamiento o retórica presidencial o ministerial pueden llenar este déficit democrático.

Porque el secreto de la mano invisible no es el capital económico sino el capital social. Adam Smith sabía que los sentimientos morales no son menos importantes para asegurar la riqueza de las naciones que los mercados de capital. La crisis de liquidez es una crisis política; el déficit crediticio es un déficit democrático. Porque la confianza es el capital social que permite la transacción del capital privado, que se respeten los contratos, que se mantengan las promesas, que se cumplan las expectativas. La democracia es el océano común en el que se mantienen a flote todos esos barcos en competencia del mercado y sus pendencieros marineros fiscales.

De manera que, aunque son los malos préstamos, y los banqueros avaros, y los estúpidos gestores de los hedge funds, y los inversores ignorantes, los que han organizado este desastre, han sido cuatro décadas de desdemocratización las responsables del verdadero daño. Una hemorragia de capìtal social de la que nadie se daba cuenta porque se suponía que el gobierno era el problema y los mercados la solución. El thatcherismo desbocado y el exuberante reaganismo lanzaron sus invectivas contra el gobierno hasta disuadir literalmente a los ciudadanos respecto a la democracia.

El gobierno era presuntamente el malvado, sólo que el gobierno no era más que la herramienta de la democracia, no muy eficiente siempre y a menudo insuficientemente responsable, pero herramienta de la democracia, no obstante. Y el verdadero producto de la democracia era la confianza. A medida que la guerra contra el gobierno se convirtió en guerra contra la democracia, iba secando el pozo del capital social y erosionaba la confianza, provocando que los ciudadanos perdieran la fe en los demás y en su poder de gobernarse a sí mismos. ¿Por qué tendrían que confiar ahora los consumidores en los bancos? ¿O confiar los banqueros unos en otros? ¿O confiar los inversores en el mercado de valores? ¿O fiarse cualquiera en absoluto del presidente de los EE.UU o de su Secretario del Tesoro o de los miembros del Parlamento o del Congreso que no se fían de su propia dirección?

La confianza es a la vez preciosa y precaria, fundacional pero frágil. No hay apalancamiento sin confianza. No hay mercado de viviendas sin fe. No hay mercado de valores sin fidelidad. No hay comercio internacional sin fiabilidad. Todos son productos del capital social, todos víctimas del "nexo del dinero" que Marx asociaba con la esencia del capitalismo. Porque el capitalismo tiene sus raíces en el egoísmo y el propio interés y se consagra necesariamente al bienestar de los accionistas y no a los bienes comunes, y de este modo es incapaz de generar la confianza de la que depende. La salida de la crisis exige algo más que sostener a los bancos y bombear miles de millones al mercado crediticio congelado. Significa que los consumidores deben ser también ciudadanos si van a respetarse contratos, promesas e hipotecas.

¿La lección? El remedio hoy en día no estriba simplemente en desapalancar sino en redemocratizar. Seguirá recrear el capital social y la confianza. Entonces, y sólo entonces, se calmarán los mercados y las entidades crediticias prestarán de nuevo, los inversores invertirán otra vez, los consumidores volverán a adquirir viviendas y -con la economía privada subordinada una vez más al bien público- la prosperidad será de nuevo posible, disciplinada por la confianza cívica y la justicia democrática.

Fuente: www.sinpermiso.info

América vuelve a ser América

Por: Juan Luis Cebrían

Comienza el fin de la pesadilla, aunque nos quede aún mucho camino por recorrer. La victoria de Barack Hussein Obama en las elecciones presidenciales de Estados Unidos ha de poner punto final a uno de los periodos más tenebrosos de la historia del mundo, en donde la gobernación de los necios, cuando no la de los canallas, se ha impuesto por doquier.

El balance final de la gestión de George W. Bush al frente de los destinos de su país no puede resultar más desastroso. Ha empobrecido la economía mundial; ha generado dos terribles contiendas armadas para las que no se ve solución inminente y que han provocado innumerables víctimas; ha canonizado la tortura; ha vulnerado repetidamente la legalidad internacional y ha destruido el prestigio de América. El mundo es peor después de Bush, es decir, por culpa de Bush. Nos deja un legado tan miserable moral y materialmente que pasará al menos una década antes de que podamos recuperarnos de la postración actual. Ésa es la dura tarea que le aguarda al primer afroamericano titular de la Casa Blanca.

Los errores del presidente Bush no resultan sólo de sus parvas condiciones para el ejercicio del poder, sino, sobre todo, de la reiterada aplicación de una doctrina injustamente apellidada de liberal que ha subvertido los principios de la democracia en nombre de su defensa. Desde la ideología neoconservadora se ha intentado imponer la democracia a sangre y fuego; se ha debilitado el papel de las instituciones; se han agudizado las diferencias sociales; se ha multiplicado la división y la crispación interna; se ha abdicado del diálogo y se ha renunciado al multilateralismo. Finalmente se ha arruinado a millones de familias trabajadoras y se ha permitido que un puñado de banqueros rapaces pusiera en peligro el sistema de pagos mundial, ante la impasibilidad, o gracias a la complicidad, de muchos gobernantes. La tarea de Naciones Unidas ha sido boicoteada, mientras en sus tribunas los representantes de Bush mentían descaradamente para justificar la agresión armada contra Irak, un país regido por una detestable dictadura pero que no constituía amenaza alguna para la paz mundial. Si finalmente se lograra instalar allí un régimen estable y democrático, habría sido a costa de las vidas de cientos de miles de ciudadanos inocentes y de varios miles de soldados estadounidenses. Éste es el balance del que son directamente responsables los señores Bush, Blair y Aznar, y por el que todavía esperamos que muestre arrepentimiento el actual presidente de la Comisión Europea, anfitrión complaciente del triunvirato que ordenó la invasión.

La victoria de Obama se produce en momentos de extraordinaria gravedad para la gobernanza mundial. Lo que comenzó como una crisis de la banca norteamericana, producida por el uso y abuso de productos derivados sin ningún tipo de control, ha terminado por convertirse en algo muy cercano a una depresión económica general. Millones de desempleados se incorporan a las filas del paro mientras cierran miles de empresas, la banca es nacionalizada en muchos países y el dinero de los contribuyentes corre a salvar el sistema financiero. Ni una sola de las instituciones encargadas de que la catástrofe no se hubiera llegado a producir -¿para qué hablar de quienes las dirigen?- supo evitarla, ni tampoco ha sabido reaccionar en forma y tiempo ante la tormenta que se nos venía encima.

Algunos pueden suponer que esta acumulación de problemas políticos y económicos es solamente casual, o fruto de una coincidencia. Responde sin embargo a un hecho fácilmente constatable: la globalización, impulsada a la velocidad de la luz por las nuevas tecnologías, se ha impuesto de manera descontrolada y, cuando se la ha querido gobernar, se intentó hacerlo desde una mentalidad imperial y un poco histriónica. La actual no es una de las clásicas crisis cíclicas del capitalismo, sino un nuevo aviso, el más serio de todos hasta el momento, de que asistimos a un cambio de paradigma en el que los problemas planetarios no pueden ser resueltos por las instituciones nacionales o locales, y en el que el embeleco del unilateralismo ha fenecido estrepitosamente. El Estado ha recuperado un inesperado protagonismo como apagafuegos de la situación, pero los Estados por sí solos, por grandes y poderosos que sean, no bastarán para poner orden en la convivencia mundial si no se reforma e impulsa el papel de las agencias globales (Fondo Monetario, Banco Mundial, Organización Mundial del Comercio) y el sistema de las Naciones Unidas. La emergencia de nuevos actores (China, India, Brasil), la decadencia del liderazgo de Occidente, el creciente desconcierto de la Unión Europea, la irrisión que provocan tantos expertos económicos, incapaces de predecir o evitar los descalabros y absortos a la hora de buscar soluciones, son cuestiones que agitan hoy las opiniones públicas de muchos países. El desprestigio del modelo de crecimiento y de los estándares morales impuestos por los neocons americanos es total. Deberían aprenderlo los neoconcitos españoles que todavía pululan por los aledaños de la oposición al Gobierno.

La elección de Barack Obama responde a un sentimiento de hartazgo y desconsuelo de la población americana que comparten muchas sociedades de otros continentes. Es, también, una respuesta generacional, una protesta de los jóvenes contra la autosatisfacción culpable de las clases dirigentes. La construcción de algo parecido a un modelo de gobernanza mundial no puede dedicarse sólo, ni principalmente, a la ordenación del sistema financiero. Los poderosos del mundo han de hacer algo para superar las desigualdades y desequilibrios sociales crecientes, tanto en el interior de los países como en la escena internacional, so pena de condenar nuestras democracias a la inestabilidad y la inseguridad.

Es tan grande la desilusión de las poblaciones y resultan tan desmesuradas las esperanzas puestas en el todavía joven senador que acaba de alzarse con la presidencia americana, que conviene poner sordina a las expectativas de una pronta mejoría de la situación. No hay que hacerse muchas ilusiones sobre la reunión del G-20 prevista para el próximo día 15 de este mes. No es probable que de ella salga nada más concreto que un calendario, y esto ya sería un éxito, para ponerse a trabajar seriamente a partir de la toma de posesión de Obama. Es seguro que éste entrará en contacto con los líderes mundiales antes de las ceremonias de traspaso del poder y parece que al menos se entrevistará con Sarkozy, como presidente de la Unión Europea, y otros gobernantes foráneos a fin de analizar la situación. Pero poner a Bush y al secretario Paulson a tratar de arreglar los destrozos que ellos mismos han causado es como meter a la zorra en el gallinero.

La reconstrucción tomará tiempo. No me refiero sólo a la económica, que no será más que el reflejo y la consecuencia del esfuerzo y el emprendimiento humanos, sino sobre todo a la recuperación moral, al restablecimiento del concepto de ciudadanía, a la limpieza de la vida pública y al rescate del compromiso intelectual. Es la hora de la política y ésta reclama líderes, gente con visión, con determinación y con coraje. Obama tiene todo el aspecto de ser uno de ellos. Su elección marca un hito histórico en el devenir mundial y es el fin de los clichés sobre la democracia americana, pionera tantas veces en la defensa de las libertades y en la búsqueda de la modernidad, pero subyugada durante décadas a las manías y las conspiraciones de un puñado de fundamentalistas reaccionarios. Hace ahora seis años que en un artículo sobre el atentado a las Torres Gemelas recordaba yo una poesía de Langston Hugues, el más celebrado e importante de los poetas afroamericanos: Let America be America again. Que América fuera América de nuevo era la ambición y el destino de este memorable escritor, que debería haber vivido para ver cumplida su ilusión. Con la llegada a la Casa Blanca de Barack Obama, América puede volver, por fin, a sus raíces y redescubrir lo mejor del legado de los padres fundadores, allí donde residen el aliento de la libertad y la pasión por la solidaridad. Ésta es condición indispensable para que el mundo salga del agujero en que se ha hundido. Ya se encargará la realidad de poner límites al sueño.

Fuente: El País (España).

domingo, 2 de noviembre de 2008

Obama - Convención Demócrata 2004

Un discurso que hizo historia

sábado, 1 de noviembre de 2008

Presidente Obama

Por: Manuel Castells

Con los datos en la mano es casi seguro que el 4 de noviembre Barack Obama será elegido presidente de Estados Unidos. A menos que suceda una tragedia, nunca descartable en el país de John y Robert Kennedy, como recordó Hillary Clinton hacia el final de su campaña. Incluso es probable que su victoria sea por amplio margen y conduzca a un hundimiento republicano en el Congreso. A cuatro días de la elección, el promedio de los sondeos por estado sitúa a Obama con 291 votos electorales frente a 163 de McCain, con 84 indecisos. Como la presidencia se alcanza con 270, quiere decir que aunque McCain ganara en los estados donde Obama le lleva menos de cinco puntos de ventaja, como Florida, Ohio, Carolina del Norte, Misuri e Indiana, aún triunfaría Obama. El racismo encubierto puede rebajar dos o tres puntos y las triquiñuelas habituales pueden restar algo más.

Pero la ventaja de Obama es tan amplia que sólo su extrema precaución frena la euforia: no se pueden confiar sus electores, porque todavía hay que votar. Aunque cerca de un tercio del electorado ha votado ya y las primeras estimaciones son de una gran mayoría de votantes demócratas. Si se confirma la histórica elección de Obama, la deberá al amplio movimiento social que ha despertado su candidatura. Cierto es que el contexto de crisis económica y de guerras impopulares, así como la desastrosa presidencia de Bush, favorecen decisivamente un triunfo demócrata. Pero el que el demócrata sea Obama y no un miembro del establishment político, como Hillary Clinton, se debe a la movilización de base en busca de alguien nuevo, fiable y capaz de inspirar esperanza a un país hundido. De ahí la irrupción de los jóvenes en la política a niveles nunca vistos, el aumento del registro electoral de nuevos votantes y una tasa de participación electoral que se proyecta cercana al 70%, un récord.

El protagonismo ciudadano se ha plasmado en los tres millones de donantes que a 200 dólares de media proporcionaron a Obama una financiación sin precedentes, aun rechazando a los lobbies. Y en decenas de miles de voluntarios que fueron puerta a puerta y llamada a llamada por todo el país. Eso tal vez sea lo más importante de esta elección. Estados Unidos ya no será lo mismo, sea cual sea la política de Obama una vez confinado en la Casa Blanca y enfrentado a la dureza de un mundo en crisis. Obama sabe que su fuerza es esa confianza popular que le da un margen por un tiempo. Y ese fue el tema clave del anuncio electoral de 30 minutos con el que cerró su mensaje tras 21 meses de campaña.

¿Pero qué puede hacer Obama? El nuevo presidente es moderadamente progresista, pero sobre todo pragmático dentro de una ética, realista y desconfiado de ideologías. Su programa tiene una línea maestra: reparar una economía y una sociedad en grave crisis. Empezando por estabilizar la economía, mediante una consolidación de la ayuda al sistema financiero pero bajo supervisión estrecha que incremente la regulación y recupere el dinero de los contribuyentes. Siguiendo por un aumento de la inversión pública en programas que a la vez creen empleo y desarrollen nuevas industrias, en particular en energías renovables.

Y para disponer de los recursos necesarios sin aumentar la enorme deuda que hereda de Bush, acelerar lo más posible una retirada ordenada de Iraq, ahorrando así los 10.000 millones de dólares mensuales que cuesta esa guerra que, en conjunto, ha representado más dinero que el paquete de rescate financiero. También aumentará los impuestos a las grandes empresas y al 5% de la población con mayores ingresos.

Y centrará la acción del gobierno en tres áreas prioritarias: acabar con el escándalo de un sistema de salud que cuesta tres veces más que el europeo y mantiene a 50 millones sin seguro; invertir en educación, mediante becas a estudiantes y ayudas a las escuelas, y desarrollar una política de medio ambiente que inicie la transición a un nuevo sistema productivo, combinando innovación, conservación y apertura de nuevos mercados para tecnologías verdes.

En política internacional, trasladará algunas tropas de Iraq a Afganistán para forzar a los talibanes a una negociación que los integre en un gobierno de unión y se concentrará en la caza y captura de Bin Laden sin aceptar las cortapisas de los sectores pakistaníes que lo protegen. Y con su gusto por lo metódico intentará desactivar los focos de conflicto mediante la negociación y la implicación de otros países, empezando por Europa, en una estrategia multilateral: Irán, Cuba, Venezuela, Palestina y Rusia están ya en su agenda. En parte por convicción, pero sobre todo porque sabe que Estados Unidos tiene que abandonar la presencia militar que no sea indispensable para liberar dinero y energía hacia la reparación en profundidad de un país al borde de la catástrofe económica y con enormes problemas sociales.

En cierto modo, es el fin del imperio estadounidense si por imperio entendemos la dominación unilateral apoyada en la supremacía militar. En cambio, Obama quiere volver a ganar el respeto del mundo defendiendo los valores morales y democráticos sobre los que se construyó Estados Unidos y que las políticas de Bush han transformado en burla macabra para justificar guerras ilegales, tortura y nepotismo. La presidencia Obama es el fin de la ideología neoconservadora y de su política implícita de dominación del mundo. Será una presidencia conciliadora, hacia dentro y hacia fuera, porque sabe que necesita de un país unido y de un mundo unido para abordar los enormes problemas con los que se enfrenta. Si suena demasiado bonito, al menos eso es lo que dice, y por eso millones de personas se han entusiasmado con él. Todo puede pasar en política, pero si tan sólo una parte de esa energía positiva se traduce en la práctica tal vez esta elección represente a la vez el fin del imperio y el renacer de Estados Unidos, con lo que esto significa para todos.

Fuente: La Vanguardia (España).

viernes, 31 de octubre de 2008

La muerte del consenso sobre la globalización

Por: Dani Rodrik

La economía mundial ya ha visto una vez el colapso de la globalización. La era del patrón oro, con su libre movilidad del capital y comercio abierto, llegó a un abrupto fin en 1914 y no se pudo resucitar tras la Primera Guerra Mundial. ¿Estamos por presenciar un quiebre económico similar en el mundo?

La pregunta no es ociosa. Aunque la globalización económica ha permitido alcanzar niveles de prosperidad sin precedentes en los países avanzados y ha beneficiado a cientos de millones de trabajadores pobres en China y otras zonas de Asia, se basa en cimientos inestables. A diferencia de los mercados nacionales, que tienden a apoyarse en instituciones políticas y normativas nacionales, los mercados globales sólo están “enmarcados débilmente”. No existe una autoridad antimonopolio, ni entidades crediticias globales como último recurso, ni una instancia normativa global, ni redes de seguridad globales, ni, por supuesto, una democracia global. En otras palabras, los mercados globales tienen poca calidad de gobierno y, por tanto, tienen poca legitimidad popular.

Los acontecimientos recientes han puesto de relieve la urgencia con que estos temas se debaten. La campaña presidencial en EE.UU. ha mostrado la fragilidad del apoyo al libre comercio en la nación más poderosa del mundo. La crisis de las “hipotecas basura” ha demostrado cómo la falta de coordinación y regulación internacionales puede exacerbar la fragilidad interna de los mercados financieros. El alza en los precios de los alimentos ha expuesto el lado menos amable de una interdependencia económica que no cuenta con esquemas globales de transferencias y compensaciones.

Mientras tanto, el aumento de los precios del petróleo ha elevado los costos del transporte, haciendo que los analistas se pregunten si la era de la tercerización no estará llegando a su fin. Y siempre está la Espada de Damocles del desastre del cambio climático, que bien puede ser la amenaza más seria que el mundo haya enfrentado jamás.

De manera que, si la globalización está en peligro, ¿quiénes son sus verdaderos enemigos? Hubo un tiempo en que las elites globales se podían reconfortar con el pensamiento de que la oposición al régimen comercial global estaba formada por anarquistas violentos, proteccionistas egoístas, sindicalistas y una juventud ignorante aunque idealista. Mientras tanto, se consideraban a ellos mismos como los verdaderos progresistas, ya que comprendían que proteger y desarrollar la globalización era el mejor remedio contra la pobreza y la inseguridad.

Sin embargo esa actitud confiada en si misma ha desaparecido del todo, para ser reemplazada por dudas, preguntas y escepticismo. También se han ido las protestas callejeras violentas y los movimientos de masas contra la globalización. Lo que es noticia estos días es la creciente lista de economistas tradicionales que cuestionan ahora los valores supuestamente imbatibles de la globalización.

Así, tenemos a un Paul Samuelson, autor del manual más característico de la economía de la era de posguerra, que recuerda a sus colegas economistas que las ganancias de China en la globalización bien pueden ocurrir a expensas de los Estados Unidos. Paul Krugman, el principal teórico actual sobre comercio internacional, argumenta ahora que el comercio con países de bajos ingresos ya no es demasiado pequeño como para tener un efecto sobre la desigualdad. Alan Blinder, ex vicepresidente de la Reserva Federal de EE.UU., se preocupa de que la tercerización internacional cause dislocaciones sin precedentes en la fuerza laboral estadounidense. Martin Wolf, columnista de Financial Times y uno de los promotores más coherentes de la globalización, escribe sobre su desilusión con la forma que ha terminado cobrando la globalización financiera, y Larry Summers, presidente del Tesoro de EE.UU. y “Señor Globalización” de la Administración Clinton, habla ahora sobre los peligros de la multiplicación de normativas nacionales y la necesidad de que existan estándares laborales internacionales.

Si bien estas inquietudes no equivalen al ataque frontal emprendido por personalidades como Joseph Stiglitz, economista ganador del Nóbel, de todos modos representan un cambio notable en el clima intelectual. Más aún, incluso quienes siguen convencidos de las bondades del modelo a menudo discrepan vehementemente acerca de la dirección que desearían que tomara la globalización.

Por ejemplo, Jagdish Bhagwati, el distinguido defensor del libre comercio, y Fred Bergsten, director del Instituto Peterson de Economía Internacional, institución adalid de la globalización, han estado al frente de la batalla argumentando que los críticos exageran demasiado los males de la globalización y siguen subestimando sus beneficios. Sin embargo, sus debates acerca de los méritos de los acuerdos de comercio regionales –a favor de los cuales está Bergsten, y con los que no está de acuerdo Bhagwati- son tan encendidos como las discrepancias de cada uno de ellos con los autores mencionados anteriormente.

Por supuesto, ninguno de estos intelectuales está contra la globalización. Lo que quieren no es deshacerla, sino crear nuevas instituciones y mecanismos de compensación –a nivel nacional o internacional- que la hagan más eficaz, justa y sostenible. Sus propuestas de políticas son a menudo vagas (si es que llegan a entrar en detalles) y concitan poco consenso. Pero la confrontación en torno a la globalización claramente ha pasado de las calles a las columnas de las publicaciones financieras y los rostros públicos de los centros de estudios tradicionales.

Este es un punto importante que deben comprender los adalides de la globalización, ya que a menudo se comportan como si el “otro lado” todavía estuviera compuesto por proteccionistas y anarquistas. Hoy la pregunta ya no es “¿Está en contra o a favor de la globalización?”, sino “¿Cuáles deberían ser las reglas de la globalización?”. Los verdaderos contendores de los entusiastas de la globalización hoy en día no son los jóvenes que arrojan piedras, sino sus propios colegas intelectuales.

Las tres primeras décadas desde 1945 estuvieron regidas por el consenso de Bretton Woods, un multilateralismo poco profundo que permitía que las autoridades a cargo de crear y aplicar las políticas se centrara en las necesidades sociales y de empleo locales, al tiempo que permitían que el comercio global se recuperara y prosperara. Este régimen fue sustituido en los años 80 y 90 por planes tendientes a una profundización de la liberalización y la integración económica.

Ya sabemos que este modelo no es sostenible. Para que la globalización sobreviva, necesitará un consenso intelectual que le sirva de apoyo. La económica mundial necesita con desesperación su nuevo Keynes.

Fuente: www.globalizacion.org