domingo, 10 de mayo de 2009

El regreso del realismo norteamericano

Por: Richard Haass

Existen muchos debates recurrentes en la política exterior norteamericana -por ejemplo, aislacionismo vs. internacionalismo, y unilateralismo vs. multilateralismo-. Pero ningún debate es más persistente que el que se desarrolla entre quienes creen que el propósito principal de la política exterior norteamericana debería ser influir en el comportamiento externo de otros estados y quienes sostienen que debería ser forjar su naturaleza interna.

Este debate entre "realistas" e "idealistas" es intenso y de larga data. Durante la Guerra Fría, estaban quienes sostenían que Estados Unidos debía intentar "replegar" a la Unión Soviética, derribar al sistema comunista y reemplazarlo por un capitalismo democrático. Otros consideraban que esto era demasiado peligroso en una era definida por las armas nucleares. Estados Unidos optó en cambio por una política de contención y trabajó para limitar el alcance del poder y la influencia soviéticos. Y así resultó que, después de 40 años de contención, la Unión Soviética y su imperio se desintegraron, aunque este desenlace fue una consecuencia de la política norteamericana, no su objetivo principal.

George W. Bush fue el más reciente defensor "idealista" de la idea de hacer de la promoción de la democracia la principal prioridad de la política exterior norteamericana. Bush abrazó la llamada teoría de la "paz democrática", que sostiene que las democracias no sólo traten mejor a sus propios ciudadanos, sino también actúen mejor con sus vecinos y otros.

Su padre, George H. W. Bush, fue por supuesto un fuerte representante del enfoque "realista" alternativo en términos de política exterior norteamericana.

Gran parte de este debate se puede ver a través de la lente de la intervención norteamericana en Irak. George W. Bush entró en guerra con Irak en 2003 para cambiar el gobierno. Esperaba que el cambio de régimen en Bagdad condujera a un Irak democrático, un desenlace que, a su vez, transformaría a la región cuando la gente en otras partes del mundo árabe viera este ejemplo y obligara a sus propios gobiernos a seguir los mismos pasos.

Por el contrario, en la guerra de Irak anterior, el primer presidente Bush, después de reunir una coalición internacional sin precedentes que logró liberar a Kuwait, no avanzó hacia Bagdad para derrocar a Saddam Hussein y su gobierno, a pesar de la presión de muchos para que así lo hiciera.

Tampoco intervino en nombre de los alzamientos shia y kurdo que estallaron apenas terminó la guerra a principios de 1991. Para él, la intervención habría dejado a los soldados norteamericanos en medio de una compleja lucha doméstica, una lucha cuya resolución, de ser posible, habría insumido recursos enormes.

El presidente Barack Obama parece coincidir con esta estrategia realista. La nueva política norteamericana hacia Afganistán no hace mención de intentar transformar a ese país en una democracia. Por el contrario, como dijo el secretario de Defensa, Robert Gates, frente al Congreso en enero, "Si nos planteamos el objetivo de crear allí una suerte de Valhalla en Asia Central, perderemos".

Por su parte, en marzo Obama dijo "Tenemos un objetivo claro y enfocado: desestabilizar, desmantelar y derrotar a Al Qaeda en Pakistán y Afganistán, e impedir su regreso a cualquiera de esos países en el futuro".

Este cambio también es evidente en la política norteamericana hacia China. Durante su viaje a Asia en febrero, la secretaria de Estado Hillary Clinton dejó en claro que las cuestiones de derechos humanos serían una preocupación secundaria en las relaciones entre China y Estados Unidos.

De la misma manera, la declaración conjunta emitida por Obama y el presidente ruso, Dmitry Medvedev, tras su reunión del 1 de abril en Londres, si bien mencionaba que las relaciones ruso-norteamericanas estarían "guiadas por el régimen del derecho, el respeto por las libertades fundamentales y los derechos humanos, y la tolerancia de las opiniones diferentes", puso un énfasis mucho mayor en reducir las armas nucleares, abordar el programa nuclear de Irán y estabilizar a Afganistán. El respaldo norteamericano del ingreso de Rusia a la Organización Mundial de Comercio fue incondicional.

Este cambio en la política exterior norteamericana es deseable y necesario. Las democracias maduras en efecto tienden a actuar de manera más responsable, pero las democracias inmaduras fácilmente pueden sucumbir al populismo y al nacionalismo. Es difícil y lleva tiempo construir democracias maduras. Al mismo tiempo que alienta el régimen de derecho y el crecimiento de la sociedad civil, Estados Unidos todavía necesita trabajar con otros gobiernos, democráticos y no. Los problemas apremiantes, como la crisis económica, la proliferación nuclear y el cambio climático, no esperarán.

La buena noticia es que la historia demuestra que es posible hacer las paces y trabajar con gobiernos no democráticos. Israel, por ejemplo, ha tenido relaciones pacíficas con los no democráticos Egipto y Jordania durante más de tres décadas. Estados Unidos y la Unión Soviética cooperaron de manera limitada (por ejemplo, en materia de control de las armas nucleares) a pesar de tener diferencias fundamentales. Hoy, Estados Unidos y la autoritaria China tienen vínculos comerciales y financieros que son beneficiosos para ambos, y por momentos han demostrado que es posible trabajar juntos en cuestiones estratégicas, como por ejemplo influir en el comportamiento de Norcorea.

Esto no quiere decir que promover la democracia no tenga un papel en la política exterior norteamericana. Lo tendrá, y así debería ser. Pero la promoción de la democracia es una proposición demasiado incierta, y el mundo un lugar demasiado peligroso, como para que ocupe un papel central en lo que hace Estados Unidos. La política exterior de Barack Obama, en consecuencia, se parecerá a la de George Bush -el padre, es decir, no el hijo.

Fuente: Project Syndicate

Sexo, Clooney y Berlusconi

Por: Moisés Naím

Nicholas Kristoff, columnista del diario The New York Times, tituló uno de sus artículos Viajando con George Clooney y prometió jugosos chismes sobre las aventuras románticas del galán de Hollywood durante un viaje que hicieron juntos. Más adelante, Kristoff explicó que su viaje con Clooney fue a Darfur y al final del artículo aclaró que no le quedaba espacio para contar chismes sobre el actor. También confesó que era un truco: si hubiese revelado desde el principio que su columna era sobre Darfur, pocos la hubiesen leído. Poner a Clooney en el título fue la trampa que utilizó Kristoff para atraer a miles de lectores que de otra manera no se hubiesen enterado de las matanzas de niños en un espantoso conflicto que ya ha durado más que la II Guerra Mundial.

Esta semana decidí usar el truco de Kristoff. Esta columna ni es sobre sexo ni sobre Silvio Berlusconi o George Clooney. Es sobre Pakistán. "No sabemos cómo hacer para que la opinión pública europea entienda que éste es tanto un problema de Europa como lo es de los Estados Unidos", me dijo un alto funcionario del Gobierno estadounidense que se ocupa del asunto y que por razones obvias me habló con la condición de que no revelara su nombre.

"Si Pakistán cae en una prolongada y anárquica guerra civil esa violencia se esparcirá a Europa mucho antes de que llegue a nosotros. La violencia que irradia desde Pakistán ya se ha cobrado más vidas en las ciudades europeas que en las nuestras, y es sólo el comienzo", añadió. "Pero ahora la emergencia y el verdadero problema no es la apatía europea; la emergencia es Pakistán. Todas las opciones son horribles", concluyó.

Vale la pena recordar de qué estamos hablando. Pakistán es del tamaño de Francia e Inglaterra juntas. Con sus 170 millones de habitantes es el sexto país más poblado del planeta y después de Indonesia es el país con más población musulmana. También cuenta con casi un millón de efectivos en sus Fuerzas Armadas, lo cual la hace la séptima mayor potencia militar del mundo. Y por supuesto, tiene bombas atómicas. Esto no es nada nuevo. Lo nuevo es que desde hace unas semanas Pakistán también tiene, a un centenar de kilómetros de su capital, a un ejército de talibanes decididos a derrocar al Gobierno, tomar el poder e imponer un régimen como el que controló a Afganistán hasta el 2001. Sólo que en este caso los talibanes serían una potencia nuclear. Interesante, ¿no?

La buena noticia es que los talibanes no van a derrotar al Ejército paquistaní. La mala noticia es que el Ejército paquistaní tampoco va a derrotar a los talibanes. Pakistán va a entrar en un prolongado periodo de insurrecciones armadas, terrorismo y mayor inestabilidad de la que ha vivido hasta ahora, lo cual va a debilitar aún más a sus ya débiles instituciones, a su economía y aumentar aún más la vasta pobreza que existe en ese país.

¿Qué hacer? Lo primero es reconocer que los problemas de Pakistán sólo los podrán resolver los paquistaníes. Pero después de reconocer esto también hay que reconocer que los paquistaníes no han manejado bien las cosas: la inestabilidad política, los conflictos sociales, étnicos y religiosos han venido aumentando. Después de un periodo de boom económico, ahora el país está en bancarrota y la pobreza aumenta. Además, está el problema de los militares.

Se dice que mientras que los países normales tienen un Ejército, en Pakistán el Ejército tiene al país. Los militares son la institución más fuerte de Pakistán, pero también la más voraz económicamente. Hasta ahora a los militares paquistaníes les ha interesado más la política y los negocios que la guerra. Los militares controlan un porcentaje sustancial de la economía, básicamente para beneficio de sus líderes. Sólo recientemente y después de inmensas presiones del Gobierno de Obama, los generales paquistaníes decidieron abandonar su reticencia a enfrentarse a los talibanes. Pero ¿tendrán las tropas la motivación para hacerlo? ¿Sabrán cómo? Los soldados paquistaníes han sido entrenados y equipados para enfrentarse a Ejércitos extranjeros, no para combatir civiles insurrectos entremezclados en la población civil. Es por ello que las recientes ofensivas han producido cientos de miles de civiles desplazados. Estos cientos de miles se sumarán al explosivo caldero político nutrido por la furia de millones de paquistaníes que responsabilizan a los políticos y a los militares por el caos reinante.

La agudización de la inestabilidad paquistaní está sólo comenzado. Ojalá que en el futuro siga haciendo falta un truco para que leamos sobre las consecuencias de esta inestabilidad.

Fuente: El País

Procesar “lo nuevo” y reagrupar al progresismo

Por: Ernesto Águila Z.

Así como en otras oportunidades se ha repetido con insistencia que las elecciones se ganan en el “centro”, en esta ocasión se podría afirmar que esta elección se ganará en la “izquierda”, es decir, en la capacidad del progresismo de acoger y procesar las demandas y dinámicas que desde allí se están generando.

La política chilena se ha embarcado con una cierta euforia tras la búsqueda de "lo nuevo". Aparentemente tiene algunas buenas razones para hacerlo: una misma coalición ha gobernado durante 20 años el país. Lo curioso es que junto a la elite gobernante ha sufrido también los desgastes y rigores del paso del tiempo, simultáneamente, tanto la oposición de centro derecha como la izquierda comunista o extraparlamentaria.

Lo normal en democracias más consolidadas, luego de dos o tres derrotas electorales de envergadura, es que la oposición haga cambios suficientemente ostensibles y dramáticos para captar y representar lo nuevo y el recambio, o simplemente para intentar parecerse a la fuerza política que va ganando el mayor número de elecciones. En Chile, luego de cerca de 15 derrotas electorales consecutivas (considerando presidenciales, parlamentarias y municipales), la oposición, especialmente la de centroderecha, ha permanecido inmodificada tanto en sus liderazgos como en su programa.

En efecto, ni siquiera la debacle financiera internacional reciente y la crisis económica en marcha han movido un ápice la fe neoliberal ochentera de la derecha chilena, que hasta el día de hoy es incapaz de pronunciar la palabra "Estado" sin dejar de sufrir algún tipo de descompensación anímica. Aún no son capaces de nombrar al Estado en un sentido positivo ni darle un rol gravitante a éste en la crisis económica, social y laboral en curso, como ha sucedido en otras partes del mundo, incluidos los gobiernos y partidos de derecha.

Para mayor complejidad e interrogación de lo que está detrás de esta búsqueda un poco indefinida y tal vez modal de "lo nuevo", la ciudadanía respalda a la actual Presidenta y al Gobierno en porcentajes inéditos, por sobre el 65% en un caso y más del 50% en el otro. Es decir, sigue existiendo un amplio y mayoritario respaldo luego de casi 20 años para lo que hoy encarna, desde el gobierno, la Concertación como coalición de centro izquierda. O sea, pareciera que el hastío es más bien con ciertas prácticas, estilos, inconsecuencias o poca renovación de la Concertación, que con la idea de que sea una fuerza progresista de centroizquierda la que siga gobernando el país.

A lo anterior, se podría agregar que las respuestas con mayores bríos renovadores o que intentan captar de mejor forma "lo nuevo", no provienen de la oposición sino de la propia Concertación, particularmente del PS, que hasta ahora ha resultado sorprendentemente pródigo en candidaturas presidenciales alternativas, que reclaman "no más de lo mismo", siendo la más relevante y exitosa hasta ahora la del diputado Enríquez-Ominami.

Mirado positivamente el fenómeno en curso se puede decir que la discusión de "lo nuevo", del cambio y de la renovación programática, se ha trasladado desde la oposición de derecha a la izquierda de la Concertación. Así como en otras oportunidades se ha repetido con insistencia que las elecciones se ganan en el "centro", en esta ocasión se podría afirmar que esta elección se ganará en la "izquierda", es decir, en la capacidad del progresismo de acoger y procesar las demandas y dinámicas que desde allí se están generando.

En una primera mirada a las sensibilidades y propuestas que emergen desde las candidaturas alternativas de izquierda, se puede apreciar que existen convergencias importantes con la candidatura presidencial de la Concertación. No se observan diferencias insalvables, aunque tampoco se trata de minimizarlas o procesarlas bajo esa noción un poco cínica de que el "papel aguanta todo". Lo que corresponde es abrir una etapa seria de confrontación de ideas y de propuestas entre el mundo de la Concertación que apoya a Frei y estas nuevas opciones, y ver cuál es el campo para el acuerdo en lo programático.

No cabe duda que se ha abierto un nuevo escenario político, que no se debe enfrentar desde el temor o la permanente invocación a la disciplina, sino allanándose a soluciones nuevas y audaces. En este sentido, una fase de diálogo político debiera concluir en un acuerdo bien estructurado de apoyos mutuos en segunda vuelta, de programa y de una lista parlamentaria inteligente que permita una mayoría progresista y la inclusión del PC en el nuevo parlamento. La idea de una "segunda primaria" concertacionista resulta más complicada y difícil de implementar en términos prácticos, pero se debe estar abierto a nuevas opciones bajo el principio de que frente a situaciones excepcionales se deben buscar soluciones igualmente excepcionales. Lo importante es re-institucionalizar el diálogo y procesamiento de las diferencias al interior de la centroizquierda.

Finalmente, de lo que se trata es dar al país un nuevo gobierno progresista asumiendo que el progresismo chileno es amplio y plural y que lo principal de la elección de diciembre es impedir que el país entre en una involución neoliberal y conservadora.

Fuente: La Nación

Comienza el asalto al trono de los Kirchner

Por: Soledad Gallego-Díaz

Las elecciones legislativas argentinas del 28 de junio, a punto de que se abra la campaña electoral, se anuncian como una pelea muy dura. No se trata sólo de conservar mayorías parlamentarias, sino que se han convertido en una lucha directa por el poder: se trata de quitarles, o pegarle una gran tajada, al poderío de los Kirchner en los dos años de presidencia que le quedan a Cristina Fernández, y de saber quién queda situado como posible alternativa en 2011.

Peronismo disidente, que podría caracterizarse, más o menos, como un centro-derecha; el radicalismo, que se identificaría con el centro-izquierda; y el kirchnerismo, el peronismo oficialista, que representa el matrimonio Néstor y Cristina Kirchner, y que tendría un difícil encaje ideológico, son las tres corrientes que compiten en estas elecciones.

Los comicios se van a desarrollar en un escenario político en el que la gran mayoría de los argentinos cree, según el último sondeo de MRC Mori, que el segundo problema del país es la clase política (el número uno es la inseguridad) y en el que son muy pocos los políticos que llegan al aprobado: los Kirchner, por ejemplo, rondan el 50% de imagen "mala o muy mala".

La elaboración de las listas, que se cerraron a las doce de la noche del sábado, ha sido trabajosa, porque había que poner de acuerdo a multitud de personajes, pero, a falta de confirmación y a expensas del misterio alentado por Néstor Kirchner, parece que la decisiva pelea por la provincia de Buenos Aires la encabezarán el propio Kirchner, los disidentes Francisco de Narváez-Felipe Sola y los radicales Margarita Stolbizer-Ricardo Alfonsín.

El que más se juega es Kirchner, presidente del Partido Justicialista. Las encuestas indican que ha bajado en popularidad y que va a perder escaños y votos. Su posición está debilitada en las provincias de Santa Fe, Córdoba y Mendoza. Pero lo que más importa es la poderosa provincia de Buenos Aires. Ahí es, especialmente en el llamado "conurbano", el doble cinturón empobrecido de la capital, donde el oficialismo tienen que echar el resto.

La debilidad de Kirchner quedó de manifiesto en dos movimientos: adelantar los comicios, que debían celebrarse en octubre, para ganarle algunos meses a la crisis económica; y poner en marcha las polémicas candidaturas testimoniales. Se trata de personas que ocupan cargos públicos, a las que Kirchner fuerza a presentarse en su lista, aunque los interesados no ocultan que renunciarán a su escaño media hora después de conseguirlo.

Testimonial, aunque en este caso no vaya a renunciar a su escaño, es también la candidatura de la actriz Nacha Guevara, de 69 años, quien probablemente ocupe el tercer puesto en la lista de Néstor Kirchner. Guevara ha interpretado hasta hace pocos días, con formidable éxito, el musical Evita, y su imagen se confunde con la del gran mito peronista.

La campaña de los Kirchner se ha basado en la idea de yo, o el caos, con frecuentes alusiones a la crisis del 2001 y al corralito (que acabó con buena parte de los ahorros de la clase media). "O ganamos nosotros o nadie se ocupará de los pobres", aseguró la presidenta Cristina Fernández.

Un sondeo hecho público ayer por la revista Perfil indica que los ciudadanos creen que la situación del país es mala o muy mala (61%) y el 50% cree que irá todavía a peor en los próximos tres meses. Por encima, incluso, del miedo a perder el empleo o a la subida de precios, los argentinos están preocupados por lo que perciben como un fuerte aumento de la delincuencia. La corrupción, que, según muchos estudios internacionales, es uno de los grandes problemas del país, no es percibido así por los ciudadanos (8%).

La oposición parece decidida a dar la batalla en los temas económicos y de seguridad. Francisco de Narváez, que posee una gran fortuna (producto de la venta de una cadena familiar de supermercados), está seguro de que el aumento de la delincuencia es uno de los grandes asuntos en Buenos Aires y ha invertido una importante cantidad de dinero en anuncios publicitarios en televisión. Solá, a su lado, ofrece experiencia y dominio de una parte del aparato peronista, sin el que nadie cree en Argentina que se pueda gobernar.

Los radicales, por su parte, intentan recuperar la imagen del fallecido Raúl Alfonsín y su defensa del diálogo y las instituciones. El objetivo de todos ellos es el mismo una vez en el Parlamento: forzar a los Kirchner, a los que acusan de autoritarismo, a negociar la gobernación del país.

Fuente: El País

Un parto complicado

Por: Nelson Soza

Una de las principales motivaciones del BanSur es poner fin a la sangría de recursos financieros que fluyen del sur emergente al norte industrializado, que sólo en el caso de América Latina representó la suma de US$ 207 mil millones entre 2006 y 2007.

Los ministros de Economía de siete países de Sudamérica (Argentina, Brasil, Bolivia, Ecuador, Paraguay, Uruguay y Venezuela) se reunieron el pasado viernes en Buenos Aires para avanzar en la puesta en marcha del Banco del Sur (BanSur). La reunión buscó desempantanar el esquivo consenso en torno al Convenio Constitutivo (CC) de la entidad. Si hay éxito lo cual no es muy seguro habría casi inmediatamente después una cumbre presidencial que daría el vamos definitivo a la entidad, uno de los pilares de una arquitectura financiera regional que busca desplazar a los desacreditados bancos Mundial e Interamericano de Desarrollo (los otros dos son la Unidad Monetaria del Sur y un Fondo de Estabilización Monetaria, de todavía más difícil concreción).

Una de las principales motivaciones del BanSur es poner fin a la sangría de recursos financieros que fluyen del sur emergente al norte industrializado, que sólo en el caso de América Latina representó según la ONU la suma de US$207 mil millones entre 2006 y 2007.

Sudamérica no está sola en este intento de impulsar un cambio orgánico a la arquitectura financiera. Tanto los asiáticos, con el Acuerdo de Chiang Mai, como el Oriente Medio, con la Iniciativa de Bahrein, y más recientemente los africanos están embarcados en procesos similares.

El acta de fundación del BanSur (diciembre de 2007) dispuso 60 días para que la estructura y las directrices de la nueva institución fueran definidas. Pero ha pasado casi un año y medio, y el CC sigue esperando una propuesta de consenso. Los debates han estado marcados por disputas entre aquéllos que apuestan a la idea de ruptura con el sistema financiero internacional y quienes

por continuar respetando las reglas impuestas por las finanzas globalizadas ven en la institución multilateral regional apenas una nueva fuente de recursos para antiguos proyectos.

Las divergencias han impedido hasta hoy resumir en una sola propuesta las distintas posiciones de CC para el Banco. No obstante, en este año y medio al menos se logró acuerdos en torno al aporte de capital inicialmente fijado en US$7 mil millones. Y para reconocer las asimetrías existentes entre los países de la región, se crearon tres franjas. En el primer grupo están Brasil, Argentina y Venezuela, que aportarán US$2 mil millones cada uno. En el segundo figuran Uruguay y Ecuador, que aportarán US$400 millones, mientras que Paraguay y Bolivia endosarían US$100 millones. Luego, en junio de 2008, el capital del banco fue aumentado a US$10 mil millones, saldo que sería integrado con aportes de Colombia, Perú, Chile, Surinam y Guyana.

Sin embargo, el mes pasado el ministro de Finanzas de Venezuela, Alí Rodríguez, dijo que el aporte de Ecuador y Uruguay también sería de US$100 millones. El motivo es obvio: ambos están arrinconados, como la mayoría de la región, por la falta de liquidez asociada a la crisis económica que ya obligó a algunos países a volver su mirada a los entes financieros multilaterales de siempre. Argentina ha sido el primero en volver a extender su mano al FMI del cual se salió en 2007.

Un extenso informe elaborado en octubre pasado por Isabel Ortiz, oficial senior de la ONU, y Óscar Ugarteche, investigador de la Universidad Autónoma de México, revela que entre las numerosas divergencias no resueltas figuran los temas de la gobernabilidad, de los privilegios y exenciones fiscales, del fondeo de recursos y el más relevante las prioridades de inversión. Así, de los países con mayor contribución al BanSur sólo Venezuela apoya el sistema de un país-un voto para la toma de decisiones, mientras que Brasil y Argentina consideran que en la gestión del día a día los países con mayor contribución deberían tener mayor voz. Y mientras unos sugieren que todas las operaciones del Banco deben estar exentas de todo tipo de gravámenes tributarios y derechos aduaneros, otros sostienen que esta medida copiada del Banco Mundial contraría los esfuerzos de lucha contra la evasión fiscal en la zona.

Por encima de todo ello hay fuertes discrepancias respecto de si la infraestructura debe ser una prioridad de la cartera de inversiones del Banco como ha planteado Brasil. Porque mientras ese sector ya reúne la mayor inversión multilateral en la zona, las que más la necesitan son la social y la agricultura.

Hilando todavía más fino, si la urgencia de enfrentar la crisis alimentaria fuera la prioridad uno del Banco, la idea de soberanía que ello implica supone aplicar unas políticas que van a contrapelo de la concepción neoliberal imperante en varios países de la región.

Bueno o malo, tras todas estas diferencias subyacen las distintas visiones políticas que rondan iniciativas como el BanSur o la misma Unasur. Sudamérica es hoy un caldo de estrategias no siempre convergentes. Junto al "socialismo del siglo XXI" de Chávez y secundado por Evo Morales en Bolivia, coexisten la vertiente regulacionista de Correa en Ecuador y de Kirchner en Argentina; los regímenes social-liberales de Brasil, Uruguay, Paraguay y Chile, además de gobiernos claramente conservadores, como los de Colombia y Perú.

Fuente: La Nación

La Alianza de Flores

Por: Carlos Peña

El lanzamiento de la Coalición por el Cambio tuvo algo levemente patético. Algunos de sus integrantes no son más que una firma y un timbre. Es el caso de Norte Grande (parece nombre radical) y de los Humanistas Cristianos (con esa denominación arriesga confundirse con un grupo de catequesis o con los suscriptores del Eco de Lourdes).

Así, entonces, la verdad sea dicha, la Coalición por el Cambio se reduce al apoyo de Fernando Flores a Piñera.Y esto justifica que sea la actitud de Flores lo que debe ser analizado.Por supuesto, nadie discute el derecho del senador Flores a aliarse con la derecha, darse palmotazos con algunos de los viejos cuadros de la dictadura, asimilarse, como si fuera un anhelo inconsciente y viejo, con los sectores sociales a los que antes se opuso, adorar lo que antes quemó y quemar ahora, con esmero, lo que apenas ayer adoró.

Todo eso es parte de la libertad de cada uno, y nadie debiera condenarlo por eso.

Lo que no resulta razonable es que ese palmoteo con algunos de los viejos cuadros de la dictadura —a cambio, además, de dos o tres diputaciones— sea presentado por el senador como el cambio que Chile necesita o como la superación moral de las viejas fracturas que dividen al país.

Eso sí que es demasiado.

Y es que una cosa es hacer lo que a uno le plazca, y otra distinta es convencer a los demás de que lo que uno hizo posee dignidad moral o histórica.

Una cosa tiene dignidad —enseña Kant— cuando no tiene precio; es decir, cuando no es objeto ni de intercambio ni de negociación. En otras palabras, cuando está más allá del cálculo de utilidades. Justo lo contrario de lo que hizo Flores con su adhesión a Piñera, que, todos lo sabemos, regateó y negoció a más no poder, hasta erigirse en el orador central del acto de esta semana: apenas una medida compensatoria para sus sueños de liderazgo.

Fernando Flores no se incorporó entonces a esa coalición por convicción moral —algo así habría sido incondicional, y él sabe y todos sabemos que su acto no lo fue—, sino por cálculo.

Claro. Actuar por cálculo no tiene nada de malo. Lo malo es la impostura con que en este caso se lo presenta. Tampoco la incorporación de Flores puede ser presentada como un definitivo signo de reconciliación entre las víctimas y los victimarios. Como si por fin unos y otros lograran, detrás de Piñera, confundirse en un abrazo.

Todos sabemos que la reconciliación no puede hacerse de espaldas al pasado, saltando fuera de la sombra de la memoria, sin que nadie efectúe reconocimiento alguno, por la vía de pactos electorales y, lo que es peor, timando a miles de ciudadanos que no pudieron imaginar que cuando escogían a Flores estaban, en verdad, escogiendo a alguien que poco tiempo después acabaría proclamando (no simplemente apoyando, lo que no tiene, cabría insistir, nada de malo, sino que proclamando en medio de palmotazos y de fotos familiares) al candidato de la derecha. La reconciliación —lo sabe bien Flores, especialista en actos lingüísticos— exige el reconocimiento de lo que se hizo y la promesa de que no se hará más. Nada de eso ha ocurrido hasta ahora, salvo que en medio de los palmoteos y de los abrazos y de las negociaciones y las fotografías, sus nuevos aliados le hubieran cuchicheado al senador algo que todavía no sabemos.

Por eso, más que dignidad moral o histórica, el acto de Fernando Flores fue simplemente el pálido reflejo de sus sueños estatuarios, el fruto escaso de un anhelo de reconocimiento que ya nunca se verá satisfecho, el último acto de un político menguante, el fruto del despecho. No es raro que eso pueda ocurrir incluso en un hombre inteligente: es que la razón es a veces esclava de las pasiones.

Tampoco hubo en su acto nada sacrificial. “Esta decisión involucra un dolor”, dijo, como si, al modo de un héroe incomprendido, hubiera adoptado su decisión contra sí mismo.

Pero de heroísmo, nada.

Y es que en política hay héroes del triunfo (como De Gaulle), héroes del fracaso (como Allende), héroes de la retirada (como Adolfo Suárez).

Lo que no hay en ninguna parte son héroes del transformismo.

Fuente: El Mercurio

sábado, 9 de mayo de 2009

Hacer hincapié en lo positivo

Por: Paul Krugman

¡Hurra! ¡La crisis bancaria se ha acabado! ¡Vamos a celebrarlo! Bueno, vale, quizás no. Al final, la publicación que se hizo el jueves de las pruebas de resistencia bancaria a las que tanto bombo se ha dado supuso un anticlímax. Todo el mundo sabía más o menos lo que iban a decir los resultados: algunos grandes actores tienen que recaudar más capital, pero en general los niños, quiero decir, los bancos, están bien. Incluso antes de que se anunciaran los resultados, Tim Geithner, el secretario del Tesoro, nos dijo que serían "tranquilizadores".

Pero que ustedes se sientan de verdad tranquilizados o no depende de lo que sean: un banquero o alguien que intenta ganarse la vida con otra profesión.

No me voy a meter a debatir la calidad de las pruebas de resistencia en sí, excepto para repetir aquello que muchos observadores han señalado: los reguladores no tenían los recursos necesarios para realizar una valoración realmente minuciosa de los activos de los bancos y, en cualquier caso, permitieron a los bancos negociar lo que los resultados iban a decir. No fue lo que se dice una auditoría rigurosa.

Pero centrarse en el proceso puede hacernos perder de vista el conjunto. Lo que estamos viendo aquí en realidad es una decisión por parte del presidente Obama y de sus funcionarios de lidiar con la crisis financiera, con la esperanza de que los bancos puedan llegar a recuperarse.

Es una estrategia que puede que funcione. Después de todo, ahora mismo los bancos están prestando a unos tipos de interés elevados y no están pagando apenas intereses por sus depósitos (con garantía del Gobierno). Si se les da el tiempo necesario, los bancos podrían volver a nadar en dinero.

Pero es importante ver la estrategia tal y como es y entender los riesgos. Recordemos que fueron los mercados, y no el Gobierno, los que en realidad declararon que los bancos estaban faltos de capital. Y aunque los indicadores del mercado de la desconfianza en los bancos, como los tipos de interés aplicables a los bonos bancarios y los precios de la cobertura de riesgo crediticio, han caído un poco en las últimas semanas, siguen rondando niveles que se habrían considerado inconcebibles antes de la crisis.

Como consecuencia, lo más seguro es que el sistema financiero no funcione con normalidad hasta que los actores cruciales recuperen una solidez financiera mucho mayor que la actual. Aun así, la Administración de Obama ha decidido no hacer nada drástico para recapitalizar los bancos.

¿Puede la economía recuperarse incluso con bancos débiles? Tal vez. Los bancos no van a ampliar el crédito en un futuro próximo, pero los prestamistas respaldados por el Gobierno han salido al paso para llenar el vacío. La Reserva Federal ha ampliado su crédito en 1,2 billones de dólares durante el pasado año; Fannie Mae y Freddie Mac se han convertido en las principales fuentes de financiación hipotecaria. Así que quizás podamos dejar que la economía arregle a los bancos y no al contrario.

Pero hay muchas cosas que podrían salir mal. No está claro del todo que el crédito de la Reserva Federal, Fannie y Freddie puedan sustituir completamente a un sistema bancario sano. Si no pueden hacerlo, esta estrategia de lidia terminará siendo la receta para una época prolongada de desempleo elevado y crecimiento débil, al estilo japonés.

De hecho, un periodo de varios años de fragilidad económica parece probable pase lo que pase. Puede que la economía no siga desplomándose, pero cuesta ver de dónde podría venir una recuperación de verdad. Y si la economía permanece en crisis durante mucho tiempo, los bancos tendrán unos problemas mucho mayores de lo que las pruebas de resistencia -que contemplan sólo los dos próximos años- son capaces de evaluar.

Finalmente, dada la posibilidad de que haya mayores pérdidas en el futuro, la evidente falta de voluntad del Gobierno para hacerse con la propiedad de los bancos o para dejarles quebrar crea una situación en la que nosotros perdemos de todas, todas. Si todo va bien, los banqueros ganarán mucho dinero. Si la actual estrategia fracasa, los contribuyentes se verán obligados a financiar otro rescate.

Pero lo que más me preocupa del derrotero que está tomando esta política no es ninguna de estas cosas. Es mi presentimiento de que las perspectivas de que se lleve a cabo una reforma financiera fundamental están evaporándose.

¿Se acuerda alguien del caso de H. Rodgin Cohen, un famoso abogado de Nueva York al que The New York Times describía como "una eminencia gris de Wall Street"? Salió fugazmente en los titulares en marzo cuando por lo visto rechazó el cargo de subsecretario del Tesoro a pesar de ser uno de los candidatos favoritos.

Pues bien, a principios de esta semana, Cohen dijo que el futuro de Wall Street no diferirá mucho de su pasado reciente, y declaró: "No estoy ni mucho menos convencido de que el sistema tenga algún fallo inherente". Oye, ¿y ese pequeño detalle de que ha causado la mayor recesión económica mundial desde la Gran Depresión? Peccata minuta.

Estas palabras dan miedo. Son indicio de que, aunque la Reserva Federal y la Administración de Obama sigan insistiendo en que están decididas a imponer una regulación financiera más estricta y una mayor supervisión, los entendidos de Wall Street se están tomando las suaves medidas bancarias tomadas hasta el momento como una señal de que pronto podrán volver a jugar los mismos juegos que antes.

Así que, como he dicho, mientras los banqueros sigan pensando que los resultados de las pruebas de resistencia son "tranquilizadores", los demás deberíamos estar muy, pero que muy, asustados.

Fuente: El País

jueves, 7 de mayo de 2009

Israel: polarización política y religiosa

Por: Isaac Caro

El 1 de abril de este año se conformó un nuevo Gobierno en Israel, liderado por el Primer Ministro Benjamin Netanyahu, perteneciente al partido Likud. Tras las elecciones realizadas en febrero, este partido aparece como uno de los grandes vencedores de la política israelí, al aumentar de doce a 27 sus integrantes en la Knesset o Parlamento israelí. No obteniendo la mayoría de 61 asientos necesarios para gobernar por sí mismo -algo que nunca ha ocurrido en la política israelí-, el Likud debió formar un Gobierno de coalición, integrando a otros cuatro partidos políticos que representan distintas corrientes políticas y religiosas.

Uno de los socios más importantes del Likud es el partido de extrema derecha Israel Beitenu, con once escaños, liderado por Avigdor Lieberman, que ha sido nombrado ministro de Relaciones Exteriores. La inclusión de este partido en el Gobierno y de su líder en un cargo tan importante son hechos cuestionados por los sectores progresistas, tanto de Israel como del mundo judío. A la plataforma de este partido, que ha defendido la transferencia de la población palestina de Israel hacia el mundo árabe, se une el pasado político y religioso de Lieberman, que en la década de los 80 fue militante del partido Kach. Este movimiento, que tuvo representación parlamentaria, fue declarado ilegal por el Parlamento israelí, acusado de ser racista, en virtud de algunos principios postulados, como, por ejemplo, que las relaciones sexuales entre judíos y no judíos debían ser prohibidas por ley.

Otros dos socios corresponden a partidos religiosos, que tienen plataformas opuestas con respecto a la concepción del sionismo y de la conformación del Estado de Israel. Uno es el partido ultraortodoxo Shas, formado mayoritariamente por sefaraditas y que pasa a ser la cuarta fuerza política. Otro es el partido sionista religioso Habait Hayehud. Aunque los partidos religiosos mantienen cerca de un 20% del electorado, estamos en un proceso que viene desde fines de los ‘80: los partidos ultraortodoxos, que antes representaban el 25% del bloque religioso, hoy representan el 75% del bloque, mientras que el 25% restante corresponde al sionismo religioso, que antes era mayoría y que en forma periódica ha visto disminuir su importancia.

También es integrante del nuevo Gobierno el emblemático Partido Laborista, que es el gran derrotado de las elecciones de febrero, al perder seis diputados, convertirse en la cuarta fuerza política, y con serios riesgos de dividirse, entre una posición favorable a la inclusión liderada por el ministro de Defensa, Ehud Barak, y una postura por mantenerse en la oposición.

Algunas lecciones del proceso político israelí son las siguientes: a) se impone una coalición que manifiesta una polarización de la sociedad israelí, tanto en términos políticos como religiosos, con partidos que tienen intereses marcadamente diferentes, lo que puede ser motivo de fuertes tensiones internas; b) se consolida una política exterior que coloca el énfasis en la seguridad de Israel, y no en el avance del proceso de paz con los palestinos ni en la creación de un Estado palestino; c) la izquierda, representada por Meretz, y la centroizquierda, encarnada en el emblemático Partido Laborista, de inclinación socialdemócrata, prácticamente tienden a desaparecer del mapa político.

Ahora bien, el futuro del actual Gobierno israelí no sólo estará relacionado con los acontecimientos internos y las relaciones al interior de la coalición, sino sobre todo con lo que suceda en el frente externo y, muy particularmente, con los sucesos referidos a Irán, tanto en lo que respecta al desarrollo de su programa de energía nuclear, como al resultado de las elecciones de junio de 2009. Desde ya, el discurso del Presidente iraní el 20 de abril, negando nuevamente el Holocausto y acusando al Estado de Israel de racista, representa un apoyo sustancial al discurso y a la política exterior de Netanyahu, que ha señalado que el principal problema que debe enfrentar Israel tiene que ver con la amenaza iraní. Con todo, Israel se mantiene como una importante y fuerte democracia parlamentaria, la más consolidada de la región, donde la alternancia en el poder ha sido una de las claves principales del sistema político y uno de los ejes fundacionales del Estado.

Fuente: La Nación

martes, 5 de mayo de 2009

El costo de Dick Cheney

Por: Chris Patten

George W. Bush ha empezado a trabajar en sus memorias. Cuente el lector hasta diez antes de responder.

Las autobiografías de los dirigentes políticos no son una forma literaria muy elevada. En primer lugar, pocos dirigentes escriben bien, aunque hay excepciones, como Nehru, Churchill y De Gaulle. No es de extrañar que la mayoría de ellos empleen a un “negro”, como el de la excelente novela de misterio El poder en la sombra de Robert Harris, que es, en realidad, una critica devastadora del ex Primer Ministro de Gran Bretaña Tony Blair.

En segundo lugar, esas memorias suelen ser poco cosa más que sartas de autojustificaciones intercaladas con listas de personas famosas conocidas durante la vida en la cumbre. Por poner un ejemplo, aunque Bill Clinton habla con cordialidad, ingenio y gran elocuencia en persona, no vale la pena leer su autobiografía.

En tercer lugar, se suelen escribir esos libros para recibir una gran suma de dinero, pero no entiendo cómo pueden los editores recuperar jamás los enormes anticipos de varios millones de dólares que conceden. Cuando en el decenio de 1950 un editor ofreció un millón de dólares al gran general George C. Marshall, cuyas memorias de la segunda guerra mundial y de su mandato como Secretario de Estado de los Estados Unidos habrían valido hasta el último céntimo, el anciano replicó: ”¿Para qué iba a querer un millón de dólares?” ¡Qué diferencia con el mundo en el que ahora vivimos!

La buena noticia sobre el proyecto de Bush, hasta ahora carente de título, es la de que, al parecer, va a ser diferente del habitual abrillantamiento de la reputación del autor. En lugar de comenzar por el principio de su presidencia, con todas aquellas dudosas máquinas de votar de Florida, y avanzar cansinamente hasta el final, tremendamente impopular, se propone centrarse en las veinte decisiones más transcendentales que adoptó en la Casa Blanca. También se centrará en los momentos decisivos de su vida, como, por ejemplo, su decisión de dejar el alcohol y de elegir a Dick Cheney como su Vicepresidente.

La decisión de liberarse de su adicción a la bebida dice muchísimo a favor de Bush, su fuerza de voluntad y el apoyo de su esposa y su familia. Dar la espalda a una adicción nunca es fácil. Quienes lo hacen –en el caso de Bush ayudado por una fe religiosa cada vez más intensa– merecen solidaridad y aprobación.

La determinación de Bush nunca estuvo en entredicho ni su cordialidad... pese a su campechanía, ligeramente irritante, de hijo de papá. Tampoco creí yo nunca que el ex Presidente fuese un estúpido, crítica que le hicieron muchos de sus pares europeos, que no eran, a su vez, reyes filósofos precisamente.

El problema de Bush no era una falta de inteligencia, sino la carencia más absoluta de curiosidad intelectual. Se limitaba a atrincherarse en sus superficiales prejuicios y el resto del mundo había de encajar en ese estrecho terreno.

Entonces entró en escena Cheney. No cabe duda de que el de elegirlo fue un momento decisivo para Bush. ¿Se imagina el lector lo diferente que el mundo y las opiniones de la presidencia de Bush podrían haber sido, si hubiera elegido, por ejemplo, a Colin Powell o a John McCain como compañero de candidatura?

Lo que hizo Cheney fue alimentar los prejuicios de Bush y pasar a ocupar despiadada y enérgicamente el terreno de formulación de políticas dejado vacío por la indolencia del Presidente y la falta de influencia política de la Asesora de Seguridad Nacional Condoleezza Rice.

¿En qué creía Cheney? Pensaba que Ronald Reagan había demostrado que los déficits fiscales no importaban. Creía en el capitalismo –o al menos en apoyar a las grandes empresas y a los ricos–, si bien resulta más dudoso que entendiera cómo deben funcionar los mercados libres conforme al Estado de derecho. La ley nunca fue el fuerte de Cheney.

Era un defensor del poder americano, pese a que durante la época de Vietnam se las había ingeniado para no figurar en su extremo combativo, como los demás reclutados. Pensaba que el Presidente de los Estados Unidos debía saltarse los mecanismos de control del poder ejecutivo que figuran en la Constitución de los EE.UU., del mismo modo que su país no debía verse constreñido por norma internacional alguna. Las normas eran para los demás y, al final del período de desempeño de su cargo, su único desacuerdo público con Bush se refirió a la negativa del Presidente a conceder el perdón al ex jefe de gabinete de Cheney, Scooter Libby, convicto de perjurio.

La influencia de Cheney dio como resultado el sangriento desastre del Iraq, la humillación moral de Guantánamo, “el submarino” y las “entregas extrajudiciales”, la desesperación de los amigos y el desprecio de los críticos, un desfile de doble rasero con uniforme de gala por todo el planeta. Dick Cheney, malintencionado y partidista, fue uno de los vicepresidentes más poderosos de los Estados Unidos. No se me ocurre otro que hiciera tanto daño a los Estados Unidos en el interior y a su reputación en el exterior.

No es de extrañar que Bush considere la elección de Cheney una decisión tan decisiva. En política las ideas importan y, como Bush sólo tenía pocas y simplistas, se encontró con su programa modelado y dominado por su astuto substituto y adjunto. Eso fue lo que acabó fastidiándolo.

La presidencia de Bush fue desacreditada y hundida por el hombre al que tuvo la fatal ocurrencia de seleccionar para que trabajara por él. La mayor tragedia fue la de que tantos otros pagaran por ella un precio mucho mayor que Bush. “El costo de Dick Cheney”: tal vez ése debería ser el título de las memorias de Bush.

Fuente: www.project-syndicate.org

Comercializar derechos especiales de giro

Por: Barry Eichengreen

Zhou Xiaochuan, el gobernador del Banco Popular de China, hizo mucho ruido antes de la reciente cumbre del G-20 al afirmar que los Derechos Especiales de Giro (DEG) del Fondo Monetario Internacional deberían reemplazar al dólar como la moneda de reserva del mundo. Sus reflexiones no hicieron más que suscitar reacciones encontradas.

Los simpatizantes reconocieron las contradicciones de un sistema en el que se utiliza internacionalmente una unidad nacional. Los bancos centrales, comprensiblemente, buscan más reservas mientras sus economías crecen. Pero si esas reservas adoptan principalmente la forma de dólares, entonces su creciente demanda permite a Estados Unidos financiar su déficit externo a un costo artificialmente bajo. A su vez, esto da lugar a que se creen desequilibrios insostenibles, que conducen a una crisis inevitable. Los episodios recientes han subrayado este problema -y el gobernador Zhou, por lo tanto, tenía razón de reclamar un sistema diferente.

Sin embargo, los escépticos cuestionan si el DEG alguna vez podría reemplazar al dólar como la principal moneda de reserva del mundo, por la sencilla razón de que el DEG no es una moneda. Es una unidad contable compuesta en la que el FMI adjudica créditos a sus miembros.

Esos créditos se pueden convertir en dólares y otras monedas en el Fondo, y se pueden utilizar en transacciones oficiales entre países miembro del FMI. Pero no se pueden utilizar en las otras transacciones en las que intervienen bancos centrales y gobiernos. No se pueden utilizar para intervenir en mercados de divisas, o en otras transacciones con participantes del mercado. Esto significa que el DEG no es una unidad atractiva para las reservas oficiales.

Esto no sería fácil de cambiar. A pesar de los altibajos y dificultades de la economía norteamericana, los valores en dólares siguen siendo la forma dominante de reservas por la profundidad y liquidez sin parangón de los mercados norteamericanos. Los bancos centrales pueden comprar y vender valores en dólares sin mover esos mercados. También existe el factor de conveniencia: los dólares se utilizan ampliamente en una variedad de transacciones distintas. Como resultado, ni siquiera el euro ha desafiado seriamente al dólar como la moneda de reserva dominante. Y al DEG le resultaría aún más difícil.

Pero difícil no quiere decir imposible. Si China habla en serio cuando propone elevar el DEG a la categoría de moneda de reserva, debería tomar medidas para crear un mercado líquido en demandas de DEG. Podría emitir sus propios bonos denominados en DEG. Mejor aún, podría alentar a otros países del G-20 a hacer lo mismo. Pagarían un precio, ya que los inversores en esos bonos inicialmente exigirían una prima por novedad. Pero nada es gratuito. Ese precio sería una inversión en un sistema internacional más estable.

Por supuesto, se hizo un intento anterior por crear un mercado comercial de demandas denominadas en DEG. En los años 1970, hubo una emisión limitada de títulos denominados en DEG por parte de bancos comerciales y de bonos denominados en DEG por parte de corporaciones. Pero esos esfuerzos finalmente no condujeron a ninguna parte. Al ser el dólar más líquido, su ventaja como el primero en entrar en el mercado resultó imposible de superar.

Para superar esa ventaja hoy haría falta que alguien actuara como formador de mercado para transacciones tanto privadas como oficiales y subsidiara al mercado en su etapa inicial. Ese alguien obviamente es el FMI. El Fondo podría estar dispuesto a comprar y vender demandas de DEG a todos los interesados, tanto privados como oficiales, a márgenes estrechos entre oferta y demanda competitivos con los del dólar.

El dólar originalmente adquirió la categoría de moneda internacional en los años 1920, cuando la recientemente establecida Reserva Federal empezó a comprar y vender aceptaciones en dólares, resguardando el mercado y mejorando su liquidez. Si la comunidad internacional habla en serio respecto del DEG como moneda internacional, tendrá que facultar al FMI para hacer lo mismo.

Nuevamente, habría un costo. El FMI estaría utilizando recursos reales para subsidiar al mercado hasta que los formadores de mercado privados lo vieran atractivo como para ofrecer esos servicios a un costo comparable. Los accionistas del Fondo tendrían que acordar incurrir en esos costos. Pero, una vez más, ¿qué es esto si no una inversión en un sistema monetario global más estable?

Transformar el DEG en una verdadera moneda internacional requeriría superar otros obstáculos. El FMI tendría que poder emitir DEG adicionales en períodos de escasez, como cuando la Fed proporcionó canjes en dólares para asegurar una adecuada liquidez del dólar en la segunda mitad de 2008. Hoy en día, los países que tienen el 85% del poder de voto del FMI deben ponerse de acuerdo antes si se pueden emitir DEG, que no es una receta para la liquidez.

También se debería facultar a los administradores del FMI para que decidan sobre una emisión de DEG, de la misma manera que la Fed puede decidir ofrecer canjes monetarios. Para que el DEG se convierta en una verdadera moneda internacional, en otras palabras, el FMI tendría que convertirse más en un banco central global y prestador internacional de último recurso.

Antes de la crisis, estas ideas habrían sido descartadas de movida. Incluso hoy no se materializarán de la noche a la mañana. Pero son las implicancias reales de las observaciones del gobernador Zhou.

Fuente: www.project-syndicate.org

El mayor amortiguador del mundo

Por: Hans-Werner Sinn

Desde el pasado otoño, varios economistas angloamericanos –pero sobre todo el premio Nobel de 2008– Paul Krugman, han acusado a Alemania de no hacer lo suficiente para luchar contra la crisis económica mundial y de parasitismo de los programas de estímulo de otros países. Recientemente, The Financial Times preguntó dónde estaban los economistas alemanes que defienden las políticas de Alemania, con lo que expresaba la suposición de que disienten de las políticas de su gobierno, pero son demasiado cobardes para decirlo públicamente y se someten a los rituales de la “sociedad del consenso” alemana. Desde un punto de vista alemán, el debate constituye una inversión ridícula de la verdad.

Alemania ha ejecutado dos programas de estímulo económico, que han ascendido a 80.000 millones de euros, es decir, el 3,2 por ciento del PIB, del que el 1 por ciento del PIB entrará en vigor en 2009. A primera vista, es en verdad inferior al programa americano, que asciende en total al 6,2 por ciento del PIB, el dos por ciento del cual se gastará en 2009, pero se trata de una impresión engañosa, ya que el Estado alemán, mediante la flexibilidad inherente a su sistema de asistencia social, ya contribuye a estabilizar la economía mundial.

De hecho, las generosas políticas de seguro de desempleo de Alemania garantizan que los afectados podrán mantener sus niveles de consumo aun cuando pierdan sus empleos. Alemania tiene incluso subsidios a corto plazo que permiten a las empresas reducir el horario laboral de sus empleados y el Estado reembolsa en parte su pérdida de ingresos. Sin ese subsidio a corto plazo, el número medio de desempleados en 2009 ascendería a 300.000 más que ahora.

Al mismo tiempo, más del 40 por ciento de la población adulta de Alemania (pensionistas, beneficiarios de asistencia social, desempleados, víctimas de accidentes, estudiantes) recibe alguna forma de transferencia de renta del Estado, en particular los de la Alemania oriental, mientras que la carga de impuestos y contribuciones de la seguridad social que recae sobre los que tienen empleo es elevada. Si bien no cabe duda de que todo ello constituye un obstáculo para el crecimiento económico a largo plazo y causa grandes problemas estructurales, también significa que el Estado reacciona de una forma extraordinariamente anticíclica y estabiliza la economía en gran medida, lo que beneficia al mundo entero.

El Estado alemán registró un déficit presupuestario de tan sólo el 0,1 por ciento del PIB en 2008, mientras que, según una reciente previsión de la OCDE, en 2009 experimentará un espectacular aumento hasta el 4,5 del PIB. Así, pues, el estímulo aportado por el presupuesto del Estado alemán ascenderá al 4,4 por ciento del PIB. En los Estados Unidos, el déficit presupuestario en 2008 ascendió al 5,8 por ciento del PIB y, según la misma previsión de la OCDE, ascenderá al 10,2 por ciento del PIB en 2009, lo que representa exactamente el mismo estímulo económico que el de Alemania: el 4,4 por ciento del PIB.

Además, Alemania tiene una estabilidad interna mucho mayor que los Estados Unidos, porque no tiene el problema de unas familias muy endeudadas y que ahora ven limitadas sus posibilidades de obtención de créditos. Los bancos alemanes conceden hipotecas sólo hasta un máximo del 60 por ciento del valor de una casa, en lugar de las hipotecas del 100 por ciento que eran frecuentes en los EE.UU. y el Reino Unido.

Asimismo, en Alemania no existe prácticamente deuda de tarjetas de crédito ni otras razones para un endeudamiento de las familias del estilo de los EE.UU. Una familias alemana normal no está en las últimas financieramente y, por tanto, puede compensar sus pérdidas de ingresos ajustando sus ahorros. Se trata de otra razón por la cual el consumo privado en Alemania, según la previsión conjunta de los principales institutos económicos de Alemania, conocida la semana pasada, aumentará el 0,3 por ciento en 2009 en medio de la peor crisis económica de la posguerra, mientras que el consumo privado está en caída libre en casi todo el resto del mundo.

Alemania ocupa el segundo lugar por la importancia de sus importaciones, justo detrás de los EE.UU. Así, pues, la estabilidad del consumo alemán es actualmente el más sólido pilar económico de la economía mundial. Mientras que las exportaciones alemanas disminuyen a una tasa anual del 20 por ciento, la porción de las importaciones que no consisten en productos intermedios para bienes de exportación es estable, lo que ayuda al mundo en conjunto.

Los datos abonan claramente esta opinión. Según la OCDE, la corriente anualizada de exportaciones de bienes alemanes desde enero de 2008 hasta enero de 2009 se redujo en 173.000 millones de dólares más que la reducción de la corriente de importaciones correspondiente, lo que significa que el superávit comercial anualizado de Alemania se redujo en la misma cantidad. Se trata de la mayor reducción en demanda exterior neta de bienes extranjeros que afronta un solo país o, dicho en términos equivalentes, el mayor aumento de la demanda neta de bienes extranjeros de un país. El Japón, por ejemplo, ha afrontado sólo una reducción de 157.000 millones de dólares en su balanza comercial anualizada.

Durante el mismo periodo, las importaciones anualizadas de los EE.UU. se redujeron en 284.000 millones de dólares más que sus exportaciones y el superávit comercial anualizado de China aumentó en 249.000 millones de dólares. Dicho de otro modo, desde enero de 2008 hasta enero de 2009, los EE.UU. retiraron 284.000 millones de dólares y China 249.000 millones en demanda anualizada de la economía mundial, mientras que Alemania aportó 173.000 millones de dólares y el Japón 157.000 millones en estímulo, en forma de demanda anualizada, a la economía mundial.

En el caso de los países mayores de Europa, el panorama de la demanda anualizada en el mismo período es variado. Mientras que Italia, como Alemania y el Japón, ha añadido demanda, que asciende a 6.000 millones de dólares, España ha retirado 101.000 millones de dólares, el Reino Unido 50.000 millones de dólares y Francia 19.000 millones de dólares. Los siete billones de dólares de descenso del precio de las casas en los EE.UU. a lo largo de los dos últimos años fueron equivalentes a la explosión de una bomba atómica. Alemania, el Japón y otros países absorbieron y mitigaron la onda expansiva. De modo que, en lugar de menospreciar las medidas adoptadas por Alemania, el mundo debería darle muestras de un poco más de gratitud a este país.

Fuente: www.project-syndicate.org

lunes, 4 de mayo de 2009

Pandemia

Por: Manuel Castells

La Organización Mundial de la Salud alerta de una pandemia inminente causada por la difusión del virus H1N1, aparentemente originado en cerdos pero transmitido entre humanos por vía aérea. Aunque ha habido ya decenas de muertos debido a la gripe provocada por el virus, los científicos debaten sobre su nivel de peligrosidad. Para algunos no es más virulento que las epidemias de gripe que cercenan miles de vidas cada invierno, sobre todo entre los viejos (más débiles) y los niños (menos inmunizados). Otros investigadores son más precavidos porque no se conoce la mutación humana de este virus y, por ahora, no hay vacuna efectiva. Y aunque se está trabajando, su producción y distribución lleva tiempo.

La variante actual del virus parece haberse originado en México, aunque las autoridades sanitarias de este país apuntan hacia China, donde hubo muertes asociadas a un virus similar en 1997. Posiblemente ambas hipótesis sean verosímiles porque en ambos casos se relacionan con la producción industrial de carne de cerdo, tal y como las epidemias de gripe aviar se relacionaron con las granjas avícolas y la epidemia de las vacas locas se originó del consumo de carne de animales enfermos. En la epidemia actual, informaciones de medios periodísticos mexicanos y de expertos estadounidenses señalan a una fábrica de cerdos en concreto. La megainstalación de Granjas Carroll (subsidiaria de la multinacional estadounidense Smithfields Foods) en el pueblo de La Gloria, estado de Veracruz. Allí se produjo una epidemia en febrero pasado que contagió al 60% de sus 1.800 habitantes; murieron tres niños. Fuentes oficiales confirmaron que al menos uno de esos niños fue afectado por un virus semejante al que ahora se ha identificado como causante de la epidemia. Los vecinos culpan a las nubes de moscas que emergen del agua encharcada donde se acumulan miles de puercos confinados en un reducidísimo espacio. La empresa lo niega y muchos expertos rechazan la idea de que las moscas puedan transmitir virus, aunque hay opiniones discrepantes entre los investigadores.

Durante una epidemia semejante en Kioto, Japón, en el 2004 se observaron concentraciones de moscas en las instalaciones de producción de pollos donde se originó un foco de gripe aviar. En todo caso el virus se transmitió a humanos en proximidad inmediata de una instalación masiva de cría de cerdos.

Algunos expertos, como el ecogranjero Tom Philppot, que analizó epidemias animales en su estado, Carolina del Norte, creen que una posible razón de las repetidas epidemias humanas originadas en animales es el insuficiente tratamiento de residuos de las explotaciones agroindustriales. Según datos de la FAO para el 2003 en el mundo se contabilizaron 460 millones de toneladas de residuos porcinos y 140 millones de desechos avícolas. Los desechos proceden de gigantescas granjas que se concentran en ciertas zonas y dan lugar a posibles focos de infección cuya vigilancia sanitaria en muchos casos deja que desear.

Teniendo en cuenta la frecuencia creciente de epidemias de origen animal, asociadas al contacto de humanos con animales en condiciones higiénicas no controladas, la verdadera cuestión que se está planteando es la del riesgo asociado con las condiciones en las que se desarrolla la industria agropecuaria de la que depende nuestra alimentación. Desde la mutación genética de especies animales y vegetales para incrementar la productividad de su producción a la fabricación en serie de animales que no son sino productos artificiales hacinados por miles (y por tanto expuestos a contagio instantáneo de cualquier virus) exclusivamente para nuestro consumo, hemos creado una forma de alimentación químico—genético—industrial que ha entrado en nuestra línea de nutrición y nos expone a la contaminación que origine en cualquier punto del sistema.

Como además los productos se distribuyen globalmente y los viajeros de un lado a otro del planeta han aumentado exponencialmente, cualquier virus originado en cualquier parte tiene el potencial de difundirse rápidamente por todo el mundo. Al viajar el virus se desarrolla en otros entornos, se adapta a ellos y, por ello, frecuentemente muta.

Por lo que la identificación y tratamiento de los virus humanos sigue más o menos la misma lógica que los virus informáticos: siempre una generación detrás del virus presente en cada epidemia. Puede incluso pensarse que estamos teniendo mucha suerte de no haber sufrido catástrofes de mayor dimensión, aunque la pandemia del sida (también originada en animales en Áfricay transmitida a humanos) nos recuerda cada día el terrible peligro al que nos enfrentamos en un mundo globalmente interdependiente y con un sistema de higiene pública de desigual vigilancia según países.

Aún es pronto para saber si la pandemia actual se reducirá a una oleada de gripe o si es el principio de algo peor. Lo que sí queda claro, una vez más, tras las repetidas amenazas que el mundo ha sufrido en tiempos recientes, es que la noción de sostenibilidad no es una frivolidad ideológica. Es una llamada a nuestra supervivencia cuando aún estamos a tiempo. Quienes proponen y practican la agricultura ecológica, quienes plantan tomates en su jardín (empezando por Michelle Obama en la Casa Blanca) están mostrándonos vías de salida, al menos parcial, para la dinámica autodestructiva en que nos hemos metido en búsqueda de una ganancia económica que no contabiliza las consecuencias (económicas también, además de humanas) sobre la salud. Cierto es que hay autoridades sanitarias encargadas de controlar y certificar lo que comemos. Pero ni tienen los medios suficientes ni pueden controlar la complejidad de un sistema de producción y distribución mundializado ni, a veces, pueden resistir las presiones políticas o pecuniarias de mezquinos intereses dispuestos a medrar con nuestra existencia. La crisis nos invita a reconstruir no sólo la economía sino nuestro modo de vida. Vivir mejor con menos. Y vivir sabiendo lo que comemos sin fiarlo todo a la certificación administrativa de la calidad de los alimentos que ponemos en la mesa de nuestra familia.

Fuente: La Vanguardia

La revuelta de la desigualdad

Por: Ulrich Beck

La revuelta de la desigualdad sacude al mundo entero: de Moscú a Helsinki, de Londres a Washington y de Berlín a Buenos Aires. En Internet encontramos páginas que invitan a quemar o a colgar a los banqueros. El centro mundial de las finanzas en Londres aconseja a las empresas que exhorten a sus trabajadores a no pasearse más en traje y corbata para evitar riesgos. Aquellos que parecían ejercer un control irrevocable sobre las finanzas mundiales son ahora percibidos y calificados despectivamente como "extraterrestres", se les considera como personas de otro planeta. Cuando se obstinan en seguir cobrando primas y obteniendo privilegios, entonces son ejecutados, por lo menos moralmente, en los debates televisivos. Y probablemente esto sólo acaba de empezar.

A partir de diversos componentes se obtiene así una explosiva mezcla política y social. No sólo aumenta la desigualdad, tanto en el marco nacional como en el global, sino que, ante todo, el rendimiento y el ingreso se han desacoplado ya por completo a los ojos de la ciudadanía. O peor aún: en el contexto del desmoronamiento de las finanzas mundiales se ha producido en las esferas más altas del poder un acoplamiento perverso entre gestión ruinosa e indemnizaciones millonarias. El pequeño secreto, que no hace más que agudizar la amargura, consiste en que este enriquecimiento codicioso se ha realizado de forma absolutamente legal, pero atenta a la vez contra todo principio de legitimidad.

La ira popular se enciende a causa de esta contradicción entre legalidad y legitimidad con la que la élite financiera ha incrementado fabulosamente su riqueza. Pero esta ira se enciende más aún, justamente, porque esta desproporción ha burlado todas las mediciones de los rendimientos y porque las leyes vigentes siguen encubriendo tan clamorosas desigualdades. Aquí también aparecen contradicciones en la apreciación. Unos dicen: necesitamos más impuestos para los que más ganan, ya que el mercado no está en condiciones de corregir sus propios excesos. Los otros consideran, según el viejo esquema, que esto no es más que una política de la envidia, y reclaman derechos que se apartan de las leyes.

La consecuencia de ello es que el grito de dolor socialista reclamando la igualdad es proferido justamente desde el centro herido de la sociedad y halla repercusión por doquier. Pero esta conciencia de la igualdad no hace ahora más que alimentar las desigualdades sociales de un modo políticamente explosivo. Las desigualdades sociales se convierten en material conflictivo que se inflama con facilidad, no sólo porque los ricos siempre son más ricos y los pobres más pobres, sino sobre todo porque se propagan normas de igualdad que están reconocidas y porque en todas partes se levantan expectativas de igualdad, aunque al final queden frustradas.

Una quinta parte de la población mundial, la que se encuentra en peor situación (posee, en su conjunto, menos que la persona más rica del mundo), carece de todo: alimentación, agua potable y un techo donde cobijarse. ¿Cuál fue la causa de que, en estos últimos 150 años, este orden global de desigualdades mundiales se mostrara a pesar de todo como legítimo y estable? ¿Cómo es posible que las sociedades del bienestar en Europa pudieran organizar costosos sistemas financieros de transferencia en su interior sobre la base de criterios de necesidad y pobreza nacionales mientras que buena parte de la población mundial vive bajo la amenaza de morir de hambre?

La respuesta es que éste es -o era- el principio de eficiencia que legitimaba las desigualdades nacionales. Quien se esfuerce será recompensado con bienestar, rezaba la promesa. A la vez, el Estado nación procuraba que las desigualdades globales se mantuvieran encubiertas y que pareciera que fueran legítimas e inalterables. Porque hasta entonces las fronteras nacionales separaban nítidamente las desigualdades políticamente relevantes de las irrelevantes. ¿Quién se preocupa por las condiciones de vida en Bangladesh o en Camboya? La legitimación de las desigualdades globales se basa así en el disimulo del Estado nación. La perspectiva nacional exime de mirar la miseria del mundo.

Las democracias ricas portan la bandera de los derechos humanos hasta el último rincón del planeta sin darse cuenta de que, de ese modo, las fortificaciones fronterizas de las naciones, que pretenden atajar los flujos migratorios, pierden su base legítima. Muchos inmigrantes se toman en serio la igualdad predicada como derecho a la libertad de movimientos, pero se encuentran con países y Estados que, justamente por la presión de las crecientes desigualdades internas, quieren poner fin a la norma de igualdad en sus fronteras blindadas.

La revuelta contra las desigualdades realmente existentes se alimenta así de estas tres fuentes: del desacoplamiento entre rendimiento y ganancia, de la contradicción entre legalidad y legitimidad, así como de las expectativas mundiales de igualdad. ¿Es ésta una situación (pre)revolucionaria? Absolutamente. Carece, sin embargo, de sujeto revolucionario, por lo menos hasta ahora. Porque las protestas proceden de los lugares más distintos. La izquierda radical acusa a los directivos de los bancos y al capitalismo. La derecha radical acusa una vez más a los inmigrantes. Ambas partes se corroboran mutuamente en que el sistema capitalista imperante ha perdido su legitimidad. En cierto sentido, son los Estados nación los que se han deslizado involuntariamente hacia el rol de sujeto revolucionario. Ahora, de repente, éstos ponen en práctica un socialismo de Estado sólo para ricos: apoyan a la gran banca con cantidades inconcebibles de millones, que desaparecen como si fueran absorbidas por un agujero negro. Al mismo tiempo, aumentan la presión sobre los pobres. Semejante estrategia es como querer apagar el fuego con fuego.

Este proceso sólo fue posible porque los decenios anteriores engendraron en muchos ámbitos de la economía una suerte de espíritu del superhombre nietzscheano. Pequeñas empresas locales eran transformadas en potencias globales por superhombres de la economía, y éstos cambiaron adecuadamente las reglas del poder en vigor. Llevaron las finanzas a la esfera de lo incalculable, que nadie, ni ellos mismos, podía entender. Pero su actuación parecía justificarse en que elevaron a cotas inauditas sus beneficios, su poder y sus ingresos.

La ideología predicaba que cualquiera podía triunfar. Esto era válido tanto para el comprador de bajos ingresos que obtenía su primera propiedad como para el malabarista que ignora los riesgos incalculables. El paraíso en la tierra consistía en que el primero podía comprar con dinero prestado y el segundo podía hacerse aún más rico, también con dinero prestado. Ésta era, y sigue siendo ahora, la fórmula de la irresponsabilidad organizada de la economía global. Ahora, en la caída libre de la crisis financiera, ambos salen perdiendo, aunque no exactamente de la misma manera. Mientras que los ricos poseen un poco menos, a los pobres apenas les alcanza para vivir. Después de haber subido, ahora el ascensor vuelve a bajar. Pero esto no amortigua la capacidad explosiva de la revuelta de la desigualdad que hoy se cuece.

Más bien al contrario. Las demandas de más igualdad, que encuentran su expresión en las actuales protestas, alcanzan la autoconciencia de Occidente en su núcleo neoliberal. En los decenios pasados se falsificó el sueño americano y sus promesas de libertad e igualdad de oportunidades por la promesa cínica de enriquecimiento privado. En realidad, este espíritu ha convertido a muchas y a muy distintas sociedades en dependientes de la droga de vivir con dinero prestado. La rutina diaria de las personas se basaba en la obtención de dinero rápido y barato, así como en la disponibilidad ilimitada de combustible fósil.

La vida misma ha perdido el control en ese anhelo permanente de obtener cada vez más y más. Ahora cabe preguntarse: ¿dónde están los movimientos sociales que esbozan una modernidad alternativa? De lo que se trata es de cosas tan concretas como de las nuevas formas de energía regenerativa, pero también de fomentar un espíritu cívico que supere las fronteras nacionales. Y de cualidades como la creatividad y la autocrítica, para que temas clave como la pobreza, el cambio climático o civilizar los mercados tengan un lugar central.

Fuente: El País

domingo, 3 de mayo de 2009

La globalización de las plagas

Por: Moisés Naím

Si todo va bien, medio millón de personas van a morir de gripe este año. Y entre tres y cinco millones más se van a enfermar gravemente en todo el mundo. Si todo va bien. Es decir, si no brota una epidemia de gripe viral más aguda de las que normalmente azotan al mundo con regularidad casi cronométrica.

Dos veces al año -una en cada hemisferio- surge una epidemia causada por virus que van mutando y adaptándose a cambios en su medio ambiente en una casi perfecta demostración de las teorías de Darwin. Así, en un año normal y tan sólo en Estados Unidos, 200.000 personas deben ser hospitalizadas y 36.000 pacientes fallecen a causa de las complicaciones causadas por el virus de moda ese año. En Europa, mueren 40.000 personas cada año.

Pero no todos los años son tan trágicamente normales. Entre 1918 y 1919, el virus de la influenza viajó por el planeta dejando 50 millones de muertos. El año 2003 también amenazaba con ser un año anormalmente peligroso para la salud humana: ya finalizando 2002 se detectó en Asia un brote viral que producía un síndrome agudo de insuficiencia respiratoria o SARS. Se tomaron todas las precauciones y, como suele suceder en estas situaciones, algunos países sufrieron más por las reacciones suscitadas que por la epidemia misma.

En abril de 2003, la Organización Mundial de la Salud (OMS) advirtió que, si bien el epicentro de la epidemia estaba en China, había detectado casos "exportados" a la ciudad de Toronto y recomendaba, por lo tanto, evitar viajes a esa ciudad. Los canadienses protestaron insistiendo en que no había razón para la alarma. La OMS retiró su recomendación de evitar viajes a Toronto seis días después de haberla emitido y, en efecto, no hubo en esa ciudad ningún brote significativo de SARS. Lamentablemente, ya era muy tarde. Toronto -un importante centro de convenciones y atracción turística- se convirtió por un tiempo en un destino intocable, lo que provocó muchos más daños que la epidemia de SARS. Al final, el SARS se cobró 774 víctimas en todo mundo, muchísimas menos que las muertes por accidentes automovilísticos.

Es aún temprano para saber si la actual epidemia de fiebre causada por el virus H1N1 tendrá efectos moderados como los del SARS o estallará convirtiéndose en una grave pandemia. Por ahora, sus efectos han sido limitados, pero nadie sabe cómo evolucionará y cuál será su impacto. Sin embargo, ya hay algunas cosas sobre esta crisis que sabemos. Es global, viaja rápido y sigue itinerarios de viaje muy sorprendentes. Está claro también que organismos multilaterales como la Organización Mundial de la Salud desempeñan un papel crítico e indispensable. Pero quizás lo más claro y doloroso que ya sabemos es que para ciertos países, como México, los efectos económicos y sociales del H1N1 ya son devastadores. De nuevo -y como en Toronto- la reacción mundial a la epidemia ha tenido hasta ahora más impacto que la epidemia misma.

La economía mexicana se verá muy afectada por el daño que el brote de la enfermedad ha causado a la imagen del país. En 2008, México atrajo a casi 23 millones de visitantes extranjeros, que le generaron 13.000 millones de dólares de ingresos. Más de dos millones de mexicanos tienen trabajo gracias al turismo, y la inversión en el sector es muy importante. Ya la violencia asociada al narcotráfico había ahuyentado a muchos turistas, y la epidemia profundizará esta tendencia. Además de la epidemia y la crisis del turismo México también sufre por la caída de sus exportaciones a raíz de la recesión mundial y la reducción de las remesas de los mexicanos en el exterior. No son las diez plagas de Egipto, pero casi.

Finalmente, la epidemia H1N1 sirve como muy buen recordatorio de lo simplista que es pensar en la globalización sólo como un fenómeno económico. Los flujos de comercio e inversión internacional han caído vertiginosamente, lo cual ha llevado a algunos a concluir que la globalización es una de las víctimas de la crisis económica mundial.

No hay duda de que ciertos aspectos de la globalización económica se han reducido por la crisis. Pero la globalización sigue su acelerada marcha, y la epidemia causada por el virus H1N1 es tan sólo un ejemplo de las muchas y complicadas maneras en las cuales, en el mundo de hoy, todos somos vecinos.

Fuente: El País

viernes, 1 de mayo de 2009

El nuevo FMI

Por: Age Bakker

Cuando los ministros asistan este mes a la reunión de primavera del FMI, se encontrarán con una institución que ha recuperado la confianza en sí misma. La cumbre del G-20 celebrada en Londres dio un mandato reforzado al FMI, al tiempo que triplicaba sus recursos. Va a haber más financiación en condiciones favorables para los países con bajos ingresos y la liquidez internacional aumentará con una dotación de 250.000 millones de derechos especiales de giro (DEG). Se trata de un gran impulso para el FMI e infunde esperanzas a los países en ascenso y en desarrollo que se han visto gravemente afectados por una crisis originada en otras latitudes.

El FMI está en buenas condiciones para superar los desfases financieros resultantes de la crisis. En el período previo a la cumbre del G-20, se aumentó el acceso a las líneas de crédito y se flexibilizaron las condiciones en materia de políticas. Como punto de inflexión con los usos anteriores, se introdujo una nueva línea de crédito sin condiciones para los países con buen rendimiento. México y Polonia serán sus primeros usuarios y otros países harán cola para obtenerla. Esas políticas más flexibles de préstamo reflejan una nueva concepción del FMI. El negativo estigma atribuido a la financiación del FMI es cosa del pasado.

Una vez garantizado su papel financiador en esta crisis, ahora el FMI debe reforzar su posición de custodio del sistema financiero internacional. El FMI fue creado para prevenir crisis como la actual y en eso ha fallado. Cierto es que hubo avisos, pero las autoridades, en particular las de los países avanzados, no actuaron en consecuencia.

El “nuevo” FMI debe ser una institución que comunique mejor con sus miembros, equilibre de forma imparcial los intereses de sus miembros avanzados, en ascenso y en desarrollo y adecue mejor sus políticas a las necesidades del momento. Ahora que se ha dado una segunda vida al FMI, debe recuperar su posición central en el sistema financiero internacional. Para ello necesita centrarse en tres cuestiones: una vigilancia mejorada de la estabilidad financiera, una mayor coordinación internacional y un proceso de adopción de decisiones actualizado.

El nuevo FMI debe mostrarse más explícito sobre los asuntos de la estabilidad financiera mundial y procurar que no haya lagunas en la vigilancia de las entidades financieras. Puede contribuir a dar forma a un sistema mundial de supervisión más sólido, que se debe crear para preservar las beneficios de los mercados financieros mundiales, y debe contribuir a dar una idea de cómo debe ser la futura estructura financiera.

Para ello, la vigilancia del FMI debe entrañar actualizaciones periódicas sobre los regímenes supervisores en países sistémicamente importantes. Los avisos tempranos, pedidos por el G-20, deben ser específicos y el FMI debe vigilar para ver si las autoridades atienden el asesoramiento del Fondo.

El nuevo FMI debe examinar de nuevo la coordinación internacional de las políticas. La petición de un nuevo orden monetario, propugnado por China, prepara el terreno para adoptar nuevas medidas encaminadas a evitar los desequilibrios internacionales, que fueron la causa de esta crisis.

En primer lugar, habrá que abordar el déficit de ahorro de los Estados Unidos de forma sostenible. En segundo lugar, China tendrá que hacer convertible su divisa. En tercer lugar, la posición del euro se fortalecerá con el tiempo, a medida que más países entren en la zona del euro.

Con más divisas principales en funcionamiento, se perfila la perspectiva de un sistema de divisas de verdad múltiple, con un papel más importante para los DEG, lo que disminuirá la necesidad sentida por las economías en ascenso de un autoseguro contra la inestabilidad financiera mediante la acumulación de grandes reservas.

Por último, el nuevo FMI necesita estructuras de dirección que reflejen mejor las nuevas realidades mundiales de la actualidad. La impresión de que los países avanzados son los que dirigen el Fondo, pero no atienden a su asesoramiento, ha socavado la autoridad del FMI.

La cumbre del G-20 señaló el regreso de los Estados Unidos al multilateralismo. Esa aceptación de la responsabilidad colectiva debe ir acompañada del abandono de la capacidad de veto de los EE.UU. en el FMI reduciendo las mayorías de voto requeridas y la prerrogativa de Europa de nombrar al Director Gerente. Uno de los puntos fuertes de la actual estructura de dirección del FMI, el sistema de votación, se debería reproducir también en el G-20 para que no sea excluyente.

El rápido crecimiento de China, la India y otros países en ascenso debe ir acompañado de una mayor influencia, que se logrará mediante el aumento de los cupos previsto en 2011. Los países avanzados, incluidos los europeos, experimentarán una disminución relativa de su capacidad de voto. Con un aumento de su voz y voto, las economías en ascenso adquirirán, además, una mayor responsabilidad internacional, también desde el punto de vista financiero.

Ahora los países europeos financian el 42 por ciento de los préstamos del FMI y el 62 por ciento de los préstamos en condiciones favorables del Banco Mundial. Las economías en ascenso y con grandes reservas tendrán que compartir esa tarea y un mejor empleo para esas reservas será el de ayudar al FMI a mantener un sistema de financiero abierto y estable y prevenir la reaparición de crisis como ésta.

Fuente: www.project-syndicate.org

La paradoja del catolicismo

Por: Michel Wieviorka, profesor de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París.

Elegido en abril del 2005, el Papa actual, Benedicto XVI, ha adoptado reiteradamente posturas que han suscitado diversas polémicas y debates, además, incluso, de escándalo. En septiembre del 2006, con ocasión de un discurso académico en Alemania, citó a un emperador bizantino, Manuel II Paleólogo, que manifestó seis siglos antes: “Muéstrame también lo que Mahoma ha aportado a título de novedad, y encontrarás solamente cosas malvadas e inhumanas, como su directriz de difundir a espada la fe que predicaba”. De resultas de ello, el Papa aparecía como hostil al islam e incluso provocador contra él y evidentemente poco interesado en hacer gala de una actitud abierta y dialogante. La cuestión suscitó reacciones tan intensas que se sintió obligado a presentar una vaga excusa: “Me afligen profundamente las reacciones…”.

En fecha más reciente, en enero de este año, Benedicto XVI rehabilitó a cuatro obispos excomulgados efectuando así una apertura a la derecha, en dirección de los sectores más tradicionalistas, presentándose como figura aglutinante y dando fin al cisma de los “integristas”. Pero entre tales obispos se cuenta monseñor Richard Williamson, un negacionista que considera que “no hubo cámaras de gas”. Por tal razón, la cuestión de una apertura, de por sí ya difícil, ha sido fuente de disensiones y tensiones diversas en el seno de la propia Iglesia, donde las corrientes progresistas se han inquietado al tiempo que la misma cuestión agitaba las aguas de la opinión pública en general y motivaba la indignación de los judíos: aunque monseñor Williamson se haya retractado, el bagaje del Vaticano ha parecido hallarse amenazado.

En suma, al recordar con ocasión de su viaje a África su oposición a la contracepción y acusar al preservativo de contribuir a agravar el drama del sida, Benedicto XVI ha subrayado la distancia que separa actualmente a la curia de la cultura y vida reales de una gran mayoría de los cristianos. Tal inadaptación al terreno, que inquieta a muchos católicos, se ve reforzada por la cuestión de la excomunión pronunciada por un obispo de Brasil el pasado 5 de marzo contra los familiares de una chiquilla de nueve años embarazada de dos gemelos como consecuencia de una violación: estos familiares decidieron hacerle abortar y la excomunión — justificada en un primer momento por el Vaticano—ha sido anulada tras una impresionante campaña de prensa; la inadaptación al mundo real se ve subrayada, asimismo, por los escándalos relativos a los sacerdotes paidófilos, en especial en Estados Unidos, que han inclinado a Benedicto XVI a confesarse “profundamente avergonzado” de ello. Todo esto ya se ha comentado profusamente, pero merece analizarse también desde un nuevo ángulo. ¿No estamos, al menos desde hace treinta años, en un planeta que presencia el “regreso de Dios”, en el corazón de una modernidad que reserva un lugar importante a la fe y que, desde luego, no se limita al combate propio de las luces de la razón y del derecho contra la religión como cuando Voltaire quería “aplastar al infame”? En el mundo actual, la modernidad incluye las convicciones, las pasiones, el hecho de creer, y el problema se cifra en articular los dos registros, el de los valores universales y el de las creencias y las tradiciones.

En este mundo nuevo, el islam se halla en expansión, igual que otras religiones. El budismo, por ejemplo, conoce el éxito incluso en Occidente y si al Dalái Lama se le profesa allí tanto afecto no se debe únicamente al hecho de que encarne a una nación oprimida, sino que obedece también a que representa valores situados en la encrucijada de la religión y la filosofía. El auge de iglesias protestantes, evangélicas, pentecostalistas, etcétera es impresionante en todo el mundo. En este paisaje general, en el que la religión se globaliza y progresa a un tiempo, el catolicismo constituye tal vez una excepción. Parece estar a la defensiva, se endurece, y el discurso de Benedicto XVI que acabo de evocar constituye una manifestación de tal endurecimiento.

¿Es que el catolicismo ya no responde a las expectativas religiosas de nuestro tiempo, que se caracteriza de forma preferente por ser refractario a la institucionalización, a la gestión de organizaciones de difícil manejo y estructuras jerárquicas? Cabe constatar aquí una primera explicación — importante—de la desafección hacia las iglesias en numerosos países católicos o de la crisis de vocaciones que se nota desde hace unos cuarenta años en estos mismos países; en todo caso, es un hecho en Europa y Norteamérica. La fe es una cosa y la institución otra, y según todo lo que antecede el catolicismo sería una realidad excesivamente institucionalizada para afrontar las expectativas provenientes de la sociedad.

Juan Pablo II, desde el punto de vista cultural, sostenía una línea bastante próxima a la de Benedicto XVI, pero contaba con un carisma considerable. Encarnaba la resistencia al totalitarismo, el rechazo del antisemitismo explícito y constante, y aunque no logró detener de hecho la crisis de las vocaciones o la desafección hacia las iglesias, era capaz de movilizar, a través de la relación directa y personal, verdaderas masas de creyentes con los que se fundía en un abrazo sobre todo en el curso de sus viajes y desplazamientos. El problema de la Iglesia actual estriba tal vez en que propone en menor medida que en otros tiempos un discurso de esperanza, en tensión hacia el futuro; en que parece más conservadora que progresista, menos abierta allí donde otras religiones proporcionan sentido pero también — en numerosos aspectos—la promesas de un mundo mejor. El éxito de las nuevas iglesias protestantes, sobre todo, guarda relación innegablemente con su discurso social; incluso, en ciertos casos, con la idea de que adhiriéndose a una de ellas cabrá beneficiarse inmediatamente de mejores condiciones de vida.

Indudablemente cabría proponer otras explicaciones. En cualquier caso, la organización global más antigua del mundo, la Iglesia católica, bimilenaria y con numerosas peripecias a sus espaldas, ha entrado en un periodo difícil en el preciso momento en que el hecho religioso conoce un renovado impulso que contribuye a afianzar el éxito de muchas otras religiones que parecían, en un principio, mucho menos preparadas para globalizarse también ellas mismas, ya sea en el mundo árabe (el islam), en Asia (el budismo, especialmente) o en Estados Unidos (iglesias protestantes).

Fuente: La Vanguardia

La crisis pide a gritos una nueva Europa

Por: Ulrich Beck

En medio de las ruinas de una Europa devastada moral, política y materialmente por la Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill se dejó llevar por el entusiasmo en 1946: «Si Europa llegara a unirse alguna vez… no habría límites ni a la felicidad, ni a la prosperidad, ni a la gloria de las que podrían disfrutar sus 400 millones de habitantes».

Hoy lo que nos amenaza es todo lo contrario: si Europa se deshiciera por culpa de la crisis económica global, no habría límites al descontento, a la pobreza y a la vergüenza de sus políticos y de sus 500 millones de habitantes.

Hace 20 años que de manera inesperada cayeron el Muro de Berlín y, a continuación, la URSS y el orden mundial bipolar de la Guerra Fría. Ahora, el modelo capitalista, es decir, la idea de que el mercado libre es la solución, cuyo triunfo se celebró en aquel momento, amenaza con caer y arrastrar a la UE consigo.

El desempleo está aumentando de manera exponencial de un extremo al otro del planeta. Las rachas de malestar social y el sentimiento en contra de los inmigrantes están, asimismo, invadiendo Europa.Y en este momento, de buenas a primeras, el fantasma de los estados inviables se cierne sobre el paraíso de prosperidad y seguridad que era la UE.

Por todo ello, si la Unión Europea no existiera, hoy tendríamos que inventarla. Lejos de representar una amenaza a la soberanía nacional al comienzo del siglo XXI, la UE es lo que fundamentalmente la hace posible. En esta sociedad de amenazas mundiales que se resisten a soluciones nacionales, los estados nación que han de conformarse con sus solos recursos son impotentes y no tienen capacidad para ejercer su soberanía. La soberanía concertada de la UE proporciona a naciones y ciudadanos, a todos sin excepción, su única esperanza de vivir en libertad y en paz.

Europa no necesita menos Europa; necesita más Europa. La crisis global demuestra que la unión monetaria no puede conseguirse sin una unión política. Sin embargo, hasta ahora no han existido ni una política financiera conjunta, ni una política industrial conjunta, ni una política social conjunta, esas políticas que debían haberse puesto en común para dar una respuesta eficaz a la crisis.

La crisis está pidiendo a gritos una refundación de la UE. Europa representaría entonces una nueva realpolitik dentro de la acción política en un mundo amenazado e interconectado, donde es necesario reemplazar la realpolitik de los intereses nacionales por la realpolitik cosmopolita: cuanto más europea y más cosmopolita se vuelva nuestra política, mayor éxito tendrá a nivel nacional.

La disyuntiva está entre más Europa y nada de Europa. Este imperativo de posibles consecuencias fallidas justifica la esperanza en un mercado en declive: sólo sobre las semillas de una solución global conjunta que se sembraron en la reunión del G—20, de la mano de la apertura de EEUU al mundo bajo la presidencia de Obama, pueden sentarse las bases de una UE rejuvenecida por la crisis.

Fuente: www.elmundo.es

Crisis: ¿no será la distribución de la riqueza?

Por: Justo Zambrana

Si algo se echa en falta en la galopante crisis económica que nos anega es la existencia de un marco teórico que permita explicar por qué ha pasado lo que ha pasado y, sobre todo, cómo recuperar la senda del crecimiento, a ser posible, equilibrado. La inmensa mayoría de los economistas, adeptos de las teorías neoclásicas en que había desembocado el monetarismo, callan. No sabemos si con propósito de enmienda o sólo a la espera de volver a la carga.

Por su parte, los contados neokeynesianos existentes y, masivamente, los líderes políticos se afanan en atajar una enfermedad cuyo diagnóstico no parece estar muy claro. Más parecen curanderos que médicos. Se recurre a Keynes, y es lo más sensato. No veo otra opción. Ocurre, sin embargo, que Keynes analizó la situación hace más de setenta años, y, desde entonces, muchas cosas han cambiado.

Dos resultan especialmente relevantes en la génesis de la crisis actual: una, la conversión del capitalismo industrial en capitalismo financiero. Hoy, de cada 100 transacciones que se realizan en los ampulosamente denominados “mercados”, más de 90 son meramente financieras. Dinero por dinero.

La segunda es que el modelo keynesiano está referenciado hacia economías cerradas de Estado—nación y ahora la realidad es la de un mundo globalizado y, si se me permite el barbarismo, instantaneizado desde el punto de vista financiero. ¿Cómo hacer si el papel del rico prestamista, acumulador de capital, ya no es una gran industria nacional sino una nación nominalmente comunista llamada China? ¿Cómo controlar esta nueva multiplicación de los panes y los peces que son los “apalancamientos” financieros que crean dinero de donde no lo hay llevando las burbujas a las “exuberancias más irracionales”?

En este tipo de situaciones, nada más útil para abordar lo novísimo que echar mano de lo básico. Para la fronda del árbol, la raíz. Espero que si algún término suena a marxismo no se produzca un rasgar de vestiduras. Sobre acumulaciones, crisis y ciclos, Marx es un referente ineludible, tanto o más que Ricardo. A Marx le sobra Hegel, pero no Ricardo.

La crisis económica que se desencadenó en 1973 con la guerra del Yom Kippur y la subida de los precios del petróleo fue una crisis de oferta que marcó el fin de la era keynesiana, iniciada en los años treinta como respuesta a la Gran Depresión.

En la década de los setenta, la economía había entrado en situación de estanflación, inflación sin crecimiento. El diagnóstico que prevaleció fue que los salarios y los impuestos habían crecido tanto que no se generaba suficiente “excedente de explotación” para invertir al ritmo que la tecnología demandaba. Un sector público hipertrofiado e ineficaz ahogaría la iniciativa privada al mismo tiempo que exigía crecientes recursos que sefinanciaban vía déficit públicos, generadores, a su vez, de inflación al aumentar indebidamente la oferta monetaria. En términos de vieja economía política, una “caída de la tasa de ganancia del capital” provocada por un exceso de distribución de la renta. ¿Causantes? El Estado de bienestar pujante y las instituciones que lo acompañaban. Contra todo ello levantaron bandera política Reagan y Thatcher. Y hasta hoy.

Hoy deberíamos pensar que, como en 1929, estamos en la situación inversa. Por tanto, sacar las consecuencias políticas contrarias. La crisis no es de oferta, sino de demanda. El capitalismo ha vuelto a lo que solía: crear más oferta que demanda. Por todas partes sobra capacidad instalada para producir, y lo que falta es capacidad para comprar. Las sucesivas burbujas tecnológica, inmobiliaria, etcétera, que se han producido desde hace 15 años nos indican que, por vías reales o ficticias —quizá mitad y mitad—, había más dinero disponible que capacidades de inversión. Ésa es la esencia de toda burbuja, desde los tulipanes, en la Holanda del siglo XVII, hasta las punto.com de ayer. Estaríamos, pues, en una crisis generada por una sobreexplotación que produce un exceso de acumulación de capital.

¿Detrás de ello qué hay? Pues simplemente una injusta distribución de la renta, tanto en términos nacionales como internacionales. Y así es. Aunque pocas veces se la sitúa en la génesis de esta crisis.

En Estados Unidos, en los últimos años, se ha producido un sesgo sin precedentes históricos a favor de los beneficios empresariales. El porcentaje de renta nacional dedicado al pago de salarios es el más bajo desde que hay estadísticas, en 1929. Desde 2002, los beneficios empresariales han crecido ocho veces más que los salarios, y por eso no sorprende que los ricos hayan incrementado su riqueza nueve veces más deprisa que los pobres. En China, la distribución de la renta es peor que la de Estados Unidos. Para muestra, un botón: el índice de Gini, que mide la desigualdad en la distribución de la renta (0: igualdad absoluta, todos iguales. 1: desigualdad absoluta, uno se lo llevaría todo), en Europa se mueve entre el 0,25 y el 0,35; en España, por cierto, es el 0,34. En Estados Unidos es el 0,40, y en la comunista China, el 0,46. Este último, en el furgón de cola. La Eurozona, por su parte, ha resistido mejor, pero en la última década los salarios reales han crecido la tercera parte que la productividad, y en el último quinquenio, sencillamente, están cayendo. No hablemos del antiguo bloque comunista, con sus nuevos y estrafalarios millonarios, o de otros lugares del mundo.

Una de las novedades que la crisis ha traído consigo es la vuelta de la problemática socioeconómica a las parrillas de alta audiencia de televisiones y radios. La posmodernidad se esfuma, y en la sociedad líquida emergen los arrecifes. Los problemas identitarios y el sinfín de acontecimientos llamativos que reclamaban la atención de los medios ha cedido el paso a las tasas de paro, las caídas de ventas, las quiebras empresariales y la marcha de las bolsas de valores. Entre tanto fragor, muy pocos parecen hablar sobre la vieja historia de la distribución de la riqueza. Para los iniciados, las páginas salmón de la prensa narran las Technicality en las que se han movido las burbujas. Y ahí se paran. No en vano, venimos de una economía apolítica en una sociedad que se pretendía poseconómica.

Se piden más controles públicos sobre el mercado, pero se oyen pocas voces pidiendo más igualdad. Se culpa de la crisis al descontrol en la codicia, pero se habla poco de las injusticias subyacentes. No se ve que la izquierda política levante contra “la sociedad de la desigualdad”, que se nos viene presentando como si fuese “la naturaleza de lo social”, una bandera teórica y política tan nítida y decidida como la que, en su día, el neoliberalismo conservador levantó contra el Estado de bienestar. Se oye poco decir que la equidad, además de ser mejor moralmente, es también más eficiente.

Ciertamente, sería ingenuo no tener en cuenta la tremenda complejidad en la que hoy se desenvuelven los parámetros económicos que marcan las diferencias entre ricos y pobres. Todas las Technicality me parecen pocas para explicarlos. Pero más ingenuo, o mayor impostura, sería pensar que las relaciones de dominación entre humanos han desaparecido de la historia. Por eso la economía es siempre economía política.

Fuente: El País