lunes, 16 de febrero de 2009

Por qué está condenado al fracaso el paquete de estímulos económicos

Por: David Harvey

No tiene pocas ventajas ver la crisis de nuestros días como una erupción superficial generada por derivas tectónicas profundas en el dispositivo espacio-temporal del desarrollo capitalista. Las placas tectónicas están ahora acelerando su desplazamiento, y casi con toda seguridad se incrementará la probabilidad de que las crisis del tipo de las que han venido ocurriendo más o menos desde 1980 se hagan más frecuentes y más violentas. El modo, la forma, la espacialidad y el momento de esas disrupciones superficiales resultan prácticamente imposibles de predecir, pero se puede afirmar casi con certeza que se repetirán con frecuencia y profundidad crecientes. De manera, pues, que los acontecimiento de 2008 hay que situarlos en el contexto de unas pautas de mayor calado. Que esas tensiones sean internas a la dinámica capitalista (sin excluir acontecimientos dañinos aparentemente externos, como una pandemia catastrófica), es el mejor argumento, según dejó dicho Marx, “para que el capitalismo desaparezca y se abra camino algún modo de producir alternativo y más racional”.

Comienzo por esta conclusión porque me sigue pareciendo vital, si no poner énfasis dramático en, sí al menos destacar, según he venido haciendo durante años en mis escritos, que la incapacidad para entender la dinámica geográfica del capitalismo –o aun la consideración de la dimensión geográfica como algo en cierto sentido contingente o epifenoménico— monta tanto como perder el hilo conductor que permite comprender el desarrollo geográfico desigual del capitalismo y perder de vista posibilidades de construcción de alternativas radicales. Pero eso plantea una aguda dificultad añadida al análisis, porque nos enfrenta constantemente a la tarea de intentar inferir principios universales respecto del papel de la producción de espacios, emplazamientos y contextos medioambientales en la dinámica del capitalismo a partir de un océano de particularidades geográficas, a menudo volátiles. Así pues, ¿cómo integrar la inteligencia de los datos geográficos en nuestras teorías del cambio evolutivo? Observemos más detenidamente las derivas tectónicas.

En noviembre de 2008, poco después de la elección de un nuevo presidente, el Consejo de Inteligencia Nacional de los EEUU (NCIS, por sus siglas en inglés) hizo públicas sus estimaciones délficas sobre cómo sería el mundo en 2025. Acaso por vez primera, un organismo norteamericano casi oficial predecía que en 2025 los EEUU, aun manteniendo su papel de actor poderoso, si no el más poderoso, de la política mundial, ya no sería la potencia dominante. El mundo sería multipolar y menos monocéntrico, y crecería el poder de los actores no estatales. El informe admitía que la hegemonía de EEUU había tenido en tiempos pasados sus más y sus menos, pero que ahora lo que estaba desvaneciéndose de modo sistemático era su predominio económico, político y hasta militar. Sobre todo (y vale la pena notar que el informe estaba ya listo antes de la implosión de los sistemas financieros norteamericano y británico), “la deriva sin precedentes que, en lo tocante a riqueza y poder económico relativos, observamos ahora en dirección Oeste-Este seguirá su curso.”

Esa “deriva sin precedentes” ha invertido el drenaje de riqueza que inveteradamente fluía del este, el sureste y el sur de Asia hacia Europa y el norte de América: un drenaje que comenzó en el siglo XVIII –y del que llegó a percatarse, lamentándolo, el propio Adam Smith en la Riqueza de las naciones—, pero que se aceleró implacablemente durante el siglo XIX. El auge del Japón en la década de los 60 del siglo XX, seguido del de Corea del Sur, Taiwán, Singapur y Hong Kong en los 70, y luego el rápido crecimiento de China después de 1980 (acompañado, acto seguido, por brotes de industrialización en Indonesia, India, Vietnam, Tailandia y Malaysia), han alterado el centro de gravedad del desarrollo capitalista, aunque no sin incidentes (la crisis financiera del este y el sureste asiáticos en 1997-98 vio, breve pero abundantemente, fluir otra vez la riqueza hacia Wall Street y los bancos europeos y japoneses). La hegemonía económica parece estar desplazándose hacia alguna constelación de potencias en el este asiático, y si las crisis, según he argüido, son momentos de radical reconfiguración del desarrollo capitalista, entonces el hecho de que los EEUU esté en vías de financiar con enormes déficits la salida de sus dificultades financieras y el hecho de que los déficits estén siendo en gran medida cubiertos por los países con excedentes ahorrados –Japón, China, Corea del Sur, Taiwán y los Estados del Golfo— sugieren que estamos en puertas de la consolidación de una deriva de este tipo.

Derivas así se han dado ya antes en la larga historia del capitalismo. En el concienzudo repaso que de la misma hace Giovanni Arrighi en su libro El largo siglo XX podemos ver cómo la hegemonía se desplaza desde las ciudades-estado de Génova y Venecia en el siglo XVI a Amsterdam y los Países Bajos en el XVII, para concentrarse en la Gran Bretaña a partir del siglo XVIII, antes de que los EEUU tomaran el control después de 1945. Arrighi destaca unos cuantos rasgos comunes a todas esas transiciones que son pertinentes para nuestro análisis. Cada deriva, observa Arrighi, se dio en la estela de una rotunda fase de financiarización (cita aquí con aprobación la máxima del historiador Braudel, según la cual la financiarización anuncia el otoño de alguna configuración hegemónica). Pero cada deriva trajo también consigo un cambio radical de escala, desde las pequeñas ciudades-estado iniciales hasta la economía de proporciones continentales de los EEUU en la segunda mitad del siglo XX. Ese cambio de escala cobra sentido, habida cuenta de la regla directriz capitalista de la acumulación sin tregua y del crecimiento compuesto de al menos un sempiterno 3%. Pero las derivas hegemónicas, sostiene Arrighi, no están determinadas de partida. Dependen de la aparición de alguna potencia económicamente capaz y política y militarmente dispuesta a desempeñar el papel de hegemón global (con las ventajas y desventajas que eso trae consigo). La renuencia de los EEUU a asumir ese papel antes de la II Guerra Mundial significó un interregno de tensiones multipolares que propició la deriva bélica (Gran Bretaña no estaba ya en disposición de afirmar su anterior papel hegemónico). Mucho depende también de cómo se comporte el antiguo hegemón enfrentado a la disminución de su papel tradicional. Puede pasar a la historia o pacífica o beligerantemente. Visto así, el que los EEUU sigan manteniendo un poder militar avasallador (particularmente, en el espacio exterior) en un contexto de declive de su poder económico y financiero y de creciente mengua de su autoridad moral y cultural crea escenarios inquietantes para cualquier transición venidera. Además, no es obvio que el principal candidato a desplazar a los EEUU, China, tenga la capacidad para o la voluntad de afianzarse en algún papel de potencia hegemónica, pues aunque su población es desde luego lo bastante grande como para subvenir a los requisitos de un cambio de escala, ni su economía ni su autoridad política (ni siquiera su voluntad política) apuntan a una ascensión fácil al papel de hegemón global. Dadas las divisiones nacionalistas existentes, la idea de que alguna asociación entre las potencias del este asiático podría cumplir la tarea resulta harto improbable. Y lo mismo ocurre en el caso de una Unión Europea fragmentada y fracturada o en el de las llamadas potencias BRIC (Brasil, Rusia, India y China). Razón por la cual resulta plausible la predicción de que estamos aproados a un nuevo interregno multipolar de intereses encontrados y en conflicto.

Derivas tectónicas

Pero la deriva tectónica que está dejando atrás el predominio y la hegemonía estadounidenses de los últimos tiempos es cada vez más visible. La tesis de una excesiva financiarización añadida a la tesis de la “deuda como predictor principal de la hegemonía de una potencia mundial” ha encontrado un eco popular en los escritos de Kevin Phillips. Los intentos ahora en curso de reconstruir el predominio de los EEUU mediante reformas en la arquitectura del vínculo entre las finanzas nacionales y globales parece que no están funcionando. Al propio tiempo, las exclusiones impuestas a las tentativas del grueso del resto del mundo por reconfigurar esa arquitectura provocarán con casi total seguridad fuertes tensiones, cuando no abiertos conflictos económicos.

Pero las derivas tectónicas de este tipo no se producen por arte de magia. Aunque la geografía histórica de una deriva de hegemonía, según la describe Arrighi, manifiesta una clara pauta, y aunque del registro histórico resulta también claro que esas derivas vienen siempre precedidas de períodos de financiarización, Arrighi no ofrece un análisis en profundidad de los procesos generadores de tales derivas. Es verdad que menciona la “acumulación sin tregua”, y por consiguiente, el síndrome del crecimiento (la regla del 3% de crecimiento compuesto) como elementos críticos explicativos de la deriva. Eso implica que la hegemonía se desplaza con el curso del tiempo de entidades políticas pequeña (id est, Venecia) a otras más grandes (por ejemplo, los EEUU). También arguye que la hegemonía tiene que radicar en aquella entidad política que produce el grueso del excedente (o a la que fluye el grueso del excedente en forma de tributos o exacciones imperialistas). De un producto global total cercano a los 45 billones de dólares en 2005, los EEUU participan con 15 billones, lo que le convierte, por así decirlo, en el accionista principal que domina y controla el capitalismo global, con capacidad para dictar (como suele hacer en su papel de accionista en jefe en las instituciones internacionales como el Banco Mundial y el FMI) las políticas globales. El informe del NCIS basa en parte su predicción en la pérdida de predominio paralela al mantenimiento de una robusta posición en la menguante participación en el producto global de los EEUU en relación con el resto del mundo en general y con China en particular.

Pero como el propio Arrighi señala, el cauce político de esa deriva dista por mucho de estar claro. La apuesta de los EEUU por la hegemonía global bajo Woodrow Wilson durante e inmediatamente después de la I Guerra Mundial se vio obstaculizada por las preferencias aislacionistas prevalentes en la tradición política nacional norteamericana (de ahí el colapso de la Liga de las Naciones), y sólo después de la II Guerra Mundial (en la que la población norteamericana no quería entrar, hasta que ocurrió Peral Harbour) se libraron los EEUU a su papel de hegemón global mediante un política exterior bipartidista anclada en los Acuerdos de Bretton Woods, que establecieron la forma de organizar el orden internacional postbélico (frente a la Guerra Fría y a la amenaza que para el capitalismo representaba un comunismo internacional en plena onda de propagación). Que los EEUU habían venido inveteradamente desarrollándose como un Estado capaz en principio de cumplir un papel de hegemón global, resulta evidente desde los primeros días de su andadura como nación. Estaban pertrechados con las oportunas doctrinas, como la del “Destino manifiesto” (expansión geográfica a escala continental, eventualmente hasta el Pacífico y el Caribe, antes de hacerse global sin necesidad de conquistas territoriales) o la Doctrina Monroe, que exigía a las potencias europeas dejar en paz a las Américas (la doctrina fue en realidad formulada por el secretario británico de Exteriores, Canning, en la década de lo 20 del siglo XIX, y hecha suya casi inmediatamente por los EEUU). Los EEUU poseían el dinamismo necesario para aspirar a una creciente participación en el producto global, y estuvieron quintaesencialmente comprometidos con alguna que otra versión de lo que puede calificarse de la manera más feliz como “mercado arrinconado” o capitalismo “monopólico”, aupado por una ideología apologética del individualismo más descarnado. De modo, pues, que hay un sentido en el que puede decirse que los EEUU habían venido preparándose, durante la mayor parte de su historia, para el papel de hegemón global. Lo único sorprendente es que tomara tanto tiempo el llegar cumplirlo, y que fuera la II Guerra y no la primera la ocasión que les llevó finalmente a jugar ese papel, permitiendo que los años de entre-guerras fueran tiempos de multipolaridad y caótica competición entra ambiciones imperiales como las que ahora teme vislumbrar el informe del NCIS para 2025.

Las derivas tectónicas ahora en curso están, sin embargo, hondamente influidas por la radical desigualdad geográfica en las posibilidades económicas y políticas de responder a la presente crisis. Se me permitirá ilustrar el modo en que opera ahora esa desigualdad por la vía de un ejemplo muy plástico. A medida que ha ido profundizándose la crisis comenzada en 2007, muchos han tomado el partido de una solución plenamente keynesiana como la única capaz de sacar al capitalismo global del desastre en que se halla sumido. Con este fin, se propuso una variedad de paquetes de estímulos y medidas de estabilización bancaria. Muchas de esas propuestas fueron hasta cierto punto puestas por obra en distintos países y de diferentes maneras en la esperanza de hacer frente a las crecientes dificultades. El espectro de soluciones ofrecidas variaba inmensamente según las circunstancias económicas y los perfiles imperantes en la opinión pública (colocando, por ejemplo, a Alemania frente a Francia y a Gran Bretaña en la Unión Europea). Pero pensemos, por ejemplo, en las distintas posibilidades económico-políticas abiertas a los EEUU y a China y en las potenciales consecuencias tanto para la deriva de hegemonía como para el posible modo de resolver la crisis.

China, los EEUU y las soluciones keynesianas

En los EEUU, cualquier tentativa de hallar una adecuada solución keynesiana ha sido condenada de partida, levantándole unas barreras económicas y políticas prácticamente imposibles de franquear. Para funcionar, una solución keynesiana precisaría de una financiación masiva y duradera con déficit. Se dicho con razón que el intento de Roosevelt de regresar a un presupuesto equilibrado en 1937-38 es lo que volvió a hundir a los EEUU en la depresión y que fue la II Guerra Mundial lo que salvó la situación, y no el timorato proyecto rooseveltiano de financiación con déficit que fue el New Deal. Así pues, aun si las reformas institucionales y unas políticas más igualitarias pusieron los fundamentos de la recuperación posterior a la II Guerra Mundial, el New Deal como tal fracasó en punto a resolver la crisis en los EEUU.

El problema para los EEUU en 2008-09 es que parte de una posición de endeudamiento crónico con el resto del mundo (ha estado tomando préstamos a un ritmo de más de 2 mil millones de dólares diarios en los últimos diez o más años), y eso significa una limitación económica para las dimensiones del déficit extra que puede permitirse ahora. (Lo que no fue un problema serio para Roosevelt, quien empezó con un presupuesto equilibrado.) Hay también una limitación geopolítica, puesto que la financiación de cualquier déficit extra depende de la disposición de otras potencias (principalmente del este asiático y de los Estados del Golfo) a prestar. Habida cuenta de ambas limitaciones, hay que dar por prácticamente seguro que el estímulo económico factible en los EEUU no será ni lo bastante amplio ni lo bastante duradero como para subvenir a la tarea de reflotar la economía. Este problema se ve exacerbado por la reluctancia ideológica de ambos partidos a aceptar los enormes montos de de gasto deficitario requeridos para salir de la crisis. Irónicamente, y al menos en parte, porque la anterior administración republicana trabajó conforme al principio de Dick Cheney, según el cual. “Reagan nos enseñó que los déficits no importan”. Como ha dicho Paul Krugman, el primer abogado público de una solución keynesiana, los 800 mil millones de dólares votados a regañadientes por el Congreso en 2009, aunque son mejor que nada, distan mucho de ser suficientes. Se necesitaría una cifra del orden de los 2 billones de dólares, una cantidad excesiva dado el nivel actual de partida del déficit estadounidense. La única opción económica posible sería cambiar el débil keynesianismo de los excesivos gastos militares por un keynesianismo mucho más fuerte abocado a programas sociales. Recortar a la mitad el presupuesto norteamericano de defensa (acercándolo a los niveles europeos en porcentaje de PIB) podría resultar técnicamente útil. Huelga decirlo: quienquiera proponga semejante cosa cometerá suicidio político, dada la posición política mantenida por el Partido Republicano y por tantos Demócratas.

La segunda barrera es más puramente política. Para funcionar, el estímulo ha de administrarse de forma tal, que se asegure su gasto en bienes y servicios para que la economía recupere alegría. Eso significa que hay que dirigir todas las ayudas a quienes harán efectivamente uso de ellas y se gastarán los dineros, es decir, a las clases sociales más humildes, porque las clases medias, puestas a gastar algo, lo más probable es que lo hagan pujando al alza por valores de activos (comprando casas hipotecariamente ejecutadas en subasta, por ejemplo), y no comprando más bienes y servicios. En cualquier caso, en los malos tiempos mucha gente tiende a usar los ingresos extraordinarios inopinadamente recibidos para cancelar deudas o para ahorrar (como ocurrió en muy buena medida con el reembolso de 600 dólares propiciado por la administración Bush a comienzos del verano de 2008).

Lo que parece prudente y racional desde el punto de vista del presupuesto doméstico resulta dañino para el conjunto de la economía. (Análogamente: los bancos han procedido racionalmente al servirse del dinero público recibido para atesorarlo o para comprar activos, antes que para prestarlo.) La hostilidad, preponderante en los EEUU, a “diseminar la riqueza” y a gestionar cualquier ayuda pública que no sean los recortes fiscales a los individuos, viene del núcleo duro de la doctrina ideológica neoliberal (focalizada, pero en modo alguno confinada en el Partido Republicano), según la cual “los hogares saben más”. Esas doctrinas han llegado a gozar en los EEUU de amplia aceptación, como si de un evangelio se tratara, tras treinta años de adoctrinamiento político neoliberal. Según he argüido en otra ocasión, “todos somos neoliberales ahora”, las más veces sin saberlo. Hay una aceptación tácita, por ejemplo, de que la “represión salarial” –un componente clave del problema presente— es un “estado normal” de las cosas en los EEUU. Una de las tres patas de una solución keynesiana –mayor capacidad de negociación de los trabajadores, salarios al alza y redistribución favorable a las clases bajas— es hoy por hoy políticamente imposible en los EEUU. La sola sugerencia de que un programa así equivale al “socialismo” hace temblar al establishment político. Los trabajadores organizados no son lo suficientemente fuertes (tras treinta años de ser machacados por las fuerzas políticas), y no se ve ningún otro movimiento social lo bastante amplio como para presionar por una redistribución a favor de las clases trabajadoras.

Otro modo de lograr objetivos keynesianos es el suministro de bienes colectivos. Eso, tradicionalmente, ha implicado inversiones en infraestructuras físicas y sociales (los programas WPA [Works Progress Administration] de los años 30 del siglo pasado fueron un precedente). De aquí que la tentativa de insertar en los paquetes de estímulo programas para reconstruir y ampliar infraestructuras públicas de transporte y comunicaciones, energía y otras obras públicas en paralelo a un incremento del gasto en atención sanitaria, educación, servicios municipales, etc. Esos bienes colectivos tienen el potencial para generar multiplicadores tanto en el empleo como en la demanda efectiva de más bienes y servicios. Pero lo que se presume es que esos bienes colectivos entrarán, en cierto momento, en la categoría de “gastos públicos productivos” (es decir, que estimulan un ulterior crecimiento), no que se convertirán en una serie de “elefantes blancos” públicos que, según observó Keynes en su día, carecen de otra utilidad que la que tendría poner a la gente a cavar fosas para volver a llenarlas luego. En otras palabras, una estrategia de inversión en infraestructuras ha de orientarse a la sistemática recuperación del crecimiento del 3% a través, pongamos por caso, del metódico rediseño de nuestras infraestructuras y nuestros modos de vida urbanos. Eso no puede funcionar sin una refinada planificación estatal añadida a una base productiva ya existente que pueda aprovecharse de las nuevas infraestructuras. También aquí, el dilatado proceso de desindustrialización experimentado por los EEUU en las últimas décadas, así como la intensa oposición ideológica a la planificación estatal (elementos, éstos últimos, incorporados por Roosevelt al New Deal, y que persistieron hasta los 60, para ser abandonados tras el asalto neoliberal de los 80 a este particular ejercicio del poder del Estado) y la obvia preferencia por los recortes fiscales frente a las transformaciones públicas de las infraestructuras, torna imposible en los EEUU la puesta por obra de una solución plenamente.

En China, por otro lado, se dan realmente tanto las condiciones políticas como las económicas para una solución plenamente keynesiana, y hay allí rebosantes signos de que esa será probablemente la vía a seguir. Para empezar, China posee una gran reserva de excedente extranjero en efectivo y resulta más fácil financiar la deuda partiendo de esa base que de unos gastos de deuda ya acumulada como en el caso de los EEUU. Vale la pena notar también que desde mediados de los 90 los “activos tóxicos” (los préstamos que no funcionan) de los bancos chinos –algunas estimaciones los sitúan en el 40% de todos los préstamos en 2000) han desaparecido de la contabilidad bancaria merced a ocasionales inyecciones de excedente en efectivo procedente de las reservas del comercio exterior. Los chinos han tenido en funcionamiento durante mucho tiempo el equivalente a un programa TARP [el programa estadounidense de rescate bancario puesto en práctica en los últimos meses de 2008], y evidentemente saben cómo manejarlo (aun si muchas de las transacciones llevan la impronta de la corrupción). Los chinos tienen capacidad económica bastante como para embarcarse en un programa masivo de financiación con déficit y disponen de una arquitectura financiera estatal centralizada apta, si se lo proponen, para administrar ese programa con eficacia. Los bancos, durante mucho tiempo de propiedad estatal, puede que fueran nominalmente privatizados para satisfacer las exigencias de la OMC (Organización Mundial de Comercio) y atraer capital y pericia foráneos, pero todavía pueden ser fácilmente sometidos a la voluntad del Estado central, mientras que en los EEUU aun el más vagaroso signo de directriz estatal, por no hablar de nacionalización, da pie a todo tipo de furores políticos.

Análogamente, no hay allí la menor barrera ideológica para una generosa redistribución de recursos a favor de los sectores más necesitados de la sociedad, aunque puede haber necesidad de vencer lo acorazados intereses de los miembros más ricos del partido y de una incipiente clase capitalista. La imputación, según la cual eso sería tanto como el “socialismo”, o todavía peor, el “comunismo”, apenas si despertaría en China sonrisas divertidas. Pero la reaparición en China del desempleo masivo (de acuerdo con los últimos informes, la ralentización de los últimos meses habría provocado ya 20 millones de desempleados), así como los indicios de un extendido malestar social aceleradamente creciente, forzarán seguramente al Partido Comunista chino a emprender masivas redistribuciones, estén o no ideológicamente convencidos de la justicia de las mismas. A comienzos de 2009, esa política redistributiva parece encaminada en primera a revitalizar las atrasadas regiones rurales a las que regresan los trabajadores emigrantes que han perdido sus empleos, frustrados con la constatación de la escasez de puestos de trabajo en las zonas manufactureras. En esas regiones, en las que faltan infraestructuras sociales y físicas, una robusta inyección de recursos por parte del gobierno central contribuirá a aumentar los ingresos, a expandir la demanda efectiva y a dar el tiro de salida para el largo proceso de consolidación del mercado interno chino.

En segundo lugar, hay un fuerte deseo de proceder a inversiones masivas en infraestructuras que todavía faltan en China. –En cambio, los recortes fiscales apenas tienen allí atractivo político— Y aunque es posible que algunas de esas inversiones terminen siendo “elefantes blancos”, la probabilidad de que así sea es allí harto más baja, dada la inmensa cantidad de trabajo que todavía se necesita para integrar el espacio nacional chino y, así, enfrentarse al problema del desarrollo geográfico desigual entre las regiones costeras de alto desarrollo y las empobrecidas provincias del interior. La existencia de una ancha –aun si problemática— base industrial y manufacturera necesitada de racionalización espacial hace más probable que el esfuerzo chino entre en la categoría del gasto público productivo. En el caso chino, buena parte del excedente puede ser canalizado hacia la ulterior producción de espacio, y eso aun admitiendo que la especulación en los mercados de propiedad urbana en ciudades como Shanghái, lo mismo que en los EEUU, es parte del problema y no puede, por consiguiente, convertirse en parte de la solución. Los gastos en infraestructuras, siempre que se hagan a una escala lo suficientemente grande, son de largo aliento y sirven tanto para canalizar el trabajo excedente como para reducir las posibilidades disturbios sociales, contribuyendo ellos también, además, a impulsar el mercado interior.

Implicaciones internacionales

Esas posibilidades completamente distintas que tienen los EEUU y China de propiciar una solución plenamente keynesiana tienen hondas implicaciones internacionales. Si China emplea más recursos procedentes de sus reservas financieras para impulsar su mercado interior, como con casi total seguridad se verá forzada a hacer por razones políticas, dejará menos recursos para posibles préstamos a los EEUU. El descenso de compras de bonos del Tesoro estadounidense terminará por forzar unos tipos de interés más altos, lo que incidirá negativamente en la demanda interna norteamericana, lo cual, a su vez, y a menos que se haga una gestión meticulosa, podría disparar lo que todo el mundo teme y que hasta ahora ha conseguido evitarse: un desplome del dólar. Una paulatina desvinculación de los mercados norteamericanos y la progresiva substitución de los mismos por el propio mercado interno como fuente de la demanda efectiva de la industria china alterarían significativamente los equilibrios de poder (un proceso que, dicho sea de paso, estaría cargado de tensiones, tanto para China como para los EEUU). La divisa china se robustecerá necesariamente frente al dólar (una situación tan largamente pretendida por las autoridades estadounidenses, como secretamente temida), lo que obligará a los chinos a basarse todavía más en su mercado interior para la demanda agregada. El dinamismo que de ellos resultará en el interior de China (contrastable con las condiciones de recesión duradera que prevalecerán en los EEUU) atraerá a más y más productores de materias primas a la órbita comercial china y erosionará la importancia relativa de los EEUU en el comercio internacional. El efecto global de todo lo cual será la aceleración del desplazamiento de la riqueza de Oeste a Este en la economía mundial y la rápida alteración de los equilibrios de poder económico hegemónico. El movimiento tectónico que operará en el equilibrio del poder capitalista global intensificará todo tipo de ramificaciones económicas y políticas impredictibles en un mundo en el que los EEUU dejarán de estar en una posición dominante aun cuando sigan manteniendo un poder importante. La suprema ironía, huelga decirlo, es que las barreras políticas e ideológicas puestas en los EEUU a cualquier programa plenamente keynesiano contribuirán seguramente a acelerar el derrumbe del predominio norteamericano en los asuntos globales, a pesar de que las elites de todo el mundo (incluidas las chinas) preferirían preservar ese predominio el mayor tiempo posible.

Que un genuino keynesianismo baste o no para que China (junto a otros Estados en posición similar) logre compensar el inevitable fracaso del reticente keynesianismo occidental, es cuestión de todo punto abierta. Pero esas diferencias, sumadas al eclipse de la hegemonía norteamericana, bien podrían ser el preludio de una fragmentación de la economía global en estructuras hegemónicas regionales que podrían terminar pugnando ferozmente entre sí con tanta facilidad como colaborando en la miserable cuestión de dirimir quién tiene que cargar con los estropicios de una depresión duradera. No es ésta una idea precisamente alentadora, pero tener en mente la posibilidad de una perspectiva de este tipo podría acaso contribuir a despertar a buena parte del mundo occidental y a percatarse de la urgencia de la tarea que tiene enfrente; a que sus dirigentes políticos dejen de predicar banalidades sobre restaurar la confianza y se pongan a hacer lo que hay que hacer para rescatar al capitalismo de los capitalistas y de su falsaria ideología neoliberal. Y si eso significa socialismo, nacionalizaciones, robustas directrices estatales, forja de colaboraciones internacionales y una nueva y harto más inclusiva (“democrática”, si puedo avilantarme a decirlo así) arquitectura financiera internacional, pues que así sea.

Fuente: www.sinpermiso.info (Socialist Project, 12 febrero 2009)

Y Lula se 'comió' a la oposición

Por: Juan Arias

En la política brasileña se ha producido un fenómeno único en América Latina y quizás en el mundo: el carismático presidente de la República, Luiz Inácio Lula da Silva, y su Ejecutivo, que gozan de un 84% de popularidad tras seis años de Gobierno, se han comido a la oposición. Y no lo han hecho con métodos antidemocráticos, sino apropiándose de sus banderas.

Ya se sabía que Lula es un genio político, que ha sabido vencer las reticencias en el seno de su propio partido, el Partido de los Trabajadores (PT); de hecho, se dispone a elegir a una mujer, la ministra Dilma Rousseff, como su sucesora en la candidatura a la presidencia en 2010, a pesar de que nunca ha disputado unas elecciones y no es un personaje excesivamente grato para el PT. Pero lo que nadie imaginó jamás es que sería capaz de eliminar democráticamente a la oposición. Tanto a la de derechas como a la de izquierdas.

¿Cómo lo ha conseguido? Con una política que, poco a poco, ha ido segando la hierba bajo los pies de sus opositores. A la derecha le ha cortado las alas mediante una política macroeconómica neoliberal que le está proporcionando buenos resultados en estos momentos de crisis financiera mundial gracias a las reservas acumuladas.

Al mismo tiempo, ha puesto coto a las ínfulas de algunos de los movimientos sociales más radicales, como el de los Sin Tierra (MST), cuyas acciones ha criticado tachándolas de ilegales y a quienes ha conminado a respetar la ley vigente. Y también ha mantenido una política medioambiental más bien conservadora, algo que agrada a los terratenientes y grandes exportadores, que forman el núcleo más derechista del Parlamento.

También ha frenado a las izquierdas. Ha conseguido acallar a la izquierda minoritaria con una política volcada en las capas más pobres del país, que ha hecho que seis millones de familias hayan pasado a las filas de la clase media baja y abandonado su estado de miseria atávica. Ha abierto el crédito a los pobres, que ahora, con sólo cuatro euros, pueden abrir una cuenta en el banco y tener una tarjeta de crédito, lo que les convierte en partícipes de la rueda de la economía nacional.

A la otra izquierda, la moderada, también le ha puesto difíciles las cosas. Hoy en día, al Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), la formación opositora con mayores posibilidades de ganar las próximas elecciones porque cuenta con dos grandes candidatos -los gobernadores de São Paulo, José Serra, y Minas Gerais, Aecio Neves-, le resulta más difícil que antes hacer oposición. Los dos aspirantes del PSDB saben que no podrán ser elegidos contra Lula. Por ello, sólo hablan, como acaba de hacerlo Neves, de una era "pos Lula", con un proyecto de nación que aporte algo nuevo al proyecto del presidente, que ya goza del consenso de la gran mayoría del país. Desde el primer día de su ascenso al poder, Lula ha mantenido a Henrique Meirelles, del PSDB, como presidente del Banco Central. Y ha conservado y ampliado el proyecto social Bolsa Escuela, creado por el PSDB, bautizándolo como Bolsa Familia. Este plan ayuda hoy a 12 millones de familias y ningún partido de la oposición se atrevería a criticarlo.

Desde su primer mandato, Lula no sólo ha sabido concitar las aportaciones de 12 partidos a su Gobierno, sino que hasta el momento ha logrado mantener una amistad personal con los candidatos opositores Serra y Neves; ambos, además, disfrutan de buenas relaciones con el PT, e incluso no descartan gobernar junto al partido de Lula si llegan al poder.

¿Pero de verdad no hay espacio para la oposición en Brasil? Porque, si así fuera, hay quien lo considera un grave obstáculo para una auténtica democracia. Podría haberlo, según varios analistas políticos, como Merval Pereira, pero el problema radica en que la oposición se ha asustado con la popularidad de Lula. Incluso hay políticos opositores, sobre todo de los Gobiernos locales, que buscan una foto junto a Lula para ganar puntos ante su electorado.

Si la oposición quisiera, dicen los especialistas, podría exigir a Lula que llevara a cabo las grandes reformas que este país aún necesita para despegar a nivel mundial, como la reforma política (¿se puede gobernar con 30 partidos en el Parlamento?), la fiscal (Brasil es uno de los países del mundo con mayor carga tributaria: roza el 40%), la de la Seguridad Social (Lula sólo la ha logrado en parte y, a pesar de un escándalo de sobornos a diputados para que votaran a favor, se quedó pequeña), la agraria (no ha salido del papel), la de la educación (en Brasil aún no es obligatoria la enseñanza secundaria y la calidad de ésta es de las peor valoradas en el mundo) y, por último, la penitenciaria (los suicidios de los presos aumentaron el año pasado en un 40%).

Pero todo ello choca con el muro de la dialéctica política de Lula: su carisma acaba neutralizando incluso a quienes antaño fueron sus mayores antagonistas.

Fuente: El País (España)

sábado, 14 de febrero de 2009

Los pilares del darwinismo

Por: Eva Jablonka y Marion Lamb

Este mes es el aniversario 150 de la publicación de El origen de las especies , de Charles Darwin. La teoría evolucionista que presentó en este gran libro se basa en dos pilares: la idea de la descendencia con modificaciones y la idea de la selección natural.

Darwin creía que los organismos actuales son descendientes de ancestros mucho más simples: son producto de líneas ininterrumpidas de herencia que se remontan al origen de la vida. Hoy contamos con gran cantidad de evidencia, desde estudios de fósiles antiguos a los últimos descubrimientos de la biología molecular, para sustentar esta teoría.

No obstante, Darwin no inventó la idea de la descendencia con modificaciones. Quince años antes, Jan-Baptiste Lamarck había sugerido que los seres vivos son producto de un largo proceso histórico de transformación, pero los mecanismos evolutivos que propuso, entre los que se incluía la herencia de características inducidas por el ambiente, nunca encontraron el favor de la comunidad científica.

La segunda y potente idea de Darwin, el que incluso los rasgos más complejos de los organismos son resultado de la selección natural, ha sido la clave del éxito de largo plazo de su teoría. La selección natural ha permitido explicar científicamente rasgos tan diversos como el ojo de los mamíferos, el ala de las aves, y la capacidad de las plantas de transformar la luz en azúcares. Hoy existen muchos ejemplos del funcionamiento de la selección natural en la naturaleza.

Los dos pilares de la teoría de la evolución son consecuencia de la interacción entre tres características inconfundibles de los organismos vivos: la reproducción (los individuos producen descendientes), la herencia (lo similar da origen a lo similar) y la variación (algunas veces los descendientes son distintos a sus padres). Ocurre selección natural siempre que las diferencias entre los individuos afectan a los descendientes que generan. Si las variaciones que afectan la reproducción son heredables , el resultado es la evolución por selección natural. Muchas generaciones de selección en una dirección específica -por ejemplo, desplazarse por el aire de manera eficiente- pueden dar origen a estructuras complejas como las alas y procesos coordinados de vuelo.

Para entender el darwinismo más en profundidad, obviamente tenemos que comprender los tres procesos sobre los que se basa. Tenemos que saber cómo se desarrollan y reproducen los organismos, qué se hereda y cómo se hereda, y cómo se generan las variaciones heredables.

Hasta hace poco, la visión de los biólogos acerca de estos procesos había estado muy centrada en los genes, como se ejemplifica en la idea de Richard Dawkins del "gen egoísta". La herencia y la replicación se han explicado en términos de ADN y su replicación, y la variación en términos de cambios aleatorios en las secuencias de ADN.

Sin embargo, los descubrimientos realizados durante la última parte del siglo veinte han demostrado que hay muchos otros factores en la herencia además del ADN. Ahora sabemos de varios mecanismos que permiten que células con idénticos ADN tengan características diferentes, las que se transmiten a células hijas. Esta herencia epigenética es parte crucial del desarrollo normal de animales multicelulares como los seres humanos.

Las células del páncreas y las células de la piel de una persona son claramente diferentes, y sin embargo poseen los mismos genes y secuencias de ADN. Más aún, las características de las células se heredan en sus respectivos linajes celulares, a pesar de que los estímulos que activaron las diferencias entre ellas durante el desarrollo embrionario hayan desaparecido hace mucho.

La herencia epigenética ocurre no sólo dentro de los individuos durante su desarrollo, sino también entre generaciones : las células individuales de levadura o de bacterias pueden transmitir variaciones epigenéticas de una generación a la siguiente, y los organismos multicelulares pueden transmitirlas a través de su esperma y sus ovarios. Si el estado epigenético de estas células germinales se altera durante el desarrollo de un organismo, esta variación se puede transmitir a sus descendientes.

La obra de Michael Skinner y sus colegas constituye un buen ejemplo de esto: descubrieron que inyectar a ratas preñadas una sustancia química que suprime los andrógenos (hormonas sexuales masculinas) hace que sus descendientes sufran enfermedades que se heredan por varias generaciones. Existen muchos otros ejemplos de variaciones epigenéticas heredables, algunas de las cuales son inducidas por el ambiente. Gal Raz y uno de nosotros (EJ) examinaron hace poco la literatura científica y encontraron 101 casos de herencia epigenética entre generaciones de bacterias, hongos, protozoos, plantas y animales, y estamos seguros de que se trata de la punta de un iceberg de tamaño considerable.

Además de la herencia epigenética celular, existen otras maneras no genéticas en que las variaciones se pueden transmitir de generación en generación. Como humanos, las conocemos bien: la transmisión de variaciones culturales, como las diferentes creencias religiosas, es un buen ejemplo. Sin embargo, hay muchos ejemplos menos familiares de información que se aprende o adquiere de los padres por medios no genéticos, desde las técnicas de alimentación de los monos y las ratas a las preferencias alimentarias de los conejos y los dialectos del canto de pájaros y ballenas.

Reconocer que en la herencia hay más factores que el ADN tiene implicancias para la medicina y la agricultura, así como para la teoría de la evolución. Por ejemplo, sabemos que algunas agresiones o tensiones por factores ambientales, como un hambre extrema temporal, pueden afectar a las generaciones futuras. En los estudios evolutivos, puesto que las variaciones no genéticas heredables a menudo son inducidas por el medio ambiente, tenemos que ampliar nuestra noción de la herencia y la variación para incluir la herencia de variaciones adquiridas, la idea antes desacreditada que formaba parte de la teoría de Lamarck.

En cierto sentido, debemos regresar a las convicciones originales y pluralistas de Darwin. A diferencia de sus seguidores más dogmáticos, Darwin vio un papel en la evolución para la variación inducida. Hoy, a la luz de los mecanismos epigenéticos recientemente descubiertos, la evolución darwiniana debería incluir la descendencia con modificaciones tanto genéticas como epigenéticas, y la selección natural de variaciones tanto inducidas como aleatorias. Ciertamente, no se la debería reducir a "genes egoístas".

Fuente: Project Syndicate, 2009.

jueves, 12 de febrero de 2009

Cómo lidera Obama

Por: Joseph S. Nye

Hace dos años, Barack Obama era un senador en su primer mandato que había manifestado interés en postularse para la presidencia. Mucha gente se mostraba escéptica ante la posibilidad de que un afroamericano con un nombre extraño y escasa experiencia pudiera ganar. Pero a medida que desarrolló su campaña, demostró que tenía los poderes necesarios -blando y duro- para gobernar.

El poder blando es la capacidad de atraer a los demás y sus cualidades esenciales son la visión, la inteligencia emocional y la capacidad de comunicar. Pero un líder necesita también cualidades del poder duro, como una capacidad organizativa y hasta maquiavélica. Igualmente importante es la inteligencia contextual que le permite variar la mezcla de estas habilidades en diferentes situaciones para producir las combinaciones exitosas que yo llamo "poder inteligente".

Durante su campaña, Obama demostró estas habilidades en su tranquila respuesta a las crisis, su visión de futuro y su soberbia capacidad organizativa. En cuanto a su inteligencia contextual, se había forjado desde abajo, con sus experiencias personales en Indonesia y Kenia y su comprensión de la política norteamericana a partir de su trabajo como organizador comunitario en Chicago.

Obama siguió demostrando estas habilidades en su casi perfecta transición. Al elegir a su principal rival, Hillary Clinton, como secretaria de Estado, y superar el partidismo para retener a Robert Gates como secretario de Defensa, demostró su disposición a contar con subordinados fuertes. En su discurso de toma de posesión, apeló al poder inteligente -"tender una mano abierta a quienes aflojen sus puños"-, pero también mostró responsabilidad en un momento en que los norteamericanos afrontan serios problemas económicos.

Es más, Obama ha iniciado su mandato de manera activa. En sus primeras semanas, ha comenzado sus promesas diseñando un plan de estímulo económico masivo, ordenando el cierre de Guantánamo, concediéndole una entrevista a la cadena Al Arabiya y enviando un importante emisario a Oriente Próximo.

George W. Bush dijo que su papel como líder era ser el que decide. Pero incluso aunque Bush hubiera sido mejor a la hora de decidir, la gente quiere algo más de un líder. Queremos a alguien que nos diga quiénes somos. Juzgamos a los líderes no sólo por la efectividad de sus acciones, sino también por sus significados.

La mayoría de los líderes se alimentan de la identidad y la solidaridad de sus grupos. Pero algunos ven obligaciones morales más allá de su grupo inmediato. Cuando Obama se enfrentó a una crisis por las incendiarias observaciones raciales de su ex pastor, no se evadió del problema, sino que usó el episodio para pronunciar un discurso que sirvió para ampliar la capacidad de entendimiento entre los norteamericanos blancos y negros.

El 11-S fue una oportunidad para que Bush expresara una nueva visión de la política exterior. Pero no logró producir una visión sostenible sobre el liderazgo de EE UU en el mundo. Una visión exitosa es aquella que combina inspiración con viabilidad. Bush nunca entendió esa combinación.

Obama necesitará utilizar tanto su inteligencia emocional como contextual si ha de restablecer el liderazgo norteamericano. Hace una década, lo convencional era pensar en un mundo con una hegemonía norteamericana unipolar. Los neocons llegaron a la conclusión de que EE UU era tan poderoso que podía hacer lo que quería, y que los demás no tenían otra alternativa que seguirle.

Este nuevo unilateralismo se basaba en un entendimiento profundamente erróneo de la naturaleza del poder -la capacidad de movilizar a los otros para obtener los resultados que uno quiere- en la política mundial. EE UU puede ser la única superpotencia, pero preponderancia no es imperio; puede influir, pero no controlar a otras partes del mundo. Que ciertos recursos produzcan poder siempre depende del contexto.

Para entender el poder y sus contextos en el mundo hoy, sugerí la metáfora de un juego de ajedrez tridimensional. En el tablero superior del poder militar, EE UU es la única superpotencia. En el tablero intermedio de las relaciones económicas, el mundo ya es multipolar. EE UU no puede obtener los resultados que quiere en comercio, lucha contra los monopolios y otras áreas sin la cooperación de la Unión Europea, China, Japón y otros. En el tablero inferior de las relaciones transnacionales fuera del control de los gobiernos -pandemias, cambio climático, control del narcotráfico o terrorismo transnacional, por ejemplo-, el poder está distribuido de manera caótica. Nadie ejerce el control.

Éste es el mundo complejo en el que Obama asume el liderazgo. Hereda una crisis económica global, dos guerras en las que hay desplegadas tropas estadounidenses y aliadas, crisis en Oriente Próximo y el sur de Asia y la lucha contra el terrorismo. Tendrá que lidiar con este legado y al mismo tiempo trazar un nuevo horizonte. Tendrá que tomar decisiones difíciles y a la vez crear una mayor sensación de sentido, donde EE UU vuelva a exportar esperanza y no miedo. Ésa será la prueba de fuego de su liderazgo.

Fuente: El País (Project Syndicate)

La depresión del hombre de Davos

Por: Joseph E. Stiglitz

Durante 15 años he asistido al Foro Económico Mundial de Davos. Generalmente, los líderes que se reúnen ahí comparten su optimismo sobre cómo la globalización, la tecnología y los mercados están transformando al mundo para bien. Incluso durante la recesión de 2001, quienes asistieron a Davos pensaban que la desaceleración no duraría mucho.

Pero esta vez, a medida que los líderes empresariales intercambiaban sus experiencias, casi podía sentirse como se iban oscureciendo los nubarrones. Uno de los oradores captó el ambiente cuando dijo que habíamos pasado del “auge y crisis” al “auge y Armagedón”. El consenso que está surgiendo es que el pronóstico de estancamiento global –el crecimiento más lento de la posguerra– para 2009 que el FMI hizo cuando se convocó la reunión era optimista. El único comentario positivo vino de alguien que dijo que los pronósticos de Davos casi siempre son erróneos, por lo que quizá esta vez serán demasiado pesimistas.

Igualmente impactante fue la pérdida de fe en los mercados. En una muy concurrida sesión de intercambio de ideas en la que se preguntó a los participantes cuál era la principal falla que había causado la crisis, la respuesta fue casi unánime: la creencia de que los mercados se corrigen a sí mismos.

El llamado modelo de los “mercados eficientes”, que sostiene que los precios reflejan de forma completa y eficiente toda la información disponible, también recibió duras críticas, al igual que la fijación de objetivos de inflación; la concentración excesiva en la inflación había desviado la atención de la cuestión más fundamental de la estabilidad financiera. La creencia de los banqueros centrales de que controlar la inflación era necesario y casi suficiente para el crecimiento y la prosperidad nunca se había basado en una teoría económica sólida; ahora, la crisis creó más escepticismo.

Si bien nadie de las administraciones de Bush o de Obama trató de defender el capitalismo irresponsable al estilo estadounidense, los líderes europeos hablaron en favor de su “economía de mercado social”, su forma de capitalismo más suave con protecciones sociales, como modelo para el futuro. Además, sus estabilizadores automáticos, mediante los cuales el gasto automáticamente aumentó cuando crecieron los problemas económicos, ofrecían la promesa de moderar la desaceleración.

La mayoría de los líderes financieros estadounidenses aparentemente sintieron demasiada vergüenza para presentarse. Tal vez su ausencia hizo más fácil para quienes sí acudieron dar rienda suelta a su ira. Los pocos líderes sindicales que trabajan intensamente cada año en Davos para que la comunidad empresarial tenga una mejor comprensión de las preocupaciones de los trabajadores estaban particularmente molestos por la falta de arrepentimiento de los líderes financieros. Su llamado a que se devolvieran los bonos obtenidos en el pasado fue recibido con aplausos.

En efecto, algunos financieros estadounidenses recibieron críticas particularmente duras por adoptar aparentemente la postura de que ellos también eran víctimas. La realidad es que ellos fueron los culpables, no las víctimas y fue particularmente insultante que siguieran amenazando a los jefes de gobierno con un colapso económico si no se les daban los gigantescos rescates que exigían.

Peor aún, gran parte del dinero que está llegando a los bancos para que se recapitalicen a fin de que puedan reanudar los créditos está saliendo en forma de bonos y dividendos. El hecho de que en todo el mundo las empresas no estén recibiendo los créditos que necesitan agravó las quejas que se expresaron en Davos.

La crisis plantea preguntas fundamentales sobre la globalización, que supuestamente debía ayudar a distribuir el riesgo. En cambio, permitió que las fallas de Estados Unidos se propagaran por todo el mundo como una enfermedad contagiosa. De cualquier forma, la preocupación en Davos era que habría un alejamiento incluso de nuestra defectuosa globalización y que los países pobres serían los más afectados.

Pero las condiciones siempre han sido desiguales. ¿Cómo podrían los países en desarrollo competir con los subsidios y las garantías de Estados Unidos? Por lo tanto, ¿cómo podría cualquier país en desarrollo defender ante sus ciudadanos la idea de abrirse más a los bancos estadounidenses altamente subsidiados? Al menos por el momento, la liberalización del mercado financiero parece estar muerta.

Las desigualdades son evidentes. Incluso si los países pobres estuvieran dispuestos a garantizar los depósitos, las garantías tendrían menos peso que las estadounidenses. Esto explica en parte el curioso flujo de fondos de los países en desarrollo hacia los Estados Unidos—donde se originaron los problemas del mundo. Además, los países en desarrollo carecen de los recursos para poner en práctica las políticas de estímulos masivos de los países avanzados.

Para empeorar las cosas, el FMI aún obliga a la mayoría de los países que acuden a esa institución en busca de ayuda a aumentar las tasas de interés y disminuir el gasto, lo que agrava la desaceleración. Además, los bancos de los países avanzados parecen estar dejando de prestar en los países en desarrollo, incluso a través de sus sucursales y filiales. Así pues, las perspectivas para la mayor parte de los países en desarrollo –incluidos los que habían hecho todo “bien”—son desalentadoras.

Como si todo esto no fuera suficiente, mientras se inauguraba la reunión de Davos la Cámara de Representantes de Estados Unidos aprobó una ley que exige que se utilice acero estadounidense en los proyectos de estímulo, a pesar de los llamados del G-20 a evitar el proteccionismo en respuesta a la crisis.

A esta letanía de preocupaciones podemos añadir el temor de que los prestatarios, recelosos de los enormes déficit de Estados Unidos, y los tenedores de reservas en dólares, inquietos ante la posibilidad de que ese país se vea tentado a recurrir a la inflación para resolver su problema de deuda, respondan agotando la oferta de ahorros globales. En Davos, quienes confiaban en que Estados Unidos no haría eso intencionalmente mostraron preocupación de que pudiera suceder de manera no intencional. Había poca confianza en que la mano no demasiado hábil de la Reserva Federal –con su reputación manchada por las enormes fallas de política monetaria en años recientes—pudiera manejar la gigantesca acumulación de deuda y liquidez.

El Presidente Barack Obama parece estar ofreciendo un impulso que el liderazgo de Estados Unidos necesita después de los años oscuros de George W. Bush; pero la atmósfera en Davos indica que el optimismo y la confianza pueden no durar mucho. Estados Unidos encabezó al mundo en la globalización. Ahora que el capitalismo al estilo estadounidense y los mercados financieros de ese país están desprestigiados, ¿llevará Estados Unidos al mundo a una nueva era de proteccionismo, como lo hizo durante la Gran Depresión?

Fuente: Project Syndicate, 2009.

miércoles, 11 de febrero de 2009

Un nuevo trato ecológico global

Por: Achim Steiner

En tiempos que el desempleo se dispara, las bancarrotas siguen en aumento y los mercados de valores bajan en caída libre, a primera vista puede parecer juicioso enterrar la lucha contra el cambio climático y poner en suspenso las inversiones en medio ambiente. Sin embargo, sería éste un error devastador, de proporciones tanto inmediatas como intergeneracionales.

Lejos de significar una carga para una economía mundial que ya está demasiado estresada y sobrecargada, las inversiones ambientales son exactamente lo que se necesita para hacer que se recupere el empleo, los pedidos vuelvan a fluir y ayudar a que las economías recuperen su buen funcionamiento.

En el pasado, preocuparse del medio ambiente era visto como un lujo; hoy se ve como una necesidad. Se trata de un punto que algunos arquitectos de la economía han comprendido, pero no todos ellos.

Una gran proporción del paquete de estímulo de 825 mil millones de dólares del Presidente Barack Obama para los Estados Unidos se enfoca en un impulso a las energías renovables, “aclimatar” un millón de viviendas, y actualizar la atrasada matriz de electricidad del país. Se estima que estas inversiones podrían generar unos cinco millones de trabajos “verdes”, estimular las industrias de la construcción y la ingeniería, y hacer que Estados Unidos regrese al tema igualmente serio de combatir el cambio climático y lograr seguridad energética.

La República de Corea, que está perdiendo empleos por primera vez en más de cinco años, también ha avizorado una oportunidad verde en estos tiempos económicos sombríos. El gobierno del Presidente Lee Myung-Bak tiene planes de invertir 38 mil millones de dólares en empleos para limpiar cuatro importantes ríos y reducir el riesgo de que se produzcan desastres naturales, mediante la construcción de terraplenes e instalaciones de tratamiento de aguas.

El plan de Lee incluye también la construcción de redes de transporte de bajo impacto ambiental, como vías férreas de alta velocidad y cientos de kilómetros de ciclovías, y generar energía utilizando metano de rellenos sanitarios. El paquete también considera inversiones en tecnologías de vehículos híbridos.

En China, Japón y el Reino Unido hay planes similares de aplicación de paquetes de un "Nuevo Trato Ecológico". Son igual de relevantes para desarrollar las economías en cuanto a creación de empleos, lucha contra la pobreza y creación de nuevas oportunidades, en momentos de creciente incertidumbre acerca de los precios de los productos básicos y las exportaciones.

En Sudáfrica, el gobierno respaldó la iniciativa Working for Water , que da empleo a más de 30.000 personas, entre las que se incluyen mujeres, jóvenes y discapacitados, viendo así también una oportunidad en la crisis. El país gasta cerca de 60 millones al año en combatir plantas exógenas de alto poder invasivo que amenazan la vida silvestre local, las reservas de agua, importantes destinos turísticos y tierras agrícolas.

Esta tarea se seguirá ampliando, puesto más de 40 millones de toneladas de estas plantas son cosechadas para convertirlas en combustible para centrales eléctricas. Como resultado, se estima que se generarán cerca de 500 megavatios, equivalentes a un 2% de las necesidades de electricidad del país, creando al mismo tiempo más de 5000 empleos.

Así, es evidente que algunos países ven ahora las inversiones en infraestructura ambiental, sistemas energéticos y ecosistemas como buenas apuestas para la recuperación económica. Puede que otros países se sientan inseguros acerca de los potenciales retornos de las inversiones en servicios de ecosistemas, como el almacenamiento de carbono mediante la preservación de bosques o el desarrollo de energías renovables para el 80% de los africanos que no tienen acceso a electricidad. Otros más pueden simplemente no saber cómo seguir el ejemplo de los pioneros de manera más precisa.

A principios de febrero, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente convocará a algunos de los principales economistas del mundo a la sede de la ONU en Nueva York. Se trazará una estrategia para un Nuevo Trato Ecológico Global, adaptado los diferentes desafíos de cada país, con el fin de ayudar a los gobernantes y ministros del mundo a diseñar paquetes de estímulo que funcionen en distintos frentes.

El Nuevo Trato Ecológico Global, que el PNUMA planteó como concepto en octubre de 2008, es una respuesta a las actuales dificultades de la economía. Sin embargo, si estos paquetes de estímulo se asignan con buen criterio, pueden marcar tendencias de gran alcance y poder de transformación, generando las condiciones de una Economía Verde más sostenible, y urgentemente necesaria, para el siglo veintiuno.

Los billones de dólares que se han puesto en movimiento para enfrentar los problemas actuales, junto con los billones de los inversionistas que esperan a ver el curso de los acontecimientos, representan una oportunidad impensable hace apenas 12 meses.: la posibilidad de emprender un rumbo más inteligente y eficiente en el uso de los recursos, que pueda enfrentar retos que vayan desde el cambio climático a la escasez de recursos naturales, la carencia de agua y la pérdida de la biodiversidad.

Inflar a ciegas con miles de millones el actual rescate financiero de industrias viejas y modelos económicos exhaustos será como malgastar buen dinero en una mala hipoteca del futuro de nuestros hijos. En lugar de ello, los líderes políticos deben usar estas oportunidades para invertir en innovación, promover negocios sostenibles y estimular nuevos patrones de empleo decente y duradero.

Fuente: Project Syndicate, 2009

lunes, 9 de febrero de 2009

Espiral proteccionista

Editorial

Los temores de que la crisis estimulase la adopción de medidas proteccionistas se han convertido en una preocupante realidad. Las principales economías del mundo, con Estados Unidos y la Unión Europea a la cabeza, están recurriendo de nuevo al rearme arancelario como instrumento para estimular el propio crecimiento y combatir el paro. Y otro tanto están haciendo las economías emergentes de América Latina y otras latitudes. La experiencia demuestra que el proteccionismo desencadena una espiral en la que la decisión de unos Gobiernos provoca la respuesta equivalente de los demás, hasta anular el espejismo de las soluciones exclusivamente nacionales.

Las respuestas económicas defensivas que se están poniendo encima de la mesa desmienten los buenos propósitos alcanzados en la cumbre de Washington del pasado diciembre. Las cifras de comercio internacional están cayendo por primera vez desde 1982 y los flujos de capital privado han sufrido un severo recorte. Los signos de este renacer proteccionista han motivado la convocatoria de una reunión extraordinaria de la Organización Mundial del Comercio, a instancias de su director general, Pascal Lamy. Pero las posibilidades de alcanzar un acuerdo son limitadas. No sólo por las dificultades intrínsecas de la tarea; también porque los Gobiernos defienden en público la necesidad de reforzar el libre comercio, pero no dudan en levantar barreras para calmar a sus opiniones internas alarmadas por la crisis.

El proteccionismo no es el único síntoma de que los restos de la nueva economía parecen estar apostando por un viejo error. En un mercado laboral en drástica contracción, ha vuelto a aparecer la xenofobia, un sentimiento que coloca a los Gobiernos y los partidos democráticos en inferioridad de condiciones frente a las formaciones populistas. Si ceden a las exigencias xenófobas, lo harán a costa del Estado de derecho. Y si no ceden, trasvasarán apoyo electoral en favor de quienes no buscan solucionar los problemas, sino explotar los miedos y las pasiones.

Los intentos de salvarse en solitario se realizan siempre a costa de otros, que no tardarán en reaccionar de igual manera. Promocionar el consumo de productos nacionales o privar del derecho al trabajo a los extranjeros son respuestas de corto recorrido que quedan anuladas tan pronto otros países las adoptan. Pero son, además, respuestas que empujan hacia una pendiente peligrosa, en la que las dificultades económicas acaban transformándose en crisis políticas internas y en tensiones entre potencias. La comunidad internacional dispone de mecanismos institucionales para frenar esta deriva proteccionista, y corresponde a las economías más desarrolladas desactivar la bomba de relojería que estaría comenzando a cebarse. No basta con suscribir proclamas solemnes como se hizo en Washington, sino que, a la vista de lo sucedido durante estas últimas semanas, es preciso respetar los compromisos internacionales contraídos.

Fuente: El País (España)

domingo, 8 de febrero de 2009

Rescates financieros para incompetentes

Por: Paul Krugman

Pregunta: ¿qué pasa si pierdes cantidades ingentes de dinero de otras personas? Respuesta: recibes un gran regalo del Gobierno federal (pero el presidente dice cosas muy duras sobre ti antes de soltar la pasta).

¿Estoy siendo injusto? Eso espero. Pero, ahora mismo, da la impresión de que eso es lo que está pasando.

Para dejar las cosas claras diré que no me estoy refiriendo al plan de la Administración de Barack Obama de estimular el empleo y la producción mediante un gran aumento del gasto federal durante algún tiempo, que es exactamente lo que hay que hacer. De lo que estoy hablando es de los planes de la Administración para rescatar el sistema bancario, planes que están tomando la forma de un ejercicio clásico de socialismo amargo: los contribuyentes pagan la factura si las cosas salen mal, pero los accionistas y los ejecutivos reciben los beneficios si las cosas salen bien.

Cuando leo los últimos comentarios sobre política financiera de algunos altos funcionarios de la Administración de Obama, me siento como si el tiempo se hubiera detenido, como si todavía estuviésemos en 2005, Alan Greenspan aún fuese el maestro y los banqueros todavía fuesen los héroes del capitalismo.

"Tenemos un sistema financiero controlado por accionistas privados y administrado por instituciones privadas, y nos gustaría hacer todo lo posible para preservarlo", dice Timothy Geithner, el secretario del Tesoro, mientras se prepara para hacer que los contribuyentes carguen con el mochuelo de las inmensas pérdidas de ese sistema.

Mientras tanto, un artículo del Washington Post que cita fuentes gubernamentales afirma que Geithner y Lawrence Summers, el principal asesor económico del presidente Obama, "creen que los Gobiernos son malos gerentes bancarios" (a diferencia, se supone, de los genios del sector privado, que se las han arreglado para perder más de un billón de euros en unos cuantos años).

Y este prejuicio a favor del control privado, incluso cuando es el Gobierno quien está poniendo todo el dinero, parece estar pervirtiendo la respuesta de la Administración a la crisis financiera.

Ahora bien, hay que hacer algo para apuntalar el sistema financiero. El caos posterior a la quiebra de Lehman Brothers ha demostrado que permitir que las principales instituciones financieras se hundan puede ser muy perjudicial para la salud de la economía. Y hay varias instituciones importantes que están peligrosamente cerca del abismo.

De modo que los bancos necesitan más capital. En épocas normales, los bancos amplían su capital vendiendo acciones a inversores privados, quienes a cambio reciben una participación en la propiedad del banco. Por tanto, se podría pensar que si ahora los bancos no pueden o no quieren ampliar lo suficiente su capital mediante inversores privados, el Gobierno debería hacer lo que haría un inversor privado: aportar capital a cambio de una parte de la propiedad.

Pero hoy en día las acciones de los bancos valen tan poco -Citigroup y Bank of America tienen un valor de mercado combinado de sólo 40.560 millones de euros-, que la propiedad no sería parcial: inyectar el dinero de los contribuyentes necesario para que los bancos fuesen solventes los convertiría, a efectos prácticos, en empresas de propiedad pública.

Mi respuesta a esta perspectiva es: ¿y? Si los contribuyentes están corriendo con los gastos del rescate de los bancos, ¿por qué no deberían obtener la propiedad, al menos hasta que aparezcan compradores privados? Pero la Administración de Obama parece estar partiéndose la cabeza para evitar este desenlace.

Si las noticias son ciertas, el plan de rescate bancario constará de dos elementos principales: la compra por parte del Gobierno de algunos activos bancarios con problemas y garantías frente a pérdidas causadas por otros activos. Las garantías representarían un gran regalo para los accionistas de los bancos; las compras tal vez no, si el precio fuera justo, pero, según información del Financial Times, los precios probablemente estarían basados en modelos de tasación en lugar de en precios de mercado, lo que significa que el Gobierno les estaría haciendo un gran regalo también con esto. Y, a cambio de lo que probablemente sea una gigantesca subvención para los accionistas, los contribuyentes obtendrán... Bueno, nada.

¿Habrá al menos límites en la remuneración de los ejecutivos, a fin de evitar más timos como los que han enfurecido a la opinión pública? El presidente Obama ha criticado las bonificaciones de Wall Street en su último discurso semanal, pero según The Washington Post, "es probable que la Administración se abstenga de imponer restricciones más duras a las indemnizaciones de los ejecutivos de la mayoría de las empresas que reciban ayuda gubernamental" porque "los límites muy estrictos podrían disuadir a algunas de solicitar la ayuda". Esto indica que las palabras duras de Obama son sólo para aparentar.

Mientras tanto, parece que la crisis apenas ha hecho mella en la cultura del exceso de Wall Street. "Digamos que soy un banquero y que he generado 23 millones de euros. Yo debería recibir parte de ese dinero", comentaba un banquero a The New York Times. ¿Y si eres un banquero y has destruido 23.000 millones? ¡El Tío Sam acude al rescate!

Lo que aquí está en juego es algo más que la imparcialidad, aunque ésta también cuente. Salvar la economía va a ser muy caro: es probable que ese plan de estímulo económico de 800.00 millones de dólares sea sólo un anticipo, y que rescatar el sistema financiero, incluso si se hace bien, cueste cientos de miles de millones. No podemos permitirnos el lujo de despilfarrar el dinero regalándolo como si creciese en los árboles a los bancos y a sus ejecutivos sólo para mantener la ilusión de que son propiedad privada.

Fuente: El País, 8 febrero 2009 (sinpermiso.info)

¡Que se vayan todos!

Por: Naomi Klein

Viendo a las multitudes en Islandia blandiendo y golpeando ollas y cacerolas hasta hacer caer a su gobierno me acordaba yo de una popular consigna coreada en los círculos anticapitalistas en 2002: "Ustedes son Enron; nosotros, la Argentina".

Su mensaje era suficientemente simple. Ustedes –políticos y altos ejecutivos amalgamados en alguna que otra cumbre comercial— son como los temerarios estafadores ejecutivos de Enron (claro que entonces no sabíamos ni la mitad de lo ocurrido)—. Nosotros –el populacho mantenido al margen— somos como los argentinos, quienes, en medio de una crisis económica misteriosamente parecida a la nuestra, salieron a la calle con ollas y cacerolas al grito de: "Que se vayan todos". Forzaron la dimisión de cuatro presidentes en menos de tres semanas. Lo que hizo única la rebelión argentina de 2001-2002 fue que no iba dirigida contra ningún partido político concreto, ni tampoco contra la corrupción en abstracto. Su objetivo era el modelo económico dominante: fue la primera revuelta de una nación contra el capitalismo desregulado de nuestros días.

Ha tomado su tiempo, pero, finalmente, desde Islandia hasta Letonia, pasando por Corea del Sur y Grecia, el resto del mundo está llegando al mismo resultado: ¡que se vayan todos!

Las estoicas matriarcas islandesas que sacaban sus cacerolas mientras sus hijos buscaban proyectiles en el frigorífico (huevos, desde luego, ¿también yogures?) reproducen las tácticas que se hicieron famosas en Buenos Aires. Un eco de la rabia colectiva contra unas elites que destruyeron un país otrora próspero pensando salir de rositas. Como dijo Gudrun Jonsdottir, una oficinista islandesa de 36 años: "Estoy hasta el moño de todos esto. No me fío del gobierno, no me fío de los bancos, no me fío de los partidos políticos y no me fío del FMI. Teníamos un país estupendo, y se lo han cargado".

Otro eco: en Reikiavik, los manifestantes no se conforman con un mero cambio de rostros en la cúspide (aunque la nueva primera ministra sea una lesbiana). Exigen ayudas al pueblo, no a los bancos; investigación penal de la debacle; y una profunda reforma electoral.

Parecidas exigencias pueden oírse en Letonia, cuya economía ha experimentado la contracción más drástica dentro de la Unión Europea y en donde el gobierno se halla al borde del precipicio. Durante semanas, la capital se ha visto sacudida por protestas, incluidos unos disturbios en toda regla el pasado 13 de enero. Como en Islandia, los letones están indignados por la negativa de sus dirigentes a aceptar la menor responsabilidad por la catástrofe. Preguntado por la Televisión Bloomberg por las causas de la crisis, el ministro de finanzas letón soltó displicentemente: "ninguna en especial".

Pero los disturbios letones sí son especiales: las mismas políticas que permitieron al "Tigre Báltico" crecer a una tasa del 12% en 2006, están ahora causando una violenta contracción que se estima del 10% para este año: el dinero, emancipado de toda barrera, viene tan prontamente como se va, tras rellenar, eso sí, algunos bolsillos políticos. No es casual que muchas de las catástrofes de hoy sean los "milagros" de ayer: Irlanda, Estonia, Islandia, Letonia.

Pero todavía hay algo más argentinesco en el aire. En 2001, los dirigentes argentinos respondieron a la crisis con un brutal paquete de austeridad dictado por el FMI: 9 mil millones de dólares de recorte del gasto público, señaladamente en sanidad y educación. Lo que se reveló un error fatal. Los sindicatos de los trabajadores realizaron una huelga general, los maestros sacaron sus clases a la calle, y por doquiera proseguían las protestas.

Esa misma negativa de los de abajo a ser inmolados en la crisis es lo que une hoy a muchos manifestantes de todo el mundo. En Letonia, buena parte de la cólera popular se ha centrado en las medidas gubernamentales de austeridad –despidos masivos, recorte de servicios sociales y brusca disminución de los salarios en el sector público— tomadas para hacer méritos ante el FMI, de quien se espera un préstamo de urgencia: no, definitivamente, nada ha cambiado. Las revueltas del pasado diciembre en Grecia fueron desencadenadas por el asesinato a tiros por la policía de un adolescente de 15 años. Pero lo que las mantiene vivas, con los agricultores recogiendo el testigo de los estudiantes, es la general cólera que desierta en el pueblo griego la respuesta del gobierno a la crisis: se ofrece a los bancos un rescate por valor de 36 mil millones de dólares, mientras se recortan las pensiones de los trabajadores y se da a los campesinos poco más que nada. A pesar de las molestias causadas por el bloqueo de carreteras de los tractores, el 78% de los griegos opina que las exigencias de los agricultores son razonables. Análogamente en Francia, en donde la reciente huelga general –desencadenada en parte por los planes del presidente Sarkozy de reducir espectacularmente el número de profesores— se atrajo el apoyo del 70% de la población.

Acaso el hilo más robusto que atraviesa a toda esa revuelta global sea el rechazo a la lógica de la "política extraordinaria", por emplear la expresión acuñada por el político polaco Leszek Balcerowicz para describir el modo en que los políticos acostumbran ahora a ignorar las disposiciones legislativas para avilantarse a "reformas" de todo punto impopulares. Un ardid que está dejando de funcionar, como acaba de descubrir ahora el gobierno de Corea del Sur. En diciembre pasado, el partido gobernante trató de servirse de la crisis en curso para lanzarse a un más que discutible acuerdo de libre comercio con los EEUU. Llevando a nuevos extremos la política de puertas cerradas, los legisladores se cerraron a cal y canto en la Cámara para poder votar en privado: defendieron la puerta con mesas, sillas y butacas. Los políticos de la oposición no se dejaron impresionar: con martillos percutores y sierras eléctricas, echaron la puerta abajo y entraron en el Parlamento organizando una sentada que habría de durar doce días. Se aplazó el voto, a fin de permitir un mayor debate. Una victoria para un nuevo tipo de "política extraordinaria".

Aquí, en Canadá, la política es notoriamente menos pronta a escenas chocarreras que terminan en YouTube, pero tampoco ha estado exenta de sorprendentes acontecimientos. El pasado octubre, el Partido Conservador ganó las elecciones nacionales con un programa sin ambición. Seis semanas después, nuestro primer ministro tory se sacaba de la chistera un proyecto presupuestario que privaba del derecho de huelga a los trabajadores del sector público, abolía la financiación pública de los partidos políticos y no contenía el menor atisbo de estímulo económico. Los partidos de oposición replicaron con la formación de una coalición histórica, que no consiguió hacerse con el poder sólo porque se suspendió abruptamente la sesión parlamentaria. Los tories han regresado ahora con un presupuesto revisado: las políticas extremistas de derecha han desaparecido, y hay un paquete de estímulos económicos.

La pauta es clara: los gobiernos que responden a la crisis creada por la ideología de libre mercado con una acrecida dosis de la desacreditada medicina, no sobrevivirán al intento. Como están gritando en la calle los estudiantes italianos: "No pagaremos por vuestra crisis".

Fuente: www.sinpermiso.info

sábado, 7 de febrero de 2009

¿Vuelve Keynes?

Por: Ignacio Sotelo

La crisis ha recuperado dos de los elementos esenciales del keynesianismo: el papel central del Estado para que funcione el mercado y el recurso al déficit para salir de la depresión. ¿Vuelve un Keynes triunfante, después de que a finales de los 70 hubiese sido desplazado por el liberalismo a ultranza de un Friedrich von Hayek, o un Milton Friedman?

En los años 50 y 60, en "la edad de oro del Estado de bienestar", pocos se hubieran atrevido a dudar de que la prosperidad que se vivía, en contraste con lo ocurrido en los años de entreguerras, no se debiera a un keynesianismo que, paradójicamente, no hubo necesidad de poner en práctica. Cuando en 1974 estalla la crisis -el detonador fue la guerra árabe-israelí, que cuadriplicó los precios del petróleo- hubo que enfrentarse a la conjunción de tres males -recesión, inflación y desempleo-, sin que las fórmulas keynesianas dieran los resultados esperados. El premier laborista, James Callaghan, llegó a manifestar en septiembre de 1976: "Estamos acostumbrados a pensar que podemos escapar a la recesión y aumentar el empleo rebajando los impuestos y aumentando el gasto. Lo digo con la mayor sinceridad, esta opción ya no existe, si es que alguna vez existió, porque el resultado ha sido siempre una mayor inflación. Y cada vez que esto sucede aumenta el nivel medio de desempleo".

En vez de empeñarse en mantener a cualquier coste el pleno empleo, el Gobierno laborista trató de crear las condiciones adecuadas para que el mercado desplegase una mayor eficiencia. Importa poner énfasis en que fue el laborismo el que enterró el keynesianismo, al aceptar la preeminencia del mercado, la contención monetarista y una "tasa natural" de desempleo. Asoció el pleno empleo con el estancamiento y la pobreza que traería consigo una sociedad más igualitaria y solidaria. Había que elegir entre igualdad y pobreza o riqueza y desigualdad. Entre 1945 y 1950 los laboristas montaron el Estado de bienestar basado en el pleno empleo, pero también lo clausuraron cuando se desprendieron del keynesianismo entre 1976 y 1979.

Conviene recordar que la máxima preocupación de Keynes era cómo conseguir el pleno empleo de los recursos disponibles, tanto humanos como de capital. Un paro crónico, incluso masivo en momentos de crisis, constituía a sus ojos el punto más débil del capitalismo, que a la larga no podría durar si produjese un desempleo perpetuo. Pese a las restricciones a las libertades individuales, el socialismo tendría la ventaja de garantizar trabajo para todos.

Al mostrar que la inversión no está ligada al ahorro, sino a las perspectivas de ganancia, Keynes critica el supuesto equilibrio entre producción y consumo que había constatado la economía clásica, en función de la cual el desempleo desciende si bajan los salarios y en general los costos de producción. Keynes recalca que si se bajan los salarios, al encogerse la demanda global, se obtiene el efecto contrario: más paro. Además, una política de achicamiento de los salarios no sólo es poco razonable, es que ni siquiera resulta factible. Bajar los salarios, con los conflictos sociales que comporta, sólo se lograría en un régimen autoritario que hubiera suprimido, entre otras, la libertad sindical.

Sin embargo, en los últimos lustros se ha defendido como política de empleo el ajuste a la baja de los salarios, favoreciendo el despido libre, aunque en la mayor parte de los países de nuestro entorno, pese a las presiones neoliberales, no se haya pasado de meros amagos. Ningún gobierno está dispuesto a provocar una sarta de conflictos sociales apoyando una reducción seria de los salarios nominales. De que desciendan ya se ocupa el paro... y la inflación de que bajen los reales.

Keynes fue muy consciente de que la apertura a los mercados internacionales lleva un alto riesgo para el pleno empleo, lo que explica su empeño en mantener las economías nacionales bajo un control estricto. En primer lugar, había que impedir, si fuera preciso incluso con medidas proteccionistas, que la apertura al exterior arrasase la industria básica establecida. "¡Hace mucho tiempo que no soy un librecambista, y no creo que nadie lo sea ya en el viejo sentido de la palabra!". Importa retener que el modelo keynesiano, en determinadas circunstancias y por un tiempo limitado, reclama medidas proteccionistas para garantizar el pleno empleo.

Keynes no sólo plantea, si fuese preciso, volver al proteccionismo, sino que pone en tela de juicio la prerrogativa exclusiva del empresario de decidir en qué y cuándo invierte su dinero, algo que atañe a la esencia misma del capitalismo. La aporía intrínseca del sistema radica en que no puede mantener el pleno empleo sin garantizar previamente las inversiones de la manera más conveniente para la economía nacional, y no simplemente para el interés del inversor. Y no hay "mano invisible" que haga converger el interés general con el egoísmo individual. Keynes fue claro: "Creo que una socialización bastante completa de las inversiones será el único medio de aproximarse a la ocupación plena".

Mantener el pleno empleo exige una mayor inversión, pero la privada aumenta o disminuye según sea la eficiencia marginal del capital, que, en todo caso, debe fluctuar por encima de la tasa de interés. Pese a que muchos la consideren la única opción posible, en el fondo nada tan opaco y vacilante como la inversión privada para eliminar el paro. Nadie invierte para crear puestos de trabajo, por mucho que una monserga constante insista en que la inversión privada es el factor principal para reducir el paro. En vísperas de elecciones, los partidos prometen bajar los impuestos para aumentar los beneficios de las empresas, lo que, dicen, redundará en inversiones que creen puestos de trabajo, como si hubiese una relación directa entre cuantía del capital disponible y monto de las inversiones. Se invierte para maximizar unos beneficios que, como expectativas verosímiles, han de vislumbrarse en el horizonte, y que son mayores cuanta menos mano de obra haya que emplear.

La socialización de las inversiones es parte integrante de una política keynesiana de pleno empleo, punto en el que la socialdemocracia no se atrevió nunca a ser consecuentemente keynesiana. Por el bien de la economía de mercado no habría otra salida que socializar las inversiones, es decir, suprimir la iniciativa individual, justamente, el elemento más propio y constitutivo del capitalismo.

Las dos recetas que ofrece Keynes para garantizar el pleno empleo -proteccionismo y socialización de las inversiones- no encajan en el capitalismo en su forma liberal primigenia, pero mucho menos la primera en la época de la globalización y la segunda cuando se ha hundido el movimiento obrero.

Pero también resulta innegable que "los principales inconvenientes de la economía en que vivimos son su incapacidad para procurar la ocupación plena y su arbitraria y desigual distribución de la riqueza y los ingresos". Dos cuestiones centrales que Keynes trató de encauzar, pero con la experiencia del último medio siglo ha quedado bien claro que, lejos de haberse resuelto, se han agravado muchísimo.

¿Vuelve Keynes? En la crisis que ha desencadenado la total desregularización, los dueños de los bienes financieros y de producción necesitan dinero público en cantidades ingentes. Amenazan con que, de no recibirlos, podría ocurrir que se derrumbase el sistema. Pero aun en situación tan extrema, de ningún modo están dispuestos a asumir el más elemental de sus principios, a saber, que el que pone el dinero adquiere la propiedad y decide. El Estado, con el dinero de todos, estaría obligado a salvar bancos y empresas, pero la propiedad, y con ella la capacidad de decidir, debe quedar en manos privadas.

Pronto se oirá otra vez la cantilena de que el Estado es bueno para subsidiar y, si las cosas se ponen mal, incluso tiene que hacerse cargo de las cuantiosas deudas acumuladas, pero ya se sabe, es un pésimo gestor. No habría alternativa a la actividad libre de la empresa privada, aunque, mientras no lo pueda evitar, está dispuesta a soportar un cierto control público.

La relectura que se hace de Keynes para justificar el enorme endeudamiento público que conlleva las ayudas a bancos y grandes empresas contradice por completo las intenciones de Keynes. Lo más grave es que la socialdemocracia de nuestros días haga suya esta interpretación.
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Fuente: El País (España)

viernes, 6 de febrero de 2009

La muerte de la confianza

Por: Sin-ming Shaw

Un amigo hace poco hizo una pregunta aparentemente ingenua: "¿Qué es el dinero? ¿Cómo sé que puedo confiar en que vale lo que dice que vale?" Cuando uno estudia conceptos introductorios de economía aprende que el dinero es un medio de cambio. Pero, ¿por qué aceptamos eso? Los billetes bancarios son apenas pedazos de papel con un número adosado.

Creemos en los billetes bancarios porque colectivamente decidimos confiar en el gobierno cuando dice que 100 es 100, y no 10 o 50. El dinero, por lo tanto, tiene que ver con la confianza, sin la cual ninguna sociedad puede funcionar.

De la misma manera que obedecemos las órdenes de nuestros líderes para combatir y morir porque confiamos en su criterio, confiamos nuestras carreras y nuestro dinero a quienes dirigen Citigroup o Goldman Sachs y otros bancos por el estilo, porque creemos que sus dirigentes serán justos con sus empleados y clientes, y honorables en sus prácticas comerciales. No crecemos deseando trabajar para delincuentes y mentirosos.

Una vez que se rompe esa confianza, suceden cosas malas. El dinero deja de tener credibilidad. Los líderes se convierten en objeto de desprecio o algo peor.

Mientras escribo, la inflación en Zimbabwe alcanzó un nivel inimaginable (si no impronunciable) de más de 500 quintillones por año. Un quintillón son mil trillones. Hace un año, la inflación era de "apenas" 100.000%. Eso es lo que sucede cuando se desvanece la confianza.

Afortunadamente, Zimbabwe no es un país de consecuencia real para la estabilidad mundial. Pero la República de Weimar y China en los años 1940 sí lo eran. Una optó por Hitler y la otra por Mao Tse-Tung para restablecer la confianza. De manera que los riesgos son claros.

¿Estamos viendo hoy en día una erosión de la confianza en Estados Unidos y en el Reino Unido?

La primera señal de advertencia salió a la superficie en 2001, con la quiebra de Enron en Estados Unidos. Sus cuentas fraudulentas estaban certificadas por Arthur Anderson. Ahora, se descubrió que a Saytam de la India, auditada por PriceWaterhouseCoopers, le faltan miles de millones de dólares en efectivo. Si no podemos confiar en los mejores auditores, ¿podemos seguir depositando nuestra confianza en contadores autenticados?

Las agencias de calificación de bonos emitieron calificaciones engañosas sobre empresas de una salud cuestionable. ¿Alguna vez podremos volver a confiar en una calificación AAA emitida, digamos, por Moody´s?

Los bancos han recibido nuestro dinero para resguardarlo desde el siglo XIV, cuando los florentinos inventaron la práctica. El Royal Bank of Scotland, fundado en 1727, cuando el filósofo liberal Adam Smith apenas tenía cuatro años, acaba de convertirse en una empresa socialista en manos del Estado gracias a los líderes incompetentes del banco, que adquirieron bancos sobrevaluados llenos de activos tóxicos.

Citicorp, Bank of America, Goldman Sachs, Merrill Lynch y otros símbolos de "excelencia" habrían colapsado si no hubiera sido por los rescates públicos. Y sin embargo, durante décadas, pensamos que la gente que administraba esas firmas era mucho más inteligente que nosotros.

Crecimos admirando a líderes como Robert Rubin, John Thain y Henry Paulson. Rubin, ex secretario del Tesoro norteamericano y ex presidente de Goldman Sachs, presidió el colapso de Citigroup mientras se llevaba a casa 150 millones de dólares en bonos. ¿Acaso debería haber recibido algún tipo de recompensa por su "desempeño"? Apenas esta semana, los altos ejecutivos del técnicamente quebrado Citigroup estuvieron a punto de comprarse un nuevo avión privado francés de 150 millones de dólares, hasta que la Casa Blanca les puso un freno.

Thain, que también fue presidente de Goldman Sachs, se recompensó a sí mismo y a sus empleados de Merrill Lynch con 4.000 millones de dólares en concepto de bonos incluso después de haber tenido que vender la firma a Bank of America para salvarla de la quiebra. Después de que lo descubrieron gastando 1,2 millón de dólares, mientras Merrill Lynch se desintegraba, para decorar su nueva oficina, Bank of America tuvo que despedirlo para aplacar la creciente repulsión por la cultura descontrolada de la titulación de Wall Street.

Paulson, el saliente secretario del Tesoro y otro veterano de Goldman Sachs, dejó una brecha jurídica en su paquete de rescate lo suficientemente grande como para que la atravesase un camión. Esa brecha legal les permitió a sus ex amigos y colegas de Wall Street recompensarse con bonos multimillonarios mientras mantenían esas firmas a flote con dinero de los contribuyentes.

Las universidades a las que asistieron estos hombres -Harvard y Yale en el caso de Rubin; MIT y Harvard en el de Thain; Darmouth y Harvard en el de Paulson- han sido imanes de las mentes jóvenes más brillantes del mundo. El resto de nosotros pensábamos que estas instituciones podían instilar sabiduría, lucidez y personalidad de los que todos nosotros deseábamos tener más.

Quizá los padres de todo el mundo deberían reexaminar su anhelo muchas veces obsesivo de estas universidades de "nombre", presionando a sus hijos como si un título de la Ivy League fuera un fin en sí mismo. Ahora sabemos que los titanes de Wall Street nunca fueron tan inteligentes, y por cierto no muy éticos, ya que desaprobaron la única prueba que cuenta. Todas las empresas que condujeron quebraron, y fueron salvadas sólo con dinero de parte de aquellos que nunca podrían conseguir un empleo ejecutivo en Wall Street o un lugar en Harvard.

Estos príncipes de Wall Street, no obstante, fueron más inteligentes en un sentido: supieron embolsar una fortuna mientras el resto de nosotros estamos inmersos en el caos que ellos dejaron atrás. Bernard Madoff, que provenía de una parte de bajos ingresos de la ciudad de Nueva York y asistió a una universidad de medio pelo, pasará tiempo detrás de rejas, pero ninguno de los titanes de Wall Street con un linaje de alto nivel alguna vez estará en la misma situación.

La historia no ha sido amable con las sociedades que pierden la confianza en la integridad de sus líderes e instituciones. Necesitamos salvar a nuestro sistema económico de sus abusadores, si no…

Fuente: Project Syndicate, 2009

Cuatro salidas

Por: J. Bradford DeLong

Cuando una economía cae en una depresión, el gobierno puede intentar hacer cuatro cosas para devolver el empleo a su nivel normal y la producción a su nivel “potencial”. Llamémoslas política fiscal, política crediticia, política monetaria e inflación.

La inflación es lo más sencillo de explicar: el gobierno imprime montones de billetes de banco y los gasta. El dinero circulante de más aumenta los precios. Al aumentar los precios, el público no quiere tener efectivo en sus bolsillos o en sus cuentas bancarias –su valor disminuye todos los días–, por lo que aumenta su ritmo de gasto para intentar preservar su riqueza fuera del efectivo que se deprecia y convertirla en activos reales que valgan algo. Ese gasto saca a los parados del desempleo, porque crea empleo, y aumenta la utilización de la capacidad al nivel normal y la producción a niveles “potenciales”.

Pero las personas sensatas prefieren eludir la inflación. Es un expediente muy peligroso, que socava los niveles de valor, vuelve virtualmente imposibles los cálculos económicos y redistribuye la riqueza al azar. Como dijo John Maynard Keynes, “no hay un medio más sutil ni más seguro de trastocar la base existente de la sociedad que el de corromper la moneda. Ese proceso lanza todas las fuerzas ocultas de la ley económica hacia la destrucción y lo hace de un modo que ni un hombre de entre un millón puede diagnosticar...” Pero los gobiernos prefieren recurrir a la inflación antes que permitir otra Gran Depresión; ahora bien, si hay una forma substitutiva de restablecer el empleo y la producción, preferiríamos con mucho no hacerlo.

La forma habitual de luchar contra las depresiones incipientes es la de recurrir a la política monetaria. Cuando el empleo y la producción amenazan con deteriorarse, el banco central compra bonos estatales para disponer de efectivo inmediato, con lo que acorta la duración de los activos seguros con los que cuentan los inversores. Con menos activos seguros y que rindan en el mercado financiero, el precio del dinero seguro aumenta. Con ello a las empresas les resulta más ventajoso invertir para aumentar su capacidad, con lo que truecan el efectivo que podrían repartir a sus accionistas en el presente por una mejor posición en el mercado que les permita remunerarlos en el futuro. Ese aumento en el presente del gasto orientado al futuro saca a los parados del desempleo e incrementa la utilización de la capacidad.

El problema que plantea la política monetaria es el de que, al reaccionar ante la crisis actual, los bancos centrales del mundo han comprado tantos bonos estatales seguros y con tanto efectivo, que el precio de la riqueza segura en el futuro inmediato es absolutamente mínimo: el tipo de interés nominal de los títulos del Estado es cero. La política monetaria no puede hacer que la riqueza segura resulte más valiosa en el futuro y es una lástima, porque, si pudiéramos prevenir una depresión tan sólo con la política monetaria, lo haríamos, pues es el instrumento idóneo de política para la estabilización macroeconómica que mejor conocemos y que entraña menos riesgo de efectos secundarios desbaratadores.

El tercer instrumento es la política crediticia. Nos gustaría aumentar el gasto inmediatamente logrando que las empresas invirtieran no sólo en proyectos que truecan el efectivo seguro de ahora por beneficios seguros en el futuro, sino también en los que entrañan riesgo o incertidumbre, pero pocas empresas pueden actualmente reunir dinero para hacerlo.

Los proyectos que entrañan riesgo están profundamente depreciados en la actualidad, porque la tolerancia del riesgo en el sector financiero del sector privado se ha desplomado. Nadie está dispuesto a comprar activos y cargar con una incertidumbre añadida, porque todo el mundo teme que otros sepan más que ellos: en una palabra, que sería cosa de idiotas comprar. Aunque los bancos centrales y los ministros de Hacienda del mundo han estado ideando muchas políticas ingeniosas e innovadoras para estimular el crédito, hasta ahora no han tenido demasiado éxito.

Con eso pasamos al cuarto instrumento: la política fiscal, consistente en que el gobierno tome prestado y gaste, con lo que sacará a los parados del desempleo y aumentará la utilización de la capacidad hasta niveles normales. Hay inconvenientes: el peso muerto posterior de la pérdida que entraña la financiación de toda la deuda estatal suplementaria que se ha creado y el miedo a que una acumulación demasiado rápida de deuda disuada a los inversores privados de crear activos físicos, que constituyen la base impositiva para los gobiernos futuros encargados de amortizar la deuda suplementaria.

Pero, cuando sólo quedan dos instrumentos, ninguno de los cuales es perfecto para la tarea requerida, lo racional es probarlos los dos –la política crediticia y la política fiscal– al mismo tiempo. Eso es lo que el gobierno de Obama está intentando hacer ahora mismo.

Fuente: Project Syndicate, 2009

jueves, 5 de febrero de 2009

Urgente: refundación de las Naciones Unidas

Por: Federico Mayor Zaragoza

El presidente de los Estados Unidos Woodrow Wilson, al finalizar la I Guerra Mundial, decidió, en el mes de diciembre de 1918, que el horror de la guerra que acababa de terminar no debería volver a producirse, y estableció, en el Convenio para la paz permanente, la Sociedad de Naciones. Su objetivo: "un nuevo orden basado en el dominio de la ley fundada en el consentimiento de los gobernados y apoyada por la opinión organizada de la humanidad".

Por desgracia, prevaleció, debido a la presión de los productores de armamento, el secular adagio que establece que "si quieres la paz, prepara la guerra". Y llegó la II Guerra Mundial, al término de la cual el presidente Franklin D. Roosevelt diseñó un sistema multilateral, las Naciones Unidas, fundadas en San Francisco en 1945. El Sistema de las Naciones Unidas comprende, para secundar las actividades propias de la ONU, relativas a la seguridad internacional, otras organizaciones especializadas en el trabajo (OIT), la salud (OMS), la alimentación (FAO), la educación, la ciencia y la cultura (UNESCO)... También programas y fondos relativos al desarrollo (PNUD), la infancia (UNICEF), etcétera.

Pero los Estados más fuertes y prósperos pronto comenzaron a recelar de este sistema de cooperación y coordinación internacional, y sustituyeron por préstamos las ayudas al desarrollo, marginaron progresivamente a las diversas instituciones del Sistema de Naciones Unidas y, lo que es mucho más grave, sustituyeron los valores que debían guiar la gobernación internacional (los "principios democráticos" tan bien establecidos en la Constitución de la UNESCO y en la Declaración Universal de los Derechos Humanos) por las leyes del mercado.

Y los más ricos se asociaron en grupos (G-7, G-8) sustituyendo la democracia que representa el multilateralismo por una plutocracia, convirtiendo al Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial ("¡para la reconstrucción y el desarrollo!") en instrumentos de sus políticas económicas y situando a la Organización Internacional del Comercio (OIC), en los años noventa, directamente fuera del ámbito del Sistema de las Naciones Unidas.

Al término de la guerra fría todo el mundo esperaba una reforma profunda de las Naciones Unidas para la democratización de las relaciones internacionales, y esperaba asimismo que los "dividendos de la paz" redujeran las asimetrías sociales y favorecieran, por fin, el desarrollo endógeno de los países más necesitados. No fue así y, desde el principio de la década de los noventa, el predominio de los países más ricos ha impuesto la "globalización" con la creación y aumento de grandes consorcios empresariales multinacionales, limitándose el poder -y hasta las responsabilidades- de los Estados, con considerables

desgarros en el tejido social, fomentándose la aparición de caldos de cultivo de frustración, radicalización y animadversión, que han conducido frecuentemente al empleo de la violencia y a grandes flujos de emigrantes desesperanzados. Como era previsible, han arrastrado al mundo a una situación de crisis profunda en la que aparece como único asidero el multilateralismo para enderezar las tendencias actuales.

En consecuencia, es urgente una reunión extraordinaria de la Asamblea General de las Naciones Unidas para establecer los principales criterios que podrían conducir a su renovación en profundidad, dotándola de la autoridad moral y política que son imprescindibles para hacer frente a los grandes desafíos de nuestro tiempo y de la capacidad de disponer de los recursos personales, financieros, técnicos y, cuando fuera preciso, militares, para el ejercicio de sus funciones a escala mundial. Funcionando de manera bien coordinada, el conjunto del Sistema de las Naciones Unidas, permitiría la prevención de conflictos; la resolución pacífica de los mismos, cuando se presentaran; el establecimiento, mantenimiento y consolidación de la paz; el desarme; hacer frente conjuntamente al terrorismo internacional y a la delincuencia transnacional... al tiempo que se emplearía en resolver, como consecuencia del diálogo y acuerdo a escala mundial, las grandes cuestiones de las que depende, en su conjunto, la calidad de vida de todos los habitantes de la tierra.

"Nosotros, los pueblos de las Naciones Unidas hemos resuelto evitar a las generaciones venideras el horror de la guerra". Así se inicia la Carta de las Naciones Unidas. Esta formulación, bien interpretada, no precisa cambio alguno. La representación no debería seguir siendo tan sólo de Estados -en contra de lo que establece la Carta- sino que sería imprescindible que junto a los mismos existieran representaciones de la sociedad civil (organizaciones no gubernamentales, intergubernamentales, instituciones regionales, asociaciones de ciudades, empresariales, etcétera).

En esa ONU refundada, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial cumplirían, junto con la Organización Mundial del Comercio -que ya sería institución propia del sistema- sus funciones originales, para procurar el desarrollo global que podría, en pocos años, mejorar sustancialmente el panorama a escala planetaria. El Consejo de Seguridad constaría, como emanación directa de la Asamblea General, con representantes permanentes y proporcionalidad de influencia en la adopción de decisiones, pero sin derecho al veto, para abordar los distintos temas principales: seguridad humana, con la misión fundamental de "evitar la guerra"; seguridad económica y social, propuesta hace tiempo por Jacques Delors, con la revitalización del ECOSOC, que durante años ha tratado casi exclusivamente temas económicos dando escasísimo espacio a lo social, y seguridad medioambiental.

Sólo de este modo será posible eliminar (llevando a los transgresores ante los tribunales) los tráficos de toda índole (de armas, de drogas, de capitales, de personas), procediendo al cierre inmediato de los paraísos fiscales, acción que sólo puede llevarse a cabo con el respaldo de unas Naciones Unidas dotadas de la autoridad y los medios apropiados.

"No había medios" para el fondo contra el sida ni para la erradicación del hambre y la pobreza, y, de pronto, hay centenares de miles de millones para "rescatar" a los mismos (personas e instituciones) que condujeron al mundo a la dificilísima situación que atravesamos. Ahora corresponde "rescatar" a la gente, empezando por la erradicación de la pobreza mediante un gran Plan de Desarrollo Global.

La acción coordinada de las Naciones Unidas permitiría también la disponibilidad de los recursos personales, técnicos y humanitarios adecuados para asistir en las catástrofes naturales o producidas por el hombre (a este respecto se ha propuesto la existencia de los cascos rojos para desplazarse rápidamente a los lugares donde su presencia sea más necesaria).

El denominado "derecho a la injerencia", incluido cuando se habla de crisis "humanitaria", no expresa acertadamente lo que debe considerarse un deber de la Comunidad Internacional: evitar el genocidio, el sufrimiento inacabable, la humillación, la tortura... En 1996 un grupo de trabajo de la UNESCO, que incluía a Bernard Kouchner y Karel Vasak, propuso que los cascos azules se "interpusieran" en dos situaciones: masiva y fehaciente violación de los derechos humanos (casos de Cambodia y Ruanda) e inexistencia de representación del Estado (como en Somalia, fragmentado el poder entre señores de la guerra). Las Naciones Unidas no pueden permitir en lo sucesivo escándalos de esta naturaleza, que afectan gravemente a la conciencia colectiva.

Es preciso refundar unas Naciones Unidas que permitan, como establecieron en 1945, tener en cuenta a las generaciones venideras. Tener presentes, muy presentes -frente a quienes tratan de subestimarlos e incluso denigrarlos- los movimientos juveniles de 1968 y los del año 2008 en Grecia. No son conflictos universitarios sino sociales.

"Nosotros, los pueblos", en lugar de "preparar la guerra", vamos a construir la paz cotidianamente con nuestro comportamiento, con la plena implicación de la sociedad civil que reclama, con urgencia, garantías de pautas democráticas y eficientes a escala global.

Al nombrar a la señora Susan Rice como embajadora ante las Naciones Unidas, directamente bajo su autoridad, el presidente Obama ha querido claramente indicar su determinación de favorecer el multilateralismo como una parte relevante del "nuevo amanecer", según sus propias palabras, del pueblo norteamericano y del mundo entero. ¡Juntos, podemos!

Fuente: El País (España).

Latinoamérica duplica su arsenal

Por: Javier Lafuente

Sesenta toneladas de peso, un cañón de 120 milímetros y un avanzado sistema electrónico son las principales características del Leopard 2, el tanque convencional más poderoso de América Latina. Chile, un país de unos 16 millones de personas, posee 300. ¿Los necesita? Una amenaza militar sobre Santiago parece una utopía. Sin embargo, las tensiones entre vecinos, unidas a un lustro de bonanza económica, han propiciado que América Latina, especialmente los países del sur, hayan reforzado su armamento.

El gasto en defensa de Latinoamérica y el Caribe aumentó un 91% entre 2003 y 2008, según las cifras publicadas recientemente por el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS, en sus siglas en inglés). En su informe Balance Militar 2009, el prestigioso centro de análisis de las relaciones internacionales señala que el gasto militar en la región el pasado año fue de 47.200 millones de dólares, frente a los 24.700 millones de 2003.

La excusa que durante este tiempo han dado los países era la necesidad de renovar un material militar obsoleto. El informe del IISS concuerda con esta apreciación al apuntar que "la mayoría de los equipos actualmente en servicio datan de los años cincuenta y sesenta, y muchos programas anunciados recientemente son, ante todo, modernizaciones y sustitución de vieja tecnología". "Es cierto que el armamento de algunos países no era moderno, pero eso no quita que el aumento del gasto se realice por la percepción de que existen amenazas a nivel regional, por los conflictos existentes o por las compras de armamento de los vecinos", explica el analista militar argentino Diego Fleitas, director de la Asociación de Políticas Públicas.

Conflicto entre Venezuela y Colombia

Uno de los focos de tensión más activos y que ilustra a la perfección el comentario de Fleitas es el conflicto que mantienen Venezuela y Colombia, especialmente desde la llegada de Hugo Chávez al poder, hace diez años. "Es llamativo que en los casi 200 años de independencia del país no se ha visto inmerso en ningún conflicto bélico internacional; sin embargo, ha estado a punto de entrar en guerra con Colombia en tres ocasiones", lamenta el experto venezolano en defensa Carlos Hernández.

En el último lustro, una de las adquisiciones venezolanas más incómoda fue la compra de 100.000 fusiles AK 103. La mera renovación del material no hubiese supuesto más problema de no ser porque el cambio de fusil se produjo por otro que era compatible con el utilizado por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Los movimientos en la frontera de ambos países del Ejército de Álvaro Uribe, que posee los obuses más modernos de la región, no han cesado, con o sin amenaza venezolana. El presupuesto colombiano de defensa el pasado año fue de 5.500 millones de dólares, un 13,5% mayor que el destinado en 2007.

En los últimos tres años, las compras del Gobierno de Chávez a Rusia, Bielorrusia, China y España han sobrepasado los 6.700 millones de dólares (unos 4.600 millones de euros). El embargo armamentístico que decretó Estados Unidos en los años noventa ha impulsado la relación entre Caracas y Moscú. Según el informe del IISS, Venezuela podría comprar a Rusia cazas Su-30, aviones de transporte Il-76, aeronaves cisterna Il-78, submarinos Kilo y helicópteros mi-28.

Por si cabe alguna duda de si existe o no un ánimo armamentista en la región, Diego Fleitas recuerda que el pasado mes de diciembre, Venezuela, Brasil y Argentina se negaron a firmar el acuerdo de prohibición de las bombas de racimo, que fue adoptado en la ciudad noruega de Oslo.

Carrera entre vecinos

Perú y Bolivia son vecinos incómodos para Chile. Cada vez que La Paz o sus aliados mueven ficha -por ejemplo, porque Hugo Chávez sueña con bañarse en una playa boliviana en el Pacífico, o porque Caracas aporta 10 millones de dólares para la Escuela Naval Boliviana, país sin costa-, las alarmas saltan en Santiago. Los analistas, sin embargo, no consideran que eso justifique que Chile cuente con el arsenal más moderno de la región, no precisamente por novedoso. "Exagerado" y "desproporcionado" son los términos más empleados. Su capacidad armamentista dista mucho de las amenazas que pueden tener.

El principal exportador de cobre del mundo se ha beneficiado estos años de la cotización internacional del metal, que ha estado por las nubes. Gracias a la Ley del Cobre, que destina el 10% de los beneficios por la venta del material al presupuesto de las Fuerzas Armadas, Chile ha conseguido renovarse y rearmarse como ningún otro país de la región.

El doble discurso de las Fuerzas Armadas -por un lado, aseguran que las tensiones vecinales son peligrosas, por tanto, hay que comprar armamento; por otro lado, aseguran que no hay carrera armamentista, así no se bloquean las compras de armas- ha calado en un país que ha mantenido contento a su Ejército mientras Pinochet seguía vivo. El caso antagónico es el de la vecina Argentina. Marcado por la dictadura militar (1976-1983), el país tiene una situación militar precaria.

Riesgos

Si bien puede ser legítimo que un país compre armas o aumente su gasto por su legítima defensa, ¿qué riesgos pueden conllevar dichas compras? "Pueden generar un efecto contrario al que busca; en vez de solucionar los problemas de la región, puede generarlos", alerta Fleitas. Más aún, el analista argentino considera que el gasto es innecesario y podría ser empleado en otras materias como la educación. "El gasto militar es un obstáculo. Los países, en vez de invertir en desarrollo en una región en la que más del 50% vive bajo el umbral de la pobreza, están invirtiendo en armas", critica Fleitas.

El lustro de bonanza económica se ha acabado. La región, inmersa en la crisis financiera internacional, afronta una época de vacas flacas. Con los precios de las materias primas por los suelos y, sobre todo, con el barril de crudo bajando cada día más, la incógnita se centra en ver si los países, especialmente Venezuela, agitador por excelencia, pueden hacer frente a las compras armamentistas realizadas estos cinco años.

Brasil, otra vez un paso por delante

El pasado mes de diciembre, mientras los gobernantes latinoamericanos se rompían la cabeza para ver cómo afrontaban una crisis que consideraban inmune y temían, en casos evidentes como el de Venezuela, si iban a poder afrontar las compras de armamento prometidas, Brasil, que también se está viendo afectado por las turbulencias financieras, daba un paso hacia adelante en su carrera militar. Un paso que iba más allá de reforzarse militarmente frente a las tensiones con los países vecinos. El presidente Luiz Inácio Lula da Silva y su homólogo francés, Nicolas Sarkozy, firmaban un acuerdo, que comprometía a Francia a ayudar a construir en suelo brasileño el primer submarino nuclear de la región.

Además de contrarrestar el creciente poder militar de Caracas, Brasilia se rearma para proteger su producción petrolera en mar adentro y consolidar así su liderazgo en la región, siempre con las miras puestas, según los analistas, en convertirse en una potencia mundial.

Desde 2005, el presupuesto de defensa brasileño ha crecido casi un 10% anual, y en 2008 alcanzó los 20.100 millones de dólares, un dato muy superior a los 9.600 millones de dólares de 2004.

Fuente: El País (España).